El Futuro después del COVID-19 – 18

PARA DEJAR ATRÁS EL NEOLIBERALISMO

Por María Esperanza Casullo

El 4 de abril pasado el diario londinense Financial Times, baluarte mundial de la ideología extrema pro-empresas, decidió que tenía algo muy importante que comunicarle al mundo. Lo que el Financial Times sentía que tenía que comunicar imperiosamente era esto: hay que dejar atrás cuarenta años de neoliberalismo y aceptar mayor inversión pública, más impuestos y mayor distribución.

 

Por María Esperanza Casullo*

 

El 4 de abril pasado el diario londinense Financial Times, baluarte mundial de la ideología extrema pro-empresas, decidió que tenía algo muy importante que comunicarle al mundo. Supimos que era algo importante porque lo publicaron bajo la forma del editorial institucional; es decir, la nota que expresa la posición oficial del medio, de sus editores y de su board editorial. Tan importante fue esa editorial que, de manera excepcional, decidieron ese día liberar la editorial para que pudieran leerla aún aquellas personas que no pagan la suscripción de la publicación. (Al menos, la liberó por un rato: unas horas después ya era imposible entrar a leerla sin pagar.) Evidentemente el board entero del Financial Times decidió que lo que tenía para decir ese día realmente muy importante que el mundo.

Lo que el Financial Times sentía que tenía que comunicar imperiosamente era esto: hay que dejar atrás cuarenta años de neoliberalismo y aceptar mayor inversión pública, más impuestos y mayor distribución.

El título de la editorial del día 4 de abril es: “El virus revela la fragilidad del contrato social” (en traducción propia.). La bajada: “Se necesitan reformas radicales para forjar un mundo que funcione para todos”. La primera oración sostiene que “Si es posible encontrar un lado bueno a la pandemia de COVID-19, es que ha traído consigo un sentimiento de unidad y hermandad en sociedades polarizadas.” Continúa el Financial Times:

“Además de derrotar a la enfermedad, la mayor prueba que enfrentarán todos los países será mantener los sentimientos de unidad de propósito luego de que termine la crisis, de tal manera que puedan darle una nueva forma a la sociedad. Como los líderes occidentales aprendieron durante la Gran Depresión y luego de la Segunda Guerra Mundial, para demandar sacrificio colectivo se debe ofrecer un contrato social que beneficie a todo el mundo.” (Traducción propia)

Como si no fuera suficientemente sorprendente leer lo anterior en una de las publicaciones más identificadas con la desregulación de los mercados, el Financial Times continúa su mensaje: “Deberán ponerse sobre la mesa reformas radicales que reviertan el rumbo político de las últimas cuatro décadas. Los gobiernos deberán aceptar un rol más activo en la economía. Deberán ver a los servicios públicos como inversiones y no como pasivos en un balance, y deberán hacer menos inseguros los mercados de trabajo. La redistribución del ingreso deberá volver a ingresar en la agenda; los privilegios de los más ricos y los más ancianos deberán ser cuestionados. Políticas públicas consideradas excéntricas hasta hace poco, tales como un ingreso universal básico e impuestos a la riqueza, deberán ser parte del menú.” (Traducción propia).

El Financial Times tiene, por supuesto, razón. (He ahí una frase que sólo se puede escribir una vez por milenio.) Pero eso no es lo importante. Son centrales dos elementos que no están dichos en los párrafos anteriores.

Primero, que las políticas “excéntricas” o “radicales” no lo son, o no lo son para todo el mundo. Las mismas vienen siendo demandadas hace décadas, en todo el globo, por diversos actores colectivos políticos y sociales, en contra de las recomendaciones de aquellos que (como el Financial Times, justamente) desde hace cuarenta años se han impuesto una militancia activa para eliminar la aspiración de un “contrato social que funcione para todos.” Sindicatos, grupos de trabajadores desocupados, feministas, grupos ambientales, representantes de pueblos originarios y migrantes: para ellos (para nosotros) estas demandas no son excéntricas o impensables sino aquello por lo que marchamos desde hace décadas.

Está muy bien que aquellos que activamente se dedicaron a explicarnos que la desigualdad era inevitable o incluso buena, que la riqueza es producida por los entrepreneurs y por tanto les pertenece, y a que el estado debía abandonar su rol regulador de la economía ahora descubran que lo opuesto es más razonable, pero no es posible admitir que simplemente digan “ahora los gobiernos deben aceptar.” Sería excelente no sólo poder leer “necesitamos más servicios públicos”, sino también “perdón, nos equivocamos.”

Segundo, vale la pena preguntarse hasta qué punto son tan radicales y excéntricas las reformas aquí presentadas. Más bien, casi podría decirse que, si el Financial Times puede hoy declararse “post-neoliberal” es porque durante cuarenta años el neoliberalismo se transformó de una ideología extremista al “punto medio”, lo aceptado, lo natural. Mayores impuestos a la riqueza, mayor distribución, desmercantilización de la fuerza de trabajo (vía ingreso ciudadano garantizado), servicios públicos entendidos como inversión y no gasto improductivo: esta es una agenda que significa un piso mínimo de un estado de bienestar democrático. Una agenda verdaderamente radical obligaría a pensar desde la necesidad del decrecimiento económico (degrowth) como única reparación ambiental posible, proyectos para revolucionar el balance entre mundo del trabajo y de los cuidados domésticos o la participación de los y las trabajadores no sólo en las ganancias empresarias sino en todos los aspectos de la vida empresarial. Esas serían reformas “radicales”, no aumentar los impuestos empresarios a las cifras que se pagaban en la inmediata posguerra, o invertir un par de puntos del PBI en algo tan básico como hospitales o escuelas. El hecho de que se requiera la mayor crisis sistémica global en dos generaciones para volver simplemente pensable una concepción tan minimalista de estado bienestar nos debe revelar cuánto trabajo queda para hacer para desmontar la naturalización de un orden del mundo neoliberal.

Aquellas personas que durante los últimos treinta o cuarenta años se han comprometido intentando defender los vestigios de un orden basado en lo comunitario y lo público pueden sentirse que quedaron del buen lado de la historia.

Es central reconocer que lo que nos ha sostenido y nos sostiene en una emergencia de proporciones históricas son justamente aquellas instituciones que las versiones vernáculas de la visión de mundo, para la cual el Financial Times es algo así como texto religioso, denostaron como “ineficientes” o “populistas” durante medio siglo, y que fueron blanco de intentos y más intentos de reforma o ajuste. Los hospitales públicos nacionales y provinciales, el CONICET y todo el sistema de Ciencia y Técnica, el Instituto de Investigación Malbrán, el ministerio de Salud, las universidades en su mayoría nacionales, que cada año gradúan profesionales de excelencia en el campo de la salud, las burocracias estatales, las fuerzas armadas y de seguridad, los sindicatos y obras sociales sindicales que pusieron sus hoteles a disposición y que sostienen actividades de necesidad social, las instituciones educativas de todo nivel que están haciendo grandes esfuerzos para sostener la enseñanza virtual, los bloques parlamentarios y gobernadores/as que han coordinado hasta ahora eficazmente: estas instituciones, que hasta hace cuatro meses nos explicaban que eran ineficacias estructurales que había que eliminar o reformar -o que más simplemente- se desfinancian y abandonaban, son ahora los que -bien o mal- están actuando.

Pero todo esto es insuficiente. No se trata solamente de decir “ahora tenemos que invertir en el estado”, porque un estado no se construye en diez minutos, ni en el medio de la emergencia. El Instituto Malbrán fue fundado en 1916, el Ministerio de Salud Pública en 1949, el CONICET en 1958. La construcción de capacidades estatales requiere de un contrato entre generaciones: invertir hoy para construir habilidades que tal vez utilicen nuestros hijos o nietos. La prevención de pandemias requiere de inversiones masivas en ciencia y técnica, en detección temprana y testeos, en salud pública. Para eso se requieren más recursos, y para eso se requiere repensar la economía política nacional, la regulación de los actores económicos, la relación entre economía formal e informal, la inmensa contribución que hacen los trabajadores y trabajadoras más desprotegidos al funcionamiento del país, el silencio de las mayores empresas nacionales en la emergencia.

Y, finalmente, no debemos perder de vista la centralidad de la política. La construcción de un estado de bienestar no es un proyecto técnico, sino político, que requiere de visión, de decisión y de liderazgo con lo público y lo colectivo.

Para cerrar, bien vale otra anécdota del Reino Unido. El primer ministro británico, Boris Johnson, fue diagnosticado con coronavirus y, luego de diez días de fiebre alta, fue internado en terapia intensiva en un hospital del National Health Service, el sistema público de salud inglés. Al ser dado de alta, agradeció en un emocional video a las enfermeras y enfermeros del NHS haberle salvado la vida, se refirió a ellos con nombre y apellido, mencionó que dos eran inmigrantes, y caracterizó al NHS como “el corazón de Gran Bretaña”. Hace tres años, el partido Conservador (su partido) votó en bloque en contra de un proyecto laborista que proponía aumentar el sueldo de enfermeras y enfermeros del NHS. Al derrotar el pedido de aumento, los tories del parlamento rompieron en un aplauso y festejaron que el laborismo no había podido “hacer demagogia” con el National Health Service. Otra anécdota: hace poco tiempo, la administración conservadora decidió, entre otras cosas, que los trabajadores de salud tenían que empezar a pagar por usar los lugares de estacionamiento de los hospitales y clínicas públicos. Ahora, en la emergencia, el gobierno dio marcha atrás con esta medida “transitoriamente”.

No cabe ninguna duda de que las enfermeras y enfermeros del NHS pusieron todo de sí, arriesgando incluso su vida, para cuidar y sanar a uno de los responsables de su recorte de salario.

Lo mismo harían en Argentina todos los días trabajadores y trabajadoras anónimos de la salud. Pero son ellos, no los voceros de una ideología a todas luces fracasada, quienes deben estar al frente de las nuevas demandas si queremos dejar atrás realmente cuatro décadas de neoliberalismo.

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María Esperanza Casullo* (Neuquén. 1973) Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. Realizó su maestría en Gestión y Políticas Públicas en la Universidad de Georgetown (Washington, DC), donde luego se doctoró en Gobierno especializada en Teoría Política. Es profesora de la Universidad Nacional de Río Negro y ha sido profesora invitada en la Universidad de Richmond y Brown University. Publica artículos y capítulos sobre teoría de la democracia, populismo latinoamericano y peronismo.