El Futuro despues del COVID-19 – 2

DESPUÉS DEL AISLAMIENTO

Por Roberto Follari

Con la esperable baja de la economía –gran ocasión para repensar el futuro de la Humanidad-, los libremercadistas, atentos a su propio interés, repetirán que “la culpa ha sido de los gobiernos, que privilegiaron la salud”. Estaremos mal, entonces, porque no se atendió a la economía lo suficiente, según estos ventrílocuos del capital concentrado.

 

Por Roberto Follari*

 

  1. Miseria de la teoría

No poco han decepcionado los grandes intelectuales en esta circunstancia. Ningún esfuerzo por captar la enorme novedad del fenómeno de la peste: casi todos encontrando como conclusión su propia premisa, “hallando” la redundancia de sus presunciones previas. Un pensador sutil como Agamben hablando del estado de excepción, de lo que escribió hace casi dos décadas, reconfirmando lo siempre-ya-dicho. Zizek –otrora un teórico original y novedoso- buscando notoriedad con una insólita apelación a la reaparición del comunismo en gran reforma de su propia historia, contra cualquier evidencia y posibilidad efectivas. Según él, poco menos, el virus será revolucionario o no será. Byung-Chul-Han, con su módica posición de el-sistema-siempre-se-impone, advirtiendo otra vez sobre la llegada del mundo concentracionario e hipercontrolado, que se habría mostrado ya en su natal Corea. Y así siguiendo.

Berardi, que en sus últimos reportes hizo una interesante sugerencia sobre las posibilidades que surgen de la ralentización de la experiencia, comenzó depreciando la gravedad de la situación en doble insistencia sobre lo “modesto” de su capacidad mortífera. Agamben no había dudado en alertar sobre la “invención” de la plaga con fines de cumplir las profecías foucaultianas sobre la gran ordenación estatalizada de los cuerpos: de tal manera, lo mejor era no dejarse conmover por estos designios maliciosos de las autoridades de turno. De ambas voces italianas –justamente allí, donde las muertes y los contagios han proliferado a mansalva-, se llamaba a no obedecer la palabra supuestamente tiránica que nos llamaba al confinamiento casero. Al menos, Berardi luego rectificó su postura.

Los intelectuales somos los únicos que no debemos hacernos responsables de las consecuencias de lo que decimos, señaló una vez Max Weber. Lo cual no justifica abusar de esa prerrogativa. Bolsonaro y Trump son justamente denostados por hablar de “gripecita” y llevar así al contagio y la muerte a miles de personas. No puede acusarse de lo mismo a los intelectuales italianos de los que hablamos, sólo podrán haber inducido a vanas rebeliones de unos pocos lectores y amigos. Sin embargo, la irresponsabilidad es notable. Solemos esperar de los intelectuales que estén a la altura de los desafíos de la historia: en este caso, han pasado por debajo de la vara. En vez de indagar la poderosa novedad del fenómeno inédito, reconfirmar prejuicios. En vez de estudiar lo inesperado, perorar y dar lecciones envejecidas. En vez de ayudar a cuidar lo elemental de la salud, dar temerarios golpes retóricos que llevaron a subestimar la pandemia. Eso sí, siempre en nombre de la excelsitud de la teoría y de la emancipación imaginada.

  1. ¿Retorno del Estado?

Mucho se ha hablado de que la pandemia muestra que sólo el Estado puede hacerse cargo del cuidado poblacional en las emergencias. Efectivamente es así, y la situación ha sido elocuente. Por unas semanas, los panegiristas del mercado callaron desde la impotencia: se habían quedado sin discurso. Esta primacía del Estado –que cimenta las preocupaciones agambeanas sobre el retorno totalitario-, está lejos de implicar que hayamos vuelto a una condición previa a la globalización: el mercado sigue atravesando fronteras y arrasando soberanías nacionales. Pero sin dudas que a la hora de la salud pública y del vida o muerte, el mercado muestra su cara atroz de descuido e indiferencia, de repetición automática de la ganancia como único norte. El Estado, aún golpeado por las políticas neoliberales de tantos años, exhibe en todo caso su necesidad y pertinencia, y de ello seguramente quedará rastro y memoria para el futuro inmediato de nuestros pueblos.

Pero a no exagerar, que ya el libremercadismo ha organizado su respuesta. Apenas aparecieron las necesarias consecuencias recesivas del obligado encierro colectivo, los profetas y voceros del establishment económico recogieron el guante y lanzaron la idea de que “se ha abandonado la economía”. Periodistas lascivos muestran números de “cómo han bajado los índices económicos”. Obvio ¿verdad? En las inundaciones nos mojamos. Pero ellos lo presentan como fruto de un “descuido” de las autoridades estatales. “Se ocupan de la salud, pero no de la economía, y ésta, a largo plazo, es más importante”, peroran. Ya tienen el discurso para cuando la pandemia sea recuerdo.

Con la esperable baja de la economía –gran ocasión para repensar el futuro de la Humanidad-, los libremercadistas, atentos a su propio interés, repetirán que “la culpa ha sido de los gobiernos, que privilegiaron la salud”. Estaremos mal, entonces, porque no se atendió a la economía lo suficiente, según estos ventrílocuos del capital concentrado.

El error a medias es más insidioso que la falsedad. Porque es cierto: si hacemos el experimento mental de imaginar una cuarentena necesaria de seis meses, se haría evidente que sería necesario violarla para sostener la actividad económica que permitiera la reproducción social. O sea que es cierto que, en algún nivel, la economía sirve también para sostener la salud colectiva. Pero por supuesto, esto se cumple a medias si no estamos en una organización solidaria de lo económico (solidaridad que se pone a prueba en momentos de emergencia, haciendo evidente la reproducción ampliada del egoísmo privatista). Mientras se mantenga la “acéfala” consumación del capitalismo (J. Alemán), la pretendida necesidad de mover la palanca económica será sólo el pretexto de los de arriba para sostener su abundante tasa de ganancia.

  1. El retorno de la policía

Ante la gravedad de la situación sanitaria, hemos encontrado de pronto un rol de “policía buena” en esa institución tan denostada por su función de control social y sus fuertes tendencias a la corrupción y promoción/colaboración hacia el delito. Hemos podido advertir -como ha sucedido también en algunas situaciones límite de la llamada “inseguridad”- que cierta policía es necesaria, y que en la institución conviven con los violentos y los corruptos, aquellos que tienen conciencia de su deber, y que buscan el sano cumplimiento de la ley. No todos los policías son Chocobar, y en esta situación de cuarentena, más de una vez hemos apoyado las acciones tendientes a reducir a quienes han violado el encierro obligatorio, y hemos aplaudido que se vigile la consecución y cumplimiento respecto de las medidas organizadas por los gobiernos.

Pero el peligro del retorno a la impunidad no es sólo potencial: se han registrado y denunciado hechos violentos protagonizados por policías que han creído que “volvieron los buenos tiempos”. Algunos han entendido que se reinstaló la permisividad para los abusos y violaciones a derechos y garantías de la ciudadanía.

Será necesario recuperar, luego de la pandemia, los archivos de denuncias sobre lo actuado en este tiempo desde el accionar policial, hacer las investigaciones correspondientes y aplicar las sanciones cuando sean pertinentes. Y, sobre todo, habrá que repensar el rol policial y trabajar con el personal, para que quede claro

-donde los gobiernos lo quieran- que éste debe limitarse a sus funciones legalmente establecidas. En los casos de gobiernos que sean afines a la represión social y/o política, serán los organismos de derechos humanos y las organizaciones de la sociedad civil quienes deberán ocuparse de promover condiciones de discusión colectiva sobre la cuestión, y sostener la exigencia de acciones estatales en favor de una necesaria y efectiva reforma policial generalizada.

  1. Virtualidad real

Este monumental experimento planetario de control de poblaciones es notorio que abriga peligros: quizá no marchemos a la automatización generalizada de las prácticas –como profetizan Han o Agamben-, pero sin dudas que ésa es una de las tendencias en pugna. También hay evidente crecimiento en la valoración de la solidaridad y lo mancomunado: aunque a la vez, se registran aumentos del miedo individual y colectivo. El mundo que vendrá no será monocolor, no se deja describir en una sola clave, ya sea emancipatoria o lúgubre. Difícilmente se lo pueda prever desde una expectativa unilateral.

Dentro de las potencialidades que han surgido en este período de excepción, está la del avance de la virtualidad. Contra cualquier vaticinio, se pudo reconvertir la educación en su conjunto hacia procedimientos virtuales, en cuestión de semanas. Profesores dictaron clases virtuales, alumnos aprendieron las nuevas habilidades. Millones de trabajadores en el mundo modificaron súbitamente sus rutinas, y de pronto advertimos que las fantasías del trabajo-hecho-en-casa (tipo Toffler) no eran descabelladas, ni irrealizables. La sociedad puede funcionar –con variadas excepciones, claro- haciendo que lo virtual predomine sobre lo presencial.

Pongámonos fuera de la ingenuidad habitual que deplora de las tecnologías electrónicas en nombre de la desaparición del “cara a cara”: hemos tenido más caras presentes vía electrónica en una década, que quizá todas las que tuvimos presencialmente a lo largo de nuestra vida.

Y, como supo inventar M. Castells, hay una “virtualidad real”. Lo que ocurre en lo virtual no sucede en un trasmundo, sucede en el campo de las condiciones efectivas. No imagino que estoy viendo a alguien por pantalla y a distancia: es plenamente real que eso virtual acontece.

Hay toda una línea de pensamiento que muestra que la tecnología no es contraria a lo humano, sino su continuidad. Discutible, cuando atendemos la actual crisis civilizatoria: pero atendible, dentro de cierto registro. Desde Mc Luhan a Simondon, la técnica no se percibe como un entorno, sino como extensión de lo humano/social.

Pero ello no impide advertir los peligros que hacen a las actividades laborales -podría reemplazarse mucho trabajo humano por vía electrónica-, los problemas para derechos de autoría profesional (grabación de las clases de los docentes, por ej., que podrían ser usadas incluso para prescindir luego de estos), y el más grande de todos: la desocialización generalizada de la existencia.

Si atendemos a que la sociedad son reglas e instituciones –como decía Durkheim-, las instituciones bien podrían tender ahora a su vaporización, a su evanescencia gradual por vía de una sociedad generalizadamente virtualizada.

Habrá que discutir, pasada la cuarentena, los roles de lo virtual. Aquello que lo virtual facilita, pero también aquello a lo que no puede dársele lugar, aun cuando fuera “funcional” a cierta eficacia momentánea. Una sociedad sin encuentro y sin agregación de la vivencia de cada uno de sus miembros, sería una sociedad sin experiencia de lo colectivo. Por cierto, que el agrupamiento, la asociatividad y la muchedumbre tienen aún mucho por aportar en la historia. No puede aprovecharse la pandemia para que la utopía cibernética pueda consumarse de una vez para siempre, aquí y en todo el planeta.

  1. Capitalismo o sociedad industrial

Marcuse sostuvo alguna vez la discusión: la crítica que la Escuela de Frankfurt hacía al capitalismo avanzado, en tanto crítica de la racionalidad instrumental, valía en relación con la sociedad desarrollada en general, incluyendo al productivismo del socialismo soviético.

Estamos ante una crisis civilizatoria: el grupo Chuang, en su excelente trabajo sobre la pandemia en China, mostró que los virus crecen a partir del abigarramiento de las aves de corral y otros animales (cerdos, por ej.), producidos por su explotación masiva al ser objeto de tratamiento industrializado. Tratamiento que promueve también el cambio de las fronteras hacia el mundo animal no instrumentalizado aún, el cual queda también afectado en su hábitat, y se hace carne de enfermedades potenciales.

La discusión sobre lo civilizatorio promovida por los ambientalistas reaparece aquí con toda su crudeza: la instrumentalización generalizada del mundo propia de la modernidad trae como consecuencia, no deseada pero inmanente, la aparición de pestes recurrentes. No cuesta advertir que en los últimos años han sido periódicas: vaca loca, gripe Aviar, Ébola y ahora COVID-19.

Se señala entonces a la codicia automatizada del capital, como el motor de la depredación generalizada de la naturaleza. Y ello es indiscutible, pero a la vez no es evidente que una sociedad no-capitalista tomaría un camino no industrial ni maquínico a los fines de su propia supervivencia.

El capitalismo agrega a la industria su función de autómata, su no-parar en el avance interminable. En ese sentido, Berardi apuntó bien: es la ocasión para aprender de una vida ralentizada. Es la ocasión de advertir que el seguir-adelante- siempre es un espejismo al que nos condena la lógica capitalista de la ganancia, ligada a la idea del crecimiento continuo y perpetuo.

Pero es la sociedad industrial en su conjunto la que queda sometida a cuestionamiento. Y con toda la ambigüedad que en ello se implica. ¿Habrá que practicar eso que algunos han denostado como “pachamamismo”? ¿Es posible sostener al conjunto de habitantes de la Humanidad abandonando del todo el paradigma del avance técnico/industrial?.

No lo sabemos. Pero sí sabemos que una lógica –la del capital montado sobre la técnica- está encontrando sus límites. O ya los ha hallado trágicamente. Habrá que revisar los principios. El capitalismo se niega, seguirá su función de autómata. Pero es nuestro deber histórico someter a cuestionamiento radical la idea prometeica del mundo organizado desde la instrumentalización, y reafirmar la nostalgia heideggeriana de una mundaneidad no colonizada por la compulsión al avance indefinido de la técnica.

.

*Roberto Follari es Licenciado y Doctor en Psicología por la Universidad Nacional de San Luis. Actualmente es Profesor titular de Epistemología de las Ciencias Sociales (Universidad Nacional de Cuyo). Ha sido asesor de la OEA, de UNICEF y de la CONEAU (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria). Ganó el Premio Nacional sobre Derechos Humanos y universidad otorgado por el Servicio Universitario Mundial. Ha sido director de la Maestría en Docencia Universitaria de la Universidad de la Patagonia y lo es de la Maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Cuyo; y es miembro del Comité Académico de diversos posgrados. Ha sido miembro de las comisiones evaluadoras de CONICET. Ha sido profesor invitado de posgrado en la mayoría de las universidades argentinas, además de otras de Ecuador, Venezuela, México, España, Costa Rica, Chile y Uruguay. Autor de 16 libros publicados en diversos países, y de unos 150 artículos en revistas especializadas en Filosofía, Educación y Ciencias Sociales.