Después vino la policía. La interrogaron, les hicieron el test del olfato y la temperatura y les dijeron que fueran a casa. Que todos debían cumplir la obligatoria cuarentena.

DESESPERADOS LAZOS

Por  Jon Kokura y Marcelo Adrian Sanchez

Nada, ya no tenían nada para comer. Con el último paquete de fideos, tres papas, un trozo de zapallo y un cuadradito de caldo saborizante Muriel había hecho un guiso. Eso fue lo que las dos comieron, hace tres días. Después tuvieron hambre y nada más. Muriel miró a Millie, su hija de 7 años dormida en la cama. El hambre te hace dormir.

Por  Jon Kokura y Marcelo Adrian Sanchez

NAC&POP

08/05/2020

Nada, ya no tenían nada para comer.

Con el último paquete de fideos, tres papas, un trozo de zapallo y un cuadradito de caldo saborizante Muriel había hecho un guiso.

Eso fue lo que las dos comieron, hace tres días.

Después tuvieron hambre y nada más.

Muriel miró a Millie, su hija de 7 años dormida en la cama.

El hambre te hace dormir.

Pero cuando te despierta, te corta el estómago como un cuchillo frío, sin hoja y sin filo.

Cuando Millie despertó dijo lo mismo de ayer.

—Mamá, tengo mucha hambre.

Entonces Muriel le dio un té sin endulzar y le dijo.

—Millie… Hoy vamos a comer. Lo prometo. ¿Sí?

Tomó sus elementos de trabajo y con la niña de la mano, salió a la calle…

En plena cuarentena.

En la esquina de Uno Sur y Avenida Oriente.

La del semáforo largo es donde trabaja Muriel.

Sentó a su hija en la vereda y tuvo su primer golpe de suerte.

En un bolsillo de su chaqueta encontró un caramelo de menta y se lo dío a Millie.

—Millie, lo peor que nos puede pasar es que nos lleve la policía. Por la cuarentena ¿Sabes…?

Pero si nos llevan nos darán de comer ¿Sí…?

—Bueno mamá…

Cuando el semáforo se puso en rojo, Muriel se ganó en el centro de la calle con dos aros de ula ula y tres clavas.

Sólo había tres autos en fila.

Del tercero le gritaron.

—¡Negra! ¿Que haces en la calle? ¡Estamos en cuarentena! ¡Tarada…!

Muriel ignoró el insulto. Intentó hacer girar los aros en su cintura, pero no pudo.

Tampoco logró hacer malabares y una de las clavas se estrelló en el asfalto.

Avergonzada dejó pasar los autos y se fue a sentar al lado de su hija.

Era el hambre lo que le impedía ser una artista de la calle.

El hambre… Ese vacío en las tripas lo que la dejaba sin fuerza ni coordinación.

Un niño pasó por el lado de ellas. Venía de comprar pan.

Muriel lo miró y le dijo.

—Nene… ¿Me das un pan para mi hija…?

El niñó la miró y simplemente siguió caminando hasta ingresar al edificio del enfrente.

Después vino la policía.

La interrogaron, les hicieron el test del olfato y la temperatura y les dijeron que fueran a casa.

Que todos debían cumplir la obligatoria cuarentena.

—¿No nos van a detener…? -Preguntó Muriel.

—No señora… No la podemos detener con una niña menor de edad…

-Le contestó uno de los policías y se fueron.

Y se quedaron allí… con hambre.

Muriel contuvo las lágrimas, le había prometido a su hija que iban a comer.

Entonces vino el buen samaritano desde el edificio de enfrente.

El niño que le había negado un pan, volvía acompañado de su madre.

Traía dos bolsa grandes repletas de alimentos.

Arroz, fideos, leche, azucar, harina, pollo, salchichas, etc.

Y se los dieron a Muriel.

—Les preparé unos sandwich con queso derretido ¡Espero que les gusten…! -Dijo la mujer.

—¡Gracias señora…! -Contestó Muriel llorando.

—No llore usted y vayan a casa, tienen que cuidarse. Todos tenemos que cuidarnos.

—Señora, quiero pedirle perdón a su hijo, por pensar mal de él cuando le negó un pan a mi hija…

—No se preocupe… Fue Gabriel el que le llenó las bolsas con alimentos… Él la aprecia a usted.

Siempre la mira desde la ventana, le dice «La chica del ula ula».

Mi hijo es autista, casi no habla pero conoce a las personas… tiene ese don.

—Como estamos en cuarentena ¿Puede abrazar a Gabriel por mí…?

¿Y en ese abrazo darle las gracias…?

Sé que a los autistas no les gustan los abrazos, menos de una mujer extraña como yo…

—Para mi hijo usted no es ninguna extraña… Chica del ula ula.

Muriel sonrió, tomó las bolsas y volvieron felices a casa.

En el camino se devoraron los sandwich de queso derretido.

En casa, y dentro de una de las bolsas había un sobre, con un poco de dinero y una nota.

Muriel la leyó abrazando a su hija.

Besó a la niña y le dijo.

—¿Ves Millie…? ¡Te dije que hoy ibamos a comer, hijita…!

LOS LAZOS DE LA SOLIDARIDAD! ❤️