El molde histórico de Perón es Jesús.Para Perón lo que define la conducción es el amor.

EL SOL DE LAS MUCHEDUMBRES

Por Alejandro Álvarez

La función de Perón y Eva Perón fue, en parte, la de ser el Sol de las muchedumbres de entonces. En realidad, si ponemos la lupa y miramos, reflejaban la luz y el calor del Sol y, en ese sentido, ejercieron una verdadera pontificación. En un minuto de la historia aparece algo no previsto, que gesta el espíritu de una época. El molde histórico de Perón es Jesús.Para Perón lo que define la conducción es el amor.

Por Alejandro Álvarez

NAC&POP

08/05/2020

La función de Perón y Eva Perón fue, en parte, la de ser el Sol de las muchedumbres de entonces.

En realidad, si ponemos la lupa y miramos, reflejaban la luz y el calor del Sol y, en ese sentido, ejercieron una verdadera pontificación.

En un minuto de la historia aparece algo no previsto, que gesta el espíritu de una época.

Este espíritu, que se niega a morir, transita por una diversidad de formas, que va adoptando en cada momento de su devenir.

Hacia el final de su vigencia sobreviene una transfiguración.

Por esto sostengo, basándome en el criterio de realidad del magma, estable y a la vez en constante movimiento, que hoy el Movimiento Nacional tiene que asumir una nueva forma.

La aparición de Perón no informa únicamente su propio período: cambia también el pasado y el futuro, extiende sus ramas y también sus raíces.

Como ha ocurrido en otros momentos históricos, cuanto más pasa el tiempo más se recuerdan estas personalidades luminosas.

¿Cómo las recuerdan los pueblos?

Como lo acabamos de señalar: transformando el presente en una cosa nueva.

Es que todo hombre tiene una estirpe, aunque en estos tiempos la ignore en medio de la niebla que difunde la contracultura, aunque no lo sepa.

Existe un “recuerdo genético”, presente en todo lo que hace, que paradójicamente es el que permite operar los cambios verdaderos.

Perón y Eva Perón, más el pueblo, conformaron un complejo de funciones.

Si en lo institucional reinventaron la Plaza de Mayo, como categoría general todo dependió de una ecuación insoslayable: Perón trabajó la masa y la convirtió en pueblo; el pueblo convirtió al “caudillo” al que adhería, no ya por conveniencia sino por verdadero amor, en conductor.

El complejo funcional no hubiese sido posible si Perón –como han hecho tantos a lo largo de la historia– se hubiese quedado en caudillo, sirviéndose de las muchedumbres en el estado de masa en que las encontró, para poder manipularlas como escudo de sus intereses personales y de los del grupo de alcahuetes de que se rodean estos personajes en su intimidad.

La masa es siempre masa germinal, tierra fértil en la que cualquier cosa es posible.

El pueblo es pueblo en la medida que asume su misión histórica, y eso fue lo que logró Perón.

Pero, además de ese trabajo de conducción, de por sí monumental, Perón fue el primer teórico de la conducción.

Además de ejercerla como acción, de actuarla como “novela”, la dejó anotada para enseñanza de otros en infinidad de libros, escritos, discursos, conversaciones, filmaciones, grabaciones y correspondencia.

¿Por qué esta enseñanza no se internacionalizó?

Porque es imposible que llegue a los hombres si no son ‘otros’ hombres, si la contracultura infla constantemente el individualismo para mantener a las muchedumbres en estado numérico, estadístico, de mera masa.

Existen distintos conceptos del poder.

Para la contracultura consiste en mandar (dictar, imponer, decretar, prescribir, conminar, intimar a los demás): los individuos deben ser obligados a hacer o no hacer, quieran o no quieran, utilizando los medios de manipulación más brutales… o más sutiles.

Para Perón, en cambio, el poder es una construcción sinfónica de personas convencidas de encarnar una misión en la historia, que se ejercita mediante la persuasión.

Para poder convencer hay que reconocer al otro, estar dispuesto a entregarse a él.

La esencia de la contracultura es precisamente lo contrario, porque concibe al otro como “el enemigo” (como decía Sartre, “el infierno son los demás”).

Perón veía siempre en el otro a un potencial amigo y aliado.

Él mismo decía que la conducción es un oficio (en su aspecto técnico), pero también un arte, y que es preciso ser un determinado tipo de hombre (“tener el óleo sagrado de Samuel”) para ejercerla.

Ese oficio y ese arte –añadía– también se pueden adquirir por medio del trabajo.

Y es por eso que hace un “manual” de conducción para todos.

Desgraciadamente, en nuestros días no son muchos –diría que son escasísimos– los hombres dispuestos a entregar-se…

Y en esto consiste el principal problema a que hoy se ven enfrentadas todas las dirigencias.

El molde histórico de Perón es Jesús.

Para Perón lo que define la conducción es el amor: insistía siempre en que “no se puede conducir lo que no se ama”.

Y esto es chino, resulta incomprensible, está vedado a los egoístas, a los que no aman, a los que resuelven todo por el enfrentamiento o la exclusión, a los que odian al prójimo, a los que prefieren mandar.

La conducción se remite constantemente a valores universales; es un hecho real, no un valor ideológico.

Para decirlo sintéticamente, la conducción es una relación amorosa, de diálogo, de no confrontación. No es entonces una relación agónica, sino mayéutica.

La función de la ideología consiste siempre en sustraer al problema de donde éste se encuentra.

Así, por ejemplo, hablar de una cuestión perenne, hablar del amor, hoy suena anticuado: la modernidad ha difundido masivamente su propio concepto contracultural del “amor”: para el hombre moderno, que sólo experimenta alguna seguridad moviéndose en los estratos materiales de la existencia, “hacer el amor” tan sólo significa sexo, mero acto instrumental de los sentidos.

Tal vez por estar de este modo confinada, esa modernidad que derrocó a Perón en 1955 se refirió rencorosamente a “la pareja gobernante”, en contraste con un pueblo humilde, que amó y que fue amado, y que pudo, por tanto, hablar de Perón-y-Evita.

Es curioso ver cómo desde 1955 hasta hoy los “libertadores” y todos sus herederos y epígonos rehúyen sistemáticamente toda referencia a la relación amorosa existente entre ambos, un hecho evidente en su simpleza, pero que, según parece, sólo los humildes pudieron ver.

Suplantando esta verdad, como por otra parte hacen siempre, terminaron por oponer a Perón y Evita, inventando subterfugios ideológicos como el “evitismo”.

Perón y Eva Perón fueron el resumen del avatar histórico, y personal, de un pueblo, el de los argentinos fieles, aún bajo la condición de relatividad que debe sobrellevar este término.

El resto de argentinidad que perdura en ellos, en el sentido que hemos expuesto más arriba, sigue siendo peronista, ya no en un orden político sino más bien por herencia espiritual, y aun presintiendo que van a tener que ganarlo todo de nuevo.

Como en el caso de San Martín, que sólo usaba caballos moros, es ésta una constante que tiene su texto-guía en la vida histórica de nuestro pueblo y que quienes aspiren a realizaciones liberadoras constructivas deberían dedicarse a estudiar… hombres podían ver en ese momento.

Perón aceptó lo de “peronismo” porque necesitaba fusionar conservadores y radicales, fundamentalmente en el plano político, y anarquistas, socialistas y católicos en el orden gremial del que eran componentes fundamentales.

Él necesitaba crear amalgamas porque tenía poco tiempo, y esto lo supo a cabalidad recién en el año 1951, cuando Eva Perón enferma, un término ad quem que le permitió conocer un límite.

Después, tras la muerte de Eva Perón, comenzó otra cosa.

El siguiente período podemos situarlo entre 1952 y 1955.

Desde 1952 hasta 1954 las cosas transcurrían como si Perón no existiera.

Fue un período de profunda depresión.

Y el golpe militar del 55 vino a coronar el golpe político que, según lo interpreto personalmente, había sido consumado el 22 de agosto de 1951.

Creo que el régimen identificó muy claramente y a profundidad el problema cultural y pensó, como piensa siempre, en dividir, instalando esta vez una contradicción entre Perón y Evita.

Para concretar la operación usó de agentes a los dirigentes gremiales, aguijoneando a su ala más “extrema” por entonces, que proclamaba que Evita era la revolución de los trabajadores y los humildes.

Porque la concepción de esa operación abarcaba, para poder concretarse, incentivos seductores para la dirección sindical, que ya tenía intereses internos independientes, como grupo.

Ese enfrentamiento, ese no haberse dado cuenta, fue, en mi concepto, la causa de la muerte de Eva Perón.

Son cosas como ésa las que generan el cáncer.

De nuevo aparece aquél apólogo de Homero, referido al que murió por no haber podido descifrar el enigma de los piojos.

Eva Perón murió por no haber podido descifrar el enigma que le había planteado la “Esfinge en el camino de Tebas” del 22 de agosto.

Contestó mal y la Esfinge la precipitó en el abismo.

No sin llegar a saberlo, diez días después.

¿Tan poco tiempo?

Sí, porque hay cosas que ocurren y son de cristal: cuando se rompen no se pueden reconstruir.

Después que eso se quebró, tenía que venir el golpe militar, que fue la consumación final del plan enemigo de reconquista del poder, pero que aún se dilataría hasta 1955, desde que aquel motín de Menéndez de 1951 diera impulso a una respuesta (¿calculada?) como la del 22 de agosto.

Desde el punto de vista de los tropismos, o de la energía que desató el alzamiento de Menéndez (y Lanusse) en el seno de la organización sindical, y política también, el proceso no fue simple, ni lineal, sino sumamente complicado.

Nadie dice esto, pero como yo no creo en las casualidades, ni tampoco en los héroes (Perón no era un héroe, gracias a Dios), me veo en el compromiso de expresarlo.

Evita creyó, por un momento, apenas un segundo, que podía ser una heroína.

Fue el segundo de la perdición, que, habiéndolo comprendido después, debió pagar cuantiosamente, hasta con su propia vida.

En realidad pagó todo el mundo, lo pagamos todos.

Ella primero, y después Perón, no durante los 18 años de exilio, sino desde 1952 hasta 1974, o sea durante los últimos 22 años de su vida.

Y los peores no fueron para él los años del exilio, sino los años que corrieron entre 1952 y 1955, cuando todo era como si, pero ya no era.

Algo que Perón comprendía perfectamente.

Por eso, cuando en septiembre de 1955 le decían “resista, usted puede pelear”–y verdaderamente podía en el recuento de fuerzas– Perón respondió con un no.

¿Por qué?

Porque resistir (no olvidemos que grupos disidentes del partido Comunista del asesino Codovilla, que habían entrado al peronismo, pedían repartir armas a los obreros para desencadenar, por fin, “la revolución” que los obsesionaba) hubiera significado equivocarse por segunda vez.

Y razón tuvo.

Evidentemente fue perdonado, porque si no, no hubiera vuelto.

No sin pagar también con esos terribles 18 años de exilio.

Pero en estas cosas es así.

La justicia es inexorable, más aún cuando el inculpado sabe.

¿Qué dijo a su retorno?

Vengo desencarnado.

Se interpretó que esas palabras las dictaba su edad o sus malestares físicos.

Si esa interpretación no estaba lejos de la verdad, otra cuestión pesaba en ellas.

Y justo cuando las decía también aparecían, nuevamente, los tipos que con los fierros en la mano pedían “la revolución”.

Perón tendría que haberlos limpiado ahí mismo pero, mediante un esfuerzo increíble, adoptó una actitud tolerante: hablar, convencer… pese a que no había quién los convenciera.

Estaban decididos a morir y matar, pero a morir sobre todo.

Porque hay un ciclo que se repite, que es el ciclo trágico –y es múltiple– porque ésos eran los hijos, incluso en términos biológicos, de quienes los iban a matar realmente.

Eso ocurría en un lugar de la Argentina donde esa rebelión era titánica, pero resultó peor aún, porque ni siquiera Zeus se salvó.

El único cronida que había quedado vivo después de la rebelión de los titanes, que intentaron tomar el cielo por asalto y matar a Cronos, el tiempo, fue Zeus.

Pero hoy en día los símbolos son ignorados por los hombres.

Hay entonces un mensaje enviado y no recibido; está ahí para el que lo quiera leer, y los hombres no lo pueden leer.

La contracultura les ha hecho olvidar el código por medio del que es posible leer éste y otros incontables envíos que se han hecho a los hombres, por encima del tiempo. Ignoro cómo los hombres pueden soportar esta situación.

Cómo se puede soportar ser Caín (Judas se suicidó, precisamente por no haber podido soportarlo).

Obviamente, hoy existen infinidad de medicamentos y drogas contra el dolor y, además, la conciencia humana puede hacer maravillas para justificarse, aparte de que nadie hace nada creyendo que está haciendo el mal…

AA/

 

* Fragmento de su libro «Así se hizo Guardia de Hierro».