Recibió el apodo, "Barquina", pues al ver su manera de caminar, Carlos de la Púa aseguró que andaba a los barquinazos, como carruaje en camino desparejo.

BARQUINA

Por Teodoro Boot

En abril de 1910 nacía Francisco Antonio Loiácono, Barquina (FOTO con Troilo), un petiso deslenguado que con sus salidas de tono hizo reír a personajes tan disímiles como Carlos Gardel, Natalio Botana o Juan Domingo Perón, a quien le reprochó, zalamero: “Lástima que cachó este laburo de presidente, porque con su pinta trabajarían para usted más minas de las que tuvo el Gallego Julio», legendario matón de Avellaneda que regenteaba varios prostíbulos.

 

Por Teodoro Boot

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21/04/2020

Recibió el apodo, «Barquina», pues al ver su manera de caminar, Carlos de la Púa aseguró que andaba a los barquinazos, como carruaje en camino desparejo.

“Motorman personal del trompa”, manejaba el ascensor para uso exclusivo de Natalio Botana, que tenía su oficina en el primer piso del diario Crítica.

Nunca nadie supo si Botana lo había contratado para que le macaneara de coté y siempre al vesre o como proveedor de la nieve que solía obsequiar a sus periodistas: los recursos y habilidad de Barquina para transitar los bajos fondos eran ilimitados.

Cuando Botana decidió cambiar el viejo ascensor a manivela por un modelo a botones, Barquina debía dedicarse a una actividad que sin ser más seria y productiva, al menos justificara su presencia en el diario y ¿qué podía ser más apropiado que el periodismo?

Fue así que del brazo de sus compañeros de redacción Carlos de la Púa y Enrique Gonzalez Tuñon y gracias a su natural simpatía y desparpajo, su presencia se fue volviendo indispensable en el mundo de la noche.

Trabó amistad con los más prestigiosos músicos, poetas, cantores y artistas, y muy especialmente con Aníbal Troilo, Pichuco, de quien sería, nada menos, que padrino de bodas.

Sus tangos “Cantor de mi barrio” y el más logrado “NP”, en el que Barquina está en su elemento los grabó la orquesta de Pichuco, su gran amigo.

¿Quién sino?

Cuando el 19 de enero de 1974, Barquina fue con su andar compadrito a chamuyarle impertinencias al de arriba, Pichuco cayó en una depresión tan profunda que la tristeza se lo llevó un año después, a los 61 años.

Años antes, apenas había podido sobreponerse a la muerte de otro amigo, su alma gemela, con quien se entendía con una mirada.

Esa noche, la más larga de su vida, Pichuco no durmió y en un mentís rotundo a su afirmación de que era incapaz de componer sin basarse en una letra, hizo gemir a su bandoneón un desgarrador “Responso”

Y lloró desconsoladamente cuando su amigo Cátulo Castillo despidió al amigo común:

“Su herencia es un manojo de tangos: los más nuestros.

Su herencia es la palabra fácil y es el recuerdo bueno.

Su herencia es un clima de barrio que fue suyo, donde la noche –en el pescante– contempla al hombre gris que chicotea el látigo en la diestra.

Su herencia es esto tierno que tenemos de nuevo florecido, porque también miramos hacia atrás, y te encontraremos de nuevo en la vidriera, mirando cómo llueve en un otoño.

Adiós, Homero Manzi, amigo nuestro”.

Treinta años atrás, ese muchacho flaco, alto, que decía haber sido vendedor de papas y carbón, era en realidad músico y boxeador aficionado, campeón argentino de la categoría Gallo y preseleccionado para las Olimpiadas de Amsterdam.

A los 14 años había subido por primera vez a hacer unos rounds con un pibe de 16, Alcides Gandolfi Herrero, que, cuatro años después, ya como profesional, llegaría a campeón sudamericano de los Livianos y si no llegó a más habrá sido por su afición a las minas, la noche y la farra. Y porque, a la manera de Esquilo, Cervantes o Mansilla gustaba combinar las piñas con los versos.

Dará a conocer algunos en 1954 con Nocáu lírico, que lleva un elogioso prólogo de ese pibe alto y flaco con quien había cambiado guantes y conocía del barrio.

Porque ¿quién no iba a conocer Cátulo en ese barrio?

Si era nada menos que el hijo del Viejo Pepe, el anarquista José González Castillo, poeta, teatrero guionista de cine, autor de tangos famosos y activo animador de la vida cultural de la barriada.

En ese momento, González Castillo acababa de ganar un concurso con su tango “Organito de la tarde”, que llevaba música de su hijo.

Parado ante la puerta de la casa familiar de Loria 1449, el flaco veía diariamente pasar silbando tangos a un gordito que acababa de estrenar pantalones largos y vivía ahí nomás, en Garay 3259.

Un día el gordito lo encara:

–Me dijeron que vos sos el que compuso “Organito de la tarde” –al ver el gesto de asentimiento, agregó–.

Yo tengo una letrita… no sé si querés mirarla.

Así, a los 16 años de uno y los 17 del otro, nacieron el tango “Viejo ciego” y una amistad que duraría toda la vida.

La del gordito fue demasiado corta: se apagaría a sus 44 años de edad, el 3 de mayo de 1951, destrozando a Aníbal Troilo, que demorará más de un año en reponerse.

¿Y Barquina?

Barquina vivirá eternamente, a su modo, sentado en un boliche, en el tango “A Homero”, evocación que el lungo flaco y el gordo bonachón que vivía para sus amigos, harán del añorado ausente diez años después de su muerte.

Había ocurrido que, luego de componer la música de varios tangos, recién después de la muerte de su padre el Flaco se le animará a la poesía, escribiendo los versos de setenta canciones, una más linda que la otra.

“Vamos –le dice el flaco a Homero–, vení de nuevo a las doce…

Vamos

que está esperando Barquina.

Vamos…

¿No ves que Pepe esta noche,

no ves que el viejo esta noche

no va a faltar a la cita?…

Vamos…

Total al fin nada es cierto

y estás, hermano, despierto

juntito a Discepolín…

Más triste que nunca, Troilo murió el otoño de 1975. Cátulo lo siguió esa primavera: se le habían ido todos.

Seguramente, el gordo había tenido razón cuando lo invitaron a actuar en Japón, donde su música estaba haciendo furor, y se negó.

–¿Y que voy a hacer yo en Japón, si no conozco a nadie?

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