Nos convoca a la reflexión sobre la “correlación de fuerzas” entre el bloque de fuerzas nacionales y populares versus las de la reacción oligárquica

SOBRE LA CORRELACIÓN DE FUERZAS (APRENDIENDO DE BOLÍVAR Y PETIÓN)

Por Amado Boudou

A través del tiempo, las fuerzas políticas del Movimiento Nacional y Popular se debaten una y otra vez en torno a la existencia o no de condiciones “objetivas” para emprender transformaciones de la estructura social y económica en pos de las grandes banderas de la Patria: la Independencia Económica, la Soberanía Política y la Justicia Social.

 

 

Por Amado Boudou

El Destape/ Economía

26 de Abril 2020

 

El ex vicepresidente, en coautoría, parte de la historia para plantear propuestas en la puja frente a los sectores concentrados de la economía y asegura que la pandemia actual es a su vez una oportunidad para un cambio de paradigma.

 

Sobre la correlación de fuerzas (aprendiendo de Bolívar y Petión)

A través del tiempo, las fuerzas políticas del Movimiento Nacional y Popular se debaten una y otra vez en torno a la existencia o no de condiciones “objetivas” para emprender transformaciones de la estructura social y económica en pos de las grandes banderas de la Patria: la Independencia Económica, la Soberanía Política y la Justicia Social. Del mismo modo, y desde mucho antes aún, mas allá de nuestras fronteras los movimientos populares se vienen interrogando a cerca de cuales serían las condiciones requeridas para avanzar hacia la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

No es una pregunta ociosa. Nos convoca a la reflexión sobre la “correlación de fuerzas” entre el bloque de fuerzas nacionales y populares versus las de la reacción oligárquica, en tiempos de esta versión inhumana y desaprensiva del capitalismo neoliberal que caracterizamos como Dictadura del Capitalismo.

¿Cómo se evalúan estas fuerzas? ¿Pueden mensurarse solo por la cantidad de votos en la última elección? ¿Mediante la última encuesta de opinión pública? ¿Deben sumarse en un lado y en el otro los aportes que pueden hacer los medios de comunicación hegemónicos, la élite judicial, el establishment empresarial, las grandes corporaciones extranjeras, el sistema financiero, la embajada norteamericana, el FMI, los sindicatos obreros y de trabajadorxs de las clases medias, los movimientos sociales, el movimiento feminista, los grupos que batallan por la defensa del medio ambiente, los organismos de derechos humanos? Todos estos son reconocidos factores institucionales de poder que apoyan al bando canalla o al colectivo diverso que batalla por la justicia social.

Sin duda, los factores que hemos mencionado pujan en una dirección y en la contraria. Todos “pesan” en la ecuación de la correlación de fuerzas, aunque en distinto grado.

Pero a esta enumeración le falta un factor muy importante, el campo donde las sociedades dirimen circunstancial y efectivamente el sentido de la “correlación de fuerzas”. Es el Estado donde se despliega la institucionalidad del campo de lucha entre lo popular y lo oligárquico. Aún con los condicionamientos y extorsiones que sufre, el Estado es una herramienta central en la construcción y consolidación (o en la destrucción) de derechos sociales.

Seguramente compartiremos que el gobierno del Estado es un factor desequilibrante, aunque no garantiza de por sí una democracia real el mero hecho de elecciones sistemáticas. Y, es que los cambios económico-sociales profundos, los que implican un cambio en la estructura de clases, las relaciones de poder, el rumbo de la economía y el modelo de acumulación llevan más tiempo que el de un período gubernamental. Entonces quien conduce el Estado debe ser “continuamente exitoso” para alcanzar los objetivos propuestos y al mismo tiempo ganar elecciones en forma consistente. Este es el único mecanismo dentro del sistema para acumular poder popular e ir modificando la “correlación de fuerzas”. Más aún cuando el sistema político y sus integrantes están mayoritariamente atravesados por los intereses y el sentido común de la clase dominante.

Llegado a este punto, ¿podemos concluir que según sea la suma y resta aritmética o ponderada de los factores de poder enunciados se puede disponer de un cálculo de la “correlación de fuerzas” apropiada o exigua en función de los cambios a que se aspira? Ese balance es necesario, pero no suficiente. Hay factores subjetivos e intangibles relativos a visión, programa, cohesión, claridad de objetivos, convicciones, preparación, arrojo, libertad y compromiso de quienes, integrando un proyecto político, intentan concretarlo en la práctica.

Por supuesto en nuestra opinión es importante que quienes conducen a las fuerzas nacionales fortalezcan las alianzas sociales necesarias, alienten entre los desposeídos la confianza en que las cosas serán mejores y comprometan resultados tangibles.

Una vez en el gobierno los líderes populares que pretendan avanzar en un proceso emancipatorio necesitan orientar la acción en dirección a satisfacer demandas y reconocer derechos; “acumulando” poder, solidificando la relación con los grupos sociales afines y ampliando sectores de la comunidad que se sientan representados por sus políticas.

El peronismo tiene en este sentido un bien ganado respaldo en el movimiento obrero, entre los sectores más humildes, los intelectuales nacionales y populares, los científicos, las mujeres, los empresarios de la economía nacional y después de Néstor y CFK, entre los jóvenes.

Pero con una audacia y desvergüenza pasmosa, los llamados emergentes populistas de la reacción conservadora y oligárquica hacen pie en la situación de desamparo y en bien alimentados prejuicios o lugares comunes difundidos por las usinas reaccionarias para capturar a sectores populares en procesos electorales de América Latina y el mundo en general. Claro está para defender la posición dominante del capital y su sistema de poder.

Y, finalmente, vale la pena consultar la experiencia histórica en materia de las luchas de los pueblos, sabiendo también que ninguna traslación mecánica servirá para interpretar cada momento de cada nación.

En definitiva, la “correlación de fuerzas” no es una cuestión estática ni esencialmente exógena. Muy por el contrario, estamos convencidos que dicha correlación es fundamentalmente dinámica y una de las principales fuerzas que impulsan su dinámica es la propia acción política. Por esto decimos que es endógena, en el propio proceso de acciones concretas y simbólicas deviene la modificación de la “correlación de fuerzas”. Y esta finalmente es la fuente de transformación de escenarios sucesivos.

Queremos iluminar nuestro razonamiento y nuestras propuestas en un ejemplo histórico que juzgamos magnífico, y que tuvo lugar en tierras latinoamericanas en tiempos de la independencia. El lector dirá si la metáfora tiene valor y si comparte las conclusiones que nos permite sintetizar más adelante.

Una referencia histórica

A fines del año 1814 Simón Bolívar, el futuro libertador de la Gran Colombia, es derrotado en la batalla de Úrica por los ejércitos realistas bajo el mando de un singular personaje llamado José Tomás Boves quien buscaba restablecer la autoridad del Rey de España derrocando al gobierno de la segunda república y venciendo a los patriotas venezolanos que habían declarado en 1810 una Patria Independiente. Es relevante señalar que las fuerzas de Boves estaban conformadas mayoritariamente por clases populares de Venezuela.

No era la primera vez que caía un gobierno patriota ni que se viera Bolívar forzado al exilio, ya que en 1812 se había recluido en Colombia tras la caída de la Primera República.

Pero ahora recalará en Jamaica y en este derrotero caribeño Alejandro Petión, presidente de Haití y uno de los más destacados jefes revolucionarios en la lucha anticolonial se interesa por la suerte de Bolívar, de quien se decía encontrarse desorientado sobre cómo retomar la iniciativa.

¿Cómo era posible que el ejercito realista se hubiera constituido con apoyo del pueblo de los llanos venezolanos formado por negros, mulatos, mestizos e indios? Es decir, los pobres y desarrapados hijos de las clases populares se alzaban para enfrentar algo tan noble y propio como la construcción de una nueva Patria en contra de sus propios intereses.

Petión, que preside el primer gobierno independiente de América del Sur y busca vencer el bloqueo francés y español al que se encuentra sometido, ofrece a Bolívar ayuda en armas, barcos y soldados para retomar la lucha por la independencia americana. Pero la propuesta requiere de un compromiso y así se lo hizo firmar. A cambio de este apoyo los patriotas venezolanos, no bien regresados a su tierra deberán anunciar la abolición de la esclavitud en toda América. Bolívar cuya familia era propietaria de esclavos entendió el mensaje, asumió el compromiso y partió al continente con soldados seleccionados por el propio Petión.

Todo un ejemplo para seguir. Petión, hijo de una negra esclava y un colono francés, quería sacar a Haití del aislamiento en que se había encontrado muchos años, rodeado de colonias españolas esclavistas. Bolívar en cambio, pertenecía a una familia acomodada del Valle de Caracas, terratenientes con esclavos que aspiraban a resolver la cuestión nacional (esto es la Independencia de España) sin plantearse acabadamente la cuestión social, esto es los asuntos centrales que acuciaban a los pobres y desheredados de su país, ni que decir a los oprimidos en condiciones de esclavitud.

Bolívar cumplió con Petión, con la revolución y consigo mismo. Regreso con nuevas y decisivas banderas de reivindicación social, anunció el fin de la esclavitud en su Patria reunió un nuevo ejército con el que logró el triunfo en las batallas de Carabobo y Boyacá, iniciando una campaña triunfal que garantizará la definitiva independencia de América en Ayacucho. En Haití, Bolívar encontró algo más que ayuda militar. Encontró un programa y comprendió un sistema de relaciones internacionales que le permitieron acumular poder popular para modificar la “correlación de fuerzas” en su tierra.

Superar las extorsiones mediáticas, judiciales y corporativas

El episodio que acabamos de recordar conmueve por su belleza y trascendencia y, además nos deja algunas enseñanzas. La más significativa es el cambio interior generado por la emergencia de nuevas convicciones en Bolívar. El ejemplo de Haití que pudo sostener su independencia haciendo profundas transformaciones estructurales, revolucionando el sistema productivo a partir de la abolición de la esclavitud y la distribución de las tierras de los latifundistas ilumina el compromiso que asume Bolívar ante su pueblo. Este nuevo programa conmueve a millones de venezolanos postergados y oprimidos que ahora sí deciden acompañarlo.

Este giro espectacular es lo que cambia la “correlación de fuerzas” en favor de los patriotas. Es el programa la fuerza decisiva. Las ideas y las palabras convertidas en acción logran alterar el sentido común. El nuevo programa de la revolución independentista se llena de contenido, de contenido profundo que puede ser percibido por las masas como propio. Por supuesto que parte de la “nueva” correlación de fuerzas son los pertrechos aportados por Petión. Pero es la fuerza de las nuevas ideas lo que permite acumular el poder popular para cambiar definitivamente la realidad política del colonialismo larga y sólidamente establecido.

Como vemos encontrar en toda coyuntura una situación favorable es, una cuestión abierta a la inteligencia política, absolutamente indispensable para percibir y establecer vínculos de sinergia con distintos actores sociales, inesperados (o no).

Pero más importante aún, la correlación de fuerzas es una cuestión endógena, en la cual las propias acciones del sujeto (individual o colectivo) van alterando el estado de las cosas incrementando o deteriorando la propia fuerza, como así también alterando la del resto de quienes actúan en el mismo campo de disputa a favor o en contra. El poder no es necesariamente un juego de suma cero, y mucho menos un juego estático.

Viene todo esto a cuento del duro posicionamiento con el que las fuerzas del statu quo, del conservadurismo oligárquico, reciben regularmente a todo gobierno con atisbos de representar a las grandes mayorías. En cualquier situación y en cualquier contexto no están dispuestos a ceder sus privilegios.

La agresividad y firmeza de dicho posicionamiento busca condicionar la acción de los gobiernos populares con reyertas económicas, buscando infiltrar funcionarios afines (ideológica o materialmente convencidos) y operando sobre el sentido común. Los gobiernos populares requieren no amilanarse ante tales hechos. Para no ser dominados por los poderes en apariencia permanentes necesitan convicción y determinación política fundamentada en:

La formulación previa de un programa claro y definido, cuya expresión en ideas fuerza contenga proporciones adecuadas de impacto político, económico y simbólico.

Sostener una política internacional libre de prejuicios en la búsqueda de objetivos nacionales, que por supuesto contenga tanto elementos ideológicos y pragmáticos. En este eje en particular, una vez elegido el curso de acción aumenta (o disminuye) los grados de libertad y la potencia de las decisiones de política interior en cualquiera de sus dimensiones; desde Salud a Industrialización, desde Financiamiento a Obra Publica sólo como un par de ejemplos.

Nuestra Patria tiene la oportunidad de encarar una nueva etapa con características inéditas, acumulando poder entre los damnificados por las políticas oligárquicas de la administración Macri. Estos incluyen trabajadorxs, clase media, jubiladxs, profesionales, comerciantes, empresarixs PyMe y nacionales y por supuesto lxs jóvenes.

La pandemia agrega un grado de libertad adicional para la acción, dadas la incertidumbre y la evidencia del fracaso del sistema de mercado ante la crisis sanitaria y humanitaria. El Gobierno Nacional se ha posicionado más que adecuadamente en su encuadre filosófico y político frente a la pandemia: por un lado “la vida primero” y por el otro revalorizando el rol del Estado.

Nadie puede garantizar cual será el camino de la humanidad después de la crisis, pero sería ingenuo suponer que las clases dominantes están dispuestas a ceder algo de su poder. Recordemos siempre la frase del supermillonario Warren Buffet: “Por supuesto que hay una guerra de clases, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra y vamos ganando”. Entonces es necesario entender cuales son los mecanismos mediante los cuales la clase dominante plantea dicha guerra para poder posicionarse racionalmente en el campo de lucha. Hoy parecen obvios: la financiarización de toda la economía, el descontrol del sistema financiero, la privatización de los servicios públicos, el ataque a los sistemas previsionales, los derechos laborales y la política.

Una vez interpretado el campo de acción se requiere sumarle inteligencia, audacia y decisión para avanzar en medidas concretas que al realizarlas puedan ser interpretadas por la comunidad como una mejora indisputable en sus vidas. Solo de esta forma se acumula poder en función de mejorar la tan mentada “correlación de fuerzas” para el campo popular.

Por lo tanto, el diseño de las políticas públicas y las reformas estructurales en un sentido emancipatorio requieren además de un programa implícito, conocimiento desprejuiciado del tablero, capacidad de gestión y comunicación no intermediada de las acciones de gobierno.

En medio del dolor provocado por la catástrofe humanitaria, este es un tiempo lleno de esperanza para las grandes mayorías. Baste recordar que es la primera vez en la historia que le toma solo cuatro retornar al gobierno a las fuerzas populares cuando sabemos que en otros tiempos incluso a Perón le llevó 18 años lograrlo.

La situación global actual, esta -verdadera Dictadura del Capital- en que vivimos requiere en las naciones, no una mejor administración, sino un cambio de paradigma teórico que permita mitigar la desigualdad, liberando a la población de sus necesidades e insatisfacciones. Es decir, retomar la idea del amor y la igualdad como principios rectores de la acción política concreta.

Este es el único camino para modificar la “correlación de fuerzas”. Si las acciones del gobierno tienden a “dar certeza a los capitales” y ser “amigables al mercado” paradójicamente, solo acumulan las clases dominantes, pues este es un camino sin retorno donde cada vez los capitales requieren más certezas de los gobiernos, para finalmente no cumplir ningún compromiso. Las acciones gubernamentales deben “dar certezas a la comunidad” y “ser amigables con nuestro pueblo” como único camino en la acumulación de poder popular y fortalecimiento de la democracia.

En dicho camino es indispensable reorientar la institucionalidad a favor de la economía real por sobre el sistema financiero, evitar cualquier canto de sirena en torno a reformas laborales y previsionales que son las etiquetas de la pulverización de derechos de la ciudadanía y solo concluyen fortaleciendo a los más fuertes.

El Estado defendiendo derechos sociales -junto a sindicatos movilizados- son mecanismos centrales y eficientes de la lucha por la justicia social. Al mismo tiempo explicitar un programa audaz de transformaciones permitirá que estas sean acompañadas por sus beneficiarios en las clases medias, definición que no surge de un ordenamiento social natural sino de políticas concretas de ingresos y movilidad social ascendente.

Es necesario exponer ante toda la comunidad que el orden actual presenta a sus víctimas como culpables; que el riesgo no puede ser soportado por lxs trabajadorxs, lxs jubiladxs, lxs profesionales, lxs empresarixs y comerciantes Pymes.

Por lo tanto, para volver a poner en funcionamiento nuestra sociedad y nuestro sistema económico, un paso ineludible es lograr un shock redistributivo. El mismo implica aumentos en salarios y jubilaciones que compensen las pérdidas de poder adquisitivo producidas por el macrismo. Nuestro país no tiene dificultades para generar valor, el problema es cómo se distribuye el mismo.

Los servicios públicos no pueden continuar siendo un sistema de extracción del valor generado por los argentinos. Solo servicios públicos estatales constituirán un motor y cadena de transmisión en la creación de valor nacional y mejora en la vida diaria de toda la comunidad.

Es necesario un mayor aporte fiscal de las grandes fortunas personales y societarias, así como la prohibición de funcionamiento en nuestra economía de sociedades constituidas en guaridas fiscales. En este sentido la propuesta de Máximo y Carlos Heller es un gran paso.

Requerimos financiar las obras de infraestructura necesarias para el crecimiento eludiendo a Wall Street y sus artilugios orientados a prestar lo que nunca ingresa o se fuga. Esto requiere una política internacional que se oriente a la inversión directa, explote al máximo las complementariedades, suavice los conflictos comerciales y aumente los grados de libertad nacionales respecto a la participación dentro de los organismos multilaterales. Es decir, diseñar una estrategia realista de alianzas e hipótesis de conflicto.

En el campo previsional es imprescindible volver al sistema universal e igualitario que habíamos construido durante 12 años. El mecanismo de complemento proporcional de aportes permitió ampliar derechos y generar un marco de mejora en la distribución del ingreso, en especial entre géneros y territorio junto a un creciente reconocimiento de dignidad en la etapa final de la vida.

Respecto al FMI está claro que nunca dejamos de integrar el organismo. El FMI es un dato para la política nacional, el problema ha sido la actitud de los gobiernos argentinos frente al mismo. Se ha demostrado durante el kirchnerismo que es posible participar sin someterse. Porque no hay que negociar lo que no hay que negociar: la estructura legal y funcional de nuestro país es cuestión de los argentinos, no puede ser imposición de organismos internacionales. Ni estos pueden ser mascaron de proa de intereses de empresas trasnacionales o de élites nacionales que no pueden exponer sus verdaderos intereses.

Estamos convencidos que la “correlación de fuerzas” es una variable y no un parámetro, la historia nos lo enseña. Como la historia relatada sobre Bolívar, como previamente lo hizo Petión. Como en la Argentina lo mostraron Perón, Néstor Kirchner y CFK. Una cosa es la opinión publicada, otra muy distinta es la acumulación de fuerza popular y democrática. El futuro no está escrito… nos está esperando.