Como cabal héroe de una historia de aventuras, había unido su vida a la de “Rosita de La Plata”, la ecuyère más linda del mundo.

FRANK BROWN «EL PAYASO INGLÉS» SU GIRA DESDE MOSCU CULMINO AQUÍ Y AQUÍ SE QUEDO PARA SIEMPRE.

Por Teodoro Boot

Hijo y nieto de payasos, acróbata, malabarista y músico, conocido como “el clown chocolatín”, Frank Brown había nacido en 1858 en Brighton, localidad costera del sur de Inglaterra. Habiendo recorrido desde niño los más diversos lugares del mundo, desde Moscú a México, en medio de una gira llegó a Buenos Aires en 1884 y nunca más se fue.

Por Teodoro Boot

NAC&POP

09/04/2020

Luego de trabajar en el circo de los hermanos Carlo con el apodo de “El Payaso Inglés”, actuó en el teatro Politeama de Paraná y Corrientes con el más famoso payaso rioplatense, el oriental José Podestá, “Pepino el 88”, creador de un género emblemático de los tablados argentinos, el monólogo político, que en esos años, en la localidad de Chivilcoy, da vida a Juan Moreira, drama con cantores, bailarines y guitarristas basado en el folletín de Eduardo Gutiérrez y tenido como el inicio del teatro criollo.

Pepe Podestá, junto a sus hermanos Gerónimo, Pablo y Antonio formaron una compañía circense con la que el payaso inglés trabajará varios años y con la que estará muy estrechamente relacionado –al menos, más de lo que algunos hubieran deseado–, hasta convertirse en el Rey de los Clowns del teatro argentino.

Sus riesgosas acrobacias y su respetuosa parodia de los más famosos monólogos de Shakespeare le granjearán la admiración de Rubén Darío, Roberto Payró, Carlos Pellegrini y Domingo Faustino Sarmiento, para quien “El talento de Frank Brown es de maravillosa extensión: es un clown enciclopédico, es saltarín, juglar, equilibrista, bailarín de cuerda.»

«Es un Hércules con pies de mujer y manos de niño”.

Tras la muerte de su pequeño hijo y, poco después, en un accidente circense, la de su esposa, marchó de gira a Sudáfrica.

O bien no tuvo éxito o añoraba Buenos Aires o acaso los circos porteños, donde prosiguió con su costumbre de regalar chocolatines y golosinas a los niños y no cobrar entrada a quienes no pudieran pagarla.

Generoso, hacía muchas funciones a beneficio del Hospital de Niños. “Cuando estoy ante los millares de ojitos encantados de los niños –declaró alguna vez–, con sus manos ansiosamente extendidas solicitándome los para ellos maravillosos chocolates y muñecos que les traigo en mi canasta, tiemblo de emoción, de alegría infinita.

Y es porque si en ese instante ellos son felices, yo me considero el hombre más feliz de la Tierra”.

Para los festejos del Centenario, montó su carpa en un baldío de la calle Florida y Córdoba, a un centenar de metros del señorial edificio del Jockey Club, con soberbia fachada sobre la calle Florida, impactante recepción, suntuosos salones, vasta sala de armas y acogedor comedor.

Sus elegantes características contribuyeron para que, desde el momento mismo de su inauguración, el 30 de septiembre de 1897, el palacio del Jockey Club se transformara en el centro predilecto de la actividad social más encumbrada de la ciudad.

En su moblaje y decoración tuvo mucho que ver Carlos Pellegrini, quien se ocupó personalmente del arreglo definitivo de la casa hasta en sus mínimos detalles, contando para ello con la colaboración de Miguel Cané, que desde París, donde cumplía funciones como ministro de nuestro país, remitió los lujosos cortinados, las espesas alfombras, las panoplias, las arañas de finísimo cristal e incluso los faroles para el frente del edificio.

Con el tiempo, la señera institución iría adquiriendo lo que los asociados denominaban “notre petit musée”, en el que lucirían pinturas firmadas por Louis Michel Van Loo, Goya, Bouguereau, Corot, Monet, Sorolla, Anglada Camarasa, Fantin-Latour, Carrière y Favretto.

Junto a las de los artistas extranjeros también eran exhibidas numerosas telas de maestros argentinos como Sívori, Gramajo Gutiérrez, Bermúdez, Quinquela Martín, López Naguil, Fernando Fader, Cordiviola y Aquiles Badi.

Ignorantes de que en un futuro no muy lejano, galería de arte y edificio, con farolas francesas incluidas, serían arrasados por la plebe ensoberbecida, las señoras y señoros de entonces pusieron el grito en el cielo: con el circo de Brown la vecindad se llenaría de niños pobres y de inmigrantes italianos, turcos, gallegos y hasta judíos.

Tal vez, incluso, se presentaría en persona, montado en un mancarrón desastrado el pavoroso calabrés Antonio Cuculicchio, un peón del teatro de los Podestá caricaturizado por el actor Celestino Pelay, quien se presentaba “Mi quiamo Cocoliche e sono creolio hasta lo güese da la taba e la canilla de lo caracuse”.

Era una verdadera pesadilla, y ante la insensibilidad de la Comisión del Centenario y de la intendencia municipal, que no clausuró el circo de ese payaso extranjero y seguramente anarquista, al grito de “viva la Patria” las patotas de niños bien arrasaron las bibliotecas, las redacciones de periódicos y las imprentas socialistas y libertarias y, de paso, prendieron fuego al circo de Brown.

La señoras y señoros suspiraron aliviados ante lo que un periódico calificó de “una expresión de violencia que no deja de ser simpática”.

Sería muy simpática, pero el Payaso Inglés quedó arruinado y emprendió una gira por los países sudamericanos, hasta que siete años después, gracias a un grupo de inversores, el 5 de mayo de 1917 abrirá sus puertas el Hipodromme Circus, junto a la iglesia de San Nicolás de Bari, desde cuya torre se izó oficialmente por primera vez la bandera argentina.

Para 1936, el cuarto centenario de la supuesta primera fundación de Buenos Aires fue celebrado de una manera muy argentina: demoliendo la histórica iglesia para erigir en su lugar un insípido obelisco, auténtico emblema de una ciudad que vive destruyendo su pasado.

A Brown no le importó: ya se había retirado, junto a su nueva esposa.

Como cabal héroe de una historia de aventuras, había unido su vida a la de “Rosita de La Plata”, la ecuyère más linda del mundo, cuyo verdadero nombre era Rosalía Robba, ex esposa de su amigo, el acróbata, actor, pianista y compositor Antonio Podestá.

Falleció el 9 de abril de 1943, en su humilde casa de calle Enrique Martínez 825, donde aun lucía el cartelito que colocaba a la entrada de sus espectáculos: “Aquí se aprende a reír”.