Roque Carranza: Como merecido homenaje al humor negro, en la actualidad, una estación de subterráneos recuer­da su nombre.

LOS TERRORISTAS RADICALES

Por Teodoro Boot

En el transcurso de la importante concentración obre­ra, en momentos en que el hijo de Mario Tomás Perón ilustraba a quien quisiera oírlo sobre la necesidad de con­trolar los aumentos de precios, una bomba de treinta car­tuchos de gelignita arrancó de cuajo las cortinas metálicas de la confitería del Hotel Mayo, ubicado en Hipólito Yri­goyen y Defensa, destrozando sus ventanas y vidrieras.

Por Teodoro Boot

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06/04/2020

La verdad verdadera

A raíz de una investigación por maniobras de acaparamiento de carne, Juan Duarte Ibarguren, hermano de la recientemente fallecida Abanderada de los Humildes, presentó su renuncia como secretario privado del Presidente.

El 9 de abril de 1953, tres días después de que Perón anunciara por radio que metería presos a todos los ladro­nes, “aunque sea mi propio padre –advirtió–, porque robar al pueblo es traicionar a la Patria”, al entrar en su habita­ción para despertarlo, el mayordomo japonés encontró al ex secretario privado, inclinado sobre la cama, con un agujero de bala en la sien derecha.

Cuando Perón dijo “mi propio padre”, Juan Duarte escuchó “cuñado”, y se pegó un tiro, explicaron los pero­nistas.

“Lo mató Perón”, contradijeron los opositores.

Nada nuevo hay bajo el sol, diría mi abuela, pero esta sospecha no sólo llevará a los umbrales de la demencia al profesor Próspero Germán Fernández Albariño, quien de ahí empeñaría su vida en demostrar la culpabilidad del primer mandatario, sino que era alentada por la propia señora Juana Ibarguren, quien encabezando el cor­tejo fúnebre no dejaba de gritar “¡Asesinos!

¡Me han ma­tado a otro de mis hijos!”

Juana Ibarguren, hija del vasco Joaquín Ibarguren y de la moza criolla Petrona Núñez, había nacido en un puesto de una estancia cercana a las tolderías del cacique mapu­che Kolükew, lonco principal de los indios amigos del mitrismo y coro­nel del Ejército Nacional, un descendiente de Caupolicán que había trasladado a su tribu desde la localidad chilena de Temuco hasta la provincia de Buenos Aires para inter­venir en las guerras civiles argentinas.

Kolükew, que en el hablar de la tierra significa “rubio” o “pelirrojo”, españolizó su nombre como “Coliqueo” y de yapa se bautizó “Ignacio”.

Tras muchos incumplimientos, finalmente consiguió que, en mérito a su invalorable con­tribución al exterminio general, las autoridades nacionales otorgaran a su tribu la propiedad de las tierras que ocupaban, a mitad de camino entre Lincoln y Bragado, y entre Junín y 9 de Julio.

La hija del carrero vasco y la puestera criolla nació veinte años después de la muerte del cacique, cuando ya los estancieros vecinos iban lentamente arrebatando a los mapuches las tierras que les había otorgado el decreto ley 474 del 29 de septiembre de 1866, y la antigua toldería había mutado en el pequeño pueblo de Los Toldos.

En uno de los campos usurpados a los descendientes de Kolükew, el cajetilla de Chivilcoy Juan D´Huart, Uhart o Douart, españolizado Duarte, fundó la estancia La Unión, donde instaló de querida a la veinteañera hija de Joaquín Ibarguren y Petrona Núñez, con quien convivía durante los meses del año en los que no se encontraba en Chivilcoy con su esposa Adela y sus hijos Adelina, Catalina, Pedro, Magdalena, Eloísa y Susana D´Huart.

En La Unión y auxiliada por la comadrona india Juana Rawson de Guayquil, Juana Ibarguren dio a luz a Blan­ca, Elisa, Juan Ramón, Erminda y Eva María Ibarguren, quien en 1945, durante el gobierno del presidente Edel­miro J. Farrell y aprovechando la influencia de su novio –chismorrearon las envidiosas señoras y señoros de buena familia–, consiguió modificar su partida de nacimiento invirtiendo el orden de sus nombres para luego adoptar el apellido de su padre, muerto en 1926.

El novio no se mostró muy impresionado: él mismo era hijo del cajetilla porteño Mario Tomás Perón y de una joven muchacha tehuelche llamada Juana Sosa.

Luego de que el 6 de abril de 1953 el hijo de Mario Tomás Perón y Juana Sosa dijo que metería presos a to­dos los ladrones, y de ser necesario hasta al propio Mario Tomás, porque robarle al gobierno era robarle al pueblo, y tres días después el hijo de Juan D´Huart y Juana Ibargu­ren se pegara un tiro en calzoncillos, medias y portaligas, la Confederación General del Trabajo convocó a una mar­cha a Plaza de Mayo en repudio a las acusaciones que la hija de Joaquín Ibarguren y Petrona Núñez vociferaba en el cementerio de la Recoleta.

En el transcurso de la importante concentración obre­ra, en momentos en que el hijo de Mario Tomás Perón ilustraba a quien quisiera oírlo sobre la necesidad de con­trolar los aumentos de precios, una bomba de treinta car­tuchos de gelignita arrancó de cuajo las cortinas metálicas de la confitería del Hotel Mayo, ubicado en Hipólito Yri­goyen y Defensa, destrozando sus ventanas y vidrieras.

Instantes después, mientras desde el balcón de la casa de gobierno el hijo de Mario Tomás Perón intentaba cal­mar a la multitud, desde la boca del subterráneo de la lí­nea A ubicada a un lado de la Plaza de Mayo, emergió una espesa columna de humo provocada por el estallido de otro artefacto, éste de cien cartuchos, que había sido colocado en el andén, debajo de un tablero eléctrico y que provocó severos daños.

Un tercer artefacto, armado con cincuenta cartuchos de gelignita, fue colocado en el octavo piso del Nuevo Banco Italiano, pero por defectos del mecanismo de relo­jería, no alcanzó a estallar.

Como consecuencia de las explosiones, Mario Pérez, León David Roumeaux, Osvaldo Mouché, Santa Festi­giata de D`Amico y Salvador Manes pasaron en ese mo­mento a la inmortalidad, mientras 93 manifestantes y transeúntes sufrían heridas de diversa gravedad y otros 19 quedaban lisiados en forma permanente.

Los artefactos habían sido fabricados en el local de la casa Redondo Hnos de la avenida Jujuy 47/51, por Arturo Mathov, Roque Carranza, Miguel de la Serna, Rafael Douek y Carlos Alberto González Dogliotti, quien, per­suadido en la Sección Especial por los imaginativos interro­gadores Cipriano Lombilla y José Faustino Amoresano, reconoció haber colocado los explosivos, aunque sostuvo que no eran más que bombas de estruendo: los muertos y heridos fueron consecuencia de la cobarde estampida de la multitud peronista.

En 1964 el fabricante de bombas Roque Carranza fue designado secretario general del Consejo Nacional de De­sarrollo por el presidente Arturo Illia y el 10 de diciem­bre de 1983, ministro de Obras Públicas por el presidente Raúl Alfonsín.

Falleció el 8 de febrero de 1986 siendo ministro de Defensa y mientras nadaba en la pileta de su residencia oficial en Campo de Mayo.

Carranza, como merecido homenaje al humor negro, en la actualidad, una estación de subterráneos recuer­da su nombre.