Se abre un debate a partir del artículo “La filosofía y el coronavirus, un nuevo fantasma que recorre el mundo”

REFERENCIAS AL PENSAMIENTO CRIOLLO

Por Gabriel Fernández

Al ver la edición publicada en Página 12, quedamos abrumados por la exposición de figuras del análisis político europeo que desfilan en la nota central para intentar desovillar el futuro humano tras la situación económico sanitaria presente. En línea con la “sorpresa” manifestada en derredor del documento antes citado, descubrimos que no figura allí un solo argentino. Por ejemplo Rodolfo Puiggros (FOTO) Y ni un solo latinoamericano.

“Al modelo argentino aún innominado,
a mí me gustaría llamarlo «modelo de

sustitución de importación de ideas””

(Ana Jaramillo)

Por Gabriel Fernández
La Señal Medios
Marzo 2020

Para los que tengan ganas de prepararse unos mates y sentarse a leer.

Vamos a ver si podemos combinar lo práctico con lo profundo. Resolvamos el primer tramo así nos zambullimos en el otro.

La búsqueda por aclarar puntos históricos de importancia se asentó en la Cuarentena.

O algo así: ayer, los organismos tuvieron la oportunidad de hablar a todo el país casi en cadena nacional, debido al ensamble del feriado por el mismo 24 de marzo y la reclusión forzada por la epidemia.

Fue un buen momento para decir cosas que ayuden a pensar.

Y si bien algunos de los errores incluidos en este último documento estaban presentes en varios anteriores, el peso del mismo se hizo más contundente.

Pero abordemos los contenidos, sin dejar de lado la emoción.

En este caso, la sensación que apuntaló la objeción no fue la bronca, sino la sorpresa.

Sorpresa sin ingenuidad, pero bien afincada en el entorno y la derivación del material expuesto y por nosotros criticado.

¿Qué es lo que resulta llamativo?

Básicamente que posiciones antiquísimas, muy superadas en los años 60 y los 70 dentro del activo militante del pueblo argentino, sean presentadas hoy, y circulen, como novedosas o cual código propio de las nuevas generaciones.

A ver: se está presentando al codovillismo como una etapa superior del puiggrossismo.

Créase o no, mucho antes que todo detonara en esa dramática década del 70, Rodolfo Puiggross, entre otros, rompió partidaria y conceptualmente con el Partido Comunista que orientaba Vittorio Codovilla.

No lo hizo para crear una corriente propia, sino que se sumó con sus ideas y sus investigaciones al Pensamiento Nacional que (créase o no) mucho antes, venía planteando el revisionismo histórico y las pautas culturales surgidas de las entrañas de lo más lúcido de nuestra gente.

Desde muy variados y enriquecedores afluentes fueron engarzando su pensar y su decir Manuel Ugarte, Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Jorge Abelardo Ramos, Juan José Hernández Arregui, José María Rosa, Fermín Chávez, el líder intelectual Juan Perón y quien así lo caracterizó, el oriental Alberto Methol Ferré.

Entre tantos.

Todos barrieron con Juan B. Justo, Codovilla y lo que ellos encarnaban.

Ya en los años 60 el Pensamiento Nacional, a veces definido como forjismo, otras como nacionalismo popular, y con una vertiente que se presentaba como izquierda nacional, había refutado intensa y terminantemente el indianismo, la idea de Nación preexistente como superior a la construcción americana desplegada en el mestizaje, el concepto de atraso que manejaba el marxismo europeo –ya impactado por el emerger de Lenin y su visión del imperialismo-.

Entre aquellos revisionistas, vale la observación, se contaban Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Ortega Peña.

Y la mención sirve porque Duhalde, secretario de Derechos Humanos de Néstor Kirchner, fue durísimo entre los 60 y los 70 con el socialismo amarillo y el comunismo sin raíz nacional, al tiempo que desarrolló una mirada bien honda sobre los caudillos federales y colaboró con la Resistencia Peronista desde el movimiento obrero organizado.

Cuando decidió respaldar a Kirchner, nos consta, lo hizo porque observó que reunía los preceptos que él mismo había sostenido.

Aclaramos porque no faltará quien diga que Eduardo “evolucionó” hacia la socialdemocracia.

El conjunto del documento leído en la víspera repone la necesidad planteada en estas páginas de repasar planes de estudio y lineamientos editoriales para insertar el Pensamiento Nacional en aulas y medios.

Lo indicamos al percibir que desde esos mismos organismos –queridos, respetados y apoyados- surgía la iniciativa de promover una Ley contra el negacionismo que cerrara sin debate un debate que, a todas luces, sigue abierto.

Desde Fermín hasta Eduardo tenían claro, y lo manifestaban en la charla cotidiana, que “la continuidad de los indios está en sus descendientes, los trabajadores argentinos, surgidos de la mezcla con criollos y europeos”.

Cualquier intento de división era condenado.

Es más: Ramos, entre otros, insertó un planteo de vasta difusión sobre el sentido de la Conquista del Desierto, las características del roquismo y su tensión con el mitrismo.

No tan diferente resultó la mirada de Rosa y Chávez, e inclusive Cooke, acerca de la previa relación de Juan Manuel de Rosas con las tribus que entornaban el territorio bonaerense.

En medio de esos debates estaban todos, incluyendo los cristianos con un rol significativo.

A nadie se le ocurría que el ateísmo era una condición para el revolucionario.
Salvador Ferla fue pionero en el enlace, y desde otro perfil Juan García Elorrio hizo lo suyo.

Hasta un filósofo experto en Platón como Conrado Eggers Lan incidió en la construcción de un espacio de razonamiento brillante, variado, fértil.

Entre ellos y tantos más no había un solo lineamiento, pero si un criterio común de adhesión o respeto al peronismo y de pensar desde acá los problemas locales e internacionales.

El conjunto de las obras realizadas en aquél período superaron las reproducciones más o menos inteligentes y muy difundidas del socialismo europeo y sus variantes en estos pagos.

La formación de las generaciones que protagonizaron los años 60 y 70 estuvo marcada por ese multifacético Pensamiento Nacional y no por el aura liberal que comanda el pensar de varios actores del presente tramo, quienes invirtiendo el curso histórico retrotraen temáticas a la simpleza anterior a la creación de la mixturada y nueva clase trabajadora argentina.

El surgimiento de ese sector social es lo que vigorizó un razonar abierto y hondo.

Da para mucho más, pero hasta acá estamos bien con lo esencial. Ojalá logremos transmitir el nudo del problema.

La sorpresa, entonces, radica en que se nos está presentando como nuevo algo bastante viejo.

Una visión que empezó a quedar desactualizada ya en los 40 y que en las décadas flamígeras había recibido su acta de defunción.

Como dijo el no siempre bien citado Rodolfo Walsh: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires.

Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan.

La historia parece, así, como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.

Qué paradoja cruel.

Tener que plantar esta cita para polemizar con quienes han hecho de la Memoria, una bandera.

GF/

 

Gabriel Fernández / La Señal Medios