El centrojás se redujo con los setenta, en su versión modesta de volante-tapón, un apelativo lamentable.

EL ÚLTIMO CENTROJÁS (UN RELATO DE JUAN SASTURAIN)

Por Juan Sasturain (FOTO)

El centrojás fue, en la cancha, el dueño de la pelota. Con ella en los pies o bajo el brazo, detentaba un poder natural que el referí -esa especie de abogadito o delegado papelero de una Ley sin sangre- intentaba encauzar negociando, arriesgándose a un conflicto, siempre al borde de la claudicación o el estallido.

Por Juan Sasturain

El Ortiba

21/03/2020

Cuando vio el ademán, el gesto rígido, primitivo -anterior a la burocracia simiológica de la tarjetería que vendría después, con tantas pestes- Sebastián Peluffo abrió los brazos y esbozó una desesperanzada protesta.

Pero el gesto tardío del centrojás visitante no servía para borrar la elocuente caída del habilidoso diez de los locales, daspatarrado ahora contra el alambrado (que por qué carajo llamarían olímpico si nunca había salido del pueblo).

El hombre de negro revoleó el brazo y repitió el gesto como si dirigiera un tránsito lento y obstinado.

Ocho o nueve camisetas rojiblancas de Once Unidos de Coronel Gorbea se le pegaron por todos lados, abejas volvedoras, pero él se afirmó tocando pito, abriéndose paso a manotones:

-Vamos, señores…vamos. Sigue el juego, señores… y usté, Peluffo, vayasé…Vamos…

Pero el cinco se tomó su tiempo.

Primero lo miró, lejano y soberbio, y luego ahí mismo, a mitad de camino entre el área y el circulo central -su territorio de caza- y se sentó en el suelo.

Con gesto que no quería ser teatral pero lo era, como el guerrero que se quita con amargura y sin resignación las latas abolladas.

Peluffo se fue sacando las invistas canilleras, desnudó una vez más -que sería la última- esas piernas que esgrimían un bello siempre tenaz, todavía intimidatorio, y replegó hacia los tobillos vedados con delicadeza de bailarina las medias grises, casi monacales.

Después se incorporó, ajeno e infructuoso referí que lo acosaba, lentamente caminó hacia el túnel, entre aplausos y abucheos tan ralos como la caprichosa gramilla de la cancha en Jorge Newbery de Marcos Sastre.

Atravesó el húmedo conducto y llegó al vestuario desierto, casi inundado por el agua fría que goteaba desde hacia siglos de una ducha balbuceante.

Se sentó en la punta del banco de madera y sintió el olor a aceite verde como el saludo de un amigo en las malas.

Afuera subían los gritos que acompañarían la agonía de un 0-2 barato, irremediable.

Tiró la camiseta numero 5 en un rincón, dejó caer el pantaloncito negro, se liberó del suspensor de cintura elástica alta y exigente, casi una faja femenina, y soltó una breve buzarda en la que había ocho años de pastas, cervezas y prolijas sobremesas.

Cuando, se miró en el espejito que pendía de un clavo inseguro.

Sebastian Peluffo no supo -aquel domingo de noviembre de 1974 en un ventoso pueblo del norte de Santa Fé- que estaba mirando la cara del último centrojás.

GESTOS

Peluffo saliendo lentamente de la cancha, las canilleras en la mano y el modesto estadio pendiente de su gesto final, casi una ceremonia, es el último eslabón de una larga cadena simbólica.

Su sentido final escapaba al protagonista y a los ocasionales asistentes.

No saben que el veterano 5 de Once Unidos -oscuro ejecutante de una partitura aprendida instintivamente, de oído- es en ese momento la modulación final de un gesto de cuya grandeza ha quedado solo la hueca forma. Peluffo es Obdulió Varela atravesando lentamente el Maracaná con la pelota bajo el brazo en la final del Mundial del 50; es Pipo Rossi levantando con un patadón tardío y quebrador al negrito Cejas, arreando a puteadas a la pendejada talentosa del Sudamericano de Lima.

Peluffo es-finalmente- Rattín sentado y desafiante sobre la alfombra que conduce al podrido corazón del Imperio Británico.

Porque el centrojás es -o fue, mejor-en nuestro fútbol, mucho más que un puesto o una camiseta: fue un tipo humano.

Hecho de actitudes, pinta y esa mezcla de bigotes y pierna fuerte que los comentaristas llamaban personalidad, el centrojás fue redondeando una imagen casi tangencial con la figura sociológica del compadre porteño.

Suma de hombría y noble autoritarismo que no desdeñaba, en los inicios, el cuidado casi femenino de la pinta, la redecilla de la vieja para sostener un jopo impecable en el momento del cabezazo hasta la mitad de la cancha, como los de aquel José Nasassi, uruguayo fundador de dinastía.

El centrojás fue, en la cancha, el dueño de la pelota.

Con ella en los pies o bajo el brazo, detentaba un poder natural que el referí -esa especie de abogadito o delegado papelero de una Ley sin sangre- intentaba encauzar negociando, arriesgándose a un conflicto, siempre al borde de la claudicación o el estallido.

Pero, claro: lo que no pudo un silbato expulsador o un “insai“ hábil, lo pudo el tiempo.

MOMENTOS

Ese número 5 arquetípico, inexistente en la realidad que lo pretenda entero en Monti, el colorado Giúdice, Victorio Spinetto, Perucca, Finito Ruiz, el gallego Mouriño, Palito Bala y el perdurable “Rata“ -para abarcar treinta años-, existió concreto en la imagen superpuesta y complementaria de todos ellos y sus imitadores menores.

Eso es: existió.

Y más precisamente, murió sin entierro, sin cajón de seis manijas pero con seis goles adentro en Suecia 58.

Esa tarde barrosa de Malmo, los checos de Masopust boletearon a una argentina con tres cuartos de River y su lenta gloria acumulada en pisadas tangueras.

Y el patón Rossi, talentoso, grandote e impotente como un transatlántico, se fue a pique con la bandera.

Como buen centrojás, era casi naturalmente capitán del equipo.

Más allá de estadísticos brazaletes, ejercía un liderazgo caudillesco que lo convertía en propietario monopólico de la palabra dentro del campo, en una especie de aduana móvil de cuanta pelota circulara entre las dos áreas.

Habrá quien diga, y con razón, que allí no murió la cosa.

Que hubo después Rattin por largos años; hubo Cap antes y después, y hubo Pastoriza.

Está esa década gloriosa de Peñarol con el mármol definitivo del Tito Goncalvez también.

O sea que los años sesenta tuvieron centrojás por mucho rato.

Y es cierto, a su manera.

Por eso, tiremos otra fecha: Wembley 66. Cuartos de final con 0-1 con gol de Hurst sobre la hora, de cabeza y con la chancha Roma clavada en el piso.

Esa tarde memorable nos defendimos sin pudor, la expulsión que le propinó el sastrecillo Kreitlin a Rattin nos dio un hueso para mascar por años -¿hasta las Malvinas?-; no fue una caída injusta pero si honorable, el Rata fue Argentino hasta la muerte.

Hasta la muerte… con Gonzalito y el Indio Solari de Laderos, el centrojás era el Cid Campeador apentalado en la montura, el gesto y el fervor que empujaba.

En estadio contiguo un pendejo de 22 tocaba e iba a buscar desde el fondo de la cancha y del fútbol nuevo, Bekembauer se llamaba, tampoco fue campeón por esa vez.

Pero subía.

El Rata en Wembley es Pipo Rossi ocho años después, sin sobrar y con realismo.

El esplendor de los gestos, la sobriedad y la entrega.

Pero ese padrillo no tendrá descendencia: en el club, Nicolau era el Simulcop, la copia pobre, el lomo y la parada.

El próximo gran cinco de Boca no será un centrojás sino otra cosa: un volante “brasileño“, el Muñeco Madurga.

MUTACIONES

De la estirpe del Muñeco ya fue Mori -el del equipo de José-, un cinco que no era centrojás.

También la oveja Telch.

De la madera de Rattin eran Viberti, el primer Cocco, Pachamé y el Pato Patoriza.

Pero mutaron….

El Pato y el Cocco terminaron más arriba, ya volantes ofensivos; como Nicolau fue al fondo, por grandote.

El Pacha a la manera de Berta y Saccardi después, tuvieron el fuego y la parada pero se disolvieron en laburantes corredores, hijos de otro fútbol sin cafishios.

El centrojás se redujo con los setenta, en su versión modesta de volante-tapón, un apelativo lamentable.

Quintero y prolijo, el cinco habitual de esos tiempos en que Gallego se cansó de usar la nacional, la vulgarizó, pasó a ser socorro y bombero de quienes eran de antaño dóciles afluentes de su caudal de fútbol parsimonioso: Andá…Decile a un centrojás que te hiciera un relevo!…

Merlo o el chapa Suñé, remadores de ley son de un tiempo en que cada partido había que ir a buscar la pelota como quien sale a hacerse la diaria, y si quedó el rigor, la boca rápida, es porque el medio de la cancha es una selva.

Pero ya no hay un tarzán ni gente que se llame León Strembel y Batista ruge en el vestuario.

PUNTAS

Hay una constante tana, recurrente con el cinco, sobre todo en la época de gloria del oficio.

A los dichos sumemos Guidi, Minella, Ramaciotti, Pederzoli -restemos al ruso Cielinsky- pero agreguemos la contundencia de Faina -¿o Fainá?

Puede ser…Tal vez la gringada es mayoría en todas partes, en todos los puestos, pero me gusta pensar que la pinta de Benetti en el Mundial 78 -¡qué centrojás moderno, ése!- era algo más que una coincidencia.

Es una punta…

La otra me la dio un amigo mesa de por medio, hace una hora.

Yo hablaba de Peluffo, de las imágenes que engendraba esta nota, de la idea de hallar el nombre del último centrojás, un modelo soberbio y ligeramente añejo, entero.

Algunos tiraron nombres, se repitieron varios de los mencionados aquí, no había matices.

Hasta que mi amigo introdujo una variante rara, previas consideraciones que a la luz de su propuesta me resultaron innecesarias.

Dijo: -El último centrojás fue Perón.

Claro que sí.