Hay dos informaciones de la jornada presente que merecen reflexión.

APUNTES SOBRE LA DISCUSIÓN DEL ABORTO Y LAS NUEVAS CIFRAS DE VIOLENCIA CONTRA LA MUJER

Por Gabriel Fernández

Uno de ellos es la persistencia del contraste celeste y verde evidenciado en sendas actividades masivas que vuelven a encapsular el asunto. Hace un par de semanas indicamos que el argumento presentado por el gobierno para promover una Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo resultaría esencial para un debate justo y sin falsas dicotomías. Bueno: eso no ocurrió.

 

Por Gabriel Fernández *

 

INTERRUPCIÓN. Pero hay dos informaciones de la jornada presente que merecen reflexión. Uno de ellos es la persistencia del contraste celeste y verde evidenciado en sendas actividades masivas que vuelven a encapsular el asunto. Hace un par de semanas indicamos que el argumento presentado por el gobierno para promover una Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo resultaría esencial para un debate justo y sin falsas dicotomías. Bueno: eso no ocurrió. El planteo del presidente estuvo focalizado en la libertad individual de decisión, cuando era básico adentrarse en fundamentos científicos y jurídicos.

Quienes resuelvan leer sin prejuicios, pueden avanzar. Todo el problema radica en la potenciación del concepto Libre en la eventual normativa. Al recalar en esa definición, seguramente impulsada por uno de los espacios radicalizados, el gobierno que orienta Alberto Fernández canalizó la temática sobre un solo perfil, lo cual fuerza a oponentes tan testarudos como los inspiradores de la propuesta, a plantear, simplemente No al Aborto. Si a la voluntad materna se le añade el estudio de cada caso con razones médicas y consideraciones legales, es posible acercar posiciones más allá de los preceptos ideológicos.

Fíjense: la consideración de situaciones violentas –básicamente violación-, médicas –riesgo para la madre-, pero también económico sociales, permitiría brindar una cobertura comprensiva y legal a las decisiones que se adopten sobre el embrión. Y no son muchos, tomando en cuenta las estadísticas, los casos en los cuales se encontraría un conflicto directo. Al dejar la determinación absoluta en manos de una persona el proyecto resigna la solución por fuera de la participación de los especialistas imprescindibles que pueden ofrecer al Estado la posibilidad de resolver sin colisionar con sus propios preceptos constitucionales. Y, políticamente, debilita los esquemas de las franjas radicalizadas en distintas direcciones.

VIOLENCIA. En un sentido cercano, se han difundido cifras sobre el aumento de la violencia contra las mujeres. La misma presentación de las informaciones –en este caso es responsabilidad de los medios- configura una convocatoria involuntaria al delito pues, como hemos señalado en varias ocasiones, realza la ferocidad y el poder de los agresores. Estos no pretenden ser evaluados como buenas personas por la comunidad sino que, ante ostensibles dificultades psicológicas, anhelan ese rol de machos virulentos que se les asigna. Es decir, tras cometer un ataque que merecería ser caracterizado como cobarde, se sienten premiados por la trascendencia alcanzada.

Mientras las coberturas ideologizantes sigan posicionando a los criminales como verdaderos machos, violentos y aterradores, personas que sólo pueden doblegar a alguien en inferioridad de condiciones se sentirán amparados culturalmente para demostrar fácilmente, sin más esfuerzos que la corroboración de la desigualdad física, su presunta hombría. Lo cual nos conduce al anverso del dilema, que radica en los esfuerzos antinaturales para desprestigiar y menoscabar la virilidad como uno de los elementos constitutivos del ser humano nacido varón. En un trabajo de pinzas absurdo, se menoscaba al hombre y al mismo tiempo se indica que “hombre” es sinónimo de agresor violento.

Sin pretensión científica pero con conocimiento vital y comunicacional hemos precisado, e insistimos, que los atacantes deben ser posicionados ante la sociedad como cobardes y pelotudos. Así, con esas expresiones de vasta circulación masiva. Es la mejor manera de disuadir la concreción de una acción ejercida en base a la carencia. Carencia de hombría y de valor. Cobarde porque golpea a quien está en situación desfavorecida, pelotudo porque no se le anima al jefe, al policía, al potente, sino a la víctima indefensa. Créase o no, la vida es así: un montón de ineptos que ven pasar sus vidas sin destino, visualizan por televisión la posibilidad de una fama feroz que los vindicaría.

HOMBRE. El torturador, como el violador y el golpeador, es uno de los modelos más despreciables de la humanidad. No siente culpa ni espera que el resto lo considere un gran tipo. Desea mostrarse valiente. De hecho, los jefes de las juntas militares de la dictadura participaban sin necesidad en algunas sesiones de tormento con el específico objetivo de mostrarse valerosos ante sus subordinados. ¡Pero el detenido estaba amarrado a una parrilla! Mientras la opinión pública siga caracterizando del modo que desean su cobarde accionar, encontrarán el modo de hacerlo. Eso implicaría una revisión de la hegemonía anti hombre en la comunicación presente y una reposición de ciertos valores callejeros bastante atinados.

Ser valiente es plantarse en situaciones difíciles, defender al caído, pelear mano a mano, cuestionar un poder, alzar la voz cuando se pretende el silencio. Eso es, en el código lejano y hoy vapuleado, ser hombre. Y es también, en equivalencia justa, ser bien mujer. ¿Alguien cree que Hitler (o Thatcher) estaba preocupado al ser identificado en los medios por desatar guerras que costaron la vida de tantas personas? Estos pequeños dictadores caseros que son los agresores tampoco se arredran ante las críticas por su “machismo”.

La cuestión está en golpear donde les duele, no es articular versiones que los realzan.

 

 

  • Director La Señal Medios