Assange está siendo juzgado por difundir información certera. No ha cometido otro delito que el de dar a conocer la verdad.

ASSANGE Y EL SENTIDO DEL PERIODISMO

Por Gabriel Fernández

El problema que el australiano ha generado no radica en la violación de privacidad, en la intromisión sobre sistemas informáticos, ni en discusión alguna sobre las nuevas tecnologías. Se asienta en los contenidos difundidos, que evidencian atropellos ilegales desde cualquier punto de vista –aún tomando en cuenta las irregularidades propias de una guerra- de esos poderes contra los pueblos.

Por Gabriel Fernández *

La Señal Medios

29/02/2020

Cuando se ingresa a las descripciones y biografías variadas de Julián Assange, es posible observar, de modo recurrente, definiciones tales como “programmer”, “publisher” y “activist”.

Es un modo internacional para bajar el precio a un personaje que ha desatado la furia de los poderes que fueron desnudados por su acción periodística.

Es que Julián Assange es periodista, y no otra cosa; que aproveche sus escuetos conocimientos técnicos y los brillantes saberes de algunos colaboradores para difundir la información obtenida, no lo corre del oficio, sino que lo equipara con aquellos que aprovecharon la imprenta, en todas sus derivaciones, para dar a conocer datos incontrastables.

El problema que el australiano ha generado no radica en la violación de privacidad, en la intromisión sobre sistemas informáticos, ni en discusión alguna sobre las nuevas tecnologías.

Se asienta en los contenidos difundidos, que evidencian atropellos ilegales desde cualquier punto de vista –aún tomando en cuenta las irregularidades propias de una guerra- de esos poderes contra los pueblos.

La absurda caracterización de Assange realizada por medios de comunicación que han construido sus mensajes en base a la mentira y la deformación es un equivalente a los esquemas empleados en nuestro país sobre situaciones y protagonistas harto reconocibles.

Cuando un investigador argentino denuncia el inadmisible monopolio ostentado por el Grupo Clarín y las falsedades derivadas de sus intereses, es presentado como periodista militante.

La labor devaluatoria tiene variantes de valor: movilizaciones gigantescas convocadas por el movimiento obrero, con la participación de trabajadores organizados junto a organizaciones sociales y populares, han sido presentadas como encuentros de grupos de militantes “K”.

En el colmo de la ignorancia consciente o autoinducida –si tal cosa existe- estos medios han llegado a hablar de “científicos K” para referirse a miembros del Invap.

Ahora resulta que Assange difundió noticias certeras sobre órdenes destinadas al crimen por parte de funcionarios del gobierno norteamericano y la OTAN, porque es un “activista”.

Mientras que mentirosos ostensibles que emiten desde las pantallas de CNN, TN, O Globo, o desde las webs de El País, The New York Times o La Nación, son promovidos cual periodistas a secas, vinculados sólo con la información y la verdad.

El accionar de Wikileaks, como el de otros medios en distintos puntos del planeta, no sólo deja al descubierto el terrorismo empleado por los grandes poderes, sino también sus intereses y la ligazón de los mismos con los medios que encubren ese accionar a pesar de contar con las herramientas para hacerse de los datos firmes para divulgarlo.

O, directamente, de poseer los mismos y, apenas, adoptar la sencilla decisión editorial de ocultarlos.

Son innumerables los trabajadores de prensa que sufren distinto tipo de persecución, desde económica hasta física, por ahondar en las regiones oscuras del suprapoder.

Todos, padecen el descrédito articulado sobre los mecanismos antedichos.

Y cuando se repasa la labor de cada uno, lo que se encuentra es el apego a esos interrogantes que desde el origen mismo del oficio fueron planteados como imprescindibles: Qué, quién, cuándo, cómo, dónde, por qué y para qué.

Esas son las preguntas a las cuales no pueden responder las empresas comunicacionales más importantes.

Pues en las respuestas surge su propio protagonismo en el delito, o –en el mejor de los casos- la presencia de asociados directos.

La falsificación de la realidad emerge con intensidad en sus páginas, diales y pantallas porque necesitan configurar una firme autodefensa empresarial que, al encubrir a los responsables directos de un delito, los encubra a ellos.

Assange se adentró en el decir directo de las fuentes originales.

Consiguió instrucciones explícitas para asesinar a quienes se oponían al esquema de control.

Halló estafas y saqueos protagonizados por la cúspide misma del sistema económico.

Todo firmado, fechado; auténtico.

Y para escándalo de los espacios periodísticos “serios”… lo difundió.

A quién se le ocurre.

Ahora, esos medios debaten si la tarea del acusado estuvo adecuada a las “normas profesionales” que ellos disponen.

No se bancan indicar lo que corresponde al respecto: Assange está siendo juzgado por difundir información certera.

No ha cometido otro delito que el de dar a conocer la verdad.

Si alguien encuentra una mejor definición del sentido del periodismo, debería indicarlo.

GF/

  • • Director La Señal Medios / Area Periodística Radio Gráfica / Sindical Federal