(29 de Junio de 1923 - 27 de Febrero de 2010)

ENRIQUE PEDRO OLIVA

Por Cesar Trejo

Hace diez años, fallecía el compañero Enrique Pedro Oliva, también conocido por su pseudónimo Francois Lepot, que utilizó en el último de sus exilios para ejercer el periodismo.Para recordarlo, comparto algunas líneas que escribí a manera de prefacio de su obra póstuma “Malvinas, el pasado es el prólogo” (2013, Edic. Fabro).

 

Por Cesar Trejo

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Hace diez años, fallecía el compañero Enrique Pedro Oliva, también conocido por su pseudónimo Francois Lepot, que utilizó en el último de sus exilios para ejercer el periodismo.

Para recordarlo, comparto algunas líneas que escribí a manera de prefacio de su obra póstuma “Malvinas, el pasado es el prólogo” (2013, Edic. Fabro).

“No es fácil hablar en pocas líneas sobre el autor de estas páginas, ya que Oliva tuvo una vida extensa e intensa.

La recuperación de las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y espacios adyacentes, fue una de las obsesiones que atravesó toda su existencia. Su primera participación en un acto político –contaba-, fue a los catorce o quince años cuando un grupo de jóvenes nacionalistas se movilizó en la capital mendocina cantando consignas contra Inglaterra y a favor de la recuperación de las islas usurpadas.

Enrique sólo admiraba a aquellos que eran capaces de “poner el cuerpo” para defender sus convicciones, de ahí su reivindicación hacia los ex soldados combatientes en Malvinas.

Aunque rechazaba la violencia, una de las virtudes principales que reconocía en el otro era el coraje. Por eso desde muy joven practicó esquí en las montañas mendocinas, en una de cuyas jornadas conoció a un joven oficial instructor de esa disciplina que le ayudó a atarse los borceguíes: Juan Domingo Perón.

Su primera vocación, que nunca abandonó, fue la docencia. Desde su temprano ejercicio pensó que así podía servir mejor a sus paisanos, y a pesar que desempeñaría otras profesiones, su aporte a la educación pública se materializó en la promoción de instituciones como el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), y en la Universidad Nacional de Neuquén (hoy, del Comahue), en las que participó activamente.

Añoraba el tiempo de los guardapolvos blancos, símbolo para él de integración social plena, donde los hijos de los ricos, los de la clase media y los de los pobres, se mezclaban indiferenciadamente. Sufría ante el deterioro progresivo de la educación pública y por el continuo avance de la privatización educativa.

Por esa misma razón, defendía la institución del servicio militar obligatorio, pues al igual que la escuela, era un lugar de integración de todos los sectores sociales.

Muy pronto abrazó el compromiso político, ingresando a las filas del nacionalismo, hasta que las multitudes protagonistas del 17 de octubre de 1945 lo llevaron a integrar la militancia peronista, que nunca abandonó.

Jamás ocupó un cargo electivo; se enorgullecía de ello. Su militancia le deparó infinitos sacrificios y casi ningún privilegio.
Persecuciones, cárceles, torturas, exilios. A todos ellos los enfrentó con una enorme dignidad y estoicismo.

Nunca se quejaba de esas desventuras; jamás pidió “resarcimientos” por esos pesares, a excepción – en sus últimos días-, de la Ley de reparación a los resistentes, más por solidaridad hacia sus compañeros que vivían en la indigencia que por sí mismo, sabiendo que sus días estaban contados por una irreversible dolencia cardíaca.

El golpe cívico militar de 1955 lo llevó a ser uno de los más activos participantes de ese movimiento popular que expresó su rebeldía en lo que se conocería más adelante como Resistencia Peronista.

Muchos lo señalan como el fundador de la primera guerrilla peronista, apodándolo como “Comandante Uturunco”. Enrique, sin embargo, casi no hablaba de su propia actuación en la Resistencia. Por el contrario, siempre relataba anécdotas risueñas sobre sus compañeros, y repetía una y otra vez que la insurrección popular no había sido conducida por nadie.

Según Oliva, fueron los trabajadores quienes se condujeron a sí mismos, en pequeños grupos de absoluta confianza, que armaban los operativos en las cocinas de sus casas, condicionados a realizar acciones pequeñas, pero numerosas. No había líderes indiscutidos ni “orgas” disciplinantes en la Resistencia Peronista. Sólo el liderazgo de Perón, depuesto y en el exilio.

Despreciaba a los burócratas, a los obsecuentes y a los aduladores. Cuando cayó preso, luego de las consabidas torturas, lo trasladaron con los demás internos. Podía elegir entre el pabellón donde se encontraban los ex ministros, embajadores y demás jerarcas del peronismo, o el pabellón de los militantes. Eligió éste último, donde si bien la comida y las instalaciones eran mucho menos plácidas, le evitaron ser partícipe o testigo de las defecciones de unas cuantas figuras prominentes del peronismo ante la Junta Consultiva. (Muchos de esos figurones se publicitarían luego como luchadores abnegados de la Resistencia y defensores de la democracia).

Su compañero de prisión y amigo perpetuo, Carlos Ponce, lo recuerda curando en silencio las heridas de los torturados, contando chistes, contagiando esperanzas, planeando conspiraciones futuras.

Quizás por ello los dictadores Aramburu y Rojas, al tener que liberarlo, recomendaron por decreto su exilio a más de mil kilómetros del país, por ser persona “altamente peligrosa”.

En Caracas, junto al Gral. Perón y John William Cooke, tuvo oportunidad de preguntarle a su conductor por qué se había rodeado de tantos mediocres. Contaba Oliva que fue esa vez que Perón lo miró con su peor cara de indio enojado – Enrique reivindicaba la preeminencia en la Argentina de nuestros ancestros aborígenes-, y le respondió: “¿Y qué quiere que hiciera, si los ‘inteligentes’ no quisieron acompañarnos? Yo los convoqué, les expliqué el proyecto, y ellos no quisieron venir. Entonces, tuve que quedarme con los leales”.

Enrique Oliva era uno de esos inteligentes, pero que, junto a sus compañeros y amigos “Pepe” Rosa, Fermín Chávez, Jorge Abelardo Ramos, etc., prefirió hacer letras para los hombres, que ser un hombre de letras, como dijera Homero Manzi.

En sus años de exilio, acompañó en muchas instancias decisivas a Perón. En su máquina de escribir redactó, junto a John William Cooke, el borrador de acuerdo Perón-Frondizi. Concluido, preguntó: “Mi General ¿Usted cree que Frondizi lo respetará?” Y Perón, respondió: “Claro que no, y nosotros, tampoco. Estos acuerdos se hacen para no respetarlos”.

A pesar de su profunda amistad con el “Gordo” Cooke, decidió con Perón no adherirse a las tendencias marxistas, que parecían soplar con el viento favorable de la historia luego del triunfo de la revolución cubana.

Quizás éste sea el motivo por el cual un hombre de la talla intelectual, ética y política de Enrique Oliva se encuentre absolutamente silenciado por el establishment cultural imperante en los medios, las cátedras universitarias y los organismos de gobierno.

Enrique Oliva fue una de las primeras voces que se alzó por la democratización de los medios, no sólo en nuestro país, sino en el mundo.

Fueron numerosos los artículos que escribió por esa causa. Hace muchos años me hizo conocer a Rupert Murdoch, a quien calificaba de “pornógrafo” y señalaba a la concentración de las empresas periodísticas en pocas manos como una amenaza creciente para la soberanía de los pueblos.

Entre sus blancos favoritos, se encontraban las monarquías, en especial la española, en la persona de Juan Carlos, a quien ridiculizaba cada vez que podía. Seguramente se sonreiría en el presente, al asistir a su irreversible decadencia.

Hace unos años, acompañé a Oliva a la presentación de un libro de Alberto “Tucho” Methol Ferré, que fue hecha por un intelectual uruguayo y el entonces Cardenal Jorge Bergoglio. Si bien Enrique no era religioso, luego de escuchar al ahora Papa, coincidimos que su intervención había sido magnífica, de enorme profundidad filosófica y de indudable orientación peronista.

Al día siguiente, Oliva me envió un correo electrónico con un escrito redactado por él en una cárcel chaqueña en la década del sesenta, en donde criticaba a gran parte de la curia argentina y reivindicaba a Juan XXIII, y que había titulado “Duos testes habet, et bene pendentes” (en castellano: “Dos testículos tiene, y bien puestos”, antigua fórmula que se utilizaba para presentar al nuevo Pontífice en el momento de su asunción).Estoy absolutamente convencido que Enrique se habría regocijado ante la asunción de Francisco.

En cuanto a la Causa de Malvinas, es bastante conocida la obra de Enrique Oliva como periodista. Cubrió como corresponsal de Clarín en Londres todo el período de la guerra. Se encontraba en un nuevo exilio, razón por la cual escribió bajo el pseudónimo de Francois Lepot (una combinación en el apellido de sus iniciales en las tres letras intermedias, con una palabra del argot parisino que se podría traducir como “gomía”).

Entrevistó a todo el gabinete inglés, salvo a Thatcher, y a la mayor parte del establishment británico. Siguió día por día la cobertura de todos los medios ingleses, y con especial rigor a las opiniones de los sectores financieros, temerosos por las consecuencias probables de una lógica declaración de cesación de pagos por parte de la Argentina, que nunca ocurrió. (Merced a la traición de Roberto Alemann y la cobarde actitud de los miembros de la Junta Militar). Con sus notas pormenorizadas, desde Londres trató de influir en esa decisión, mientras en Buenos Aires, Jorge Abelardo Ramos sintetizaba la posición bajo la consigna “Ya que echamos al inglés, hay que echar al Alemann”.

Veinte años después, Oliva editó el grueso de ese seguimiento periodístico, bajo el título “Malvinas desde Londres”, que a mi entender debería darse como texto obligatorio en todas las academias de periodismo, y estar al alcance de todos aquellos que pretenden investigar sobre la guerra de Malvinas.

Mucho antes, en 1984 (en plena campaña de desmalvinización ejecutada por el Gobierno de Raúl Alfonsín), publicó “Malvinas: el colonialismo de las multinacionales”, donde analiza las causas políticas del conflicto armado, desde la perspectiva de los intereses imperiales en juego, desafiando y denunciando los fundamentos desmalvinizadores que ya se anunciaban.

Ese mismo año, Enrique fue el primer periodista argentino que viajó a las Islas en la postguerra, cubriendo el viaje de un padre y una hermana de un piloto caído en combate de la Fuerza Aérea Argentina al que se rindieron honores.

Yo lo conocí por esa época, y me honró con su amistad hasta su muerte, en febrero de 2010.

Fue el inspirador de muchas de las cosas que luego emprenderíamos desde las organizaciones de ex soldados combatientes y desde la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas. Siempre discreta y humildemente, como los verdaderos grandes”.