Yo venía de familia peronista, en el ’72, ’73, de mucha efervescencia política y empecé a militar en la Juventud Universitaria Peronista (JUP).

MILITANCIAS, AMORES Y DOLORES SETENTISTAS / ALICIA PES

Por Noemí Ciollaro

La vida de las mujeres y hombres militantes en los ’70 fue agitada, enardecida, decididamente comprometida en una lucha de todo o nada. Alicia Pes recrea aquella época con claridad meridiana y como reencarnando a aquellos que ya no están y, a la par, reviviendo un tiempo que marcó la memoria de muchos argentinos para siempre.


Por Noemí Ciollaro
Revista Haroldo

21/02/2020
Fotos Lucrecia Da Representaçao

– ¿Cuándo y cómo comenzó tu militancia Alicia?
– Yo tengo 67 años, a los 19 entré a estudiar Psicología, en Filosofía y Letras, en esa época la facultad estaba en la calle Independencia.
Yo venía de familia peronista, era una época, ’72, ’73, de mucha efervescencia política en la juventud y empecé a militar en la Juventud Universitaria Peronista (JUP).
En uno de los exámenes, creo que en segundo año, fui a rendir y había un muchacho muy lindo que estaba sentado y estudiaba lo mismo que yo.
Fui a preguntarle por una duda que tenía y cuando empezamos a hablar le pedí que me explique porque me encantó…
Bueno, era Sergio Cetrángolo, el que fue mi compañero, al que le decíamos Tito.
Súper inteligente, me explicó un tema que era bastante complicado y cuando nos fuimos de ahí me pidió mi teléfono y así empezó mi relación con él.
Hablamos por teléfono como cualquier pareja común, nos encontramos, nos fuimos a tomar algo.
Me preguntó dónde militaba y ahí me dijo que él militaba en una Unidad Básica en San Cristóbal, Circunscripción 8, y me aseguró “vos para saber lo que es militar tenés que venir al barrio…”.
Me lo dijo medio en chiste, porque obvio que lo de la facultad servía, pero realmente en los barrios una palpaba toda esta cosa revolucionaria que teníamos.
Y ahí me fui, vivía en Flores, pero iba a militar a San Cristóbal.
– ¿Cómo trabajaban en San Cristóbal, en Unidades Básicas?
– En esa época era un barrio complejo, lleno de conventillos e inquilinatos, y trabajábamos con la gente de ahí, con el MIP (Movimiento de Inquilinos Peronistas).


Después Sergio era el responsable de Peronismo Auténtico y trabajaba con los más viejos, con los que habían estado en la Resistencia.
En esa época teníamos yo 21 y él 22 años.
La JP barrial se dividió en distintas agrupaciones y se armó la Agrupación Evita que era para trabajar con las mujeres de los inquilinatos.
– ¿Eso era en el ’73 todavía?
– No, ya en el ’75 tuvimos que cerrar la Unidad Básica porque pasaban con las ametralladoras y nos baleaban.
La casa de mi compañero estaba a una cuadra de ahí y prácticamente empezó a funcionar como UB y haciendo reuniones.
Al poco tiempo de eso nos casamos y yo me fui a vivir en esa casa, él vivía ahí con unos compañeros porque su madre se había ido a Estados Unidos.
Me instalé ahí, en otra pieza vivían los dos compañeros que iban rotando, después vino una pareja.
Todavía era la época de la legalidad, si bien era peligroso porque ya estaba la Triple A funcionando, igual militábamos en el barrio.
– ¿Tuvieron hijos?
– Sí, nació mi nena en marzo del ’75, pasa el tiempo y el ’76 nos encuentra levantados, habíamos tenido que dejar esa casa de la calle Pavón y nos mudamos a un departamento.
Ya habían empezado a pasar cosas, la casa era muy visible y tuvimos que levantar todo e ir al departamento.
Ahí vivimos muy poco tiempo porque cayó el Francés, un compañero entrañable que conocía la dirección y tuvimos que irnos.
Te cuento que aunque uno estaba muy comprometido y sabíamos que no teníamos que decir las direcciones, extrañaba esta cosa de los amigos y la dirección se filtraba.
Cuando yo me enteré que Tito le había dado la dirección al Francés me enojé…
Pero después él venía siempre a casa, a comer, si no era todo muy solitario, tan feo y difícil…
– ¿Dejaron el departamento o se quedaron?
– No te voy a contar todas las levantadas que tuvimos, porque de ahí en más, cuando cayó el Francés fuimos a parar a la casa de un compañero que era un puesto sanitario, esa casa la reconocí después de muchos años, tenía ventanas redondas, estaba en Gral. Paz y Nogoyá.
Yo no sabía dónde estaba, me llevaron compartimentada.
Ahí estaban dos compañeros, Pipo y Adela, una pareja más y nosotros.
Pipo y Adela tenían una nena de la misma edad de Mariana, mi hija, ahí vivimos sólo quince días y hubo que levantar esa casa.
A esos compañeros no los vi más.
Después me enteré que Pipo cayó y los otros compañeros también.
– ¿Vos venías de una familia peronista?
– Sí, pero no revolucionarios, peronistas de Perón.
Pero bueno, en esa época que andábamos medio en la calle, que no teníamos adonde ir, nos metíamos en los Pumper Nic que había en ese tiempo.
A mi hija Mariana, pobrecita, con los pañales de tela no tenía adónde cambiarla, toda piyada, un desastre.
Y de repente aparece la que era la compañera del Francés embarazada de ocho meses.
Ahí supimos que hacía como un mes que había caído él y no había cantado la casa y decidimos volver ahí.
Cuando llegamos estaba todo revuelto, al tiempo él contó que dio la dirección después de casi dos semanas, teniendo en cuenta que ya se había levantado su compañera.
Pero cuando yo toco la yerba que había quedado volcada de un mate, estaba caliente… se habían ido recién.
– ¿Se fueron o se quedaron ahí?
– No, fue todo una locura, la compañera del Francés, a la que le decíamos Lidia, estaba como en otro mundo, recorría la casa y decía “¡mis tacitas de café, me rompieron las tacitas de porcelana!”… era una compañera muy comprometida, pero bueno…
Tito salió del baño y dijo “¡no puede ser, cagaron en el baño y lo pintaron todo con mierda!”, habían escrito Montoneros y un montón de cosas más.
Y yo era la única que con mi hija en brazos gritaba que nos vayamos, que la yerba todavía estaba caliente.
Huimos los tres y yo sentía como que nos seguían, caminamos y caminamos y nos metimos con la nena en un cine, daban una película que se llamaba “Es preciso ser hombre”…
– Bueno, pero cuando terminó la película no tenían adónde ir…
– No, yo me metí con la nena en una pensión que era de una compañera que vivía ahí y le administraba el lugar al dueño, y ella metía compañeros a quedarse de noche.
Dormimos en la misma pieza que tenía ella con su hija.
– Y tu marido y los demás…
– Él no tenía lugar y estuvimos como un mes separados…
Esa compañera que atendía la pensión, que se llamaba Hilda y era divina, varias veces nos cuidó a la nena y nos íbamos los dos a un hotel alojamiento.
Nosotros de regalo le llevábamos los toallones, sí, nos robábamos los toallones del hotel para llevárselos a ella como agradecimiento por todo lo que hacía por nosotros.
En un tiempo que habrá sido un mes, más o menos, mi compañero consiguió un departamento para alquilar, no teníamos ni garantía ni nada, estábamos clandestinos, pero teníamos un compañero muy comprometido.
Era un oficial de Montoneros, hijo de un militar muy conocido que no era golpista y a través de él pudimos alquilar, yo figuraba como su hermana y decíamos que habíamos venido del interior porque nuestra nena estaba enferma.
El alquilaba con su nombre y sus garantías y decía que iba a vivir un tiempo con su hermana, su cuñado y la nena que estaba tratándose en el hospital de niños, así fue que pudimos tener un departamento.
– ¿Lo hicieron funcionar para la Organización o sólo para ustedes?
– No, por supuesto funcionó para la Organización también, con la asistencia de compañeros de ámbitos mucho más altos.
Ahí conocí a compañeros que después nos traicionaron: el “Pelado” Diego, “Caballo loco” y todavía pienso si fueron compañeros o infiltrados.
Finalmente de ahí tuvimos que irnos, porque no sé quién cayó, estábamos con este compañero que era hijo del militar, muy amigo nuestro, muy católico.
Nosotros teníamos que bautizar a Mariana, la nena, yo quería bautizarla y lo elegí a él como padrino.
Cuando estábamos en ese trámite nos tuvimos que volar a otra casa los tres con la nena.
En esa casa, donde el responsable era mi compañero, teníamos muchas cosas guardadas.
Una noche estábamos todos acostados y mi compañero se levanta y dice que está la policía abajo.
Paco, nuestro compañero, alzó a la nena, estábamos todos temblando y queriendo subirnos ya a la azotea, nos tuvimos que escapar, Paco tenía puesto sólo el pantalón y un saco.
Nos enteramos que había caído otro compañero, Marcelito Pardo, “el Rengo”, esa casa la conocía porque la había conseguido el padre.
O sea que hubo que levantarla también.
– Era una cacería continua… ¿Encontraron otro lugar?
– Sí, mi mamá nos consiguió un departamento que era de ella y recién se habían ido los que se lo alquilaban, así que nos fuimos a vivir ahí.
Antes de eso estuvimos unos días a un hotel, en Flores y yo estaba embarazada nuevamente.
Pero con tanta corrida yo perdí el embarazo a principios del ’77, era un embarazo de 9 meses, fui a un hospital de Avellaneda porque estábamos clandestinos, en realidad no tendría que haberla perdido con un médico pago, pero venía de pié y no me hicieron una cesárea cuando se debía y la bebé nació ahorcada.
– Ya en plena dictadura todo se complicaba mucho más…
– Sí, ahí empezamos a desconectarnos de todo, pero no fue que nos quebramos, o se quebró Tito que era el que más responsabilidad tenía.
No, era imposible, no había forma de conectarnos, él no tenía trabajo, y yo estaba con la nena y ahí quedé embarazada de nuevo.
Tito se encontró en el barrio con un amigo que era carnicero y le dijo que fuera a trabajar con él a la carnicería.
Lo llevó a él y a otro compañero al que le hacía atender la verdulería.
Así, además teníamos comida y trabajo.
– ¿Quedaron desconectados y fuera de la militancia?

– No teníamos contacto con nada, había que pensar en nuestro futuro y cómo íbamos a vivir.
Entonces hablamos con mi mamá y decidimos que podíamos vender ese departamento y comprar un fondo de comercio que tenía que ser una carnicería para que estuvieran los dos juntos porque mi marido no sabía nada de carne.
Y compramos una carnicería en la calle Paunero y Cabello, a cuadras de Las Heras.
Él estaba en la caja y tenía un muchacho que cortaba y atendía, con la expectativa de tener dinero y un negocio.
Pero de ahí se lo llevaron…
– ¿O sea que lo venían siguiendo?
– Sí… ya había nacido el bebé, Agustín, tenía cinco meses, gracias a Dios habíamos alquilado un departamento frente a la casa de mi mamá y ella cruza y me dice que no sabía quién la había llamado para decirle que se lo habían llevado de la carnicería.
Era 1978, había compañeros que habían caído y habían zafado, pensé en eso y dije “yo me quedo y los enfrento”, pensando que si me quedaba estos tipos podían ver que mi marido estaba alejado hacía un año.
Pero me quedé con mi mamá y vinieron, nos tiraron con una frazada al piso, nos tuvieron toda la noche, revolvieron todo, se llevaron las fotos.
Era el Ejército, me di cuenta por las armas que llevaban.
Rompieron muchas cosas, y en unos sillones encontraron unos documentos falsos nuestros.
A Tito se lo llevaron al Olimpo, pude saberlo ahora, hace muy poco, hubo gente que estuvo detenida con él.
– ¿A ustedes no las llevaron?
– No, nos dijeron que yo tenía que ir todas las semanas a la carnicería a ver si aparecía alguien, algún compañero.
Fueron todos, yo los veía pasar y no entendía por qué lo hacían.
Había uno que tenía un taxi y pasaba, pasaba, y veía que había un tipo y un Falcon en la puerta.
Un día entró a pedir agua para ponerle al radiador del auto y lo único que pude hacer fue decirle “rajá Gallego” y se fue a la mierda…
Un tiempo después volvió a verme y me dijo “vos me salvaste la vida”.
Yo iba con mi papá, pobre viejo.
Los tipos estuvieron cuatro días y no vinieron más.
– ¿Seguiste quedándote en lo de tu mamá?
– A Tito se lo llevaron el 2 de octubre y el 28 de octubre me vinieron a buscar a mí, eran de la Marina, no sabían nada, me preguntaban por mi marido y yo les dije que se lo habían llevado hacía tres semanas, entonces me llevaron a mí a la ESMA y por suerte no se llevaron a mi hijo Agustín que tenía cinco meses.
Ahí me tuvieron aproximadamente veinte días, me trataron mal pero no me torturaron.
Yo no sé, no supe, no tengo bien en claro por qué me llevan.
Tampoco me preguntaban ni me interrogaban mucho.
– ¿Vos qué les decías?
– Que nosotros estábamos apartados, que Tito no tenía nada que ver.
Después venían los malos que me pegaban, y venía el bueno que me decía “vos te vas, salís de acá, quédate tranquila.
Tu marido si hubiese caído con nosotros hubiese sido otra historia, pero no lo tenemos nosotros acá”.
Después me enteré que en la ESMA lo pidieron prestado, él estaba en el Olimpo y lo llevaron al mismo lugar donde estaba yo…
¿Por qué me tenían a mí abajo que era el lugar donde ellos torturaban?
Porque él estaba arriba, para que yo no pudiera escuchar ni la voz.
Ahí lo vieron compañeros. Hablaron con él…
– ¿Y cuántos días estuviste ahí?
– A los veinte días me largaron y seguí mi vida, busqué trabajo, seguí criando a mis hijos, me fui a vivir con mis viejos.
Un tiempo después armé otra pareja y tuve dos hijos más, él tenía una hija, así que en total teníamos cinco hijos, los chicos se llevaban muy bien, hasta hoy somos una familia con los chicos.
Pero lo que no funcionó fue la pareja, es muy difícil armar una pareja con alguien desaparecido en tu historia, es muy difícil…
Entonces la pareja se desarmó, pero bueno, los chicos son muy unidos los cinco.
– ¿Tenés buena relación con él?
– Ahora sí, al principio nos odiábamos, ahora pasa Navidad con nosotros, Año Nuevo…
Su hija para mí es la hija del corazón, tengo cuatro nietos, tres nietos biológicos y una nieta del corazón.
– ¿No tuviste otra pareja?
– Tuve romances pasajeros, pero nunca pude enterrar al desaparecido.
– ¿Y tenés nietos?
– Y bueno, Mariana es la pareja de Juan Pablo, el hijo de Susana, mi hija mayor.
Mariana y Juan Pablo tienen dos nenes, y Agustín, mi otro hijo también está en pareja con una compañera, tiene una nena que se llama Anita.
La hija de mi ex-marido tiene una hija que se llama Catalina, y los mellizos que son los más chicos no tienen pareja todavía.


Y acá estoy yo sola y con mi familia.
– ¿Pudiste saber algo de Tito?
– Sí, lo que pasa es que los chicos empezaron a militar en HIJOS, y ahí apareció una señora, Isabel, que había estado presa con él en El Olimpo.
Otros compañeros me contaron que lo vieron, que habían estado con él.
O sea que él estuvo prestado en la ESMA y después lo devuelven a El Olimpo y de ahí lo trasladan. Incluso los compañeros que estaban ahí saben cuándo lo trasladaron.
Hay muchos que volvieron, él no, lo que pasa es que él era un cuadro, a él no lo iban a hacer aparecer…
– Hace un rato dijiste “nunca pude enterrar al desaparecido”, háblame un poco de eso.
– Y es eso, cuando una figura es desaparecida no es un muerto que vos lo velás, lo enterrás y tenés un lugar donde ir a ponerle flores…
– ¿Pusiste baldosa?
– Mirá, pusimos una placa de bronce en la calle San Juan, en cada arbolito que se plantaba poníamos una placa por los compañeros que no estaban.
Y pusimos la baldosa que hicieron los chicos frente a la casa de él, en la calle Pavón.
Pero no es lo mismo, por ejemplo el papá de mi yerno sí, aparecieron los restos, nosotros nada, se supone que lo tiraron al mar o al río.
Mi hija Mariana va y tira flores al Río de la Plata.
Yo prendo velas en casa, con una foto…
No sé cómo honrarlo, por eso es muy difícil, yo no lo pude reemplazar nunca.
– ¿Y a los chicos qué les dijiste cuando dejaron de ver a su papá?
– La verdad. Esa fue toda una historia, porque qué pasa, yo me voy a vivir con mi mamá, hecha pelota, la nena tenía 3 años y el nene 5 meses.
Mi mamá les dice que el papá está de viaje, yo estaba tan mal que no podía, pero además porque pensaba que él iba a volver y sostuve esa historia al menos dos años.
Yo tenía un Fiat 600 y un día venía en el auto con los dos sentaditos atrás; y mi hija me dice “mamá, mi papá no nos quiere…”
Y le pregunto por qué dice eso y me contesta que si los quisiera por lo menos les mandaría una carta. Y yo ahí pensé ¿qué le estoy diciendo a esta chica, que el padre se fue y se olvidó de ella?
Entonces ahí les dije la historia de los malos y los buenos, que los malos no querían que los pobres comieran, que fueran a la escuela…
No sé, viste, les armé como un cuento y ahí empezaron a entender por qué el papá no volvía.
– Y a medida que iban pasando los años ibas completando la historia…
– Sí, la completé ya siendo mucho más grandes.
Es más, creo que después de haber dado mi declaración en Comodoro Py empecé a hablar más, yo no hablaba mucho y creo que mis hijos se han enterado de todas las minucias a partir de mi declaración.
Ellos sabían que el padre estaba desaparecido, pero había cosas de la vida nuestra que me costaba mucho hablarlas.
Pero bueno fue pasando el tiempo y mis hijos están bien.
Y lo más importante es que están haciendo cosas, laburando.
Mi hija Mariana es psicóloga, trabajó mucho tiempo en el Ulloa, Agustín está en HIJOS, trabaja en el Observatorio de Derechos Humanos del Senado, hasta los mellizos están comprometidos, uno de ellos milita en HIJOS Oeste, la hija de mi ex -marido también militó en HIJOS…
Y el hecho de militar y empezar a descubrir cosas de su padre, de hablar con viejos compañeros los ayudó muchísimo.
Estamos siempre en este medio y eso contribuyó mucho.
– Y tu vida…
– Y sí, bueno, la vida me quedó partida en dos, la otra vez mi hija dijo “nos la devolvieron, partida pero no rota…”, y sí, es así.