Como los personajes mínimos de HGO, Eduardo Arias fue uno de esos peronistas encolumnado en las huestes del humanismo

H. G. OESTERHELD Y EDUARDO ARIAS. LA LEYENDA TRAS LA LEYENDA.

Por Juan Rozz

Como en la vida, todas las historias guionadas o escritas por Héctor Germán Oesterheld están interpretadas por anónimos personajes mínimos, que en su transcurso, cobran la magnitud heroica de la aventura máxima que significa llevar adelante la vida misma. Uno de ellos fue Eduardo Arias.


Por Juan Rozz (*)
NAC&POP
19/02/2020

Como en la vida, todas las historias guionadas o escritas por Héctor Germán Oesterheld están interpretadas por anónimos personajes mínimos, que en su transcurso, cobran la magnitud heroica de la aventura máxima que significa llevar adelante la vida misma.

Como en la historia de los hombres, como en la pluma del Maestro, el destino va entretejiendo otras historias mínimas que el cauce del río de la vida convierte en realidades que la imaginación del creador anticipó en cada una de sus obras.

Y como ocurría con esos personajes mínimos que unidos por un azar común pasaban a ser héroes anónimos de la diaria existencia, la pluma del destino fue trazando una historia común de dos hombres, en la cual ninguno de ellos hubiera jamás imaginado su desenlace.

Uno, era el maestro Oesterheld.

El otro, más anónimo, tan anónimo como uno de sus héroes mínimos, fue Eduardo Arias.

Conocimos a Eduardo allá por 1972, cuando desde Boedo, nos mudamos a Barrio Marítimo, un desconocido lugar de Berazategui, cercano a Ranelagh y Hudson, donde el Banco Hipotecario Nacional había dado a muchos la oportunidad de concretar la ilusión de tener la casa propia.

Inequívocamente, los nuevos migrantes del siglo XX proveníamos de distintos lugares geográficos, distantes a pocos o muchos kilómetros de nuestro proletario destino común, más allá del kilómetro 30 del Camino General Belgrano.

Cientos de familias que habíamos dejado parte de nuestra existencia atrás, abandonando raigambre, identidad, el barrio porteño o el platense; trabajo, farol, esquina y escuela, para converger en esa pequeña ciudad-dormitorio de mil quinientas viviendas, situada en medio de la nada, soñábamos con esa casita que nos acogería para iniciar una nueva vida.

Preso de los avatares de la época, el complejo habitacional programado por Juan Perón en 1954, trunco luego de la “Revolución Libertadora” del ‘55, y rescatado por Arturo Illia en los 60s como Plan VEA (Viviendas Económicas Argentinas), con ejecución a cargo del Banco Hipotecario Nacional, había sido construido mediante un complejo acuerdo entre los Sindicatos Marítimos (propietarios de las tierras), y el Gobierno de la Nación, ejecutor de la obra mediante el BHN.

Lo que debía ser una Ciudad Satélite, con dos etapas de construcción de viviendas que incluían infraestructura propia, agua potable y planta depuradora administrada por los propios vecinos-adjudicatarios mediante una Cooperativa a formarse, siendo edificados complejos comerciales, educativos, deportivos y de esparcimiento a construir por el BHN, e incluidos luego en dicha Cooperativa, quedó reducido a un conjunto de viviendas terminadas a duras penas durante una asombrosa hiperinflación, dos “galerías comerciales” sin terminar, dos “guarderías” de cuarenta metros cuadrados ídem, y un edificio para la escuela primaria inconcluso, con graves falencias de construcción, más la antigua- nueva estructura del ’55 (una colosal red cloacal y de aguas, con planta depuradora propia incluida y cinco chalets-administración); quedó trunca cuando huyendo de la obra y de los compromisos contraídos mediante una oscura quiebra, la empresa y constructora dejó sin terminar la Tercera Etapa de Infraestructura, solo finalizando a medias la Primera y Segunda con serios vicios de construcción.

Sin teléfonos propios ni púbicos a la redonda, los dos más cercanos a tres kilómetros de distancia: con una sola línea de colectivos que nos arrimaba cada media hora a la población cercana más importante (Berazategui, situada a solo cuarenta minutos de viaje), para luego de una hora de tren poder arribar a, por ejemplo, a Constitución, los primeros tiempos de ese transvasamiento poblacional fueron dignos de una contemporánea historia odisea diaria.

Casi sin otra cosa que hacer que ver una televisión lejana y ”lluviosa” por la falta de antenas reproductoras potentes, a solo treinta y un kilómetros del hito 0 del Congreso de la Nación, casi sin comercios alrededor, y con una media de una hora de viaje para cualquier trámite o compra general, los niños, jóvenes, adultos y mayores nos encontrábamos encerrados, viviendo en un sitio lejano y desconocido, rodeado de campo hasta cerca de los dos kilómetros de sus límites.

Allí comenzamos a deambular a diario, todos, buscando con quien socializar y compartir la vida en ésta aldea de moderna realidad, los días y los momentos en que no debíamos cumplir con las obligaciones de trabajar y estudiar.

Entonces surgieron los primeros grupos sociales, con forma de unión de habitantes que compartían los mismos gustos o necesidades.

Y desde allí, apareció en esa comunidad creciente la figura de Eduardo Arias.

Eduardo Arias había arribado desde la Capital, con su familia.

Era un estudiante de Psicología de la UBA, empleado de comercio, y cumplían el sueño de la casa propia.

Al poco tiempo, entre el aburrimiento campechano y la añoranza de la forma de vida social de la ciudad, comenzaron a conocer a otros recién llegados, y de allí, a formar las primeras células sociales del nuevo barrio, hubo solo un paso.

Quienes éramos más jóvenes, seguramente hoy hubiéramos tenido el destino de “vagos y malentretenidos” o “pibes chorros” con que la sociedad desde hace siglos y más actualmente, margina y estigmatiza a quienes se hallan en situaciones análogas, arribando a un lugar desconocido y hostil, lejano de los centros productivos conocidos.

Pero aún, en esos primigenios 70s, había en el país otro concepto social y militante, otra conciencia, la del estudio y el trabajo, la de la superación propia y grupal, la de la comunidad organizada, aunque los Rojas, los Onganía, los Alsogaray y los Lanusse y sus aliados civiles y comerciales de siempre nos castigaran mediante sus impolutas botas y oscuras fortunas.

La primer noticia que tuve de la existencia de Eduardo, fue cuando pegado en un poste de luz en la calle, hallé un cartel original en manuscrito con un dibujito casero y una leyenda que rezaba: “¿Querés jugar Rugby?

Por esos años, el rugby y el vóley eran tan populares como el handball que practicaba en Ferro… y sonaban tan extraños como si hoy alguien dijera que juega Squash Paquistaní Acuático con las reglas del Marqués de Queensberry en el tercer cordón de La Matanza.

Era todo muy raro lo que vivíamos en esos días, pero ante la soledad obligada, me acerqué.

Y así me uní al grupito de “los locos que se mataban jugando rugby” desde hacía unos meses.

Tenía entonces quince años, y era 1972.

Llegado el invierno, unos meses más tarde, “entrenábamos” en los fondos del colegio, dando vuelta un farol de alumbrado público para poder ver algo en la neblina reinante de las diez de la noche, en un espacio reducido, donde algún tabique roto o una muñeca quebrada dejaron sus señas al golpear contra la canilla de agua con que se regaba el gran patio de césped de la escuela primaria.

Al poco tiempo, tuvimos nuestro debut oficial, y careciendo de camisetas, teñimos algunas de intelock, buzos de arquero, o de gimnasia “del colegio”, de un negro arratonado, reforzándolas interiormente con hombreras de gomaespuma diligentemente cosidas por las pibas de vóley, a la sazón, ya noviecitas de algunos de los aventureros jugadores.

El debut fue desastroso, ya que no solo perdimos por escándalo con una tercera borracha de La Plata, sino que además, al tacklearnos o tomarnos de las “camisetas”, los rivales, se quedaban como trofeo al paso con los restos de nuestras sufridas casacas arrancadas a la carrera.

Meses más tarde, al regreso de los sitios más inverosímiles, jugando partidos fantasmas con clubes afiliados para ser reconocidos por la UAR, los más rápidos, por lo general, tenían el privilegio de regresar en “La Cuca” de Eduardo.

Un DKW destartalado, que llegó a albergar hasta un quince completo de muchachones de entre 15 y 25 años. Eran buenos tiempos, con variables dignas de un show de lo imprevisto.

Como cuando una noche, en un “operativo comando” salimos por la zona abandonada del obrador en pos de capturar algunos troncos de palmera para hacer las H de nuestra novel canchita ganada a los cardos de los campos vecinos.

Cumplimos, y pudimos jugar nuestro primer partido como “locales”.

Hasta tuvimos un solitario y desconocido espectador, que aguardó estoico hasta el final aunque lloviera; para luego preguntar:

¿Terminaron? ¡Bien!

Entonces me llevo mis troncos…

Como la mayoría del grupo trabajaba y estudiaba, aún desde chicos, el lugar de cita entre días de semana era la casa de Edu.

La rutina era similar para todos, de casa al trabajo, del trabajo a la secundaria o la Facultad, y al llegar por la noche, ir mirando desde el descampado de un kilómetro (que era lindero a la Avenida Bemberg), regresando en el “Blanquito” o el “Tierrita”, observábamos atentos el principio del Barrio, donde se daba la señal de reunión, cerca de las diez de la noche, cuando el farolito de la esquina de la casa de Eduardo quedaba encendido, y allá íbamos llegando para urdir planes, o jugar juegos de mesa interminables, hasta ser despedidos a patadas cuando gentilmente, a eso de la una o dos de la madrugada alguien nos decía cordialmente: “¡Yo mañana me levanto a las cinco y media…RAJEN!”

En ese espacio, en ese refugio que parecía la casa de todos, luego de dos años, pibas y pibes, (los hermanos menores y sus amigos ya se habían sumado) y nosotros, los adolescentes recién ascendidos a la categoría “adultos”, nos juntábamos para idear las más inverosímiles utopías.

Consistían en sumar a la gente para que saliera de sus casas-dormitorio y participara de actividades que creábamos, y luego, comenzar a sentar las bases de aquella “Infraestructura de la Tercera Etapa” negada, y crear del autogobierno del barrio mediante una Cooperativa, aún cuando la oscuridad de la Triple A ya nos acechaba.

Ante la decadencia de la Administración del BHN, el comenzar a bregar por fundar la “Cooperativa” que nos auto-administraría, reclamando la propiedad de los terrenos baldíos que iban a ser el Club, la pileta, la biblioteca, el cine-teatro y la iglesia para el bien comunal, el poner manos a la obra fue solo un paso.

De nuestra banda de chiflados, que hacía “deportes comunitarios”, sin embanderarnos políticamente como grupo, aunque en su mayoría todos fuéramos JP, Fede (FJC), PCR, o JUP más algún incipiente delaruísta o alfonsinista, entre 1973 y 1975, fundamos una biblioteca de tres mil ejemplares, un club social llamado Deporte y Cultura , una Agrupación de Campamentos Juveniles (luego Agrupación Scout Comandante Espora), un club de Rugby y Voley (luego Alacranes del CUR – Centro Urbano Ranelagh, como en sus comienzos se llamaba el Barrio), más adelante desaparecido, y el primer movimiento Olímpico Barrial existente en la zona (y creo que en el país), inscribiendo a las familias casa por casa, hasta tener 165 participantes, (¡que con los años llegarían a ser 3.000! ) en la Olimpíada de los Cuatro Colores (luego OLIMPICUR.

Competencia anual declarada de interés Municipal en los 80s, durante la democracia, y luego tradición anual barrial ininterrumpida, y perdida en la modernidad de los 90s, entre las videocaseteras y los nuevos déme dos de Cavallo the First) creado para unir a las familias en pos de generar actividades que tendieran a la creación de las entidades barriales que nos auto-administraran, y desde donde poder crear actividades para distraernos en esos solitarios días.

Así, entre 1976 y 1977, finalmente, se conformó COOPECUR, la cooperativa que administraría hasta nuestros días el lejano Barrio Marítimo, donde todas nuestras posesiones sociales de nuestro grupo fueron donadas para la creación de las Áreas de Deportes, Turismo y Cultura… y nuestro compañero, amigo y mentor, Eduardo Arias, fue nombrado por aclamación su primer Consejero de Deportes.

Recuerdo que un poco después, allá por mediados de 1977, la última vez que vi a Eduardo antes del día más oscuro de su vida y el de su familia toda, fue en un domingo otoñal durante un partido de rugby.

Jugábamos con Don Bosco en la cancha del Parque de Villa Domínico, donde en un torneo de entrecasa, nos enfrentábamos también con Beromama (los compañeros de Eduardo del desaparecido club Liniers, leyendas de ese club que regresarían a la UAR dos años más tarde, y serían amigos desde siempre) y ADES, donde el desprendimiento de algunos jugadores de Alacranes, nos hacía casi una cofradía (por Ades, jugaban Ricki Gargarello, Bip Bip, el Gordo Catani, y los dos Santoro, Jorge, compañero mío de secundario, y Daniel, quien es hoy un famoso periodista televisivo – todos ex –Alacranes- junto a Jorge Carrena, nuestro profe de Educación Física del secundario.)

En Alacranes formábamos los “clásicos”, Jorge y Juan Carlos Castrillón, Dany Morgan, Eduardo, yo; y los pibes: mi hermano Marcelo, el Negrito Faya, Juan Carlos Martínez, el Loco Yayo! ¡Toda una banda!

Ese día, Eduardo, ya más grande, de casi treinta años, recibido de psicólogo hacía unos meses, se enganchó el tobillo en una vizcachera de la cancha.

Como no corría, me acerqué y le grité: ¡Vamos Eduardo, jovato cagón, dale, corré! (Yo tenía solo unos 19 años)

El muy bestia, levantando del piso sus 90 kilos de músculos, salió corriendo al trote, rengueando, con el menisco hecho puré y los ligamentos medio rotos, rumbo a la montonera cercana, para seguir jugando.

Un par de minutos más tarde, salía con una rodilla hinchada hasta casi ser dos.

Me enteré tres días más tarde que en ese momento se había roto todo, un día en que lo vi yendo a trabajar, con el pie enyesado hasta por arriba de la rodilla… en un yeso que lo mantuvo enhiesto y acompañado por un bastón por más de dos meses.

Así de duro y terco era Eduardo Arias.

Por esos años, algunos ya habíamos sido testigos de la avalancha salvaje de la pre – dictadura.

Yo, en particular, cuando allá por Febrero de 1975 los empleados y obreros tomamos la planta de Águila Saint en defensa de las fuentes de trabajo, para nombrar una nueva comisión de Delegados.

La resistencia terminó primeramente cerca del 20 de Febrero, con la irrupción de los Cosacos de la Federal y las tropas de asalto, y la desaparición de tres compañeros.

La nueva comisión y allegados fuimos despedidos de inmediato, no dejándonos ingresar tres días más tarde una comisión policial apostada en las puertas de ingreso, llevando detenidos a otros dos compañeros más.

Luego continuamos con ollas populares en un local de la FORA de la Boca, hasta que más allá del fatídico 24 de marzo de ese 1976, fuimos desalojados a bastonazos, y el local clausurado.

La lección había sido clara: no resistir bajo pena de cárcel.

Los dimes y diretes avanzaban conforme la nueva dictadura se afirmaba, las razzias eran continuas, los “en algo andará” se repetían cada vez más, y los medios informaban sobre la grandeza que se aproximaba con la expulsión del fantasma marxista de nuestro país occidental y cristiano.

Nosotros, el grupo, continuaba siendo entre inocente y pueblerino, asombrándonos cuando Ariel “Pajarito” Ghizzardi (uno de los mayores de edad) declinó el ser nuestro Presidente de Club, alegando profesar un “marxismo ortodoxo”, lo cual sería muy complejo para todos dados los tiempos que corrían… a lo que en respuesta algunos lo miramos como a un marciano recién bajado de un plato volador preguntándonos : ¿qué dijo?

Ya los medios hablaban de la “campaña anti-argentina en europa” y declaraban a Julio Cortázar locamente senil, al revelar que ahora, como exiliado apátrida, escribía historietas para desprestigiar a nuestra grandiosa patria. (Léase “Fantomas contra los Vampiros Multinacionales”)

Por esos días, algunos leíamos a escondidas “La Opinión”, o El Capital en el tren…y desde siempre, las revistas de Columba, que por entonces eran consideradas de “bajo nivel cultural” por la elite intelectual de BA, las cuales escondíamos diligentemente entre cuadernos universitarioso tapadas por el diario.

Y en Columba, salían los guiones y personajes de un tal Héctor Oesterheld: Roland el Corsario, Brigada Madeleine, Argón el Justiciero y Tres por la Ley, aventuras que desde su pluma, denunciaban figurativamente las desaveniencias entre la izquierda y la derecha peronista, y el advenimiento del enemigo común, en un entre líneas que pocos captaron.

Yo, entre ellos, que me preguntaba: ¿por qué tanta traición, bajezas, agachadas y complicidades en todos los argumentos?

¿Por qué los líderes son desconfiados, por qué los amigos parecen traicionarse?

¿Por qué, por qué?

El viejo Germán, el de “El Eternauta II” nos había estado anunciando desde hacía cinco o seis años lo que vendría con sus historias en Columba.

Al tener cada vez más obligaciones los mayores, los más chicos iban tomando la posta de la actividad deportivo cultural barrial, y a Eduardo como referente.

Algunos a punto de recibirse como profesionales, los otros a punto de casarnos, nos íbamos alejando lentamente de la tarea social. Y los pibes ocupaban poco a poco nuestros lugares.

Mi hermano era Marcelito, y junto al “Negro” Marito Faya o el Yanky Osvaldito Murias eran los que más frecuentaban ahora la “sede social” de la casa de Eduardo, hasta altas horas de la noche.

Hasta que en una noche de invierno de 1977, cuando Marcelo y Marito habían estado hasta las dos y media del nuevo día junto a Eduardo planificando las nuevas olimpíadas barriales, la casita blanca de techito de tejas rojas de la esquina de entrada al Barrio, la del farol encendido que decía: ¡Pasen!, la de las reuniones, risas y utopías hasta los amaneceres, fue tomada por asalto a las 2:45 de la madrugada.

Al amanecer, los vecinos comentaban en voz baja que “habían reventado la casa del barbudo”. Los más críticos de nuestras actividades “comunistas” (porque hacíamos deporte comunitario) juraban y perjuraban que ésos, en algo andaban… que lo de las donaciones, los libros y los campamentos, eran todas obras de adoctrinamiento de los zurdos… mientras la casa de nuestro amigo yacía herida de muerte, destrozados sus vidrios, puertas y ventanas, las paredes arrasadas, las ropas y muebles tirados y destrozados… y Eduardo Arias, era un desaparecido más.

Al preguntar días más tarde (yo casi no estaba en el Barrio por entonces) por Eduardo, todos me aconsejaron silencio.

Los recuerdos hoy son borrosos, la incertidumbre entonces era total.

Pienso hoy que, tal vez, no estuvimos a la altura de las circunstancias, que deberíamos haber tenido otra reacción… que… que… no lo sé.

Que deberíamos haber denunciado, resistido, buscado…

Los militares en tres oportunidades más, días más tarde, en operativos “comando”, rodearon algunas zonas del Barrio apostando ametralladoras en las esquinas, y llevando gente, aún de día.

Un pibe como nosotros, de apellido Estigarría, también fue desaparecido

Las preguntas sobre que sucedía, debíamos hacerlas en corrillos, en secreto.

Algunos amigos visitábamos las casas de otros, autocensurándonos revistas, libros, material de estudio comprometedor… muchos para sacarlos para siempre, otros, para enterrarlos con mil protecciones hasta que pasara el peligro.

El grupo se disgregó.

Nunca volvimos a jugar rugby juntos.

Algunos amigos emigraron a otros lares del interior, y hasta a otros países.

Un par de meses luego de la desaparición de Eduardo Arias, un amigo en común, joven suboficial de la Fuerza Aérea y compañero de Alacranes, Gerardo, me dijo a la pasada, en la estación de tren: no se sabe dónde está Eduardo.

En éste momento, todos estamos siendo investigados.

Estamos en peligro.

No tengas con vos nada que te comprometa.

Hay que manejarse con mucho cuidado.

Pasaron algunos meses.

A comienzos de 1980 un extraño mensaje fue entregado por un hombre desconocido a nuestra madre, en un sobre que citaba: “Para MARCELITO”.

Dentro había un mensaje escrito en una letra manuscrita despareja, pero muy conocida: “Marcelito, si leés este mensaje, te espero el ¿miércoles, jueves? en el bar de Azopardo y Belgrano, a las dos de la tarde.”

Era la letra de Eduardo.

Decidimos ir juntos.

Caminando desde Venezuela hacia Belgrano, ese día, volvimos a encontrarnos con Eduardo Arias en un bar situado frente a la Aduana.

Estaba afuera, en la esquina, esperando.

Mucho más delgado y demacrado que siempre, la tez amarillenta, sus ojos huidizos… era otra persona.

Nos abrazamos, felices, como antes, como siempre.

“¡Viniste!” Le dijo a mi hermano, abrazándolo.

“Tenía miedo que también te hubieran llevado a vos y a Marito”.

¿Qué pasó? ¿Quién fue?

¿Dónde estuviste?…

Y entonces, sentados los tres en la vereda que enfrenta el edificio de la Aduana, fuimos conociendo la dura verdad de sus propios labios.

“Cada día me pegaban, me torturaban, me decían: cantá Barbudo, cantá, cayó toda tu célula, cayeron Marcelito y el Negrito Mario y cantaron todo.

Cayeron Jorge, Juan Carlos, Juanjo (yo), el Gordo Morgan… los tenemos a todos… cantá la verdad, Barbudo, y se acaba la máquina. Yo nunca les dije que sí.

Nunca dije nada, porque sabía que todo lo que me decían era mentira.”

En solo quince minutos conocimos de sus labios la realidad de lo que ocurría con los secuestrados-desaparecidos… hasta que nos contó la historia sucedida en una noche sin máscaras.

“Había un tipo grande, mayor que todos, detenido con nosotros.”

“Cuando nos dejaban solos, siempre nos alentaba, nos decía que no aflojáramos, que no dijéramos nada.”

Nos consolaba cuando estábamos destrozados por los golpes y las picanas por todo el cuerpo.

Hasta que hubo un día en que nos permitieron sacarnos las capuchas, y el viejo era igualito a Ernie Pike., el personaje de historieta.

Sí -nos dijo- , era idéntico… era Héctor Oesterheld.

El de El Eternauta, el que escribe los guiones…

Hasta ese 1980, jamás ni Marcelo ni yo habíamos leído una historieta de Ernie Pike, ni sabiamos como era su cara siquiera en dibujos.

Por entonces, sabíamos que era un personaje legendario, al igual que El Eternauta, pero nada más.

Nos daba la impresión que Eduardo había perdido la chaveta.

No le entendíamos la mitad de lo que decía, ni comprendíamos la urgencia de sus palabras.

Conversamos cinco minutos más, durante los cuales nos llenó de advertencias y nos dio mil instrucciones para cuidarnos y manejarnos, que parecían escapadas de una película de espionaje.

Se despidió de repente, con urgencia, y partió caminando hacia el Puerto, agregando antes: cuando se pueda, los volveré a ver.

No me busquen ni pregunten por mí.

Solo quería saber si estabas en libertad – le dijo a Marcelo-. Juanjo, cuidalo mucho, no sé qué pueda pasar ahora.

No comenten éste encuentro con nadie, nunca, ni nada de lo que les dije.

Es secreto y es peligroso.

No se sabe quién es el enemigo.

Tal vez, en ese día, hasta nos haya sugerido irnos del país…

Nos alejamos caminando despacio por Azopardo hacia Venezuela, por donde habíamos venido, con un sabor amargo en la boca.

Habíamos llegado hasta allí con nuestro primer auto, un Fiat 600 viejo.

En el camino de regreso, íbamos mudos.

En algún momento pensamos que nuestro amigo, debido a las torturas, se había vuelto loco, y alucinaba cosas y personajes.

Las instrucciones, las precauciones, lo inestable de su accionar nos había llevado a un estado de profunda angustia… conversamos muy poco del tema, y guardamos el secreto por años.

Tanto es así, que hasta hace unas pocas semanas, recordando junto a mi hermano ésos días para escribir ésta historia, no guardaba en absoluto memoria de éste encuentro.

La vida continuó, la locura siguió en aumento.

Varias veces estuvimos a punto de ser chupados por algún operativo callejero, de esos en los que un micro de línea deambulaba por las calles con pocas luces, de noche, y al pararlo, éramos metidos dentro por milicos o policías camuflados, y llevados a “declarar” a alguna oscura comisaría, aún yendo vestidos de traje y corbata.

Otras veces, la leva y un par de culatazos no pudieron ser evitados, y permanecimos uno o dos días “guardados” en una celda, hasta que algún sumbo nos decía: “tomátelas, perejil”.

Las advertencias de Eduardo habían incluido algunas respuestas a las preguntas policiales de los represores, que debían ser contestadas con presteza y exactitud.

¿Cree en Dios? SI.

¿Qué lee? Poco y nada.

¿Anduvo en política? ¡Nunca!

¿Cree en Dios? Siempre…

¿con ese apellido, seguro que no es judío? NO!

¿Sabe qué es El Capital? ¿No, un diario?

Lo que en un primer momento me había parecido una locura de su parte, era ahora real, palpable.

Y solo había pasado un año.

Llegado 1981, Marcelo debió hacer la conscripción.

Destino: Regimiento 25 de Infantería, en Chubut, bajo Mohamed Alí Seineldín como comandante.

Un año más tarde, dueño de un pase hasta la baja, fue citado después de la invasión a Malvinas, y reincorporado al 25 para marchar a la guerra, sin que pudiera verlo al partir.

Poco tiempo después, volví a encontrarme con Eduardo Arias a expensas de otro amigo en común que me dio una dirección de Versalles y un número de teléfono.

No le dije que lo habíamos visto casi dos años antes.

Llamalo, te espera, fue el lacónico mensaje.

La calle era Cervantes, y allí lo encontré.

Me refirió que ya el mayor peligro había pasado.

Conversamos, discutimos, al enterarse que Marcelo estaba en Malvinas dijo… ¿por qué no lo sacaste del país?

Esto es otra locura de los milicos, son unos asesinos a los que no les importa nada… -idea que compartía, pero ya era muy tarde para la reacción-

Ese día, tal vez me confió que quería contar lo de HGO.

Que debía hacer conocer su historia en el campo de concentración junto a él.

Fue la última vez que nos vimos personalmente.

Tiempo después, la revista Feriado Nacional publicaba en su número 4 una nota al “ex detenido-desaparecido” Eduardo Jaime José Arias, psicólogo, de 37 años, quien fue uno de los últimos en ver con vida a Héctor Germán Oesterheld, en una entrevista de Juan Sasturain, dando así origen al legendario poster de Félix Saborido a instancias de su director, Martín García y el equipo de genios de Feriado nacional, Maicas, Rep, Sanyu, Dolina, Juan…Fontanarrosa, donde todos sus personajes se preguntan: ¿Dónde está Oesterheld?

Un año más tarde, se presentaba ante la Comisión Nacional de Desaparición de Personas, en la Causa 13/84, denunciando ante las autoridades su cautiverio junto a Héctor Germán Oesterheld.

Gracias al temple, el valor y la hombría de “el barba” Eduardo Arias, muchos de sus amigos de entonces no integramos la lista de detenidos desaparecidos.

Nunca pudimos saber por qué él había sido desaparecido.

Lo cierto es que ese secuestro infundado, destruyó su vida y la de su familia toda, signándola de por vida.

Nos volvimos a ver, como ayer, como cuando era un niño y dibujaba sus primeros trazos viendo la Pantera Rosa, por TV.

Pero ahora, era un campeón del lápiz y el plumín.

Hoy, somos amigos.

Eduardo Arias falleció algunos años más tarde de nuestro último encuentro.

Nos enteramos por el comentario del amigo de un amigo.

Nunca hubo un desagravio hacia él en nombre de la comunidad que lo tuvo como referente.

Nadie lo recuerda y pocos quieren recordarlo.

No tiene un cartel en la esquina de la que fuera su casa en su memoria, ni una placa en la biblioteca, o en la Cooperativa, aún existente, de la

que fue uno de sus fundadores y primer Consejero de Deportes.
Las “Áreas” de Coopecur, se llamaron de esa manera por su iniciativa en el Acta Fundacional.

Quienes continuamos con su legado por años, quienes habíamos sido sus amigos y compañeros, nunca reivindicamos su nombre y honor.

Como también su valentía al denunciar el paradero de Héctor Germán Oesterheld, cuando aún los represores se enseñoreaban del paisaje, paseando libremente entre nosotros.

Eduardo Arias fue un caballero y un enorme amigo hasta en los momentos más duros de su calvario.

Como los personajes mínimos de HGO, Eduardo fue uno de esos hombres que encolumnado en las huestes del humanismo, dio significado en nuestro camino a las palabras libertad, comunidad y compañerismo.

Sus amigos, sus compañeros de ruta, le debemos una justa conmemoración, además de deberle la vida, que en su memoria honramos.

¡Hasta la vista, compañero Eduardo Arias!

¡Presente, hoy y siempre!

JR/

(*) Juan José Rozuadonsquey – Abril de 2018