“Nadie es profeta en su tierra” expresó Jesús según el evangelio. Ésta, como muchas otras verdades allí expresadas, habrá aprendido el Papa Francisco en su larga y fructífera vida religiosa.

EL ARGENTINO MÁS IMPORTANTE DE LA HISTORIA.

Por Juan Miguel Bestani

Haga lo que haga el Sumo Pontífice, siempre será motivo de apoyos como de rechazos por parte de sus compatriotas. Esto que podría considerarse hasta normal por sucederle también a cualquier otra figura pública, cobra otra dimensión cuando esa figura es aclamada mundialmente pero sin embargo no puede visitar su propia tierra por los motivos que sean.

 

Por Juan Miguel Bestani*
Noticias de Cuyo
2 de febrero 2020

“Nadie es profeta en su tierra” expresó Jesús según el evangelio. Ésta, como muchas otras verdades allí expresadas, habrá aprendido el Papa Francisco en su larga y fructífera vida religiosa. Veintiún siglos después experimenta la validez de esa máxima en él. Francisco no es profeta en su tierra, sino signo de contradicción en función de lo que cada argentino vea, lea o interprete en cada uno de sus gestos y palabras. Haga lo que haga el Sumo Pontífice, siempre será motivo de apoyos como de rechazos por parte de sus compatriotas. Esto que podría considerarse hasta normal por sucederle también a cualquier otra figura pública, cobra otra dimensión cuando esa figura es aclamada mundialmente pero sin embargo no puede visitar su propia tierra por los motivos que sean. Luego de casi siete años de pontificado y por más razones que se hayan esgrimido, existe una razón esencial por sobre las demás: no hay el consenso mínimo entre los suyos acerca de la conveniencia o no de su venida. Esto habla más de nosotros como individuos y como proyecto colectivo que de él como destacada figura mundial. Nos cuesta horrores ver la gran película. Nos quedamos siempre con ciertas escenas. Como se nos escapa el todo, nos movemos siempre en partes.

Los argentinos somos como los adolescentes: estamos en una constante crisis de identidad donde no sabemos qué queremos ni por qué. Y al no poder resolver el asunto de fondo, nos quedamos siempre en los detalles. Al no tener en claro qué queremos como país o simplemente no poder ponernos de acuerdo en ciertos principios fundamentales, nos encanta actuar y sobreactuar en temas menores. En eso se nos va la vida. Así nos va importando más, y hasta nos hacemos un mundo, por lo que dijo fulano o el gesto de mengano. Llenamos cada vez más nuestra cabeza con improvisados panelistas de turno que con la propia realidad. No somos capaces de dedicar ese mismo tiempo a resolver nuestros principales problemas de fondo que justamente no son pocos. Nos dedicamos y ocupamos de la frivolidad, porque no somos capaces de la profundidad. Sin embargo, cada tanto ese incomparable talento surgido de años de mezcla de razas diversas y de un país centenario que sí tenía en claro el rumbo, da alguna joyita que logra elevarse sobre el océano de mediocridad y tibieza de todo tipo y, siendo capaz de dedicarse a lo profundo, trasciende sus propias fronteras para compartir todo su talento con el resto de la humanidad. Personalmente me gusta llamarlos argentundos: argentinos cedidos al mundo. Contamos con varios ejemplos en más de una disciplina. Pero me atrevo a sostener que el Papa Francisco es, sin dudas, el argentino más importante de la historia. Me baso en dos principios: uno terrenal y el otro trascendental.

Desde un punto de vista terrenal, es decir desde la razón y sin dar demasiada cabida a lo espiritual, Francisco es cabeza única y lidera una de las instituciones -sino la más-  de mayor peso político, cultural y social de la historia. Guste o no, se esté o no de acuerdo con ella, la Iglesia Católica no sólo es la institución que provee mayor ayuda social y educacional a nivel global, sino también una de las principales forjadoras de la identidad e impronta occidental. Con sus aciertos y desaciertos a lo largo de veinte siglos, ha ocupado un lugar de poder e influencia que prácticamente ninguna otra nación ha podido sostener en tan largo período de tiempo. Alguna superpotencia actual podrá disputarle poder, pero no influencia. Y esta institución de más de dos mil años fue sólo liderada por 266 personas. Una de ellas nacida en el barrio de Flores, acá nomás.

Desde un punto de vista trascendental, es decir desde la razón y lo espiritual de los creyentes católicos, Francisco fue elegido para liderar esa institución no sólo por operaciones o “roscas” de todo tipo entre influyentes cardenales en el consistorio, sino fundamentalmente por obra del Espíritu Santo. Esto implica intercesión divina y directa sobre el alma de los electores. Así de raro y quizá ingenuo que pueda parecer esto en pleno siglo XXI. Para los católicos, el argentino Bergoglio fue elegido por Dios en su plan de salvación para comandar su iglesia. Así como delegó en otras épocas esta tarea en Pedro su fiel discípulo, para estos tiempos que corren decidió elegir una persona nacida y criada entre nosotros. Tomadora de mate al igual que de colectivos y subtes. Hincha de San Lorenzo y probablemente del alfajor y del dulce de leche. ¡Un argentino es hoy el Pedro de ayer! Increíble y creíble a la vez.

Todo esto y mucho, muchísimo más representa el argentino Francisco para todo el mundo. Hacedor de gestos admirables y reconocidos, jugador fuerte en materia política y social, primer pontífice americano y jesuita, catequista sumamente “llegador” y tantas otras acciones y gestos -algunos peculiarmente argentinos-  de su pontificado que seguramente quedarán en la historia (más allá que puedan o no gustar a más de un creyente). Y sin embargo… para muchos argentinos, Francisco no representa eso sino un argentino más que, haciendo de las suyas, se para sobre una u otra de las veredas que nos vienen dividiendo desde los tiempos fundantes. Los argentinos no somos capaces de ver al compatriota que está haciendo historia, que es portador de amor, paz y esperanza para miles de millones de personas, sino que nos detenemos en la cara que pone en las fotos, en quiénes recibe, en sus supuestos dichos transmitidos por supuestos “amigos voceros”. Nos ocupa saber a quién envió o no algo. Detalles, escenas, nunca el fondo, nunca la película entera. El Papa no puede recorrer nuevamente las calles que lo vieron crecer, abrazar la gente que lo vio madurar, comerse una buena tira de asado en alguna parrilla porque sus propios vecinos están demasiado ocupados en sus ombligos sin ser capaces de alzar la vista para tener una mirada más global, más histórica.

Francisco está haciendo historia y nosotros lo vemos por TV. Él hace hoy por nuestro país en materia de prestigio e historia, lo que ningún otro prócer o ídolo global pudo o podrá hacer porque su tarea lo trasciende todo: lo político, lo deportivo, lo social, lo cultural, lo religioso, etc. Me atrevo nuevamente a sostener que su figura es la única capaz de lograr lo que ningún dirigente nacional ha podido en varias décadas de decadencia: unir verdadera y definitivamente a los argentinos en un mismo proyecto común. Hoy pareciera que no están dadas las condiciones para que vuelva a su querida y seguramente muy extrañada tierra. Hoy pareciera que los argentinos no nos merecemos a Francisco. Pero para aquellos que contamos con la fe suficiente, abrigamos la esperanza de ser capaces de merecerlo. Anhelamos que antes de finalizar su pontificado pueda volver a su país como parte de todos y no solamente de algunos. ¿Podrá el Padre Jorge contradecir al propio evangelio y ser profeta en su tierra? En el país de las muchas contradicciones todo puede suceder.

 

 

*Arquitecto. Dirigente cristiano. Autor del libro “Santidad y felicidad en el siglo XXI (LUMEN)