Cosquín, lado b: la contracultura del patio

EL FESTIVAL DE COSQUÍN DESDE LOS MARGENES

Todo comenzó tras la crisis de diciembre de 2001, cuando algunos músicos comenzaron a instalar sus carpas en el patio de su casa. El “camping” improvisado fue también un lugar de encuentro y con el paso del tiempo se comenzó a correr la voz de aque allí se producían unas guitarreadas bárbaras.

 

Por Mariano Pacheco

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31 Enero, 2020

 

Todo comenzó tras la crisis de diciembre de 2001, cuando algunos músicos comenzaron a instalar sus carpas en el patio de su casa. El “camping” improvisado fue también un lugar de encuentro y con el paso del tiempo se comenzó a correr la voz de aque allí se producían unas guitarreadas bárbaras. Así, casi de casualidad –o por una respuesta creativa a la crisis y cierta disposición a dejarse sorprender por la vida– nació esta experiencia que hoy se ha trasformado en una Asociación Civil, y en un sitio de reunión casi obligatorio para muchos artistas de la provincia e incluso de otros sitios del país que en cada enero asisten al lugar.

Bombo y guitarra, una wipala en un escenario improvisado con tablas sobre cajones de cervezas, en las periferias del Festival de Cosquín los ritmos regionales argentinos se cruzan con el otras latitudes Latinoamericanas. Caserito dúo abre la noche del miércoles 29 de enero en el Patio de la Pirincha, sitio emblemático próximo a cumplir dos décadas de existencia.

El Festival Nacional de Folclore tuvo en estos días su edición número 60. Se realizó por primera vez en enero de 1961. Dos años después, por decreto, los últimos días de enero quedaron instaurados como “Semana Nacional del Folklore”. En sus comienzos el escenario se montaba sobre la plaza Próspero Molina, en el mismo lugar que ahora, con la diferencia de que en la actualidad la plaza devino un cerrado Anfiteatro Municipal.

Delantal y pañuelo verde en la cabeza, la Piry saca empanadas del horno en la cocina, mientras saluda a los comensales que llegan y distribuye tareas entre los integrantes del proyecto. Se hace un tiempo para saludar y hacer alguna broma al pasar, pero a la hora de dar cuenta de la experiencia que fundó hace casi 20 años, tras la crisis de 2001, prefiere darle la voz a Flor y El Colo para que cuenten de qué se trata.

Fotos | Guara Calvo

Antes del Festival, que cuenta con nueve lunas, se realiza en esta localidad serrana el Pre Cosquín, que durante la primera quincena de enero pone en escena una selección de las producciones que han ganado las competiciones en cada provincia. El proceso comienza en septiembre del año anterior, y cuenta con alrededor de sesenta sitios en donde diversas voluntades se ponen a ensayar y luego a competir en el vasto territorio nacional. Según los asistentes frecuentes al evento, incluso aquí radica una calidad artística mayor que la que puede verse y escucharse en el escenario central.

Florencia Gómez y Nelson Balmaceda conversan con este cronista en el pasillo que separa el patio de la vereda, bajo un telón que supo estar colgado detrás del escenario en enero de 2019. Su autor es Daniel Marín, un artista plástico que pintó también el telón de este 2020, y de años anteriores, e incluso estampó sus dibujos en las paredes de El Patio de la Piry.

Durante unos pocos días al año Cosquín ve duplicar o incluso triplicar su población, estimada en unos cuarenta mil habitantes. Muchas casas se transforman en rotiserías, patios en garages para autos o campings. Toda esa producción que hoy caracterizaríamos como de la economía popular ha sido capturada en los últimos por el Estado, que cobra un dinero por adquirir la habilitación para dichas tareas, además de transformar cada calle del centro en un gran espacio de recaudación municipal.

Zambas, gatos y chacareras; carnavalitos, recitados de poesía y danzas se entremezclan en el Patio de la Piry, sitio que este año logró el reconocimiento oficial, evitando de este modo transitar momentos desagradables, como el de enero de 2018 –por ejemplo–, cuando la Policía de la provincia de Córdoba irrumpió en el lugar y dio fin a la noche cultural, allanando incluso los tapers con relleno de empanadas, donde se suponía que había drogas escondidas.
Florencia recuerda dicha escena entre sonrisas, mientras destaca que la movida de los patios es una suerte del lado B del Festival. Es decir, son otra cosa, pero como todo lado B, son parte inescindible que contiene el mismo lado A. “Es un lugar diverso, donde circulan muchas producciones, de música, teatro, poesía, pintura. Son producciones que quizás no encontrás en otros lugares, como las peñas o en la misma Plaza del Festival. Pero es parte de lo mismo, porque es el Festival el que permite que, durante nueve días, se reúna tanta gente que ama hacer música, bailar, encontrarse a comer y a conversar y congregarse en cada recoveco que se encuentra”.

Cada enero, en Cosquín, se producen momentos de apertura hacia otras formas de vida. Se podría decir que, entre quienes viven y quienes asisten desde hace años al lugar, se produce un mismo entorno de familiaridad que logra sorprender a los transeúntes que asisten por primera vez, sea al Festival propiamente dicho, sea a toda la movida cultural que se produce en los alrededores, donde escenarios se improvisan en bares y restaurantes, en cada esquina del centro de la ciudad. También en la otra plaza, la “San Martín”, donde además se monta una Feria Nacional de Artesanía y Arte Popular Augusto Raúl Cortazar”, a la que desde hace 45 años asisten artesanos de todo el país y hoy se ha transformado ya en un evento tan importante como la que puede presenciarse ante cada luna.

Nelson “El Colo” Balmaceda subraya el carácter de “lugar de encuentro” de El Patio de la Piry, donde la gente no sólo va a escucharse y mirarse, sino también a abrazarse y mostrar cierta disposición a “dejarse atravesar por la magia del lugar”. En el Patio pueden comerse empanadas realizadas en algún taller de cocina llevado adelante en el lugar, mientras se presencia una película proyectada o se asiste a un conversatorio de la tarde, previo a los números artísticos, que suelen transcurrir entre brindis de cerveza o vino y humitas que hay que encargar antes de que se vendan a un ritmo que suele ser veloz. “El Patio es un lugar donde muchos artistas independientes encuentran donde expresarse, cosa que quizás no pueden hacer en el marco del Festival. Y es además un lugar que ha resistido el paso del tiempo, porque hubo muchos patios, pero éste ha logrado mantenerse a través del transcurso de los años, a pesar de las dificultades económicas y legales”, subraya Balmaceda, y también destaca que, durante el año, las actividades continúan: “los Patios del Mediodía un domingo al mes, donde podés venir a escuchar música, comer algo y tomar un vinito; las reuniones y espacios de militancia que se van sosteniendo cada día. En fin, es un espacio de difusión y debate”, remata quien sabe oficiar como presentador de cada número artístico.

Seguramente quienes dieron inicio a este Festival nunca imaginaron que algo así podía persistir y crecer del modo en que lo hizo, cuando en la búsqueda por combatir el estigma de “ciudad de tuberculosos” que tenía Cosquín en el Valle de Punilla antes del invento de los antibióticos, y tras una dificultad para hacer de la ciudad un enclave turístico, dieron nacimiento a esta experiencia que supo consagrar a figuras como Mercedes Sosa.

Desde hace algunos años la dinámica musical se viene trasmutando. En Argentina y en el mundo entero. El siglo XXI parece caracterizarse por la flexibilidad a la hora de encasillar experiencias, y por cierta búsqueda de fusión o mezcla entre géneros que antaño se presentaron rígidos, casi como compartimentos estancos. Y así como este año Fito Páez, acompañado de Fabiana Cantilo, tuvo su noche en el escenario Atahualpa Yupanqui, otros años fue la Trova Rosarina quien supo diversificar y amplificar los sonidos del lugar. Gesto que de algún modo supo abrir Mercedes Sosa, cuando en 1997 llegó a la Próspero Molina de la mano de Charly García. En los patios pasa algo similar. La dinámica se multiplica al ritmo diverso de géneros que se entrecruzan, y actividades que ya no sólo abarcan la canción. Una apuesta por hacer del arte un micromundo a partir del cual pensar otros mundos posibles. De eso se trata, aunque sea una vez al año. Al menos por un rato.

En Cosquín transitan por estos días quienes asisten por primera vez al Festival; quienes ya visitaron la ciudad en varias oportunidades pero hace bastante tiempo no regresaban; los que no se perdieron ni una edición, desde que eran pequeños, y ahora asisten con sus propios hijos. Están las familias, los grupos de amigos y de amigas, las parejas recién formadas, las que desde hace año funcionan y toman esa semana como un ritual. Están quienes pasean en soledad en búsqueda de nuevos vínculos, quienes se emocionan porque quien supo estar a su lado cada verano, durante años, ya no está más en este mundo. Están los vendedores ambulantes, las y los artistas de la calle, quienes se dedican a las artesanías y quienes sólo llegaron para veranear.

En fin: las calles de Cosquín, por estos días, se transforman en el gran escenario de un acontecimiento cultural.