Sólo sabe que apoyo al gobierno que le aumentó los impuestos, y con eso le basta para avanzar en su reproche.

LA FRAGILIDAD

Mientras lo escucho agitarse en su argumentación me pregunto si tiene conciencia de que su vida sólo se sostiene de esos pequeños pilares de respiración y exhalación que dan cadencia a sus palabras. Me pregunto si sabe lo frágil que es él, y lo frágil que soy yo.

Anónimo

NAC&POP

21/12/2019

Acabo de tomar los últimos exámenes de este año.

Un alumno enfurecido me ha recriminado apoyar a un gobierno que le subirá los impuestos a su familia para mantener a vagos.

No sabe casi nada de mi.

No sabe si a mi también me aumentarán los impuestos.

No sabe nada de mis seres queridos.

No sabe, por ejemplo, si mis hijas están sanas.

O si tengo problemas más graves.

Sólo sabe que apoyo al gobierno que le aumentó los impuestos, y con eso le basta para avanzar en su reproche.

Mientras lo escucho agitarse en su argumentación me pregunto si tiene conciencia de que su vida sólo se sostiene de esos pequeños pilares de respiración y exhalación que dan cadencia a sus palabras.

Me pregunto si sabe lo frágil que es él, y lo frágil que soy yo.

Creo que no.

Parece estar tan acostumbrado al milagro cotidiano de respirar, que ha dejado de percibir que todo lo que es – con sus posesiones y privilegios – se asienta sobre esos pequeños pilares de oxígeno prestado con los que llena sus pulmones.

Creo que el hecho de que no pueda percibir su fragilidad ni la mía también explica su enojo por tener que contribuir al bienestar de otros.

Tiene la conciencia de un propietario.

Se siente dueño de su vida y su destino.

Si pudiese darse cuenta de la cantidad de contingencias que lo condujeron a gozar de la posición de privilegio que tiene – por ejemplo, haber nacido en una familia acomodada – reconocería la cantidad de contingencias que a otros los llevaron a su situación de pobreza y desesperanza.

Sólo cuando nos reconocemos frágiles, necesitados de la ayuda de los demás, recién allí podemos comprender la fragilidad de los otros.

Cuando dejamos de percibirnos como propietarios, dueños de nuestro destino, se nos vuelve patente toda la ayuda que otros nos prestaron.

Dejamos de sentirnos propietarios, dueños de nuestras vidas, y pasamos a vernos como deudores cuyo destino nos ha sido dado.

Sólo la humildad de vernos frágiles y necesitados de recibir ayuda, conduce a reconocer la exigencia de brindarla.