¿Seremos capaces, como Argentina Unida, de atrevernos a construir esta serena y posible utopía a la cual nos llama hoy la Historia?

DE ALBERTO A PERÓN, Y VUELTA: DE LA HISTORIA HECHA, A LA HISTORIA EN ACTOS.

Por Alejandro Romero

Me quedé con la sensación de haber asistido a un evento programático decisivo. Con la impresión de que era la primera vez que escuchaba, de parte de un/a presidente, una especie de actualización del discurso de presentación del Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, que pronunció Juan Domingo Perón el 1ero de mayo de 1974 ante la Asamblea Legislativa, al inaugurar el período de sesiones ordinarias de ese año.


Por Alejandro Romero *

NAC&POP

16/12/2019

No sé si las páginas que siguen agregan algo o entorpecen la escucha directa de las palabras de asunción de Alberto Fernández.

Pero las comparto.

Tuve la oportunidad de escuchar el discurso de asunción de Alberto Fernández reunido en familia, de sorpresa en sorpresa.

Cuando Alberto terminó, uno de nosotros, conmovido, dijo que era el mejor discurso de asunción presidencial que había escuchado en su vida.

Yo me quedé con la sensación de haber asistido a un evento programático decisivo.

Con la impresión de que era la primera vez que escuchaba, de parte de un/a presidente, una especie de actualización del discurso de presentación del Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, que pronunció Juan Domingo Perón el 1ero de mayo de 1974 ante la Asamblea Legislativa, al inaugurar el período de sesiones ordinarias de ese año.

Un discurso del que Alberto, en sus palabras de asunción, cita y asume como propia una frase clave: “Nadie puede realizarse, en un país que no se realiza”.

Leí y releí el discurso de Alberto, y volví por enésima vez al Modelo Argentino y al discurso de Perón del 1ero de mayo del 74.

Un análisis exhaustivo de las implicancias de la comparación llevaría decenas de páginas y días de trabajo.

Valgan algunas reflexiones.

Lo primero que impresiona es un hecho exterior a los discursos mismos, o más bien un par de hechos, que hablan del contexto histórico y del movimiento de la historia.

Perón, al comienzo de su alocución, señala que la elaboración de la doctrina, más de 20 antes del momento en que habla, “constituyó la primera etapa de lo que podría denominarse la despersonalización de los propósitos que la revolución había encarnado” en él.

Impresionante coincidencia con un presidente, Alberto, que representa un punto de culminación, un avance sustantivo, en ese proceso de “despersonalización” del peronismo, que garantice su unidad y su potencia más allá de éste o aquél nombre propio.

Quizás por eso mismo la afirmación de un rumbo programático explícito, que exprese unas convicciones no sólo personales, sino también compartidas, retornó en su discurso con fuerza.

El segundo hecho impactante es la referencia en el discurso de Perón al contexto histórico, y la presencia, como contexto del discurso de Alberto, de una situación muy diferente, pero heredera de aquella.

Perón señala que “vivimos tiempos tumultuosos y excitantes. (…) Las masas del Tercer Mundo se han puesto de pie y las naciones y pueblos hasta ahora postergados pasan a un primer plano”.

Señala la necesidad de marchar hacia la unidad planetaria y, párrafos después, se refiere a la “irrevocable decisión de liberarnos de todo tipo de colonialismo”.

Alberto dirá, en un momento inolvidable de su discurso, refiriéndose a la cuestión Malvinas: “No hay más lugar para colonialismos en el siglo XXI”, pero también hará referencias a grandes actores socio-económicos internacionales, cuyas políticas rechaza, como los especuladores financieros y el FMI, y se referirá a la necesidad de “integrarse a la globalización”, pero “con inteligencia, preservando la producción y el trabajo nacionales”.

Es decir, a contracorriente del modelo de inserción internacional bautizado como “globalización” por sus promotores.

Y esto marca, precisamente, los paralelismos y las diferencias, entre los dos momentos.

Entre el primer gobierno de Perón, 1945, y el tercero, 1974, se había desarrollado todo el abanico de las guerras de liberación del Tercer Mundo.

El mundo de 1974 era el producto recién salido del horno de ese proceso de descolonización política.

Pero el proceso de mundialización que así se iniciaba no tomó los caminos que Perón esperaba.

La reacción neoliberal, promovida por los sectores dominantes del capital y por los Estados dominantes en el sistema mundo, impondría otro programa: el de la globalización neo-liberal, que se había iniciado, sin que lo supiéramos, el 11 de septiembre de 1973, con un golpe militar, en Chile.

Golpe al que seguiría el golpe cívico militar de 1976 en Argentina, que tendría como su ministro de economía a José Alfredo Martínez de Hoz y que pondría en práctica en Argentina ese mismo programa de globalización neoliberal, consciente y sistemáticamente destructora, precisamente, de “la producción y el trabajo nacionales”.

El discurso de asunción de Alberto Fernández, 45 años después del de Perón, se inicia con un recordatorio al Día de los Derechos Humanos.

“El 10 de diciembre de cada año no es cualquier día en nuestra memoria colectiva.

Hoy celebramos el momento en que la Argentina toda sepultó la más cruel de las dictaduras que hemos podido soportar.,

Ese día, hace treinta y seis años, Raúl Alfonsín asumía la Presidencia, nos abría una puerta hacia el respeto a la pluralidad de ideas y nos devolvía la institucionalidad que habíamos perdido”.

Esa institucionalidad perdida no es otra que la del tercer gobierno de Perón, entonces encabezado por Isabel Martínez.

Y si el 10 de diciembre de 1983 representa el repudio al costado ético-político de la dictadura y al terrorismo de Estado, no ocurrió lo mismo con su proyecto económico, que sobrevivió sin cambios hasta 2003, y, en algunos aspectos, más aún, y que volvió por sus fueros en la experiencia desastrosa del macrismo.

Sigue Alberto celebrando que “desde entonces (el 10/12 de 1983) siempre preservamos la institucionalidad y toda crisis que se nos presentó supimos sobrellevarla preservando el funcionamiento de la república.

Los argentinos hemos aprendido así que las debilidades y las insuficiencias de la democracia solo se resuelven con más democracia.

Por eso hoy quiero iniciar estas palabras reivindicando mi compromiso democrático que garantice entre todos los argentinos, más allá de sus ideologías, la convivencia en el respeto a los disensos”.

Pero Perón decía en 1974: “Es un verdadero milagro el que podamos ahora dialogar y discrepar entre nosotros, pensar de diferentes maneras y estimar como válidas distintas soluciones, y llegar a la conclusión de que, por encima de los desencuentros, nos pertenece por igual la suerte de la Patria, en la que está contenida la suerte de cada uno de nosotros”.

Algo que se vería horrorosamente interrumpido por esa dictadura a la que Alberto se refirió al iniciar su discurso, el combate contra la cual dejó como herencia a las argentinas y argentinos el enorme movimiento por los Derechos Humanos que hoy constituye una de nuestras principales fortalezas en la defensa de esa democracia con la cual aparecemos comprometidos desde 1983.

Y esto remite a otra idea central de los dos discursos, salvando las diferencias entre una situación de violencia política armada, en la era de Perón, y otra de violencia socio-económica, hoy en día.

Porque no hay que olvidar que Perón no hace ni una sola vez referencia al hambre como problema central del país.

No lo era.

Mientras que Alberto se refiere a los tres muros que nos separan.

El primero aparece también en el discurso de Perón como obstáculo a superar, es “el muro del odio y el rencor” entre argentinos y argentinas.

El tercero también es común a los dos discursos, “el muro del despilfarro de nuestras energías productivas”.

Pero, si en el discurso de Perón aparece la violencia política armada como un problema a resolver “dentro de la Constitución y la Ley”, en el de Alberto, que forma parte de ese consenso democrático, lo que constituye el tercer muro es la consecuencia de la violencia socio-económica neoliberal que perduró más allá de la dictadura: el hambre de 15 millones de argentinas o argentinos, en especial niño/as y jubilado/as.

Esa violencia socio-económica que es causa, a su vez, de la perduración de los otros dos muros: el del despilfarro de nuestras energías productivas y el del odio.

Se diría, entonces, que si los problemas de la democracia sólo se resuelven con más democracia, los del desarrollo sólo se resuelven con más desarrollo.

Estas diferencias en el seno de las recurrencias expresan la distancia a la vez que la continuidad entre las dos épocas.

Pero es conmocionante registrar que en ambos discursos aparecen marcas que los denuncian como expresiones de momentos de quiebre.

En el de Perón, el quiebre del mundo colonial (y, lo ignoraba Perón, los comienzos de la globalización); en el de Alberto, el de final de la globalización, que Alberto evoca al hablar de la deuda, cuando señala que “los acreedores tomaron un riesgo al invertir en un modelo que ha fracasado en todo el mundo una y otra vez”.

En cuanto a lo que hoy comienza, no sabemos de qué se trata a nivel mundial, pero Alberto dedica todo su discurso a proponer un camino a nivel nacional y a nivel regional.

Y en esto consiste quizás el parecido más sobresaliente del discurso de Alberto con aquél de Perón: enuncian un programa necesario para reorientar el país y a la sociedad en momentos de quiebre y transformación.

En las líneas maestras de ese programa se encuentran los otros parentescos.

Para empezar, la idea de que lo que se busca es, en palabras de Alberto, el “desarrollo con justicia social”.

La palabra “desarrollo” no pertenece al léxico habitual de Perón, aunque sí el concepto, lo que marca el intento de síntesis, por parte de Alberto, de lo mejor de las tradiciones peronista y social-demócrata-radical en Argentina.

“Queremos un estado presente constructor de justicia social”, dirá poco más adelante.

Pero también, al final, “… quiero poder demostrar que Raúl Alfonsín tenía razón. Espero que entre todos podamos demostrar que con la democracia se cura, se educa y se come”.

Este desarrollo con justicia social empieza para Alberto con un Nuevo Contrato de Ciudadanía Social, que califica de Fraterno y Solidario, y que operaría, a través de una serie de Acuerdos Básicos de Solidaridad en la Emergencia, identificando “prioridades urgentísimas y compartidas para acordar después mecanismos que superen aquellas contradicciones” (subrayados nuestros) en base a “una ética de las prioridades y las emergencias” que comience por “los últimos”.

Perón decía al inicio de su alocución de 1974, recordando su propia trayectoria: “ya entonces había alcanzado a comprender que solamente los humildes podían salvar a los humildes”.

Alberto redobla la apuesta, sosteniendo que comenzando por los más desposeídos, y sólo así, se irá reactivando paso a paso la economía hasta llegar a beneficiar todas y todos las argentinas y argentinos.

Y agrega un concepto que también muestra la permanencia actualizada de un proyecto de sociedad: “los afectados por la cultura del descarte no sólo necesitan que le demos con premura un pedazo de pan al pie de nuestra mesa.

Necesitan ser parte y ser comensales en la misma mesa.

De la mesa grande de una Nación que tiene que ser nuestracasa común””.

Perón decía entonces: “… tenemos que recordar siempre que Argentina es el hogar”.

E insistía en la necesidad de que trabajadoras y trabajadores participaran integralmente del proyecto nacional.

Hoy, producto del neoliberalismo y la globalización, además de las y los trabajadores, hay que integrar a la gran mesa nacional a los descartados, a los excluidos sistemáticos.

Las continuidades siguen cuando Alberto sostiene que “La idea de un Nuevo Contrato de Ciudadanía Social supone unir voluntades y articular al Estado con las fuerzas políticas, los sectores productivos, las confederaciones de trabajadores, los movimientos sociales, que incluyen al feminismo, a la juventud, al ambientalismo.

Vamos a sumar en ello, también, al entramado científico-tecnológico y a los sectores académicos”.

Más adelante se referirá también al importante papel “defensivo” y de desarrollo científico y tecnológico que le atribuye a las Fuerzas Armadas.

En el discurso de Perón podemos encontrar conceptos parecidos, y una enumeración de actores sociales muy similar, donde las mujeres ocupan el lugar del feminismo, los intelectuales el de los sectores académicos, y en el que falta el ambientalismo (aunque no la referencia central al problema ambiental) pero se agrega la iglesia, que en el discurso de Alberto aparece relacionada con la referencia al problema ambiental, cuando señala que la encíclica Laudato Sí, “de nuestro querido Papa Francisco”, es una verdadera “Carta Magna ética y ecológica a nivel universal”.

En el ámbito de lo económico el pensamiento de ambos dirigentes muestra también la matriz común que los anima y el intento renovado, por parte de Alberto, de lograr algo similar a lo que ya Perón se proponía hace más de 40 años, en la medida en que Alberto habla de “otorgarle consistencia económica y social a nuestra recuperación”.

Y sigue: “la consistencia integral de lo que proponemos en materia de todas las variables del plan -precios, salarios, tarifas, tipo de cambio, aspectos monetarios, fiscales y sociales- serán explicitadas en los próximos días, convocando a todos los sectores involucrados”.

Y concluye con un concepto central: “El plan macroeconómico que proponemos es una pieza central pero no aislada de un Proyecto Nacional de Desarrollo”.

Perón proponía, en lugar del concepto de “consistencia” el de “sistema” (que implica esa consistencia), y llamaba no sólo a los trabajadores sino a “los demás grupos políticos y sociales” a participar de la definición de la forma y el sentido de ese “sistema” que él llamaba “comunidad organizada”.

La más impactante de las recurrencias es, sin embargo, la de la necesidad de ese Proyecto Nacional de Desarrollo, que se haría operativo, según propone Alberto en su discurso, a través de un “Consejo Económico y Social para el Desarrollo” “que será el órgano permanente para diseñar, consensuar y consagrar un conjunto de políticas de Estado para la próxima década”.

Y al respecto precisa: “Le daremos rango legislativo y propondremos que sus máximas autoridades sean elegidas con acuerdo Parlamentario, por un período de gestión que trascienda nuestro mandato.

Pretendemos que en ese ámbito plural se diseñen los grandes pilares institucionales y productivos de mediano y largo plazo -sin discusiones coyunturales-, rumbo a un desarrollo humano integral e inclusivo”.

Perón proponía en su momento un organismo similar, que no llegó a funcionar: “el Consejo para el Proyecto Nacional”.

La insistencia en la necesidad de acuerdos y consensos transversales a los distintos grupos sociales y del cultivo de una verdadera solidaridad nacional, en la que los que más tienen y más se benefician sean también quienes más aportan a la construcción colectiva, es otro de los grandes ejes que ambos discursos y ambas propuestas tienen en común.

Completan el cuadro la insistencia en la centralidad del desarrollo científico y tecnológico nacionales, al servicio de necesidades nacionales; la importancia de la cuestión ambiental, del no despilfarro de recursos, del cuidado de los equilibrios ecosistémicos y de la asociación del desarrollo y el cuidado ambiental con la cuestión social; y la importancia dada al desarrollo de una industria y una tecnología de la defensa soberana que otorgue un papel más fundamental, centrado en la Nación y constructivo, a las Fuerzas Armadas Nacionales.

Hay, sin embargo, dos novedades institucionales que vale la pena destacar, por su decisión y su atrevimiento, en el discurso de Alberto.

Una es la definición de un nuevo Nunca Más, que venga a acompañar al Nunca Más Terrorismo de Estado: un “Nunca Más a una justicia contaminada por servicios de inteligencia, “operadores judiciales”, procedimientos oscuros y linchamientos mediáticos.

Nunca Más a una justicia que decide y persigue según los vientos políticos del poder de turno”.

Y “en el mismo sentido”, la decisión de intervenir la “Agencia Federal de Inteligencia”.

Así como la derogación del decreto 656 del 2016 que consagró “el secreto para el empleo de los fondos reservados por parte de los agentes de inteligencia del Estado”.

Todos ellos instrumentos de dominación alternativos al uso sistemático de las Fuerzas Armadas, que había sido moneda corriente entre 1930 y 1983: instrumentos del lawfare y la persecución mediática.

Lo que concluye en un anuncio: “en las próximas semanas estaremos enviando al Parlamento y sometiendo a debate informado de la sociedad civil y los expertos de todo el país una propuesta de transformación y coordinación estructural de toda la política de seguridad ciudadana y prevención de la violencia”.

Lo sugestivo de esta comparación, necesariamente parcial y sesgada, cuyo valor y sentido quedan sujetos a reflexión y discusión, es que, según me parece, el mero hecho de poder hacerla expresa la continuidad de una lucha.

La lucha por la liberación nacional en lo económico, lo político, lo social y lo cultural, diría Perón; la lucha por un desarrollo pleno, justo y autocentrado, hubiera dicho quizás Frondizi; la lucha por una democracia que cure, eduque, dé de comer a todos los habitantes de la Patria, habría dicho quizás Alfonsín.

Esa lucha, al parecer, estaría entrando en un nuevo momento, caracterizado por un nuevo intento re-fundacional.

Un momento sobre el que pesan las instituciones neoliberales, pero que ya no puede regirse por el programa neoliberal, ni en Argentina, ni en la región, ni en el mundo.

La sociedad argentina entera, o casi (y otras sociedades en América del Sur y el mundo), parece percibirlo, así como una parte importante de sus dirigencias.

De allí la necesidad de programas y consensos nuevos.

Y pareciera que lo que Perón planteaba en Modelo Argentino, algo que quedó truncado por la dictadura, la globalización y el neoliberalismo, es hoy retomado y actualizado, puesto al día.

En esa lucha algunos puntos lucen centrales: la necesidad de incluir de entrada a los más pobres; la necesidad de que los sectores privilegiados asuman que son los que más deben aportar al desarrollo nacional, porque son lo que más se benefician con él; la necesidad de que esos mismos sectores acepten la participación protagónica de los demás sectores sociales en el debate por el tipo de sociedad, de economía y de país que se busca construir, y en las decisiones que se tomen al respecto; la necesidad de que todos los sectores respeten a rajatabla, sin violarlos ni pervertirlos de múltiples maneras, los mecanismos constitucionales y legales de decisión institucionalizados; la necesidad de considerar a la Nación Argentina en primer lugar, y a la región (Sudamérica) en segundo lugar, como la verdadera Patria, como el hogar y el campo de totalidad de las vidas y los esfuerzos de todas y todos sus habitantes, una patria que, por lo tanto, hay que cuidar en el sentido territorial, de recursos, económico y ambiental; la necesidad de participar de modo autónomo, multilateral y protagónico en el sistema internacional; la necesidad de que el conjunto plural de la sociedad argentina logre reunirse (re-unirse) en un verdadero consenso para el desarrollo con justicia social y soberanía plena.

“¿Seremos capaces, como Argentina Unida, de atrevernos a construir esta serena y posible utopía a la cual nos llama hoy la Historia?

¿Seremos capaces como sociedad?”, pregunta Alberto Fernández.

¿Esta vez sí, seremos capaces?

AR/

  • Alejandro Romero es filósofo.