Una militante que trabajaba de abogada será la primera ministra de mujeres, géneros y diversidad

ELIZABETH GOMEZ ALCORTA, UNA MINISTRA DE JEANS Y PAÑUELO VERDE

Por María Florencia Alcaraz y Tali Goldman

“Abrazamos con amor y gratitud a la doctora Elizabeth Gómez Alcorta, quien en estos dos años ha acompañado la defensa de nuestra hermana”, dijeron en un comunicado desde el Movimiento de las Mujeres Indígenas por el Buen Vivir. El nombre de Eli no aparecía entre las candidatas que se escuchaban para ocupar este cargo inédito en la estructura del gabinete. Hasta que empezó a sonar y quedó rebotando en los pasillos.

Por María Florencia Alcaraz y Tali Goldman

NAC&POP

8/12/2019

Dos mujeres: una de un lado de las rejas y otra del otro escoltada por corazones.

En primer grado le habían preguntado qué quería ser cuando fuera grande, él dibujó y le contestó a las maestras: “Quiero ser abogado como mi mamá, para sacar a mujeres de la cárcel”.

Creció acompañando a su mamá, Elizabeth Gómez Alcorta, en distintos procesos judiciales que tienen a mujeres indígenas criminalizadas de manera injusta, entre otras causas.

Él ahora tiene ocho años pero desde que nació el tiempo se dividió entre plazas, juegos, tribunales, películas infantiles, actos políticos, presentaciones de libros, las aulas de Derecho donde ella es docente y muchas marchas.

Desde que es madre, Eli —como todo el mundo la conoce—organiza sus días en una triple jornada repartida entre los trabajos, la militancia y todas las tareas que rodean a la maternidad y ser la jefa de hogar. Ahora se suma una cuarta: la gestión.

Y debuta en un puesto que se estrena con ella: el Ministerio de mujeres, géneros y diversidad.

La última mujer indígena que defendió antes de asumir fue Moira Millán, weychafe (guerrera) de la comunidad mapuche recuperada Pillan Mahuiza en Chubut, que había sido acusada por la ocupación del juzgado de Guido Otranto.

Estaba imputada por “coacción doblemente agravada”.

Eli no la sacó de la cárcel, como en el dibujo de su hijo, porque no estaba presa, pero logró que la absolvieran un día antes que se anunciara que iba a ser Ministra.

“Abrazamos con amor y gratitud a la doctora Elizabeth Gómez Alcorta, quien en estos dos años ha acompañado la defensa de nuestra hermana”, dijeron en un comunicado desde el Movimiento de las Mujeres Indígenas por el Buen Vivir.

El nombre de Eli no aparecía entre las candidatas que se escuchaban para ocupar este cargo inédito en la estructura del gabinete.

Hasta que empezó a sonar y quedó rebotando en los pasillos.

El volumen con el que se escuchaba subió después de una reunión que tuvo con Alberto Fernández por el Grupo Puebla.

La exposición de Eli había sido contundente en ese segundo encuentro del grupo que se desarrolló en Argentina.

Había expuesto Verónica Mendoza, ex candidata a Presidenta de Perú; Dilma Rousseff, Karol Cariola de Chile y Dora Barrancos.

Después el micrófono llegó a manos de Eli.

Ella planteó que no solo había que pensar en términos de políticas públicas sino también interpelar dentro de los propios espacios políticos por qué había menos mujeres en esas mesas.

Y retrucó que eso no tenía que ver con que no hubiera mujeres capaces, sino con los obstáculos que ponían y existen para las mujeres.

En ese plantel estaba el cuestionamiento sobre los privilegios de los varones en el mundo de la política.

Para cerrar dijo: “No hay ninguna duda que el feminismo y sobre todo los feminismos populares son profundamente antineoliberales.

Así que no puede haber un progresismo en Latinoamérica que no sea feminista”.

Alberto Fernández quedó impactado por la claridad en la impugnación al patriarcado y el neoliberalismo.

“Eli la rompió en Puebla”, decían desde las oficinas de Puerto Madero del Frente de Todos, Todas, Todes.

Después de esa intervención llegó el llamado para ocupar el flamante Ministerio por parte del mandatario electo

.Hoy, a los 47 años, Eli empezó a imaginar una posibilidad que nunca había puesto en su lista de proyecciones políticas.

La primera Ministra de mujeres, géneros y diversidad era hasta ahora una militante que trabaja de abogada.

Ahora va a ser una militante que trabaje de Ministra.

Es de esas abogadas que no se llaman a sí mismas doctoras.

No está subida a stilettos ni necesita del rimmel para salir a la calle.

El pelo lacio, largo y castaño le cae espontáneo sobre los hombros.

Los anteojos de marcos rectangulares forman parte de su marca personal y también el pañuelo verde de la Campaña, en el cuello o atado en la muñeca.

De sus orejas siempre cuelgan aros de alpaca que combina con collares que compra en ferias populares.

Aunque muchas veces en las marchas de los Encuentros Plurinacionales de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans le toca encabezar la columna de su agrupación Vamos, porque es una de las referentas; también es de las que se pone la pechera de seguridad para cuidar a las compañeras.

Eso hizo en el último Encuentro en La Plata para el Festival La Tierra Tiembla.

En Trelew se llevó ella misma la bandera de arrastre cuando terminó la recorrida y empezó lo que las organizaciones llaman el “desarme”.

Eli está al frente y aparece en las fotos pero cuando las cámaras se van está presente en el backstage de cada movilización.

La funcionaria inesperada tiene un estilo sencillo que contrasta con su doble apellido: es una ministra de jean y zapatillas.

De esas personas que esperan su turno para hablar y con una gimnasia para escuchar entrenada por los largos procesos judiciales en casos de lesa humanidad.

Esa misma escucha será, sin dudas, parte de la impronta que le asignará a este nuevo espacio históricamente reclamado por el movimiento feminista local.

La piba de los monoblocks

Es septiembre de 1983, falta un mes para las elecciones después de seis años de dictadura cívico-militar.

Elizabeth tiene diez años y va junto a su papá a uno de los cierres de campaña del entonces candidato radical Raúl Alfonsín en San Isidro.

Es un garaje en el que entran alrededor de 100 personas. Cuando termina, Raúl Gómez Alcorta se acerca al flamante candidato: “Esta es la que estaba en la panza en el ’72”.

Alfonsín le toca la cabeza a la pequeña Eli, fascinada en su primer acto político con el futuro Presidente.

Raúl y Haydée Gómez Alcorta son militantes radicales de “renovación y cambio” desde los 15 años.

El doble apellido es herencia de una familia de la oligarquía santiagueña con la que Raúl nunca tuvo ningún vínculo.

Para una familia de empleados de clase media, todo se viene cuesta abajo después del “Rodrigazo” en 1975.

Sin un mango, deciden mudarse a los monoblocks de Boulogne, en San Isidro, un barrio obrero con 1500 departamentos.

Eli crece en una casa chica: junto a sus dos hermanxs duermen en una sola habitación.

Si bien tienen una fuerte identidad con el barrio de “los ranchos”, así le dicen a los monoblocks, los Gómez Alcorta van a una escuela pública en Martínez pese a que había varias instituciones dentro del barrio.

Pero no sólo esa identidad del “adentro y del afuera” la da la escuela.

Raúl quiere que sus hijxs hagan deporte en un club y por la zona había dos: El Pueyrredón, que está descartado porque era de origen inglés y los Gómez Alcorta son “anti ingleses”, y el SIC, uno de los clubes más elitistas de Zona Norte.

“En los monoblocks éramos los rubios que hacíamos deporte en el SIC y en el SIC éramos los negros que vivíamos en los monoblocks e íbamos a la escuela pública”, recuerda Elizabeth.

A los diez días de haber entrado al Nacional San Isidro, la rubia adolescente va a la reunión del centro de estudiantes y se postula como delegada de su división.

Lo único que le interesa es hacer política.

Participa de las tomas, asambleas, imprime en el mimeógrafo la revista Minga que hacen los estudiantes.

En quinto año es electa como presidenta del centro de estudiantes.

Allí obtiene su primera victoria política: logra por primera vez que las elecciones de la comisión directiva sean por voto directo.

También en quinto año le hacen varios tests vocacionales.

En todos le sale que tiene que estudiar ciencia política.

Es realmente lo de ella y está decidida. Junto a su novio de ese momento, se inscribe al CBC.

Pero por alguna razón que en ese momento no tiene explicación, Elizabeth no se anota en Ciencia Política, se inscribe para estudiar derecho.

“Nunca quise ser abogada”, confiesa, “después de años de terapia entendí que era el deseo de mi viejo y no el mío”.

Aún falta mucho —demasiado— para que esté satisfecha con su elección de adolescente.

La carrera no le gusta, la aburre y no le interesa en lo absoluto.

Mientras estudia decide con su hermana sacar un crédito para comprarse su propia casa en los monoblocks de Boulogne.

Para pagar el crédito, Elizabeth cuida chicos, es preceptora y bibliotecaria.

Acumula experiencia de vida pero ninguna en el derecho.

Es más, piensa dejar a mitad de camino.

Pero unos meses antes de recibirse en 1996, cursa la materia Derecho Penal Juvenil con la entonces jueza Lucila Larrandart.

Le va muy bien, como en toda la carrera.

Sin embargo Lucila detecta algo especial en Elizabeth y le ofrece ser ayudante.

Dice que sí y, sin saberlo, ese será el inicio de su verdadera vocación.

La abogada de la primera presa política

El viernes 29 de enero de 2016 Elizabeth Gómez Alcorta está en el Congreso Nacional, participando de una manifestación contra trabajadores despedidos.

Hacen una “ñoquiada”, una parodia al concepto de “ñoqui” que instala el macrismo como sinónimo de trabajador estatal.

En medio del caos recibe un mensaje de WhatsApp:

—Che, ¿cómo te ves de abogada con el gorrito coya?

—¿Qué?— responde sorprendida. Elizabeth no entiende nada.

—Eli, ¿te animarías a ser la abogada de Milagro Sala?

Se están tirando nombres en la Asamblea de Jujuy y el tuyo suena muy fuerte.

Después llega un llamado de Horacio Pietragalla, nieto recuperado y por entonces ministro de seguridad de Santa Cruz.

Le comenta lo mismo, que la detención de la líder de la Tupac Amaru hace diez días no parece tener un desenlace en el corto plazo y que se está poniendo más difícil de lo que pensaban.

Le dice que ella tiene el perfil que están buscando: “De Buenos Aires, penalista y compañera”.

Ah: y que tiene que viajar con urgencia.

Ese domingo. Elizabeth pide unas horas para pensarlo.

Desde el 10 de diciembre de 2015, cuando asumió Mauricio Macri, ella sabe que no va a aguantar mucho más tiempo como coordinadora del programa Verdad y Justicia del ministerio de Justicia de la Nación.

Siente que su ciclo está cumplido, que ideológicamente no puede trabajar para el macrismo.

Llama al papá de su hijo, que también es abogado.

Para ella es importante saber si cuenta con su respaldo.

“Te recontra re banco”, le dice.

Ese domingo está arriba de un avión, viajando a Jujuy.

Todavía no sabe en qué se está metiendo.

La Ministra feminista

En la historia y en el trabajo de Eli se intersectan las luchas que hicieron posible que el pañuelo verde traspasara fronteras geográficas y se volviera un símbolo antipatriarcal transnacional: la genealogía de los derechos humanos y los feminismos.

Forma parte de una generación interpelada por estas demandas, esas denuncias y esos deseos de memorias, verdades y justicias.

Para ella, las Abuelas, las Madres y los Familiares de desaparecidxs son parte de su familia ampliada.

Desde el primer Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans de la ahora Ministra fue en 2015, en Mar del Plata. sólo faltó a Chaco porque coincidía con el aniversario 50 de la muerte del Che y decidió viajar a Bolivia.

Para ella ese viaje fue transformador.

Tuvo casi asistencia perfecta.

En los últimos dos (Trelew y La Plata) le tocó compartir con compañeras de su agrupación más jóvenes, las pibas.

Marchó al lado de la joven legisladora porteña Ofelia Fernández, cerca de Diana Broggi y Martha Linares, otras de las referentas del espacio del que participa.

Ofe le dice a Eli que es como su mamá política.

Es común verlas juntas, abrazadas o agarradas del brazo.

En esa trama de afectos políticos, la Ministra reconoce otra forma de hacer política en la que el trabajo en equipo, las decisiones colectivas y la escucha compañera es fundamental.

Esos serán algunos de los lineamientos y primeros ejes con los que está pensando su gestión, junto a un equipo de confianza de compañeras: la apuesta por otra forma de gestionar la política tradicional desde la inclusión, el debate horizontal de las asambleas multitudinarias que signaron los últimos tiempos, el reconocimiento de las genealogías y la mirada intergeneracional.

Las puertas del Ministerio estarán abiertas para todes.

A los 23 años, Elizabeth tiene un diploma de honor que le sirvió para conseguir su primer trabajo como abogada en una empresa de cartelería en la vía pública, a raíz de un aviso clasificado de Clarín.

Lo único que la motiva es su incipiente militancia en la Fundación Pelota de Trapo, el espacio que había fundado Alberto Morlachetti en Avellaneda.

Pero otra vez el llamado de la jueza Larrandart cambia su vida.

—Quiero que vengas a trabajar conmigo al juzgado, hay un espacio vacante.

—Pero Lucila, yo nunca trabajé ni en Tribunales, nunca hice ni un oficio, no tengo idea.

—Mejor.

Elizabeth comienza así su carrera judicial y su vinculación con gente que después será clave en su vida.

Como “pichona” de Larrandart, comparte asados con Eugenio Raúl Zaffaroni, Esteban Righi y otros personajes que años después se convertirían en jueces supremos y procuradores. Pero para ella son tan solo “los amigos de Lucía”.

Durante diez años Elizabeth escala posiciones en lo que ella denomina “la isla de Tattoo”, una manera irónica de denominar al Poder Judicial.

“Ganaba más que mis dos viejos juntos, me iba de vacaciones 45 días, tenía un régimen de estabilidad y horarios, pero siempre tenía la sensación de que me estaba perdiendo algo.

Te aleja de la gente, de la realidad, realmente es un mundo paralelo”.

Paralelamente Eli le da una mano a un amigo del secundario, el abogado Tomás Ojea Quintana, que lleva la querella del primer juicio que una nieta restituida le hace a sus apropiadores.

Es el caso de María Eugenia Sampallo Barragán. Pero como trabajaba en el Poder Judicial, no puede firmar nada.

Finalmente en 2009 le dan fecha de juicio.

“¿Qué vas a hacer, Eli?” le pregunta Ojea Quintana.

“Voy a renunciar al Poder Judicial, quiero ser abogada en esta causa”.

Es realmente un salto al vacío.

Sabe que nunca más tendría los beneficios de empleada judicial y también sabe que la carrera que seguramente la convertirá en jueza ha llegado a su fin.

Pero ella estaba segura de su decisión.

“Ahora sí quería ser abogada, lo otro había sido una mentira”.

Hasta hace tres semanas Eli estaba tranquila.

Disfrutando de su trabajo que combina entre la facultad y los tribunales.

Estaba pasando mucho más tiempo con su hijo y planificando vacaciones, de esas que se merecía después de cuatro años de resistencia en las calles, los tribunales y en la vida.

En las elecciones de octubre, pese a que su nombre circuló para estar en alguna lista, finalmente no ocurrió.

Apenas ganó Alberto Fernández alguien le preguntó si no le parecía que podía llegar a ocupar algún lugar en el nuevo gobierno.

Ella respondió que no creía, o en realidad dijo que no sospechaba que hubiera ninguna propuesta superior a la vida que había logrado construir.

El llamado llegó y ese amor por defender uno, dos, tres, cinco personas, en distintas causas, ahora debería trasladarse a la defensa de, al menos, la mitad de la población.

¿Cómo dibujará C esta vez el trabajo de su mamá?