La Argentina vive desde hace décadas una situación de equilibrio hegemónico cada vez más insostenible.

NO SERÁ FÁCIL, PERO SERÁ GLORIOSO

Por Julio Fernández Baraibar

La esclavitud y el antiesclavismo son dos puntos de vistas que no pueden convivir. Son dos modos de producción, son dos organizaciones sociales antitéticas, son dos visiones de la humanidad irreconciliables. Ha venido ocurriendo a lo largo de los últimos 60 años en nuestro país. Por eso es imposible la alternancia, vista como el non plus ultra de la democracia por el partido esclavista.

Por Julio Fernández Baraibar
NAC&POP
30 de Octubre de 2019

Se ha iniciado otro período nacional.

La fuerzas profundas del pueblo argentino, su clase trabajadora, los hombres y mujeres de las periferias, como le gusta decir al padre Jorge Bergoglio de Flores, lograron unificar su expresión política y derrotaron al primer gobierno argentino que es la expresión directa y sin mediaciones del gran capital financiero, los sectores agro- y extractivo-exportadores y el capital imperialista radicado en el país.

Macri se convirtió, gracias a la voluntad de los sectores más profundos de la Argentina, en el único presidente que no pudo ser reelecto, después de la sanción de la Constitución de 1994.

Sus dolorosos cuatro años de gobierno alcanzaron para que la mayoría de los argentinos tomasen clara conciencia de cuál era el país, la estructura económica y social que la banda de niños millonarios nos proponía:

1/desocupación,

«/desindustrialización,

3/primarización de nuestra economía y

4/ sometimiento a los manejos del capital financiero privado y público, a través del FMI.

Por primera vez en la historia argentina, desde 1810, ha gobernado de manera directa -no a través de representantes políticos, como era en los años de la República Oligárquica- el sistema empresarial y financiero subordinado a los lineamientos de Wall Street, la renta agraria y minera y los bancos y financieras.

Y quienes han sido desalojados del manejo de la cosa pública, a través de elecciones, han sido los hombres y mujeres que han ocupado el poder político del estado y ocupan el poder económico de la burguesía transnacional subordinada a los intereses financieros.

Ha sido una victoria extraordinaria, si se piensa que en el mes de junio las fuerzas nacionales carecían de un claro rumbo político electoral.

La decisión de Cristina Fernández de Kirchner fue una decisión táctica -dirigida a ganar las elecciones- y estratégica- dirigida a cambiar el eje y la forma de enfrentamiento con el bloque dominante-.

Alberto Fernández cambió, por así decir, el eje de enfrentamiento.

De una política de confrontación, con un fuerte componente ideológico, se pasó a una política de reconstrucción nacional, que implica necesariamente una reconciliación.

La Argentina vive desde hace décadas una situación de equilibrio hegemónico cada vez más insostenible.

Creo haber dicho antes que nuestra situación es como si el partido antiesclavista y el partido esclavista se sucedieran, con distinta frecuencia, en el poder.

La esclavitud y el antiesclavismo no son dos puntos de vistas que puedan convivir.

Son dos modos de producción, son dos organizaciones sociales antitéticas, son dos visiones de la humanidad irreconciliables.

Y, de una manera u otra, eso es lo que ha venido ocurriendo a lo largo de los últimos 60 años en nuestro país.

Por eso es imposible la alternancia, vista como el non plus ultra de la democracia por el partido esclavista.

Macri se lanzó a una campaña furibunda en favor del partido de la esclavitud.

Este partido no basaba su relato en la misma esclavitud, sino en las virtudes tradicionales republicanas, en la honestidad de los propietarios de esclavos, en su prescindencia de la función pública para hacer su fortuna, en la supuesta armonía de una sociedad en la que cada cual ocupaba el lugar que merecía, el amo en la casa señorial y el esclavo en la barraca.

Y el mensaje, al parecer, llegó a los destinatarios, a los dueños de esclavos, que en la Argentina son los dueños de la renta agraria, de la singular feracidad de nuestro suelo, que es patrimonio del conjunto de la Argentina, aunque esté en manos de una casta privilegiada y monopólica.

Y para esa multitud de chacareros, odontólogos, médicos, abogados, dueños de estaciones de servicio, mecánicos propietarios de restaurantes y farmacéuticos, que viven privilegiadamente de la renta agraria, el peronismo en su versión del siglo XXI es la encarnación de su propio infierno.

Sueñan con un país en el que sólo ellos -lo que implicaría una limpieza étnica- puedan disfrutar de la productividad de la tierra.

Bueno, nuevamente esa cuestión ha sido cuestionada en las urnas.

Por eso fue el conurbano bonaerense, el lugar donde se concentra el más grande poder popular de la Argentina y las provincias del NOA, NEA y patagónicas las que le dieron el triunfo a Alberto.

Contra la opinión que parece caracterizar a los derrotados en las urnas, estas son las provincias que apuestan al futuro y la modernidad de la Argentina.

Los sectores agroexportadores, dominantes en las provincias donde Alberto no logró la mayoría, son la Argentina pequeña, en territorio y en población.

Le sobran 20 millones de argentinos y más de la mitad de nuestra superficie.

Su proyecto es el de un enclave agro y extractivo exportador con una población sometida a condiciones de esclavitud y sobrevivencia material.

A eso le ganamos el domingo pasado.

Los peronistas y el Frente de Todos volveremos a gobernar la Argentina.

No va a ser fácil.

Pero será glorioso.

 

*JFB*