Hay una parábola histórica entre el parto público del peronismo y la muerte de su Capitana.

SU ÚLTIMO 17

Por Negro Nasif

El 17 de octubre de 1951, seis años después de la “sublevación del subsuelo de la Patria”, Eva Duarte de Perón pronunció desde el balcón de la Casa Rosada uno de los discursos clave que prefiguraron la narrativa épica de la Evita eterna.

Por Negro Nasif

El Otro

17/10/2019

Fotos: Coco Yañez

Si existe el azar, la síntesis de esta nota es una de las más gratas coincidencias de la historia de EL OTRO.

El periodista y amigo Manuel Corominola, que –vaya causalidad- cumple años hoy, nos comentó hace algunos días que un primo que vive en Buenos Aires vendría al festejo con una perla entre las manos: una de las últimas fotografías que le tomaron a Evita en un acto público.

Este miércoles fue el encuentro de la cámara de nuestro reportero Coco Yañez con el legado de Roberto Casale, padre de Roberto Alfredo, el primo de Manuel que nos prestó por unos minutos el conmovedor documento gráfico original que hoy publicamos, luego de sacarlo de una bolsita de nylon.

Allí está la escena que parece extraída de un drama cinematográfico: Evita con su cuerpecito frágil y enfermo saludando a la multitud, sostenida por las manos protectoras de un Juan Domingo Perón notoriamente triste, con la mirada en el vacío.

Cuenta Casale (h) que ese día su padre se subió a un árbol de la Plaza de Mayo y que desde ahí, gracias a un moderno –para la época- teleobjetivo, sacó la única fotografía que heredó y que guarda con admiración.

Casale no era un fotógrafo improvisado ni mucho menos, sino uno de los más destacados profesionales de entonces, a punto tal que fue premiado en 1952 en el primer concurso de fotografía periodística realizado por la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA), tiempo después del 20 de diciembre de 1951, fecha en que el propio Perón decretó el día del reportero. ¿Con qué trabajo ganó Casale?

Una fotografía de Eva Perón saludando al pueblo en la Avenida 9 de Julio, según lo reseña María Paz Crotto en su tesina El fotoperiodismo acorralado.

“Compañeros: como la señora está un poco débil, para no esforzarse demasiado que le puede hacer mal, guarden el más absoluto silencio mientras ella les dirige la palabra”, se oye advertir al presidente Perón en el comienzo de la primera transmisión de la televisión argentina.

Luego se escucha la voz inconfundible de Evita saludando “Mis queridos descamisados…”.

Enferma de cáncer, muy débil físicamente pero con una vitalidad en el fuego de su discurso, Evita, dos días después de publicar su libro La razón de mi vida, pronunció uno de los discursos –o tal vez “el” discurso- que más resuena en la memoria colectiva del movimiento peronista.

Un legado combativo y, a la vez, la ofrenda de su propia vida que se apagaba en su cuerpo pero ardía en su nombre.

“Yo no quise ni quiero nada para mí.

Mi gloria es y será siempre el escudo de Perón y la bandera de mi pueblo, y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”

Así lo profetizó la Abanderada de los humildes y trazó un mandato político a los cientos de miles que la oían en la plaza: “Yo sé que Dios está con nosotros, porque está con los humildes y desprecia la soberbia de la oligarquía.

Por eso, la victoria será nuestra.

Tendremos que alcanzarla tarde o temprano, cueste lo que cueste y caiga quien caiga”.

Casale entre las ramas disparó la cámara fotográfica hacia el balcón mítico y la luz de Evita quedó para siempre en esta foto que ayer nomás sostenía el hijo del reportero, sentado en un bar mendocino, mientras Coco eternizaba otro instante. Justo 68 años después.

El azar no existe.

NN/