Hoy se cumplen 25 años de la muerte de nuestro querido “Colorado”.

JORGE ABELARDO RAMOS, EL INTELECTUAL Y POLÍTICO QUE CONVOCÓ A APOYAR A PERÓN DESDE LA IZQUIERDA

Por Cristina Noble y Claudia Peiró

Marxista de origen, Jorge Abelardo Ramos se vinculó desde octubre de 1945 con la historia del peronismo: fue un defensor leal, franco e independiente del movimiento nacido entonces y de su líder. Cumplió esa misión desde su actividad como historiador y también como organizador y animador político de lo que bautizó como izquierda nacional.

 

Por Cristina Noble

Infobae

2 de octubre de 2019

Se cumplen 25 años del fallecimiento del historiador Jorge Abelardo Ramos (2 de octubre de 1994)

Marxista de origen, Jorge Abelardo Ramos se vinculó desde octubre de 1945 con la historia del peronismo: fue un defensor leal, franco e independiente del movimiento nacido entonces y de su líder. Cumplió esa misión desde su actividad como historiador y también como organizador y animador político de lo que bautizó como izquierda nacional.

Fue desde aquella experiencia vital de 1945, que encaró una actividad intelectual y política que lo llevó a revisar la historia argentina y a afirmar una visión continentalista que tomaría forma con su primer gran libro: América Latina, un país, editado en 1949. Durante esos años de gobierno de Perón sus artículos compartieron la primera plana del diario Democracia con los del Presidente, ambos con seudónimo: Perón firmaba Descartes y el seudónimo de Ramos era Víctor Almagro.

Después del golpe militar de 1955, que derrocó a Perón e inauguró una proscripción de casi dos décadas, la actividad de Ramos se multiplicó. No se limitaba a escribir, se convirtió en un verdadero “productor intelectual”, porque no sólo elaboró un pensamiento original sobre la Argentina; publicó periódicos, animó grupos y organizaciones que acompañaban sus pasos, editó sus propios libros y los de otros autores argentinos, latinoamericanos o extranjeros, del presente y del pasado, para mostrar sinfónicamente, coralmente, una concepción del país, de Sudamérica y del mundo mirado desde acá y ponerla a disposición de las nuevas generaciones.

Un joven Jorge Abelardo Ramos en Europa

Algunos nombres y algunos ejemplos: el historiador mexicano Carlos Pereyra, el brasileño Helio Jaguaribe, el gran pensador católico uruguayo Alberto Methol Ferré (una de las fuentes inspiradoras del jesuita Jorge Bergoglio) y su compatriota Vivian Trías fueron conocidos en nuestro país por los tomos de su Editorial Coyoacán, que también reeditó la Historia del Chacho Peñaloza de José Hernández, las estrofas gauchescas y las polémicas de Arturo Jauretche, los estudios de Juan Álvarez sobre las guerras civiles, las memorias de Sir David Kelly –embajador británico y sutil testigo de las horas de nacimiento del peronismo- y los recuerdos de uno de los fundadores de la Unión Obrera Metalúrgica, Angel PerelmanCómo hicimos el 17 de Octubre.

En 1957 Ramos publica una de sus obras más influyentes: Revolución y contrarrevolución en la Argentinaprimera gran expresión del revisionismo histórico de la izquierda nacional. Ramos despliega una visión nueva y enraizada en el país, que se nutre en Moreno, Artigas y Alberdi y se inspira en la presencia protagónica de las masas populares contemporáneas y su conductor; rastrea en la historia los antecedentes del presente y así construye una interpretación rica y sugestiva, que descubre patria, democracia y cambio progresivo donde otros veían barbarie o feudalismo.

El primer tomo de la principal obra de J.A.Ramos: Revolución y contrarrevolución en la Argentina. Se publicó por primera vez en 1957 y fue reeditada varias veces

Desde Montevideo, Methol Ferré se sorprendería de esa visión que, informada por el marxismo, podía hacer esa reivindicación de lo nacional y lo federal. Enrique Zuleta Álvarez, en su clásico El nacionalismo argentino, destacaría la “fuerza polémica” y el “estilo ‘ágil, desenfadado e incisivo” de Ramos. “Su ingenio, rápido en el castigo y en la réplica y acre en el sarcasmo hacia los adversarios iba parejo con su facilidad para la diatriba, y la agudeza de sus epigramas cáusticos resultaba insólita en la literatura de izquierda proverbialmente triste…”

La perspectiva de Ramos desconcertaba a la izquierda y también al nacionalismo tradicional, porque el nacionalismo cultural de Ramos no era aislacionista, sino la búsqueda de una fuerza y una voz propias con las que encarar la proyección universalista de Argentina y Latinoamérica. ¿Por qué copiar o imitar los conceptos y las categorías pensados por otros para otras realidades?

La mirada incitadora que conectaba las luchas y las metas del pasado con las del presente, volcada en una prosa aguda, irónica y elegante fue un puente que nos facilitó a los jóvenes de entonces la mejor comprensión de la historia y de la política, en ese proceso caracterizado como de “nacionalización” de las clases medias que se observó a partir de los años 60.

Realizó esa tarea a contracorriente. Antes y después de esos años, Ramos debió soportar el silencio o el hostigamiento del establishment intelectual en un arco que iba de izquierda a derecha.

Además de sus propios ensayos, Jorge Abelardo Ramos fue editor de las obras de muchos otros intelectuales latinoamericanos

En términos históricos y políticos, Ramos enfrentó a esa forma del “pensamiento único” llamada iluminismo o, si se quiere, progresismo, que dibujaba un mundo homogéneo, geométrico, gobernado por leyes racionales universales para cuyo despliegue las tradiciones y los modos culturales propios de cada pueblo aparecían como supersticiones, obstáculos o rémoras erradicables, y las diversidades individuales o colectivas eran observadas como “no homologables”, contingentes, desencuadradas y susceptibles de ser reeducadas o…suprimidas. Ese modelo iluminista estaba particularmente vigente en la izquierda que, por lo demás, se consideraba poseedora de las claves de la Historia, con mayúscula, y creía saber hacia donde ésta se dirigía… O debía dirigirse.

Ramos prefería el realismo, la comprensión atenta de los sentimientos del pueblo propio, a los dogmas ideológicos de pretensión universal y se diferenciaba de todo satelismo o dependencia de centros exteriores. Para su concepción de izquierda nacional, lo “nacional” no era un adjetivo, sino un sustantivo. El eje de su pensamiento. En paralelo con el pensamiento de Perón, que desplegaba su “lucha por la idea” a través de la tercera posición justicialista, Ramos desarrollaba la idea de un socialismo “flor de ceibo”, un socialismo criollo.

Por otra parte, concebía esa corriente patriótica y socialista como complementaria y hasta funcional al peronismo, estrechamente aliada pero externa al justicialismo porque –afirmaba con clarividencia- “el peronismo no es socialista, sino que expresa el impulso de un capitalismo nacional de base democrática que nosotros apoyamos”. Premonitoriamente, decía: “Quienes respalden a Perón y quieran un futuro socialista tienen un lugar con nosotros. Si, en cambio, pretenden hacer socialismo dentro del peronismo van a terminar atacando su jefatura, que es la jefatura del movimiento nacional, y buscarán disgregar el movimiento”.

Cuestionó la política de quienes eligieron ese camino y peleó para que al menos parte de una activa generación (a la que yo pertenecía) desarrollara democráticamente su vocación de cambio, acompañara a las mayorías populares y eludiera la vía muerta del terrorismo donde parecía arrastrarnos implacablemente la atmósfera de época de los años setenta. Ese ha sido otro gran aporte de Ramos al país.

En esos mismos años “de plomo”, cuando no estaban todavía de moda las oenegés de género, Ramos impulsó dentro de su fuerza un tema que estaba fuera de la agenda de los partidos: los derechos de la mujer y el desarrollo de un feminismo popular. Con el estímulo y la inspiración de su vieja compañera Fabi Carvalho, tomó personalmente el asunto, alentó reformas en los procedimientos y políticas internas de su corriente para abrir canales de participación y puso en marcha lo que tiempo después sería el primer sindicato nacional de amas de casa.

Hoy, las ideas que Ramos escribió en el siglo XX han penetrado de tal modo en la sociedad que casi podría decirse que al menos fragmentos de ellas ideas se han convertido en sentido común. Son muchísimos hoy los que “hablan Ramos sin saberlo”. Y también hay pícaros que hablan Ramos sin citarlo y sin darle el crédito que le corresponde. Inclusive existen muchos que en su momento lo combatían o calumniaban, que invocan hoy algunas de sus ideas para deformarlas sin límite.

El «Colorado» Ramos murió el 2 de octubre de 1994 en Buenos Aires

En cualquier caso, conviene recordar que si algo lo caracterizó, fue su capacidad para dejar de lado la repetición, los clichés y las fórmulas simplificadoras, mirar la realidad de frente e interpretar los hechos nuevos con ideas nuevas.

Políticamente, Ramos mantuvo durante más de medio siglo su alianza leal con el peronismo desde afuera de ese movimiento. Poco tiempo antes de morir, impulsó a sus compañeros del Movimiento Patriótico de Liberación (ya había abandonado la palabra izquierda) a ingresar al peronismo y disolverse en sus filas. Plena década del 90. Esa Argentina impulsaba vigorosamente la construcción del Mercosur, un hito fundamental para la visión continentalista de Ramos. Pocos años antes, el centro del llamado “socialismo real”, la Unión Soviética, se había disuelto. El mundo de la segunda posguerra, en el que Ramos se había formado, se clausuraba. La realidad cambiaba aceleradamente y era preciso pensar de nuevo.

Ramos se replegó en principio sobre lo propio, las masas peronistas: “Me voy con la negrada”, le respondió desafiante a un periodista que quiso interpelarlo entonces.

Ese mensaje fue la última lección que nos dejó.

*Cristina Noble es autora de “Abelardo Ramos, creador de la izquierda nacional” (Capital Intelectual, 2006)

LOS AMENOS Y MORDACES LIBROS DEL “COLORADO” RAMOS, EL “ÚNICO MARXISTA CON SENTIDO DEL HUMOR”

Fue un revisionista histórico original. Varias de sus obras fueron bestseller en los 60 y 70, especialmente entre los jóvenes. Polémico, incisivo, dueño de una fina ironía, muchas de sus definiciones influyeron en el pensamiento de la época

 

Por Claudia Peiró

Infobae

2 de octubre de 2019

cpeiro@infobae.com

El historiador Jorge Abelardo Ramos fue dueño de una prosa incisiva y muy amena, sostenida además por una profunda erudición

Para Arturo Jauretche, el “Colorado” Ramos era “el único marxista con sentido del humor”. Y cualquiera que lo haya leído coincidirá: nada más alejado de la solemnidad o el academicismo vaciado del calor de las pasiones, las ideas y los intereses que van conformando los acontecimientos que los ensayos de este historiador singular. Es imposible aburrirse con Revolución y contrarrevolución en la Argentina (1962), su obra maestra en varios tomos (3 ó 5 según la edición), muchas veces reeditada, en la que pinta cuadros animados de los avatares de nuestra historia, sin olvidar ninguna dimensión de la realidad: la economía, la política, la cultura, el clima de época.

En Ramos la crítica mordaz y la implacable ironía están siempre respaldadas por una sólida erudición, condiciones que lo convertían en un temible polemista.

Jorge Abelardo Ramos nació el 23 de enero de 1921 en el barrio porteño de Flores, y murió el 2 de octubre de 1994, en la misma ciudad que lo vio nacer. No fue sólo un intelectual sino también un militante. Tempranamente reconoció el carácter revolucionario del peronismo y adhirió críticamente a sus políticas, manteniendo siempre una autonomía orgánica.

De origen trotskista, pronto se empeñó en la creación de una “Izquierda Nacional”, partiendo de la definición de que, en los países periféricos, el nacionalismo era la fuerza revolucionaria.

Sus libros tuvieron gran influencia en los años 70 en la mirada de los jóvenes hacia la historia y en la interpretación del presente. Desde el comienzo, además, Ramos tuvo una lectura latinoamericanista de los procesos. Eso se refleja, por ejemplo, en las primeras líneas de Las masas y las lanzas (primer tomo de Revolución y contrarrevolución en la Argentina), que se reproducen a continuación:

La historia de los argentinos se desenvuelve sobre un territorio que abrazó un día la mitad de América del Sur. ¿De dónde proceden nuestros límites actuales? El origen de estas fronteras ¿responde acaso a una razón histórica legítima? ¿Nos separa una barrera idiomática, cierta muralla racial evidente? ¿O es, por el contrario, el resultado de un infortunio político, de una vicisitud de las armas, de una derrota nacional? Sin duda aparece como fruto de una crisis latinoamericana, puesto que América Latina fue en un día no muy lejano nuestra patria grande. Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos. Aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá.

El ímpetu continental de los revolucionarios de Mayo había nacido en límites más vastos y complejos que los que hoy nos definen como Estado. Nuestra irrupción a la vida histórica se expresa en grandes campañas que recorren la América toda. Pero el reflujo posterior disuelve la antigua unidad. Aquella grandiosa nación que midieron las espadas de Bolívar y San Martín es amputada en veinte estados. Los ejércitos de argentinos, colombianos y orientales, altoperuanos, venezolanos y chilenos que mezclados combatieron contra la reacción absolutista en América, se disociaron en dos decenas de ejércitos opuestos. Allí permanecen, montando la guardia en las fronteras de nuestra insularidad. De ese hecho nació el mito antihistórico de nacionalidades que jamás existieron en el común origen y que son el símbolo provincial de nuestra debilidad frente al imperialismo moderno. La Nación, que hasta 1810 era el conjunto de América hispana, y en cierto sentido, también España, se disgrega en una polvareda difusa de pequeños estados. Vanidosos y ciegos, se reservan la soberanía de su propia miseria. Mientras disputan con sus vecinos mezquinas lonjas territoriales, los grandes Imperios, poderosos por esta balcanización, ofrecen sus buenos oficios como árbitros de nuestras disensiones de campanario.

Su crítica a la izquierda “no nacional”

Ramos tomó distancia desde el comienzo del Partido Socialista de Juan B. Justo, al que veía liberal y europeizante, y del Partido Comunista Argentina la que calificaba directamente de stalinista. De hecho, una de sus obras más célebres -agotada- es Historia del stalinismo en la Argentina.

La aparición del peronismo dividió a la izquierda. La mayor parte de la dirigencia del PS y del PC se sumó a la Unión Democrática -junto a radicales y conservadores y con la bendición de la embajada norteamericana- aunque muchos militantes y simpatizantes de aquellas formaciones de izquierda se sumaron entusiastas al nuevo movimiento.

Jorge Abelardo Ramos fue pionero en la izquierda marxista en plantear el apoyo al Peronismo. Creó el Partido Socialista de la Revolución Nacional que aspiraba a ser el ala obrera de lo que aún calificaba como “bonapartismo”, categorización que corrigió en 1973.

El golpe de 1955, que derrocó al gobierno de Perón, proscribió al partido peronista y también al partido de Ramos…

En 1949, había escrito América Latina: un país, obra luego ampliada en los 60 con el título La Nación Latinoamericana.

Los años 70

Entrevistado en febrero de 1972 por Rodolfo Pandolfi, para la revista Confirmado, Ramos decía. “Desde mi punto de vista, América Latina es una nación no constituida. Como somos una nación fragmentada, estamos dominados por las potencias antinacionales”. “El atraso histórico -explicaba- se expresa también en la pérdida de la conciencia aguda del interés nacional, en la pérdida de la tradición histórica”.

De Perón, destacaba que había establecido “la legislación obrera más avanzada en América latina, para su tiempo” y que eso había determinado “la perdurabilidad política del peronismo”.

Criticaba a los que creían que Perón era socialista “y sobre la base de esa convicción errónea son peronistas”. Ramos, que también había tomado distancia en su momento de las concepciones guevaristas, advertía en la misma entrevista que “las utopías por más que se revistan de sonoridades epopéyicas son armas para el enemigo.”

En la contratapa de Crisis y resurrección de la literatura argentina (Ediciones Continente, 2014), puede leerse un texto de Arturo Peña Lillo que vale la pena reproducir aquí:

De Jorge Abelardo Ramos se ha dicho mucho y posiblemente se lo seguirá enjuiciando duramente. Hombre atrevido en circunstancias adversas; polemista mordaz y temido, cuyos juicios lapidarios no buscan, precisamente, la adhesión, optó, en un mundo opuesto y confundido, por descubrirle sus falacias. Su brillante pluma fue considerada por José Gobello —que algo sabe de esto— como la mejor de los argentinos contemporáneos. (Digamos nosotros como una de las mejores…) […] Jauretche sostenía que (Ramos) era el único marxista con sentido del humor. Ramos solía observarme oblicuamente, y un odio cordial hacia mí lo embargaba cada vez que, admirado yo por las imágenes y metáforas que derrochaba en sus charlas, me sentía obligado a recordarle que había errado su destino. Él hubiera sido el novelista más brillante de Latinoamérica. García Márquez o Vargas Llosa serían admirados discípulos suyos”

Crisis y resurrección de la literatura argentina fue definido por su propio autor como un “análisis social de las letras nacionales”; allí, entre otras cosas, refuta la caracterización del Martín Fierro hecha por Jorge Luis Borges y Ezequiel Martínez Estrada. Una visión negativa del poema nacional que ha vuelto a ponerse de moda recientemente, lo que sin duda reactualiza también la refutación de Ramos.

En cuanto a Revolución y contrarrevolución en la Argentina, los títulos de cada tomo son un adelanto interpretativo en sí mismos y una muestra de la originalidad del autor. Este largo ensayo, publicado por primera vez en 1957 y varias veces reeditado, contiene algunos tópicos del revisionismo, como la crítica a Rivadavia y a Mitre, pero se diferencia por ejemplo en la reivindicación del Roca del 80, el de la organización nacional.

El primer tomo de Revolución… se titula Las mazas y las lanzas (1810-1862); el segundo, Del patriciado a la oligarquía (1862-1904); el tercero es La bella época (1904-1922); el cuarto, La factoría pampeana (1922-1943), y el quinto, La era del peronismo (o La era del bonapartismo, según la edición) y abarca el período de 1943 a 1976.

En Del patriciado a la oligarquía, Ramos reivindica el rol de Roca en la organización nacional

En sus actividades y profesiones, Ramos fue tan ecléctico como en sus temáticas: fue historiador, profesor, periodista, editor, ensayista, conferencista, y también militante y referente político, candidato a presidente y diplomático.

Juan José Hernández Arregui escribió sobre él: “Jorge Abelardo Ramos es la mejor pluma política del país. Es la inteligencia más notoria de la promoción que irrumpe en la vida política argentina en 1945. A Ramos le corresponde, sin disputa, la prioridad de una concepción histórica y política del proceso nacional que invalidó las falsificaciones de la izquierda extranjerizante y las del nacionalismo oligárquico.” (en Historia de la Nación Latinoamericana, Ediciones Continente, 2016)

Otros títulos de Ramos son Manuel Ugarte y la revolución latinoamericana (1961); El Partido Comunista en la política argentina (1962); Historia política del ejército argentino (1964), Ejército y semi-colonia (1968), El marxismo de Indias (1973); Adiós al Coronel (1983); Introducción a la América Criolla (1985).

Para finalizar, un extracto de Breve historia de las izquierdas en la Argentina, como muestra del humor del que hablaba Jauretche y también de las cualidades literarias que veía Peña Lillo en Ramos:

EL PATRICIADO SE DIVIERTE: 1910

Al festejarse el primer siglo de nuestra independencia, las bombas de los anarquistas no lograron empañar la solemnidad del acontecimiento patriótico. La infanta Isabel, tía de Alfonso XIII de España, se exhibió en los saraos del Centenario y recibió las aclamaciones de los 700.000 españoles radicados. Tan sólo unos pocos centenares de ellos participaron en la organización de las huelgas; y un puñado quizás en la química de explosivos. El patriciado estaba satisfecho de sí mismo y del precio internacional de los vacunos. El humo de las guerras civiles se había disipado hacía treinta años. Sus propios actores estaban reconciliados: cerriles porteños y prominentes provincianos se unieron para fundar el poder político de una sólida oligarquía. El general Roca, que al frente de cuarenta mil soldados criollos había federalizado en 1880 la capital porteña no era recibido en los salones de los porteños linajudos. Pero un año después de concluir su primer gobierno era aclamado por la Banca Baring en Londres, en un banquete célebre.

Un lujo asiático, aparecido ya en la década del 90, rodeaba la existencia de los ganaderos, comerciantes y banqueros de la ciudad de Buenos Aires. La euforia del Centenario contagió el espíritu de los poetas. Ruben Darìo escribió su Canto a la Argentina y Leopoldo Lugones proclamó sus Odas seculares.

Darío rendía así tributo a la ayuda que los Mitre le otorgaban desde “La Nación”. Trágico había sido el sino del artista: cantó en su juventud a Francisco de Morazán, unificador de Centroamérica y a Mitre, el localista porteño, en la edad de la razón. Lugones, a su vez, había condenado la injusticia social en los versos esmaltados de su adolescencia anarquista. En 1910 elevaba a la dignidad poética a toros y vaquillonas. Su tributo lírico se llamó Oda a los ganados y las mieses. Pero ni siquiera los poetas cortesanos eran escuchados en la orgía de oro. Prevalecía aún en la ciudad mercantil y cosmopolita la amarga verdad de Miguel Cané: “Publicar un libro en Buenos Aires es como recitar un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio.”

La Grande Argentina se regodeaba en la contemplación de sí misma. Relucía en los ferrocarriles triunfantes, los nuevos Bancos, las avenidas creadas por Don Torcuato, las pampas ubérrimas y las chacras gringas que derramaban sobre el puerto de Rosario el trigo áureo. Ya no había lanzas, ni degüellos, ni patriadas, ni proclamas. La edad heroica quedaba atrás, diríase que para siempre. Habíala reemplazado la religión de la prosperidad en esa tierra afortunada por el “humus” pampeano. Las familias de mayor arraigo perdían la vieja austeridad española de sus mayores. La rápida asimilación de la clase ganadera con la burguesía comercial, y de ambas con el Imperio británico, no sólo modificaba los gustos sencillos de la sociedad aldeana, sino que la soldaba políticamente a las categorías europeas. El patriciado será desdeñoso entonces con el peón criollo como con el “gringo” labrador, artesano u obrero. Su patriotismo heredado asumirá la forma decadente de un “nacionalismo social” perfectamente compatible con la admiración que en él despertaba el gentleman de los intereses británicos, introductor del fútbol, el criquet, el bridge, el golf y el polo. […]

La contramedalla de ese período dorado se encontraba en los suburbios retratados por otro poeta, que no era cortesano y que murió tísico en 1912. Evaristo Carriego, nieto de un federal entrerriano, describirá los conventillos, las costureras, el nacimiento de las “clases bajas”, el mundo sórdido de los guapos y cuchilleros de comité, la clientela de hospital, los trabajadores- criollos y gringos- sin apellido resonante. Al comenzar los festejos del Centenario, había dos mil obreros presos. La policía del coronel Falcón había disparado sobre la multitud de trabajadores en el 1º de mayo anterior. Las huelgas generales se extendían. Los choques con las fuerzas militares se vuelven frecuentes. La oligarquía estremecida, forma bandas armadas de “jóvenes patriotas” que colaboran con los crumiros patronales y las fuerzas del orden en aplastar a los “extranjeros”, “ácratas” y “elementos disolventes”.

[…] … el Ingeniero Bialet Massé daba a conocer su “Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República”, a solicitud del gobierno de Roca. En dicho trabajo minucioso podía leerse sobre las jornadas de los peones: “…aunque se dice que se hace de sol a sol es falso, porque se aprovecha la luna, el alba o después de la puesta de sol para alargar la jornada…” Añadía que en los ingenios azucareros del Norte los niños de ocho y diez años de edad trabajaban hasta doce horas diarias con un salario de seis pesos mensuales. Cuando Bialet Massé visitó una fábrica en Rosario observó que los niños- obreros “estaban anémicos, flacos, con todos los síntomas de la sobrefatiga y de la respiración incompleta.” Al concluir su estudio observa: “Renuncio a traer a este Informe los numerosos cuadros de miseria que he visto en los conventillos y fuera de ellos”.