Solo una fuerte duda sobre la eficacia del lenguaje político para resolver cuestiones fundamentales, puede permitir que proliferen las terminologías explicativas del saber de los economistas. En este momento son esenciales.

MUERTE Y RECOMPOSICIÓN DE LA METÁFORA.

Por Horacio González

No saber nada sobre tasas de interés, circuitos financieros, flotación del dólar o guerras comerciales, puede dejarnos desnudos ante cualquier conversación sobre los dilemas de la hora. Sin embargo, el lenguaje de los economistas no está exento de metáforas –palabras bélicas o navales, como flotación o guerra–, y a pesar de eso, no lo consideramos metafórico sino directamente ligado a la realidad.

 

Por Horacio González*

11 septiembre, 2019

27 DE OCTUBRE Revista Digital Efímera

 

Solo una fuerte duda sobre la eficacia del lenguaje político para resolver cuestiones fundamentales, puede permitir que proliferen las terminologías explicativas del saber de los economistas. En este momento son esenciales. No saber nada sobre tasas de interés, circuitos financieros, flotación del dólar o guerras comerciales, puede dejarnos desnudos ante cualquier conversación sobre los dilemas de la hora. Sin embargo, el lenguaje de los economistas no está exento de metáforas –palabras bélicas o navales, como flotación o guerra–, y a pesar de eso, no lo consideramos metafórico sino directamente ligado a la realidad. Mientras la voz múltiple de la lengua económica nos rodea, acaricia y preocupa, no solo el lenguaje político parece perder su rumbo ante quienes piden esclarecimientos sobre los males imperantes, sino también el uso de los recursos persuasivos del lenguaje político –todas las formas de la retórica– parece también sufrir la decadencia que les impone el análisis de una catástrofe económica nacional.

Un uso excesivo y anómalo hasta lo caricaturesco de estos recursos retóricos, ha caracterizado la ya dilatada carrera política de Lilita Carrió. El declive notorio que todos percibimos como dictamen final sobre la fuerza política que ella ha adoptado, nos obliga a preguntarnos si habrá una consiguiente caída de la fuerza metafórica del lenguaje público y político. Ya que ella fue la que más apeló a dilapidar todos los recursos que hacen brillar a la lengua política para asfixiarla con ocurrencias apocalípticas y estrafalarias que consistían en el abuso de metáforas, alegorías y premoniciones (el modo retórico de hablar del futuro), deberíamos quizás inquietarnos respecto a una doble caída, la del gobierno de Macri y la de los acervos que construyen desde adentro el lenguaje político. O sea, las figuras o las imágenes que sustituyen un razonamiento complejo con otra complejidad que no se nota. O sea, el recurso a trabajar por semejanzas entre conceptos abstractos y alguna construcción de la lengua que los reemplace por el uso inesperado de sinónimos ingeniosos o comparaciones sorprendentes. También vale la creación escénica, la construcción teatral del concepto. ¿No es cierto doctora Carrió?

Aumentar o rebajar el tamaño de la cruz pectoral como si midiera la intensidad de las creencias, representar con una muñequita a la República, actuar en la televisión como vidente, designando a su cuerpo y a su voz como instrumentos de protección, de perdón o de castigo. Y además: al comprarse una casa en el partido de Exaltación de la Cruz, consiguió unir la utilería declamatoria con la gestualidad y el nombre de las divisiones municipales de la provincia. Si, como todo lo anuncia en la contundencia de los hechos, estamos ante la decadencia del poder estatal póstumo que abrigó estas actuaciones basadas en repentismos semiológicos y profetismos amenazantes, ¿cae desplomado en su propia vergüenza el lenguaje metafórico? No podemos decir que esas lamentables fórmulas inquisitoriales no arrastren en su quiebre final el uso bárbaro de las grandes maneras metafóricas. Pero siempre hubo y habrá la posibilidad de recrear la lengua política, que es la política pensándose a sí misma, tocando su fibra íntima de firmeza y autonomía. Entre las tantas cosas que van a votarse computamos, entonces, la recreación y nuevo regocijo de la lengua política, el retorno de las grandes figuras de la palabra. Votaremos también por el empleo real de las metáforas, que para vivir no precisan de ninguna exaltación, sino del sigilo de las imágenes, la cautela tensa del reservado símbolo.

 

 

*Ensayista, Doctor en Sociología, ex director de la Biblioteca Nacional, director de Fondo de Cultura Económica (Argentina), autor de numerosas obras, como La ética picarescaRestos pampeanosLa crisálidaPerón. Reflejos de una vidaFilosofía de la conspiración, entre otras.

 

Próximamente: El anti-Carrió, por Horacio González (90 Intervenciones en Red Editorial)

 

Acerca de 27 de octubre

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