El martes fue el 100° aniversario del nacimiento de este hombre que revolucionó el género. Una historia ensombrecida por la aniquilación.

OESTERHELD: CIEN AÑOS Y NINGUNA FLOR

Por Daniel Arias Fuenzalida

Oesterheld no leía historietas. Leía a Verne, a Salgari, a Stevenson, a Defoe, a Melville, a Conrad, a Borges, a Quiroga. Era un voraz cinéfilo incluso. Pese a que su perro se llamaba Milú, como el perro de Tintín, él aseguraba que no leía historietas. Y sin embargo, las que él escribió, al lado de ilustradores del tamaño de Hugo Pratt, Francisco Solano López o Alberto Breccia, son algunas de las que mejor nos representan en el mundo entero.

Por Daniel Arias Fuenzalida

Los Andes

27 de julio de 2019

Oesterheld: cien años y ninguna flor

Oesterheld no leía historietas.

Leía a Verne, a Salgari, a Stevenson, a Defoe, a Melville, a Conrad, a Borges, a Quiroga.

Era un voraz cinéfilo incluso.

Pero no leía historietas, no se embebía en ellas.

Pese a que su perro se llamaba Milú, como el perro de Tintín, él aseguraba que no leía historietas.

Y sin embargo, las que él escribió, al lado de ilustradores del tamaño de Hugo Pratt, Francisco Solano López o Alberto Breccia, son algunas de las que mejor nos representan en el mundo entero.

El historietista que no lee historietas pero comprende su poder transformador.

  1. La vida…

El martes fueron cien años del 23 de julio en que nació, en Buenos Aires, Héctor Germán Oesterheld, fruto del lazo entre un inmigrante alemán y una descendiente de vascos.

Desde chico fue aficionado a los libros de aventuras, aunque su primera pasión profesional fue otra, y muy apegada a la tierra, pues se recibió de geólogo en la Universidad de Buenos Aires y llegó a trabajar para YPF en sus comienzos.

Pero la escritura lo amarraba desde adentro, y tiraba…

Por su amplia cultura general, encontró espacios en círculos de literatos, trabajando en corrección y llegando a publicar un cuento, “Truila y Milar”, en 1943, en el diario La Prensa.

Desde entonces se dedicó a tiempo completo a la escritura: ficciones, relatos de divulgación científica, infantiles, hasta que la editorial Abril le propuso hacer guiones de historietas, en una época en la que éstas se consumían como caramelos.

Oesterheld pronto se ganó lugar entre la mejores, en un trabajo que se prolongó por 35 años. “Alan y Crazy” (con dibujos de Eugenio Zoppi) data de 1951 y fue la historieta que inauguró su catálogo, que continuaría con personajes como el piloto de pruebas Bull Rockett, el sargento Kirk, Ticonderoga, Ernie Pike, El Eternauta y muchos más.

Esta última es, para muchos, su obra maestra.

Con su hermano Jorge fundó la editorial Frontera, que sacó el suplemento semanal Hora Cero el 4 de septiembre de 1957, con las primeras entregas de “Ernie Pile”, “El Eternauta” y “Randall ‘The Killer’”.

Por ese día, hoy se festeja el Día de la Historieta Argentina.

¿Y por qué es importante “El Eternauta”?

Porque inaugura una nueva generación de héroes: aquellos que no nacen como tales (sino que aprenden a serlo) y que no son individuales (sino colectivos).

Aquello del “héroe colectivo” es algo hoy muy teorizado, aunque todo indica que Oesterheld no fue plenamente conciente de ello al principio.

Pues “El Eternauta”, con su versión criolla del apocalipsis, no es más que una adaptación vernácula de dos historias cruzadas, ambas muy conocidas, y que sirvieron para empezar a desmadejar esta aventura en la cabeza del escritor: por una parte, el aislamiento (la situación “Robinson Crusoe”); por la otra, el fin del mundo (“La guerra de los mundos”, H.G. Wells).

Los héroes paternalistas, mesiánicos y sobrenaturales no se acabarían (el furor Marvel lo corrobora hoy), pero Oesterheld nos mostraría que otro heroísmo sí era posible.

En esa clave colectiva, los conflictos se resuelven entre todos, con una toma de decisiones democrática, transversal. Ese heroísmo, en esa clave, tenía algo cercano a la política.

  1. …Y la política

Oesterheld era, ante todo, un intelectual en el sentido gramsciano. Y por ello podía comprender su tiempo.

Por eso eligió hacer historietas, que era el medio masivo y artístico por excelencia de una época donde proliferaba la radio pero la televisión aún no terminaba de nacer.

Las historietas eran baratas y populares.

Eran como una forma de hablarle a las masas.

Y especialmente a los jóvenes.

“Las historietas que escribía él eran de género: bélicas sobre todo, de ciencia ficción, de gauchos, de cowboys…”, apuntaba Juan Sasturain a la revista Haroldo el año pasado.

“En todas hacía diferencia en dos sentidos: por un lado se diferenciaba de los modelos que eran habitualmente provenientes de los centros culturales -EE.UU. sobre todo- donde había cosas muy buenas pero sesgadas naturalmente por la ideología del Imperio.

De algún modo Héctor Oesterheld trabajó sobre todos esos modelos tratándolos desde otro lugar”.

Completaba: “Y por otro lado la excelencia en cuanto a la realización.

Él era un gran escritor, un notable narrador y además tuvo la posibilidad de trabajar con los mejores dibujantes de la época.

Lo decimos prácticamente en términos universales porque Pratt y Breccia fueron artistas universales”.

Oesterheld con su esposa Elsa y sus hijas -desaparecidas- Diana, Beatriz, Estela y Marina. | Télam

Oesterheld sedujo hablando de temas universales desde una perspectiva argentina.

Desde una tercera posición (¿un “tercer mundo”?) podía arriesgarse a decir, en medio de la Guerra Fría, que en un conflicto bélico no había ni buenos ni malos, sino que el villano era la guerra (en “Ernie Pike”).

En su acción, una de las historias de ciencia ficción más contravencionales no tendría lugar en Nueva York o París, sino en una Buenos Aires desfigurada por el terror (“El Eternauta”).

III. El 143

“En la época trágica de este país desaparecieron a mis cuatro hijas, mi marido, mis dos yernos, otro yerno que no conocí, y dos nietitos que estaban en la panza.

Diez personas desaparecidas en mi familia.

Pero prefiero recordar los años en los que fui feliz”.

Quien escribe es la esposa de Oesterheld, Elsa Sánchez, en el libro “Los Oesterheld”, de Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami.

En este libro, editado por Sudamericana, las periodistas reconstruyen la aniquilación de esa familia por la dictadura militar del ‘76.

Oesterheld, el intelectual, no miraba para otra parte cuando la Argentina se desangraba.

En 1974 entró a Montoneros, sabiendo el peligro que corría su familia por ello.

De hecho, siguió editando historietas en la clandestinidad.

Y la militancia de Oesterheld era intensa: escribió incluso una biografía gráfica del Che Guevara junto a Breccia.

Eso fue, según Elsa, lo que llevó a que fuera “marcado” por los militares.

La bibliografía (que abunda) sobre Oesterheld coincide en que el 27 de abril de 1977 fue el día de su secuestro.

En La Plata. Se cree que murió en Mercedes, Buenos Aires, en el primer trimestre del año que siguió.

Según la Conadep, es el desaparecido número 143.

De cómo pasó el calvario, poco.

Según testimonios, se sabe que las torturas lo habían destrozado.

Una vez, en la Nochebuena del ‘77 lo dejaron charlar con otros secuestrados, y dicen que incluso pudo cantar “Fiesta”, una canción de Serrat.

Sus hijas fueron secuestradas en este orden: Beatriz (19 años), Diana (23), Estela (24) y Marina (18).

Para torturarlo, le mostraban fotos de sus hijas muertas.

Era la tortura metafísica de la que hablaba Rodolfo Walsh.

Elsa murió en 2015 y se fue sin saber muchas cosas, algunas insoportables.

No conoció a dos de sus nietos, ni la fecha de muerte de su marido.

 

N&P: El Correo-e del autor es  <darias@losandes.com.ar >