¡Todo lo que hiciste, Comandante! / Les diste visibilidad para siempre a los transparentes, /a los invisibles, a los que nunca más serían un NN / muerto en la Cota Mil.

VENEZUELA TE PUSO DON AMÉRICO

Por Julio Fernandez Baraibar

Tu muerte, / la muerte más llorada de toda la Patria Grande, / como lloramos a Evita, / como lloramos a Perón, / como lloramos a Getulio, cuando se atravesó el corazón, / tu muerte, Comandante, / fue un tiro por la espalda./ Los hombres que se ponen a la cabeza de un pueblo /deberían ser inmortales, como ese mismo pueblo.

 

Por Julio Fernández Baraibar

NAC&POP

20/07/2019

Venezuela te puso don Américo

I
Quizá fue un designio divino
o tan solo el desatinado devenir de la materia,
la muerte irreversible de los monstruos del jurásico,
el repliegue sin vuelta de los mares y sus restos putrefactos,
la lenta metamorfosis de esa cazuela de mariscos
o un capricho,
una maldición
o un privilegio.

El hecho es que tu tierra se convirtió,
en el momento cenital de un sistema que agoniza,
en la más desmesurada reserva de energía,
el rayo creador y mortal de los dioses
acumulado por milenios en tus entrañas prodigiosas.

II

El italiano Vespucio creyó ver en tus antiguos palafitos
un palacio ducal y hasta una plaza de San Marcos

Y sobre ese gigantesco y azulado lago,
montado sobre otro negro, invisible y hediondo
se alzaba el milagroso Coquivacoa
descargando sus rayos eternos y constantes.

Venezuela te puso don Américo,
quien también le dio el nombre al continente.

Te alquilaron unos catires germanos
como pago de una corona imperial.
Fugger, Welser, ávidos banqueros tradujeron
la ocurrencia de Vespucio al alemán.

Klein-Venedig te pusieron en el idioma de Lutero.
Ambrosio Alfinger se hizo maracucho
y Federman, von Speyer y von Hutten se perdieron
buscando la ciudad de oro
a orillas del torrencial Orinoco
que enloqueció a Lope de Aguirre
hasta que murió en Barquisimeto.

Y fue vana la dura resistencia de los teques
encabezados por el tenaz Guaicaipuro,
a quien Oviedo y Baños rescató del olvido,
y lo hizo morir peleando
con la espada que le arrebató al invasor.

Y eso solo fue el comienzo
de quinientos años de saqueos,
de guerra a muerte, de asedios y bloqueos.

III
Para sumar carne humana a la explotación y la mezcla,
encadenados vinieron en los barcos
los negros de la soleada África
a la soleada y sedienta isla de Cubagua.

Y los hundieron en el líquido topacio para buscar las perlas
hasta dejar sin perlas a la Perla de los Mares.
Y fue el chocolate y el café y el maíz y el metal
y el Negro Miguel, el Rey Miguel para los negros,
pegó fuerte el grito y creó su reino para negros,
la primera quilombola venezolana
donde Guiomar fue la reina.

Tres veces, no una, tres veces
tuvieron que abolir la esclavitud
para que esos negros y esas negras,
esos zambos y mulatos
que habían peleado con Bolívar
que habían sido generales, como el insumiso Piar,
pudieran ser hombres libres.
Olvidados y hambrientos, pero libres.

IV

Sobre esa vasta extensión de llanos, selvas y montañas,
sobre esa tierra volcada al Mar Caribe,
reinaban los mantuanos,
esa clase social que inventó Venezuela
con el privilegio de que sus mujeres
pudiesen entrar en los templos
con la cabeza cubierta por un manto.

El cacao amargo que el azucar convierte en xocolātl
-como escribieron los jesuítas-,
el café que crece a la sombra de los cerros,
el oro deslumbrante
que despertó la gula goda,
el maíz de las arepas lunares
y las cachapas doradas como el sol ,
la yuca suculenta
que el sebucán hace amigable,
la del áspero casabe y la tapioca fina,
fueron las razones de ese privilegio de casta
sobre un mar de humanidad oscura y mezclada,
de blancos pobres y sin hidalguía,
de hombres y mujeres de lenguas americanas.

V
El aventurero peregrino de cortes y alcobas,
de reinas y revoluciones, de logias e intrigas,
recordó al genovés con nombre de paloma
y le puso Gran Colombia desde su exilio en Londres
para convertirse en terror de las testas coronadas,
de borbones y obispos, de inquisidores y agentes secretos.

Hasta que aparecieron los dos Simón.
Rico, play boy, inteligente y osado era uno,
pobre, de lecturas confusas y preclaras el otro.

Y todos juntos armaron el más gigantesco zafarrancho
que conoció este zafarranchoso continente
de tucanes, de orquídeas y jaguares,
de razas olvidadas, de negros encadenados,
de ávidos funcionarios, de mujeres apasionadas.

VI
Tuvo que ser derrotada en guerra a muerte
la casta mantuana,
tuvieron que morir sus hijos dilectos
en una iglesia bombardeada,
tuvo que huir a refugiarse entre negros
el gran mantuano, el pequeño guerrero caraqueño,
para que la guerra por los cargos
que eran privilegio de los españoles puros
se convirtiese en guerra social,
de esclavos contra propietarios, de negros insurrectos
acaudillados por el más rico de todos,
el discípulo del huerfáno genial y sacrílego de la calle de la Merced.

Fueron esas legiones de tierrúos pata al suelo
las que esparcieron su carne y su sangre por los campos
de todo un continente que se hizo uno por la independencia
y se volvió mosaico y lucha fratricida por la dependencia.

VII
Agoniza en cama ajena, derrotado y jadeante,
el gigante americano, en su destruído cuerpo de jockey.
María Teresa, la desafortunada,
Fanny, puro fru fru y talle imperio,
Anita en Nueva Granada, Juana, que nunca más viste,
y la sufrida Josefina
que murió tosiendo como hoy toses, Libertador,
Julia, la dulce morena de Kingston
que compartió las noches en la hamaca,
la melindrosa Bernardina
que a los quince años puso laureles en tu frente,
Manuelita, la Libertadora, tu loca, la desmesurada, la tórrida,
los ojos de tu guardia, el único ser humano al que temías, Libertador,
todas ellas,
y la otra y fugaz Manuelita,
y las Teresas y las Joaquinas
y todas esas bellas criollas
que hicieron de tu vida un paraíso y un infierno,
son en este momento fantasmas de humo
que rodean la cama de Mier.

VIII

Simón, te estás muriendo
y tu delirio de construir un mundo gigantesco,
una nación tan grande
como grande fue el fuego en que se fundieron
las razas, las lenguas, las civilizaciones y los dioses,
se está muriendo contigo, Libertador.

No podrán tus generales, puro cojones y lanza,
resistir la negra levita de la logia y el inglés.

Los puertos, la fascinación de sus quincallas
y el embriago de los otros puertos lejanos,
los hombres de la tienda y la hacienda
desbarataron, Libertador, tu Gran Colombia.

Y ahí quedaron, en el olvido, tu gesta, tus constituciones,
tu presidencia vitalicia, tu espada, tu palabra creadora,
y la América toda no existió en Nación.

IX
El oscuro tesoro ignorado continuaba pudriéndose
en la pequeña Venecia de Vespucio,
-descomponerse es el misterio de su pasmosa energía-
esperando que la guerra civil
terminara su magnificente cosecha de vidas humanas,
la degollina,
los nuevos afluentes a tus torrentes de sangre criolla
brotada de conservadores y liberales,
de clericales y masones,
de dueños de hatos y señores del valle
contra hombres del sur llanero y del frío andino,
redactores de manifiestos y proclamas.

Hasta que, por fin,
más o menos con todo el continente,
una especie de república consagró sus instituciones,
sus generales de mostachos, sus diputados de provincia,
sus senadores de cuello palomita y sus jueces pelucones
y sus arzobispos, con sus mitras y sus báculos,
y sus grandes maestres, con sus mandiles y sus compases,
financiados, como siempre, por el cacao, el café, el tabaco
y los préstamos de los usureros de Europa.

Hasta que se acabó lo que se daba y los civilizados prestamistas
mandaron los barcos con los cañones para cobrar la deuda.

X
El dilatado depósito de oscuros excrementos divinos
esperaba que el cometa viejo amigo de los hombres
volviese a rozar con su cabellera iridiscente
el ecuador terrestre, para surgir,
como desde un grifo del infierno,
y terminar para siempre tu siesta en el chinchorro,
tus viejas fiestas de toros y caballos,
de salvajes ganaderías,
donde la vaca Mariposa tuvó un terné,
bajo los morichales donde el alcaraván pega siempre el alerta.

Ya nada será la desmesurada autoridad de Doña Bárbara.
Ya el catire Florentino ha roto el cuatro que templaba Cantaclaro.

El contrapunto lo ha ganado el mismo misterioso jinete
que venció a Santos Vega en la lejana soledad pampeana.
Te llegó la hora del petróleo.

XI

Mientras el Benemérito,
esa mezcla suramericana de dictator, paterfamiliae y sátrapa,
prolonga su voluntad despótica
en los jardines de una Maracay florida
y tus universidades se pueblan de rebeldes,
entre provincianos y universales,
ese regalo, que el cielo y el infierno te entregaron,
comienza a fluir, trayendo a los nuevos catires
que juegan al golf, toman whisky y rezan en inglés,
reemplazan tus dulces costumbres coloniales,
las calles estrechas del valle caraqueño,
con el Guaire y sus quebradas,
por el Ford, el country, las urbanizaciones y el Johnny Walker.

Fue la irrupción brutal de lo moderno.
Generales, abogados, escritores se suceden sin pausa,
las torres de perforación y las bombas penetran en tu entraña,
y el vómito del infierno nutre los Sherman y los Jeeps
en Italia y en Francia.

¿Dónde quedaron en esa nueva fortuna,
que lentamente reemplazaba al maíz y al chocolate,
los olvidados de los llanos
de San Fernando de Apure, de Guárico y Barinas?

Aquellos jinetes oscuros que cabalgaron con Páez, con Zamora,
en cada uno de los llamamientos a alzarse contra Caracas,
fueron lentamente abandonando su tierra,
el joropo y el pajarillo,
el arpa y la maraca.

Se fueron llenando de hombres y mujeres del sur
los cerros de Caracas.

XII

Si bajo esos campos que se volvieron incultos
se acumulaba, desde milenios, tu oleosa energía,
en esos cerros, que son un cuadro de Mondrian,
se acumulaba una tensión tan vieja como Vespucio:
hombres y mujeres, del caoba al ébano,
hombres de brazos fuertes y gruesos,
mujeres de caderas redondas y movedizas,
hombres echadores de vainas y jugadores de dominó,
mujeres de labios rojos y cantores,
hombres y mujeres que los sábados llenan de rumba el aire fino,
juntaban su arrechera de siglos, el olvido y la inexistencia.

Su hermoso color, su pelo oscuro, su presencia rotunda,
su risa y su dolor
no evitaban un curioso efecto óptico:
eran invisibles, eran transparentes,
la luz no rebotaba en sus cuerpos bailarines.

Nadie había vuelto a pensar en ellos desde Ayacucho.
Habían cultivado la tierra del sur;
habían arreado las infinitas ganaderías del llano;
habían respirado el aire frío de los Andes;
en las costas del Caribe habían recogido perlas y peces;
habían construído los laberintos de caños y tubos
que eran el tejido sanguíneo de esa nueva Venezuela.

Y al final de todos sus oficios, al final de todas sus penurias,
nadie los veía, no figuraban en las listas, no votaban
y cuando la fatalidad disfrazada de un ocho cilindros
los atropellaba en la autopista
eran un NN más en la crónica de los diarios.

XIII

Un día, de pronto, como ocurren las tormentas,
como se arman los aludes que sepultan poblaciones,
toda esa humanidad olvidada,
sin fin de semana en Miami,
sin cand phil ni piso en Las Mercedes,
esas miles de cachufas despreciadas,
que descubrieron la poceta limpiando pocetas ajenas,
esos miles de trabajadores ocasionales,
choferes de busetas,
taxistas en los ratos libres,
motoristas para todo servicio,
albañiles, aparkadores de carros -así aprendiste a decirlo-,
buhoneros y jardineros,
bajaron de los cerros,
brotaron de la nada en donde habían sido confinados,
se volvieron por un día opacos
y la luz que rebotó en sus cuerpos los mostró
iracundos, sublevados, dispuestos a que el fuego
arrasase con su miseria, su no existir, su condición de nadies.

Esa presencia fulgurante y los miles de muertos sin nombre
marcaron para siempre la ciudad de Bolívar
y se inició tu camino al siglo XXI.

XIV

Al calor de esas hogueras
apareció tu nombre, Comandante.

Brotaste a la historia, como el chorro negro que busca el cielo,
iluminaste la vida, como los relámpagos de Catatumbo,
empujaste la voluntad, como la torrentada del Orinoco.

Te pusiste nuevamente el uniforme de la Independencia,
y con tu simpatía hipnótica,
con tu palabra cautivante,
con tu firmeza combatiente,
volviste, como el Libertador, los ojos al continente.

Y el pueblo venezolano volvió a cabalgar
en la Campaña Admirable,
volvió a triunfar en Carabobo y Boyacá
y, todos juntos, como en Jujuy y Ayacucho,
sentimos el ardor de la victoria
en la incruenta batalla de Mar del Plata.

Y volvieron, bajo tu impulso, a flamear las banderas hispanoamericanas.

Si hasta llevaste al pequeño gigante caraqueño
-¡cómo lo hubiera festejado el genio gozador de su carácter!-
a celebrar en Río el carnaval de los negros,
para que conociesen, ellos también, el tamaño de su genio,
la inmensidad de su utopía,
volcando hacia el Atlántico el sueño de la Gran Colombia.

XV

¡Todo lo que hiciste, Comandante!
Les diste visibilidad para siempre a los transparentes,
a los invisibles, a los que nunca más serían un NN
muerto en la Cota Mil.
Sus llagas tuvieron médicos,
su ignorancia, escuela,
y el día del comicio lucían orgullosos su civismo adquirido
en una pequeña tarjeta de plástico.

La cachucha en la cabeza, esa moda que vino del norte,
ya no diría Magallanes o Caracas.
Ahora sería Chávez para siempre .
¡Verga, Comandante!
Tremendo peo que armaste hacia el sur y en el Caribe.
Le pusiste comida al hambriento,
le pusiste dientes al desdentado,
ojos al miope
y tu nombre recorrió el mundo entero.

Te hiciste universal, Comandante,
y Viva Chávez gritaba el bahiano de los orixás,
y el carioca de los morros
y la gorda peronista del comedor en La Matanza
y la morena limeña
y la mujer de pollera en Potosí o Cochabamba.
Tus discursos torrenciales llenaron de historia y de futuro
la imaginación de millones,

De pronto cabalgábamos con Maisanta, tu ancestro
-todos los héroes descienden de los dioses-,
o nos abrumabas con las oscuridades de István Mészáros,
o compartías un párrafo brillante de Abelardo Ramos
o nos sumabas a tu extraña oración a la Virgen del Valle
o a la de Coromoto.

Así de torrentoso eras, Comandante.
Te levantaste, como hacía lustros que nadie hacía,
contra yanquis y pitiyanquis,
porque, como los dioses,
nombrabas las cosas y las creabas.

E hiciste escuálidos a los bien alimentados que te enfrentaban
y hasta, de verdad, todos sentimos que había olor a azufre
aquella tarde, en las Naciones Unidas,
en el momento mismo en que lo dijiste.

Unos veinte años duró tu paso por este continente
y nada
nada
nada
volvió a ser igual.

XVII
Tu muerte,
la muerte más llorada de toda la Patria Grande,
como lloramos a Evita,
como lloramos a Perón,
como lloramos a Getulio, cuando se atravesó el corazón,
tu muerte, Comandante,
fue un tiro por la espalda.
Los hombres como tú deberían ser inmortales
deberían poder volver del dominio de Hades, como cuenta Homero.
Los hombres que se ponen a la cabeza de un pueblo
deberían ser inmortales, como ese mismo pueblo.
Porque los pueblos, Comandante,
actúan convencidos que esos hombres son inmortales.

Todos sus deseos, sus más viejas aspiraciones,
sus derechos soñados, la tierra prometida,
la memoria para recordar el olvido,
la antigua y silenciosa soledad
convertida en multitud bulliciosa,
todo lo que encarnaste, Comandante,
con tu palabra insurgente,
se convirtió en agujero, en cráter tremendo,
en oquedad sin fondo ni costados, con tu ausencia,
Comandante.

XVIII

La Venecia diminuta de Vespucio,
la Klein Venedig de los alemanes
ya no será jamás aquella Venezuela
del tiempo de la Quinta.

Nuevos huracanes se descargan
sobre la dulce patria de Teresa Carreño.

En el momento en que escribo estas líneas
una muchacha venezolana trae el café a mi mesa
y me habla con la melodía un poco andaluza del Caribe.

No han podido con el legado de Bolívar y Chávez.

La tierra que ha parido semejantes hombres
no se arrea revoleando el rebenque.

Venezuela te puso don Américo
y toda la América hoy se llama Venezuela.

En tus plazas, en tus campos, en tus cerros
en las sólidas guarniciones de los hijos del gigante sonriente,
se está gestando el fruto de una nueva primavera
que el verano cosechará en triunfos, bailes y alegría.

Buenos Aires, 19 de Julio de 2019