Murió Fernando De la Rúa y no hubo ni por asomo una conmoción en la sociedad,

RÉQUIEM DESDE ABAJO DEL HELICÓPTERO

Por Pablo Mercau

Es martes 9 de julio y el feriado acorta la semana de un invierno con fríos extendidos, de los climáticos y de los otros. Una muerte que tenía carácter simbólico y social, porque el ex presidente era un ausente de nuestras vidas, porque había quienes hasta hace apenas unos días se preguntaban si aún seguía vivo.

Por Pablo Mercau*

NAC&POP

10 julio, 2019

Murió Fernando De la Rúa y no hubo ni por asomo una conmoción en la sociedad, entretenida en otros pesares más actuales.

Pero la muerte de un ex presidente es la posibilidad de mirar hacia dentro de un mismo o de la historia del país, que en ocasiones terminan pareciéndose demasiado.

Es martes 9 de julio y el feriado acorta la semana de un invierno con fríos extendidos, de los climáticos y de los otros.

Un paisaje diferente al de ese diciembre de 2001 que está como marca en la memoria y en los cuerpos de millones.

Porque esos días finales de De la Rúa presidente vuelven con la muerte de hoy.

Una muerte que tenía carácter simbólico y social, porque el ex presidente era un ausente de nuestras vidas, porque había quienes hasta hace apenas unos días se preguntaban si aún seguía vivo.

Pero no era un ausente de la huella de la injusticia, era en definitiva el beneficiario de la impunidad.

Por la Banelco de los sobornos, que quiso cristalizar en ley la maldita Reforma Laboral.

Pero sobre todo, y de ahí diciembre, los piedrazos, las Madres de la Plaza de Mayo apaleadas, los saqueos del hambre, De la Rúa es la cara de la impunidad de la muerte multiplicada por 39 nombres propios que en algunos casos no llegaron a vivir ni la cuarta parte del tiempo de vida del quien murió hace unas horas con 81 años de edad.

Es feriado y las pantallas se dividen en mil para mostrar el desfile militar del 9 de Julio, para recordar que hace casi 20 años un hombre que hoy murió asumía la presidencia, para continuar con buenos modos la decadencia de los noventa y extenderla hasta el estallido del 19 y 20 de diciembre.

El Obelisco como batalla campal con las fuerzas del orden en ese 2001 y hoy como escenario de la represión policial para impedir la instalación de una carpa, la entrega de colchones para los expulsados del sistema y una olla popular para los hambreados.

El Obelisco tan parecido a ese 2001, pero a otra escala, como una maqueta de las fotos que todavía duelen.

Una represión policial, el mismo día de la muerte de De la Rúa.

La historia a veces confirma que los guionistas son necesarios pero no imprescindibles.

Se hace de noche rápido y lo velan a De la Rúa, en medio de una indiferencia casi generalizada.

Los que caminan por la vereda de enfrente, es posible que no se den cuenta que cruzando Rivadavia hay una pequeña fila para entrar al Congreso de la Nación, subir un piso y acceder al lugar donde se despide al hombre que hace casi 20 años era presidente por apenas dos temporadas.

Uno es, en parte, testigo de la historia y por eso hay que estar, palpar, sentir de cerca, lo más que se pueda.

Arriba, un piso de escaleras y las coronas y las flores de la política, son el marco de la despedida de un hombre de 81 años, que se va rodeado de su familia, sus amigos, los seguidores y los que miramos por la cerradura de la vida.

Salgo, camino hacia alguna parte y no pasan más que unos minutos que siento que hay un llamado obligado que tengo que hacer.

Me atiende Karina Lamagna y no hace falta que le explique porqué la llamo hoy. Diego, su hermano era un pibe de 27 años, que murió asesinado por las balas policiales el 20 de diciembre de 2001.

Esas balas que siguieron la orden de la política, que en la punta de la cadena de responsabilidad tenía a De la Rúa, tranquilo, con la ventaja de no haber dado nunca las explicaciones ante la Justicia ni ante la sociedad.

No es necesario pedirle a Karina que me cuente cómo se siente, con todo revuelto por dentro, con esa mezcla de la historia del país con la vida de cada uno.

En el rato de charla con Karina hablamos de los familiares de las víctimas, 39 en toda la Argentina y de la lucha permanente por una condena que llegó tarde y de manera insuficiente para unos pocos funcionarios, entre los que nunca estuvo el nombre del máximo responsable: Fernando de la Rúa.

En el nombre de Diego Lamagna van los de tantas vidas truncadas a destiempo, por la combinación de la represión y una podredumbre de sistema que se devora a sus hijos e hijas, en aras del insaciable deseo de acumulación material de unos pocos.

El Gobierno decretó tres días de duelo, como corresponde por ley.

Pero nos debemos mil años de memoria, aunque la ley no lo prescriba.

PM/

 

NAC&POP: El Correo-e del autor es <contacto@pablomercau.com.ar>