ya no sólo hay peronismo de izquierda y peronismo de derecha, sino también “peronismo antiperonista”.

EL MACRISMO Y EL PERONISMO NO SON DOS PARTIDOS SINO DOS PAISES

Por Mario Casalla (FOTO)

En Argentina la cuestión de una unidad nacional (en serio y no meramente declamativa) es algo todavía pendiente y cada tanto emerge en todo su incómodo esplendor. Este es uno de esos momentos. Por eso también la búsqueda de las “terceras vías,” o de las ahora denominadas “Coreas del Centro” (es decir, ni del Norte ni del Sur), son tan distractivas como poco fecundas.


Por Mario Casalla
Punto Uno

21/06/2019

Ante el siempre temido “cierre de listas electorales”, es bueno intentar ver el bosque más que perderse en los detalles particulares.

Ese bosque quedó conformado por los frentes y alianzas que se determinaron hace una semana y que culminó en una serie de hojas en blanco –por así decirlo- que en estos momentos se estaban llenando febrilmente con nombres propios de candidatos a cargos nacionales, provinciales y municipales.

¿Qué estructura básica quedó allí dibujada?

Está claro que una conformada por dos grandes espacios políticos (el macrismo y el peronismo) y los llamo de esta manera (y no por sus nombres de fantasía) porque las cosas están así mucho más claras.

En su interior conviven una serie de partidos o subloques más pequeños, pero integrando uno u otro proyecto de país (y consecuentemente de integración regional y mundial).

Vale aquí aquella corrección que Alberdi le hacía a Sarmiento en su muy abundante intercambio epistolar.

Cuando el sanjuanino caracterizaba a Unitarios y Federales como dos partidos en lucha, Alberdi advertía: “No se equivoque don Domingo, no son dos partidos son dos países”.

¿QUÉ ESTÁ REALMENTE EN JUEGO?

Precisamente por eso hablamos de “grieta” y no simplemente de “enfrentamiento electoral”.

Puede no gustarnos es cierto, pero existe y negarla no ayuda a resolverla.

Tampoco se trata de agrandarla o de resignarse a uno de los bordes.

En Argentina la cuestión de una unidad nacional (en serio y no meramente declamativa) es algo todavía pendiente y cada tanto emerge en todo su incómodo esplendor.

Este es uno de esos momentos.

Por eso también la búsqueda de las “terceras vías,” o de las ahora denominadas “Coreas del Centro” (es decir, ni del Norte ni del Sur), son tan distractivas como poco fecundas.

Sirven más bien para que se posicionen un poco mejor (en la oferta electoral) quienes quieren más de lo que realmente aportan y luego –llegado el momento de gobernar- para entrar con algo de” tropa propia” en las discusiones de los cuerpos colegiados (congresos, legislaturas, consejos, etc, etc) y en el intercambio entre gobernadores y autoridades nacionales, propias de un país que tampoco terminó de ser realmente federal (aunque así lo haya querido y lo tenga escrito en el artículo 1° de su Constitución Nacional).

Allí también la distancia entre las palabras y los hechos es clara y notoria.

Y esta grieta no se resolverá por cierto sólo con el resultado de una elección nacional, sino con la capacidad y la voluntad de gobernar conteniendo y cobijando al conjunto más amplio del pueblo argentino, en vez de servir a intereses personales o de facción, como sucede en este momento.

Son horas muy especiales a las que les caben –como anillo al dedo- aquellas palabras que Raúl Scalabrini Ortiz escribiera a mediados del siglo pasado:

“Estas no son horas de perfeccionar cosmogonías ajenas, sino de crear las propias.

Horas de grandes yerros y de grandes aciertos, en que hay que jugarse por entero a cada momento.

Son horas de biblias y no de orfebrerías”.

Fueron escritas en un libro que llevaba un título también muy actual “El hombre que está solo y espera” (1931).

(Comentario al margen: el ejemplar que acabo de sacar de mi biblioteca personal, tiene en su primera página el sello en tinta de la legendaria Librería Salta y corresponde a la edición del año 1974.
Otro año con la grieta a flor de piel, en la que otro gran presidente argentino hacía lo posible para que el país no terminara de desbarrancar por ese cráter y a quién los años no le alcanzaron para lograrlo.
Es de esperar que esta vez sí lo logremos).

EL” PERONISMO ANTIPERONISTA”

No se trata de un oxímoron.

No hay aquí “contradicción en los términos”.

El salto de Miguel Pichetto al macrismo –y nada menos que a su fórmula presidencial- es el reinicio de un camino que empezó hace ya 30 años Carlos Menem.

Este subió por el peronismo y gobernó luego con el liberalismo de Álvaro Alsogaray escribiéndole el programa económico y colocando prominentes hombres y mujeres de su cosecha (entre ellos su propia hija, María Julia) en destacados puestos de gobierno.

Durante éste –en nombre del peronismo- se hizo exactamente lo opuesto: se arriaron sus tres banderas, se desguazó el Estado, se remataron las empresas públicas, se desindustrializó el país y se terminó en un verdadero desbarranco económico y social.

Esto con la posterior colaboración del otro gran partido nacional (el Radicalismo) que –Alianza mediante con Chacho Álvarez y el Frente Grande- desembocaron en la hecatombe del 2001.

Hoy el Radicalismo (casi definitivamente disuelto como fuerza transformadora de lo real) integró el macrismo desde su inicio, posibilitó su triunfo electoral (prestándole votos y una estructura nacional que éste no tenía) y se dispone ahora a continuar por la misma senda y más devaluado aún, ya que el PRO no le otorgó la vicepresidencia de su nueva fórmula presidencial, sino que puso en su lugar a Pichetto, un peronista.

Este, devenido ahora neoliberal, continúa esa tradición menemista de traicionar como se debe: desde adentro y abriendo las puertas para que –en caso de triunfar- el enemigo lo destruya y lo desnaturalice definitivamente.

O sea que se trata –conceptualmente hablando- no de un “proyecto “diferente dentro de una misma tendencia ideológica (un matiz), sino de un “antiproyecto” que niega al Peronismo en su propia esencia.

O sea que ya no sólo hay peronismo de izquierda y peronismo de derecha, sino también “peronismo antiperonista”.

Si los dos primeros eran contradictorios (ya que su fundador había concebido ideológicamente a su fuerza política como una “tercera posición” entre esos dos extremos), el peronismo antiperonista es más que contradictorio: es lisa y llanamente antagónico.

Y mientras que de lo contradictorio puede haber síntesis superadora (tal como el método dialéctico enseña) en una nueva relación dialéctica entre ambos, con lo antagónico esto no sucede: implica necesariamente la muerte del término que genera su propia adversidad.

El Radicalismo vive –más agudamente aún- ese mismo proceso: el “radicalismo antiradical”.

En una célebre carta a John William Cooke –por entonces su delegado personal en Argentina, quien se quejaba de las traiciones al Peronismo ya en ciernes en los años ’60- Perón ironizando le decía: “vea Cooke algunos de los nuestros más que traidores, tienen sucesivas lealtades”.

Hoy podríamos agregar que las “lealtades sucesivas” son aún peor que las traiciones: son “antiproyectos” que –de triunfar- matan aquello de donde provienen.

El Radicalismo y el Peronismo –si bien en distinta dosis y estado de desarrollo- tienen en sí mismo sembrados el germen de lo que puede llegar a ser su propia autodestrucción.

Hablando en término médicos: se han vuelto autoinmunes.

Y eso sí que es muy complicado de curar.

MC/