La obsesión de los macristas por los 70 años...

ACERCA DE LOS FAMOSOS 70 AÑOS

Por Alcira Argumedo

Durante meses, los discursos del gobierno de Macri han hecho reiteradas referencias a una supuesta decadencia de nuestro país, vinculada con la persistente inflación que habría afectado a la economía argentina desde hace 70 años. Una y otra vez repetirían como un mantra 70 años. Es interesante remarcar que, si retrocedemos en la historia 70 años, caemos justo en 1949: una fecha significativa para Argentina y para China.

 

Por Alcira Argumedo*

Codehcom

Colectivo por el derecho humano a la comunicación

17/06/2019

 

LA OBSESIÓN DE LOS MACRISTAS POR LOS 70 AÑOS

Durante meses, los discursos del gobierno de Macri han hecho reiteradas referencias a una supuesta decadencia de nuestro país, vinculada con la persistente inflación que habría afectado a la economía argentina desde hace 70 años. Una y otra vez repetirían como un mantra 70 años. Es interesante remarcar que, si retrocedemos en la historia 70 años, caemos justo en 1949: una fecha significativa para Argentina y para China.

En el mes de marzo se sanciona en Argentina una Constitución de avanzada para la época en la cual, además de establecer amplios derechos sociales y la gratuidad de la enseñanza universitaria, se otorga un papel decisivo a la participación del Estado en la economía, junto a la nacionalización del sector financiero, el comercio exterior, la energía y otras áreas estratégicas. Por su parte, el 1 de octubre de ese año, luego del triunfo de una larga lucha contra los dominios coloniales a los cuales estuviera sometida durante un siglo, desde la Guerra del Opio de 1848, Mao Tse Tung declara “China se ha puesto de pie”.

Por entonces, en el contexto de un esquema mundial de poder bipolar, Estados Unidos se consolidaba como la potencia dominante del bloque conformado por las antiguas metrópolis coloniales, cuyo predominio imperial se iba desarticulando ante los procesos de liberación nacional y descolonización, las revoluciones y los gobiernos populares en Asia, África y América latina. Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica y otros países del Occidente central, junto a Japón y a las áreas de la periferia bajo regímenes capitalistas, se subordinan a su hegemonía. A su vez, la Unión Soviética consolidaba su predominio en el bloque socialista con el control de Europa Oriental, al cual se sumaría la China recientemente liberada, hasta su separación a fines de la década del cincuenta.

Transcurridos esos 70 años, la escena mundial ha cambiado significativamente. La caída del Muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la Unión Soviética desataron una euforia desbordante en el bloque capitalista y Estados Unidos proclama “el fin de la historia” y un Nuevo Orden Mundial bajo su exclusivo predominio con el lanzamiento de la globalización neoliberal y el protagonismo de los “mercados”. Pero esa euforia durará poco más de una década. En 2001, después de 20 años de ejecución del proyecto de “Las Cuatro Modernizaciones” definido en 1978, China ingresa a la Organización Mundial de Comercio y comienza a participar activamente en la globalización. No obstante, mientras en Occidente la globalización es liderada por corporaciones, grandes bancos y capitales financieros especulativos, que se orientan sólo en función de sus propios intereses, con una concepción neoliberal que les otorga amplia libertad de acción, en China se define una orientación política planificada, orientada por el Estado con objetivos de corto, mediano y largo plazo.

Sin desconocer el carácter despótico de su sistema político, en 2019 se hará evidente que el modelo económico chino resulta ampliamente triunfante frente al neoliberalismo del Occidente central: entre otros aspectos, mientras la economía china se preocupa actualmente por la caída de sus índices de crecimiento al 6.9 por ciento anual, luego de tres décadas de sostener un promedio del 10 por ciento, en Estados Unidos festejan como un triunfo haber alcanzado un crecimiento del 3 por ciento, después de varios años en los que fluctuara entre 1.5 y 2.5 por ciento, sin considerar los registros negativos de 2008 y 2009 a causa de la crisis y la caída de Wall Street, resultantes de una irracional especulación financiera.

En grandes rasgos, el modelo económico chino define un control estatal de las finanzas, el comercio exterior, la energía, el desarrollo científico-técnico, un sistema educativo de calidad en todos sus niveles y la producción en áreas estratégicas como la militar, nuclear y espacial: el 40 por ciento del total de las empresas pertenecen al Estado y, en el resto de las áreas productivas, se habilita la participación de capitales privados extranjeros o nacionales. A su vez, mientras durante las tres últimas décadas en el sector occidental se ha producido un crecimiento exponencial de la pobreza y el desempleo, junto a la polarización y concentración de la riqueza, en China la población en condiciones de pobreza e indigencia —que hasta hace 20 años afectaba al 66% de los habitantes— se ha  reducido al uno por ciento. Los bajos salarios chinos de las primeras etapas golpearon duramente a los jóvenes trabajadores rurales que migraban a las ciudades, dispuestos a recibir ingresos misérrimos y aceptar duras condiciones laborales; situación que se fue corrigiendo a lo largo del tiempo y en la actualidad el salario mínimo en ese país es más alto que el de Argentina.

En contraste, bajo toda evidencia, la globalización neoliberal ha fracasado en los países centrales de Occidente. Estados Unidos promueve ahora políticas proteccionistas y de sustitución de importaciones, para revertir el crecimiento del desempleo, la caída de los niveles de vida y la transformación de antiguos centros industriales dinámicos en zonas fantasmas: el 55 por ciento de sus importaciones desde China son producto de empresas norteamericanas instaladas allí. Inglaterra se debate con el Brexit buscando una salida a sus dificultades económicas y sociales. Francia está incendiada con las protestas de chalecos amarillos, una clase media en condiciones económicas cada vez más críticas. Italia arrastra una recesión de años, con una deuda externa que se ha vuelto inmanejable. Angela Merkel trastabilla ante el crecimiento de la ultraderecha, alimentado por el deterioro social del sector oriental de Alemania y el efecto boomerang de las guerras de Estados Unidos y la Nato en Medio Oriente y África, que se ha traducido en la presión de masas de refugiados que huyen del hambre y la muerte.

La paradoja es que, al tiempo que los referentes neoliberales lanzan duras diatribas contra el papel del Estado, reivindicando los supuestos beneficios inapreciables de dejar la conducción económica en manos del “mercado” —de corporaciones, bancos y fondos especulativos— incluyendo la educación y la salud, consideradas mercancías y no derechos, el triunfo económico de China como potencia mundial se ha sustentado en un modelo económico muy similar al que consolidara en Argentina la Constitución de 1949. No es inocente entonces la obsesión por esos 70 años de los voceros neoliberales autóctonos, siguiendo a sus mentores del Norte: China y la Constitución de 1949 aparecen como dos temibles amenazas ante la magnitud de la crisis de la globalización neoliberal en el campo occidental y particularmente en Argentina.

Reivindicando  nuestro sistema político democrático y sin caer en una nueva subordinación, ahora ante este poderoso polo de poder, el debate sobre nuestro futuro debiera analizar con rigurosidad las claves del éxito del modelo económico chino, frente al fracaso del neoliberalismo a escala internacional, para no dejarse correr con la vaina de un discurso agresivo y decadente.

 

* Socióloga, docente universitaria e investigadora del Conicet. Diputada nacional MC. Integrante de Codehcom.