Parece increíble, pero una mujer golpeada y un macrista tienen muchas cosas en común.

EL SIMPATIZANTE DE CAMBIEMOS ES UNA MUJER GOLPEADA

Por Mayra Arena

El macrista calla, digno y paciente, y aunque le saquen los subsidios a los servicios y al toque aumenten al triple, se banca las bastardeadas en las paritarias, garpar un codificado hasta para un olimpo-patronato, no irse 15 días a ningún lado, hacer lo segundo rápido para apagar en seguida la luz del baño… y todo porque comprende que el presidente no toma estas medidas golpeadoras porque le guste, sino porque hay una fuerza más poderosa que lo obliga constantemente a tener que hacerlas: claro que sí, la pesada herencia. El macrista no la está pasando bien, porque en una economía en recesión, tenés que estar muy pero muy arriba para salir ileso.

 

Por Mayra Arena

 

«Para que este gobierno deje de recibir apoyo de sus simpatizantes no alcanza con que siga aplicando medidas que perjudiquen la economía de los trabajadores, porque nunca fue suficiente con que el abusivo sea abusivo para que la víctima se percate de su situación.

Igual que la mujer golpeada que estoicamente soporta uno tras otro los golpes que le propina su cónyuge, el simpatizante macrista se banca impávido el brutal ascenso del costo de vida y la reticencia rayana a los aumentos de sueldos que hacen que nunca pueda volver –aunque le cueste en el alma decirlo– al nivel de vida que tenía en 2015.

Parece increíble, pero una mujer golpeada y un macrista tienen muchas cosas en común.

Y es que, la golpeada no ve al golpeador como un culpable, sino como víctima absoluta de una fuerza externa que lo lleva a perder el control: por ello lo justifica amorosamente y se tapa con prolijidad los moretones que le deja.

De la misma manera, el macrista calla, digno y paciente, y aunque le saquen los subsidios a los servicios y al toque aumenten al triple, se banca las bastardeadas en las paritarias, garpar un codificado hasta para un olimpo-patronato, no irse 15 días a ningún lado, hacer lo segundo rápido para apagar en seguida la luz del baño… y todo porque comprende que el presidente no toma estas medidas golpeadoras porque le guste, sino porque hay una fuerza más poderosa que lo obliga constantemente a tener que hacerlas: claro que sí, la pesada herencia.

El macrista no la está pasando bien, porque en una economía en recesión, tenés que estar muy pero muy arriba para salir ileso.

Pero así como la golpeada le teme más a la soledad que a las palizas, el macrista tiene repulsión al kirchnerismo, por eso elige el ajuste de los blancos y puros antes que la negrada que le subsidiaba la luz a él ¡a él! ¡cómo si fuera un negro de esos que tienen cinco hijos!

Cabe aclarar: el macrista y la golpeada son conscientes de lo que soportan. A ellos los golpes les duelen igual que a cualquiera, pero los sobrellevan mansamente, y perdonan.

Palo tras palo saben comprender, hacer la vista gorda o incluso justificar.

Porque el culpable para ellos no es el que propina los golpes (¡él los da pero no quiere hacerlo!).

Y sí. Mientras el golpeador logre convencer a la víctima de que la culpa es de los otros, la golpeada y el macrista pondrán la otra mejilla.

Y allí, en esa locura incomprensible de la mujer quemada que jura que fue un accidente, es donde radica el verdadero triunfo del golpeador.

Mientras el macrista siga creyendo que todo es culpa de la pesada herencia, aceptará sereno las medidas salvajemente perjudiciales para su frágil economía y nos dirá, todo vendado como una momia: «No vuelven mas»