“Mamá -me dijo- busquemos pistas, busquemos en el mapa si existe ese pueblo con el nombre de Ariel”.

LOS CUENTOS DE MAEL: PRIMER MENSAJE.

En cuanto llegué lo primero que hice fue darle el paquete para su hijo, le dije qué era una pavada y que esperaba que le gustara. Desenvolvió la caja y al ver lo que era me dijo “sí le va a gustar, a él le gusta todo lo que es música-y en tono de broma siguió diciendo- es una hermosa carroza, ¿me está anunciando una muerte?” Me quedé paralizada, tuve un fuerte dolor en el pecho, sentí que se me detenía el corazón, me rodeó una nebulosa y sin saber por qué le dije “sí morir es esto, es como pasar de un planeta a otro”.

Por MAEL
NAC&POP
2018

Corre el año 1969 llego a casa muy cansada de un día de mucho trabajo en mi instituto.

Mi familia ya comió y se disponen a dormir.

Me ducho como algo y me acuesto.

No puedo dormir, doy vueltas y vueltas, rezo y sigo rezando casi hasta el alba.

De pronto sin darme cuenta estoy profundamente dormida y soñando algo muy significativo y especial que aun ocupa mi mente.

Me encontraba en un campo verde, de repente aparecieron cerca mío bajando del cielo unas naves brillantes.

Todas al mismo tiempo se pusieron en círculo, abrieron sus puertas y subieron de allí rayos de luz, enseguida de cada puerta apareció un personaje vestido con un overol negro de un material sintético brillante – que en ese entonces era para nosotros desconocido- ; de pronto al lado mío, y sin saber de dónde apareció, estaba un ser alto de tez blanca con la cabeza muy rasurada de ojos claros, y que con voz muy cariñosa dirigiéndose a todas las naves les dijo : “ya pueden bajar”.

Empezaron a bajar personas iguales a nosotros, personas mayores, jóvenes y niños (las niñas llevan vestidos muy bonitos).

Se acercaban a mi y me preguntaban “¿eres de este planeta? ¿cómo se llama?” le dije que sí y que estaban en la tierra.

Me llamó mucho la atención tres señoras iguales, y vestidas iguales con unos trajes sastres color beige con cuellos de piel marrón claro.

Les pregunté si eran mellizas y me dijeron que no y se sonrieron.

Las personas de negro que bajaron primero quedaron para cuidar las naves.

El señor tan especial que guiaba a todos los viajeros me dijo: “tuvimos que traer a un guerrero chino muy bravo, que fue el único que se atrevió a dirigir las naves pero que lo tenemos vigilado”.

El campo en donde estábamos pertenecía a un pueblo en medio de la Provincia de Buenos Aires llamada Ariel, por esa razón, me explicó el guía, que se habían animado a bajar, ya que ellos venían de un satélite de Urano llamado Ariel y me recordó que también en su tiempo bajó en u lugar llamado así, que también significaba lo mismo que Jerusalén (esto no lo entendí).

Comenzamos a recorrer el pueblo, miraban las vidrieras de las tiendas, y de las joyerías y me decían “¡igual que nosotros!”.

En una vidriera había unas fantasías hechas en cobre.

Las tres señoras me preguntaron de qué estaban hechas, les respondí que de un metal llamado cobre.

Volvieron a repetir “igual que nosotros”.

Entre las personas había una pareja adulta, la señora, tenía la cara recubierta como con una máscara.

Como la miraba con insistencia se sonrió y me dijo: “Sabés en estas cirugías no estamos tan adelantados como ustedes” – y poniéndose una mano en el corazón me dijo- “en esto sí estamos más adelantados que ustedes”.

Después de recorrer el pueblo entramos en un galpón de una estancia en donde había tendida una mesa larga con platos y vasos descartables y largos bancos de madera en donde nos sentamos todos.

En una silla rústica chica se sentó ese guía en la cabecera de la mesa justo a mi lado.

Una señora corpulenta vestida de blanco sirvió a todos nada más que pan, un trozo de queso, agua y algo más que no recuerdo.

Me preguntaron como lo hacíamos, les expliqué y muchos dijeron “igual que nosotros”.

La persona a la que yo le llamo guía es un ser celestial, cuando se sentó en la cabecera de la mesa extendió sus manos dando gracias por la comida y de ellas salieron rayos de luz celestes.

Me quedé asombrada mirándolo y se sonrió, enseguida, me dijo, estas personas, que vinieron quisieron acompañarme, pero mi misión es otra.

Me señaló con su mano hacia la derecha y pude ver una mesa redonda alrededor de la cual estaban sentadas varas personas todos varones.

Conversaban entre sí en diferentes idiomas pero todos se entendían.

Entre ellos reconocí a mi médico terapeuta.

“Mi misión -volvió a decirme- es llevármelos ahora en paz”.

Le pregunté si a mi terapeuta también, “sí a todos -me contestó- y a los veinte días llevaré también a su mejor amigo”.

Quedó callado un gran rato, luego, como con tristeza sentenció “muchos se irán con violencia y sin saberlo -y repitió- y muchos que no quieren irse”.

De pronto todo desapareció y yo fui despertando.

Miré el reloj y era la hora de levantarme e ir a trabajar.

Ese día no podía concentrarme en nada, ese sueño me tenía entre intrigada y temerosa.

Cuando volví a casa le conté el sueño a mi hija, ella siempre me escucha.

“Mamá -me dijo- busquemos pistas, busquemos en el mapa si existe ese pueblo con el nombre de Ariel”.

Allí estaba en el mismo centro de la Provincia de Buenos Aires.

“Bueno busquemos ahora en el diccionario -insistió mi hija- veamos qué dice de Ariel” y con sorpresa, en una de las explicaciones nombraba a un guerrero chino muy bravo y Ariel nueva Jerusalén.

Pasaron dos días, tenía que ir a ver al médico del sueño, recordé que su hijito cumplía años y se me ocurrió comprar algo en un negocio vecino a mi instituto ya que aún estaba abierto pues era ya tarde.

Le compré una caja musical, la señora del negocio me animó, era un carro romano, me dijo que a un varóncito le iba a gustar porque tenía caballos.

En cuanto llegué lo primero que hice fue darle el paquete para su hijo, le dije qué era una pavada y que esperaba que le gustara.

Desenvolvió la caja y al ver lo que era me dijo “sí le va a gustar, a él le gusta todo lo que es música-y en tono de broma siguió diciendo- es una hermosa carroza, ¿me está anunciando una muerte?”

Me quedé paralizada, tuve un fuerte dolor en el pecho, sentí que se me detenía el corazón, me rodeó una nebulosa y sin saber por qué le dije “sí morir es esto, es como pasar de un planeta a otro”.

Nadie que se fue nos mandó un mensaje -acotó el doctor

-Bueno, le contesté, hagamos un trato, ya que somos como Santo Tomás, ver para creer, si yo me muero primero le mando un mensaje y si se muere usted primero me lo manda usted a mí, así sé por dónde anda.

Y entre broma y susto mi consulta terminó y me fui a casa, bastante preocupada.

Tres días después tenía que volver al consultorio todo se complicó para que no pudiese llegar a hora: trabajo imprevisto en el consultorio, paro de vehículos, visitas que atender en casa, y finalmente opté por no ir.

Traté de avisar pero no conseguí comunicación.

A las doce de la noche, y por equivocación, nos avisan que mil médico terapeuta había fallecido.

A la mañana siguiente fui acompañada por mi marido a la casa, allí lo velaban.

La esposa se sorprendió al verme, no sabía que me habían avisado.

Estaba recostada junto a su mamá que la consolaba.

Me trataron con mucho cariño y después de un rato me comentaron que el médico estaba esperándome, el les dijo:- “la Señora de García, no viene”, subió a upa a su niñita menor, pidió un vaso de agua y cuando se lo trajeron ya estaba muerto.

Mi marido se fue a la oficina y quisieron que me quedara, pensé ¿qué hago yo aquí? (si me llamaron por equivocación).

Pero como todo tiene que tener un por qué y siempre creo que por algo suceden las cosas, al rato tuve la respuesta.

Antes de llevarlo al cementerio los dos hijitos (Gustavo y Daniel) vinieron junto a la madre de la mano del tío, llorando que querían ver al papá y darle un besito.

No es costumbre de los judíos, abrir el cajón a nadie y aquí encontré la respuesta a mi presencia en aquel lugar, me preguntaron qué me parecía y de pronto recordé que el médico me explicó que no se puede elaborar una muerte si no se ve al ser querido fallecido -cosa que me había pasado a mi con mi madre que falleció cuando yo era chica-.

Se los hice saber y me hicieron caso, mostraron el papá a los niños y me hicieron verlo a mi también, pedí a Dios lo recuerde en su gloria y diese paz a la familia, consolé a los niños como pude, me despedí de la mamá y la abuela y me fui caminando veinte cuadras hasta casa casi sin darme cuenta.

En mi cabeza giraban y giraban las palabras de aquel personaje celestial del sueño.

¿Sería verdad que se moriría un amigo?

Era un diez de julio muy frío.

Llegué a casa helada tomé una taza de té, recé y recé y me quedé dormida.

Pasaron unos días y el día veinte del mismo mes falleció su íntimo amigo cristiano.

En mi fantasía pensaba “¿estarán juntos el cristiano y el judío?” y de pronto descubrí que los dos pertenecen y oran hacia Dios padre.

Pasó un largo mes.

Pensaba mucho en la familia, cómo estarían los hijitos, la señora, la abuela, la familia del amigo ¿qué sucedería con ellos?

Volcaba mi tristeza en trabajar hasta agotarme y a dedicarme a mis hijos lo más posible ya que siempre son todo para mí.

Justamente un mes después, llegando a casa y recordando todo lo pasado, cené con mi querida familia y nos fuimos todos a dormir.

Agradeciendo a Dios estar todos bien.

Nuevamente tuve un sueño muy especial: “Me encontraba yo en una oficina sentada delante de un escritorio, leyendo un catecismo.

De repente se abrió una puerta y apareció el médico terapeuta vestido con un traje gris, pasó por detrás mio y señalándome un signo en mi libro escribió “avisa a mi señora que críe a mis hijos bajo este signo” era un signo de fé cristiana.

Siguió caminando y salió por otra puerta.

Pasó un largo rato, yo seguía sentada en el mismo lugar.

Se abrió nuevamente la puerta por la que había salido y apareció vestido con una túnica blanca luminosa; se detuvo junto a mi y sonriendo, escribió “Pedí a Dios por mi Saint Tomas”.

Me palmeó en un hombro y desapareció.”

Me desperté repentinamente, me senté en la cama y escribí en el borde de un diario su mensaje para no olvidarme.

Eran las cinco de la mañana.

Cuando después de comprender que desde el más allá estaba cumpliendo su promesa, muy emocionada, confundida y casi sin poder creerlo, leí de nuevo lo que había escrito, y con sorpresa descubrí que donde yo sabía que decía Dios, había sólo un signo, para mi desconocido.

Tenía que llevar ese mensaje, pero ¿cómo lo hacía y cuando?

Pedí a Dios que me iluminara y me diera fuerzas para hacerlo, porque esto muy difícil para mi.

Pasaron algunos días, seguía con la curiosidad de qué significaba aquel signo y tuve la suerte de encontrarme con una familia judía y como llevaba el mensaje en la cartera me apuré a mostrárselo al Señor que era la persona que tenía más cerca.

Miró el papel, lo leyó, me miró fijamente y me preguntó “¿alguna vez escribió usted en hebreo?”

No le contesté.

“Bueno, ese signo es una de las formas con que nombramos a Dios”

Esto hizo que reforzara más mi inquietud de visitar a esa querida familia, pero ¿cómo?

¿Y si pensaban que era una fantasiosa?

O lo que sería peor ¿una paranoica?

Sentí que necesitaba ayuda.

Yo escuchaba con frecuencia al Padre Ogliete, párroco de San Miguel, sabía que él hacía reuniones ecuménicas donde recurrían algunas personas judías y por eso se me ocurrió ir a hablar con él.

Era un hermoso domingo de sol pero frío.

Llegué a la iglesia como soldado que va a la guerra, con apariencia de valiente pero con el corazón en la boca de miedo.

Me recibió el mismo padre Ogliete, unos obreros estaban golpeando la pared medianera, me hizo pasar al patio y mientas el le gritaba a los obreros que no le tiraran la Iglesia abajo, yo recorrí el patio.

Descubrí una placa por la cual me enteré que esa casa perteneció a la familia Belgrano (allí fue donde mataron a Eduardo Belgrano).

Pasamos a su despacho, me hizo sentar y me preguntó cuál era la razón de mi visita.

La amabilidad y compresión del sacerdote hizo que me fuera fácil contarle todo lo ocurrido, mis dudas y mi gran temor de llegar a la familia.

Me aconsejó que pidiese ayuda al Espíritu Santo para que pusiese en mi boca las palabras justas, que ese era un mensaje que yo debía cumplir.

Así lo hice.

Al día siguiente tomé fuerzas y me fui a visitar a esa familia.

Me recibieron con mucho cariño, me hicieron sentar a su mesa.

Los chicos no sé por qué me asociaron con su papá y me pidieron si se podían acostar en los sillones.

Según la mamá sólo les daba permiso el padre.

Me contó que el esposo decía que yo era alguien especial, que un día lo felicité porque iba a tener una niña y ellos no sabían que estaba embarazada y otras cosas que no vienen al caso, pero que, en alguna medida, este comentario me ayudó a entregarles el mensaje de la mejor manera posible.

Me escucharon en silencio y con mucha atención.

La madre puso la mano sobre la mano de su hija, estaba conteniendo el llanto y desesperada me preguntó ¿Y ahora qué hago?

Me sentí culpable de haber reavivado tanto dolor.

De golpe me acordé de las palabras del Sacerdote y pedí ayuda al Espíritu Santo.

Y con mucha timidez le dije “Bety, ¿por qué no se anima a hablar con el padre Ogliete que está en la iglesia de San Miguel y que hace reuniones ecuménicas?

Dígale quién es y se va a sentir muy bien.”

Me prometió que iba a ir.

Regresé a casa entre triste y aliviada, me había sacado un gran peso de encima.

Pasó el tiempo.

De vez en cuando me visitaban o iba yo a casa de ellos, nos llamábamos por teléfono.

Un día me dijo que se mudaban y me ofreció su dirección, fui a verla me dijo que las cosas iban muy bien.

Me sentí feliz.

Pasó otro tiempo.

Nosotros también nos mudamos, llamé para comunicárselo pero no tuve suerte, no contestaba nadie.

Pensé estarán de viaje.

Uno de mis hijos tuvo problemas.

Vivía en La Pampa y allí por mucho tiempo tuve que ir a cuidar a mis nietitos.

Sólo volvía a casa los fines de semana y así sin quererlo me fui alejando de muchas amistades.

Pasaron años.

Una de mis nietas estaba muy nerviosa y se me ocurrió decirle a mi hijo: “¿por qué no la llevás a casa de Beatriz que es una excelente psicóloga?” .

Al otro día me trajo la noticia que se enteró que había fallecido.

Traté de comunicarme con los hijos y lo único que conseguí fue que allí no vivían más.

Sentí mucha pena.

Pasó el tiempo. Tal vez tres o cuatro años.

Una tarde me tocaron el timbre y con gran sorpresa me encontré de golpe, no con una niñita sino con toda una señorita.

Era la hija menor de esa familia, la abracé fuerte, la hice pasar y la llené de preguntas.

Me dijo que recurría a mi porque su mamá le dijo que si a a ella le pasaba algo recurriera a nosotros.

En ese momento no podía comprarse un libro, que yo sabía que tenía mi hija que es bioquímica y que ella iba a seguir la misma carrera.

Se lo dimos con gusto.

Cuando saqué el libro de la biblioteca se me cayó al suelo una estampa de Cristo.

La recogió y me dijo “¿me la puedo llevar?”

Sí -le respondí- ¿qué va a decir tu hermano?

Se puso a reír y me dijo “claro usted no sabe, mi hermano estudia en la Universidad Católica.

Mamá siguió visitando al padre Ogliete y nos educó, como dijo papá, en la fé católica, ahora somos cristianos, pero sabe cómo nos tratan de mal los parientes”

“Bueno ya va a pasar -le contesté- total Dios Padre sigue siendo el mismo”

“Eso se los voy a decir” dijo.

Tuve un día feliz para mí.

Me llamó unas veces más y luego se volvieron a perder.

Siempre la recuerdo con cariño, sé que los volveré a ver.

Que Dios los proteja.

ME/