Hay recuerdos, y esos recuerdos, en algunos casos, personales, son respetables, presentan una pintura del hombre y nos hablan de un buen tipo. En esto, creo que todos estaremos de acuerdo: Bayer era un buen tipo.

SOBRE LO QUE DECIMOS DE BAYER, Y NO SOBRE BAYER

Por Carlos Balmaceda

Bayer era, por otra parte, un tipo competente en lo suyo, brillante, si cabe, en la elaboración de su trabajo, como investigador histórico y como periodista. Tampoco es poca cosa en este continente de mediocridad. Valoro personalmente que no fuera un jetón, porque, ay, los jetones, en este lado, abundan, y una sistemática glorificación de su oficio de vendehumos los entroniza.

Por Carlos Balmaceda

Bayer aparece en los posteos que lo evocan en el día de su partida como un parteaguas del sentir y el pensar nacional y popular.

El hombre pertenece definitivamente a la izquierda, y su pensamiento se quedará en esa tradición. Pero el peronismo, ese paraguas gigante que abarca tantas éticas, estéticas y épicas, tiene un nicho grande reservado a la izquierda. Walsh, para poner un ejemplo, era un tipo de formación marxista, iniciado en un nacionalismo antiperonista, con diferencias con el montonerismo cristiano y una mirada revolucionaria que lo terminó acercando al corazón. al «carozo» peronista.

Jauretche, radical, fue un nacional popular con algunas disidencias con el peronismo, y hasta rabietas con el propio Perón, a quien alguna vez lo dejó arriba de un auto oficial, mientras él seguía de a pie.

Veo en algunos muros el sentido pesar de compañeros que lo tienen a Bayer del lado de los «nuestros», mientras que otros,  con énfasis mazorquero lo ponen en la vereda del enemigo; y decir ni tanto ni tan poco, suena a cosa chirle, suena a dos demonios, pero pago el precio de andar por allí en algo que no es ni defensa, ni reivindicación ni chinche para sujetarlo en algún panteón

Hay recuerdos, y esos recuerdos, en algunos casos, personales, son respetables, presentan una pintura del hombre y nos hablan de un buen tipo. En esto, creo que todos estaremos de acuerdo: Bayer era un buen tipo.

No es poca cosa en esta tierra con poblaciones de tremendos hijos de puta, muchos de los cuales se han dicho «nuestros» durante décadas.

Bayer era, por otra parte, un tipo competente en lo suyo, brillante, si cabe, en la elaboración de su trabajo, como investigador histórico y como periodista.

Tampoco es poca cosa en este continente de mediocridad.

Valoro personalmente que no fuera un jetón, porque, ay, los jetones, en este lado, abundan, y una sistemática glorificación de su oficio de vendehumos los entroniza, pone como ejemplo y manipula la escala de la medianía.

No era lúcido políticamente Bayer. Pudo, en un tiempo de blancos y negros más definidos, serlo, pero hoy, se habría notado enseguida su pañuelo naranja para separar iglesia de estado, su adhesión ovina en nombre del progreso al femirulismo y la reivindicación de un pensamiento de izquierda que luce moribundo y sin alma.

Algunos lo condenan por su posición indigenista sin matices ni prevenciones estratégicas, pero eso es lo que con heroísmo naif llevó a Maldonado al río donde Bullrich lo terminó por ahogar. Todos imaginamos en Santiago a un militante generoso, a un tipo sensible, pero una permanencia prolongada en las huestes anarquistas lo habría convertido tal vez en uno de esos que arman bombas contra Falcón, que después les explotan en la cara. Era previsible que Bayer, entonces, tuviera sus límites, sobre todo cercano a los noventa años, porque no era él como persona quien se los impuso, sino la ideología que lo sustentaba.

Qué útil habría sido quizás que algún estandarte ideológico de los nuestros propusiera un debate sobre la formación del estado nacional, sobre Roca como fundador contradictorio de ese estado, sobre las luces y sombras de la Conquista del Desierto, rivalizando intelectualmente desde esa posición, y no desde la oligárquica, que Bayer conocía, adversaba sin problemas y lo reafirmaban en sus propios clichés.

Algunos compañeros parecen tan empecinados en delimitar el territorio del espacio nacional y popular, sobreactuando a veces una ortodoxia que más que manifestar exteriormente hay que metabolizar en el pensamiento militante, que terminan optando por tratarlo de «traidor», «cipayo», «pro británico», demasías referidas a un hombre que en términos de una elaboración política dispuesta a la construcción y a la elaboración militante, volaba más bien bajo.

Bayer terminó siendo símbolo de un pensamiento de izquierda: coherente con sus ideas, honesto en sus actos, persistente en sus principios. Desde una perspectiva -la de la ética personal y política en tiempos de traidores y trepadores- es muchísimo lo que deja su figura. Desde una perspectiva de construcción política, en medio de la muerte de varios paradigmas y del resurgimiento del peronismo como faro, es por completo insuficiente.

Si hubiera sido uruguayo, Bayer habría sido perfecto e inmaculado. Pero fue argentino, tierra donde el anarquismo dio lo más excesivo y heroico del nuevo mundo, y donde la Patagonia no es solo un territorio sino la página de una historia por donde han pasado indios, milicos, obreros, chilenos y hasta la posibilidad de un estado judío.

Por algo Zitarrosa decía «en aquella orilla soy comunista pero en esta, peronista».

Alguna vez debatió con Alvaro Abós, creo que por los noventa, sobre la violencia anarquista. No sé qué nos pasaría hoy al leer aquella discusión, pero sé dónde quedó Bayer, en ese arenero impoluto de Página/12, esa izquierda cada vez más funcional, y dónde quedó Abós. Ninguno de los dos sitios nos identifica, creo, pero cualquiera optaría por ponerse al lado del tobogán, cerca del viejo si nos obligan a optar.

Yo no se lo quiero dejar a la tradición light y lampiña de Página/12, que, por otra parte, se desbarranca aceleradamente, ni tampoco al panteón de Sudestada, que en unos pocos meses dio la palabra a Pichot y puso algunos de esos horribles clichés como «no nos callamos más» o «lapiba, lapiba» en su tapa.

Donde alguien develó muertes obreras, donde alguien mostró el hilo de la rebeldía, donde alguien indagó a su manera la apropiación, su origen y persistencia, no puede uno desde esta vereda maltratar y abandonar esa voz y esa tradición.

Hay también cuestiones generacionales y personales, porque de eso también se hace la percepción política. Están los que vimos a las perdidas «La Patagonia rebelde» en los setenta, los que la volvimos a ver en los ochenta, quienes escondieron sus ejemplares y los desempolvaron para lucirlos orgullosos, quienes asistieron al regreso de ese exiliado, los que le dieron un lugar en la grilla de Encuentro para que contara ese pedacito de universo de la izquierda argentina; eso, compañeros más jóvenes, es un bolsillito al lado del corazón que no se descose fácil, y que merece comprensión y respeto, y que no puede maltratarse con un meme o una foto. Después, discutiremos del hombre, descarnado en sus ideas todo lo que haga falta, pero, repito, nadie que haya expuesto injusticia, que haya desenterrado cadáveres para mostrar la anatomía del orden oligárquico y que haya dicho sus cosas con pasión -equivocada, ingenua o esquemática- puede ser dejado a un lado y no metabolizado por esta máquina de pensar y sentir que es el peronismo.