Ming, flaquita, con cara de agotamiento oriental, no era espectadora del show.

MING

Por Solana Gonzalez Basso (FOTO)

Alguna chica que seguramente tenía la misma edad de Ming y que leía en ese gesto su destino de pequeña gloria. Ella al menos tenía treinta y no era una china de supermercado. Se reían de la escena y el gordito despachante volvía a hablarle a Ming esta vez vocalizando como mono. Si las risas continuaban largaba de costado: ¡esta china no entiende castellano! Ese era el cenit de su Show.

Por Solana González Basso

NAC&POP

11/11/2018

 

Sabía que se llamaba Ming.

No porque ella me lo dijera sino porque era el nombre que más se escuchaba gritar: ¡Ming! ella trajo los envases, ¡Ming!, son doscientos treinta y cinco, ¡Ming! te dice que estos fideos están mal.

El que la nombraba era el gordito que ayudaba a embolsar.

Tipo de unos cincuenta y tantos que había logrado hacer de su rol de despachante la efectiva parodia de un encargado.

Ming, flaquita, con cara de agotamiento oriental, no era espectadora del show.

Casi como si lo calculara giraba la mitad de su cuerpo justo cuando el gordito le hablaba.

Hacia un gesto al aire, minúsculo para que los que estábamos en la fila supiéramos que ella había escuchado la consigna.

Me llamaba la atención su singular manera de estar ausente.

Sus dedos blancos y larguísimos eran casi tan rápidos como un parpadeo.

Eran indetenibles y no se sobresaltaban ni se despistaban de su tarea pese al tono infatuado del despachante de bolsas.

Al gordito le encantaba gesticular a la fila, a diferencia de Ming él sobreactuaba, buscaba la complicidad del ciudadano habitante de este país que hablaba su escasa y misma lengua.

Siempre había eco en la señora que llevaba fideos para el almuerzo del domingo o en el canoso que aprisionaba con un abrazo suculento los dos vinos Malbec de Valentín lacrado.

También a veces alguna chica que seguramente tenía la misma edad de Ming y que leía en ese gesto su destino de pequeña gloria.

Ella al menos tenía treinta y no era una china de supermercado.

Se reían de la escena y el gordito despachante volvía a hablarle a Ming esta vez vocalizando como mono.

Si las risas continuaban largaba de costado: ¡esta china no entiende castellano!

Ese era el cenit de su Show.

El hombre del los Valentín lacrados hacia gesto de desaprobación y ya en la puerta junto con la señora de los fetuccinis con tuco murmuraban al despachante sobre las ventajas que daba este país a los extranjeros de poca monta: chinos, bolivianos, paraguayos.

Discurrían un rato sobre como ellos se ganaban el pan y sobre las distintas estrategias que tenían los extranjeros para volverse ocupas de sus trabajos, sus hospitales y algún osado a veces decía de sus propias mujeres.

Ming sin embargo parecía ser totalmente ajena a ese pequeño montaje nacional.

No sabía si de verdad era porque no entendía el idioma o porque quizás estaba advertida que no era la lengua el problema, sino la universal hostilidad hacia sus ojos rasgados.

Debía tener treinta y tantos años, parecía recién llegada, esto quizás era algo de su estilo más que de su arribo.

Me imaginaba que en su país mientras caminaba por alguna calle quien la mirara hubiese pensado lo mismo.

Suponía que el que cortaba el fiambre era su marido.

Nunca había visto ningún acercamiento, solo una vez estaban parados los dos frente a la puerta y sus hombros se rozaban con una señal que me pareció de intimidad.

Él también la nombraba y ella le contestaba.

Nunca sabías si era una orden, una frase amorosa o la descripción detallada de alguno de los clientes sobre los que tenía que estar alerta.

El chino tiene para mis oídos una sonoridad seca, cortante, casi como si hubiese sido inventado para camuflar los sentimientos a cualquier extranjero que quisiera leer en esa sonoridad algo de su intimidad.

Una vez escuche una música particularmente hermosa y le hable a Ming, le pregunté quien cantaba, le dije que el tema era muy lindo.

Su mirada de perplejidad y silencio hicieron que mi plan se detuviera.

Quería que me prestara el cassette.

Su gesto de incomodidad me hizo pensar que la había asustado y quise detenerme antes de que el gordito tuviera tiempo para montar su show: ¡te pide que le prestes el cassette Ming!

Me alejé sin hacer ningún movimiento escandaloso y agradecí que el despachante estuviera montando su número en la puerta con el flaco que bamboleaba su bolsa con comida para gatos.

Por suerte Ming volvió a girar su cuerpo y sus dedos largos hicieron de nuevo su tarea.

Entendía a Ming, al menos porque odiaba al gordito despachante.

Mi fonación de la R me había deparado la suerte de tener que repetir más de una vez la palabra arroz en el almacén de la otra cuadra al que dejé de ir.

En ese caso no había un despachante, ni siquiera los murmullos sobre el pesar extranjero.

Más bien la escena se presentaba como cálida y después de hacerme traducir del español al español, la viejita que atendía se dirigía a la fila diciendo: ¡qué bonito que habla!

Todos sonreían y yo hacía lo mismo.

Luego venían un sinfín de apuestas sobre de qué lugar era, la consabida referencia a un presidente y cuando estaban muy entusiasmados se acercaban obscenamente al número de circo: ¡Dale decí ricota!

En ese momento solía sonreír y deslizarme con una velocidad que no llegaba a tocar las orejas con mis palabras.

Después que cruzaba la puerta la sensación de odio se apoderaba de mi lengua.

¡Ellos que todo lo pronunciaban con el canto insoportable de hinchas de fútbol querían que fuera un monito!

Ni si quiera el joven, que era mas pudoroso, ocultaba su satisfacción.

La próxima vez les recito Borges lo decía murmurando, consciente de la soberana estupidez que se venía a mis pensamientos.

Por eso ese día Ming y yo nos hicimos cercanas.

Estaba de nuevo en la fila, el gordito ya había montado su show sobre el precio de una lata de tomates, cuando Ming lanzo una sonora y luminosa carcajada.

Tan estruendosa que me pareció ver que lloraba de risa por el delineado tajo de sus ojos negrísimos.

El flaco de la comida para gatos se aterrorizó inclusive el gordito quedo paralizado.

Era muy extraño, pero finalmente la fila parecía haber concluido que Ming extraería de la caja una catana y les cortaría uno a uno la cabeza.

Ming lo hizo una vez más, mientras decía palabras en chino y estiraba la mano casi como buscando un hombro para hacerle una palmadita.

En ese segundo Ming me dio tristeza, no hay nada mas solitario que chiste por fuera de la parroquia.

Pensé en sus dedos blanquísimos huérfanos de hombros y de complicidad.

Y entonces sin entender bien cómo en un segundo estaba tirando una carcajada para acompañarla.

El flaco de la comida para gatos se hizo a un costado espantado y aproveche para que Ming hiciera sus palmaditas en mi hombro.

Como si nos riéramos del mismo chiste.

Ming me hablaba en chino mientras los gorgojos de risas se escurrían por la cinta transportadora.

Y sí, lloraba de risa y yo la acompañaba.

Luego me cobró el legui y me fui.

Nos habíamos reído en chino y lo haríamos de nuevo.

Desde ahí cada vez que entraba y Ming se daba cuenta que andaba en alguna góndola esperaba que estuviera a la vista para lanzarme de nuevo el mismo chiste.

En ese momento el gordito despachante y la señora de los fetuccinis eran neutralizados.

Toda la fila se detenía mientras Ming recuperaba su lengua antes de volver a mover rápidamente sus larguísimos dedos blancos.

Cuando salía sabía que nos habíamos hablado, no sabía cómo pero claramente la fonación de mis R se reían con ella.

SGB/