No se por qué, pero pude sentir que yo, una simple naranja, desperté a aquel hombre.

NARANJA

Por Horacio Fontova

Que tal vez por ser sólo una linda naranja sería que mirarme, imaginarse mi gusto, iba a superar los límites de su placer.
Siendo una naranja común y silvestre, pero diferente a todas las demás, a millones de naranjas, a millones de otras cosas, me transformé en un pequeño amor para ese hombre, sólo unos momentos de una mañana cualquiera.

Por Horacio Fontova

 

«No se por qué, pero pude sentir que yo, una simple naranja, desperté a aquel hombre.

Que tal vez por ser sólo una linda naranja sería que mirarme, imaginarse mi gusto, iba a superar los límites de su placer.

Siendo una naranja común y silvestre, pero diferente a todas las demás, a millones de naranjas, a millones de otras cosas, me transformé en un pequeño amor para ese hombre, sólo unos momentos de una mañana cualquiera.

Y seguramente todas las mañanas parezcan iguales, porque tal vez las hacen a todas parecidas, pero las mañanas, como yo, una naranja cualquiera, sabemos que somos únicas, como es único cualquier momento, como cualquier cosa es diferente a todas las demás.

Así es que él se dispuso a escucharme.

Se acercó, me agarró, y con un cuchillo, único cuchillo él pero tan parecido a tantos otros cuchillos, me cortó por la mitad.

Seguramente ahí estallé en algo que tal vez él no estaba capacitado para oír, pero algo ocurrió, y mientras me exprimía supe que percibía mi canto de alegría.

Ahí él vislumbró que cualquier cosa está deseando atención, que todo está esperando impaciente ser mirado, para poder estallar de alegría cuando es descubierto.

Como mi canto, el de una naranja común y silvestre, que fue escuchado por aquel hombre, una incomparable, única mañana».