Invierno de 1979, julio. En septiembre vendría a Argentina la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, la CIDH como decíamos todos.

AQUELLOS OJOS NEGROS

Por Marcelo Parrilli

En un pequeño grupo, que luego se transformaría en el CELS tratábamos de documentar, tarea que compartíamos con otros organismos, los casos de desapariciones, aunque más no fuera presentando habeas corpus que sistemáticamente eran rechazados.
Un caso particular era el de los chilenos desaparecidos en Argentina.

Por  Marcelo Parrilli

 

Invierno de 1979, julio.

En septiembre vendría a Argentina la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, la CIDH como decíamos todos.

La dictadura no había tenido más remedio que permitir la visita presionada por el gobierno de Carter y la eterna necesidad de conseguir dólares…

En un pequeño grupo, que luego se transformaría en el CELS tratábamos de documentar, tarea que compartíamos con otros organismos, los casos de desapariciones, aunque más no fuera presentando habeas corpus que sistemáticamente eran rechazados.

Un caso particular era el de los chilenos desaparecidos en Argentina.

Eran exiliados en nuestro país desde el golpe de Pinochet en 1973.

La dictadura de Videla y la DINA chilena con Contreras a la cabeza los hicieron blanco directo de desapariciones a partir del 24 de marzo de 1976.

Esa mañana acompañé a las compañeras y esposas de tres chilenos secuestrados y desaparecidos. Íbamos a presentar, por primera vez, los habeas corpus para documentar sus secuestros y desapariciones.

No recuerdo el juzgado de instrucción que nos tocó por sorteo, sí la secretaría.

Estaba en el Palacio de Tribunales a cargo de un inolvidable hijo de puta, Juan Martín Romero Victorica.

Años más tarde se “destacaría” como fiscal cazador de Montoneros desde San Martín, cuando él y Bisordi manejaban como marioneta al juez Luft.

Romero Victoria fue luego fiscal de casación penal durante la democracia…

Se jubiló en paz.

En la puerta de la Secretaría, del lado exterior, bien visible desde el pasillo, había pegada una oblea.

Era la bandera argentina y con letras negras se leía “Los Argentinos Somos Derechos y Humanos”.

Las repartía la dictadura, como campaña previa a la visita de la CIDH, desde el Ministerio del Interior de Albano Harguindeguy.

En esa época, cuando se ratificaban los habeas corpus no se nos permitía pasar a los abogados que los firmábamos junto con el familiar.

Era una maniobra más para presionar a los presentantes del habeas durante la ratificación.

Cuando vi esas obleas redoblé la pelea por pasar, pero fue imposible.

O pasaban las mujeres solas, de una en una, o no se ratificaban los habeas y se caían, se los tenía por no presentados.

Las compañeras no dudaron, estaban decididas a entrar, ya íbamos preparados en realidad para esto.

Les dije que yo estaría en la mesa de entradas o, si me sacaban de allí, en el pasillo, del otro lado de la puerta de la secretaría.

Una de ellas me puso una mano en el hombro, me miró fijamente y me dijo “Sí, nosotras sabemos que vos vas a estar”.

No recuerdo su nombre.

Sí sus ojos…Infinitos y negros.

Todo fue “bien”, digamos.

Ratificaron y repelieron las agresiones y presiones de Romero Victorica que tenía guardadas más obleas en el cajón de su escritorio y se las exhibió en medio de gritos y amenazas.

Yo tenía 24 años.

Hoy, todos los que tenemos algún grado de compromiso con nuestros semejantes, con nuestro pueblo, con nuestra clase, tenemos que saber que a cada minuto, todos los días, minutos y días de sufrimiento y dolor para nuestro pueblo, millones de ojos, de los que luchan y de los que se preparan, aun sin saberlo, para sumarse a las luchas presentes y futuras, nos miran fijamente, nos alientan, nos apoyan y esperan que nos sumemos a ellos y cumplamos con nuestro rol.

Este es un tiempo histórico de dolor para nuestro pueblo y todos seremos recordados, en su memoria, que es lo que importa, por lo que hagamos o no hagamos.

Los ojos que nos miran son de infinitos colores. Algunos ya sin color.

Por mi parte, a los 63 años, sigo viendo aquellos ojos negros.

De ellos trato de ser digno.