En honor al significado profundo de la idea de democracia como gobierno del demos, creo que es un exceso de lenguaje denominar así a nuestro sistema político.

COMO GANAR EL GOBIERNO EN DEMOCRACIA

Por Hugo Chumbita

Lo más cercano a democracia, en el sentido de un gobierno elegido por la mayoría de la sociedad y comprometido a servir sus intereses, fue la experiencia del primer peronismo, que, con todos sus defectos y limitaciones, realizó una década de producción y distribución equitativa de los bienes (y los males) del país.

Por Hugo Chumbita*

Vagos y Vagas Peronistas

11 de septiembre de 2018

 

En honor al significado profundo de la idea de democracia como gobierno del demos, creo que es un exceso de lenguaje denominar así a nuestro sistema político. Lo más cercano a democracia, en el sentido de un gobierno elegido por la mayoría de la sociedad y comprometido a servir sus intereses, fue la experiencia del primer peronismo, que, con todos sus defectos y limitaciones, realizó una década de producción y distribución equitativa de los bienes (y los males) del país. Aunque la democracia deseable tendría que ser mejor −y no nos conforman las dudosas versiones o remedos que exhibe el mundo contemporáneo−, incurriremos aquí, sin embargo, en el uso habitual de esta etiqueta, aplicada al modelo del Estado constitucional basado en elecciones.

Digamos, entonces, que el sistema democrático actual consiste en designar a los gobernantes mediante una votación que debería reflejar la voluntad popular. El procedimiento puede ser obligatorio o voluntario, directo o indirecto, de única o doble vuelta, con variantes en cuanto a la habilitación de los candidatos y los votantes. En la historia de nuestro país la institución tuvo numerosas reformas, que establecieron la concurrencia obligatoria y fueron ampliando el universo de electores y la representación de las minorías, se implantó la elección directa del presidente y finalmente el ballotage, que tiene diversas virtualidades: así como los franceses lo utilizaron para impedir el triunfo de los comunistas, Lanusse lo introdujo creyendo cerrar el paso al peronismo, y lo recreó después el pacto Menem-Alfonsín, rebajándolo con una astuta variable matemática. Los efectos de la doble vuelta han sido caprichosos: en 2003 sirvió para evitar que ganara Menem, y en 2015 permitió que la minoría de Macri se convirtiera en una estrecha mayoría.

Por encima de las discutibles alternativas del procedimiento –asunto no menor, pero que ahora pasaremos por alto−, el problema principal es cómo las elecciones expresan la “voluntad general” de la ciudadanía. A la función que antes cumplían la prensa escrita y los actos públicos partidarios, se suma hoy el influjo de la televisión, la radio y las “redes sociales”. ¿Cuál es el alcance de los mensajes de campaña electoral? En principio, se trata de una competencia entre ideas y programas que propugnan los partidos políticos. Pero los partidos doctrinarios se han ido desdibujando, su influencia en la opinión pública se ha debilitado, y no hace falta leer a Durán Barba para advertir que hay un segmento de la sociedad menos politizado y fluctuante que puede ser decisivo en el resultado de las urnas.

En efecto, a la par de sectores con identidad partidaria o con sentimientos o convicciones políticas firmes, que polarizan corrientes bien definidas, existe una capa de indiferentes o indecisos disponible para ser captada por alguna de las opciones en disputa. Son los que ignoran, no entienden o no les interesan las propuestas ideológicas generales, que desconfían del Estado y los políticos, atendiendo más bien a lo que creen sus propias conveniencias inmediatas o a simples creencias o prejuicios. En gran medida son aquellos que, en la pugna entre el peronismo y los “contreras”, Perón llamaba “bostas de paloma” (sin olor ni color), y que un sistema de sufragio voluntario tendería a excluir, pero que de ningún modo pueden ser subestimados. Asimismo, ante las propuestas de cambios drásticos en uno u otro sentido, este segmento de la sociedad suele preferir la moderación, y para conquistar sus votos, según el “teorema de Baglini”, a menudo los candidatos atemperan sus posiciones al acercarse al poder.

En la Europa contemporánea, la lucha de clases y los dilemas políticos enfrentaban a las clásicas derechas e izquierdas, pero en nuestra periferia las cuestiones se proyectaron de manera diferente. En Argentina y otros países sudamericanos, la confrontación principal se ha planteado de manera recurrente entre un liberalismo autoritario de elites inclinadas a integrarse al capitalismo internacional (hoy tributarias del neoliberalismo global) y los movimientos nacionales de base popular que resisten la explotación y la dependencia neocolonial. Durante mucho tiempo, el carácter minoritario de los proyectos oligárquicos llevaba a sus mentores a recurrir a la fuerza militar y al fraude, e incluso a los extremos terroristas de las dictaduras; pero las mejoras en la distribución de la renta, logradas sobre todo por los gobiernos populares, fueron ensanchando paradójicamente las capas intermedias proclives a aceptar el modelo neoliberal, y la marginalidad de una masa creciente de población –resultante de las etapas de desarrollo capitalista excluyente− ha ido mellando las posibilidades de unir a la mayoría social.

Esta evolución de la sociedad, y la ingerencia de intereses y agencias que globalizan/extranjerizan la producción, el comercio, las finanzas y los medios de comunicación, empleando los recursos tecnológicos más modernos, configuran una situación donde gran parte de los ciudadanos pueden ser inducidos a apoyar los candidatos del proyecto neoliberal, y éste puede ser instaurado así por gobiernos electos “democráticamente”.

Es el caso del Pro, cuya campaña preelectoral desplegó una propaganda que combinaba el discurso antipolítico, la jerga de autoayuda y el estilo de los pastores protestantes con un cuidadoso estudio del espectro de votantes, a fin de vender el producto Cambiemos, frente a la ambigüedad de la candidatura scioli-kirchnerista. La esperanza de un gobierno empresarial que respetara las conquistas sociales y asumiera el prospecto industrial, lo cual hubiera podido quizás estabilizar la sociedad política, se desvaneció. El estrepitoso fracaso de la actual gestión se debe a la naturaleza del programa económico del Pro, impuesto por los poderes del mercado mundial que −como en ensayos anteriores, desde el Proceso hasta la Alianza− recae en el ya inviable modelo primario-exportador, con la recesión-desindustrialización- endeudamiento que termina hundiendo al país en la ciénaga financiera.

¿Cómo recuperar el gobierno para un programa alternativo popular y nacional? El camino es avanzar hacia la democracia por medios democráticos, y sin despreciar otras formas de movilización, hay que ganar elecciones. Considerando las cifras de votaciones y encuestas, podemos conjeturar que en el futuro cercano casi un tercio del electorado podría volver a comprar la oferta neoliberal, con una candidatura macrista u otra que represente algo parecido; y el conjunto social que acompañó por convicción al kirchnerismo mide una proporción semejante. Néstor Kirchner, siguiendo el ejemplo de la convocatoria que en otros tiempos hicieron Yrigoyen y Perón, practicó una estrategia transversal de acuerdos que consiguió abarcar el mayor caudal posible del pueblo. ¿Cómo reeditar esa experiencia?

El desafío que viene es presentar una fórmula nítidamente renovadora, sin rehuir el debate autocrítico, y convencer a una porción sustancial de los sectores menos politizados que la salida de la crisis es recuperar el rumbo nacional y popular, cuyo eje dinamizador sigue siendo el peronismo y sus aliados. No el confuso “panperonismo” con los dirigentes que se prestaron a la “gobernabilidad” neoliberal, sino con quienes se mantuvieron leales a una memoria consciente de las realizaciones históricas del movimiento, y con las franjas de radicales e izquierdas de sensibilidad nacional. Con el núcleo del sindicalismo urbano y rural decidido a enfrentar la pérdida de derechos de los trabajadores. Con los movimientos sociales de todo tipo que deberían integrarse en la articulación frentista. Con la militancia juvenil y las redes alternativas de comunicación. Sin rendirse a los consejos banales, el cinismo mediático y el marketing oportunista del manual de Duran Barba, pero con una apreciación realista del nuevo escenario, en el cual no hay batallas ganadas sino por ganar.

 

(«) Historiador, abogado y docente.