En occidente, la sabiduría antigua nos llega en versión griega. Se enseña que la naturaleza se basa en cuatro elementos esenciales para la existencia de todo lo demás.

LA OLIGARQUÍA Y LOS CUATRO ELEMENTOS

Por Néstor O. Gozza

Al pueblo le ofrecen termotanques solares en 60 cuotas para que asuma la imposibilidad de bañarse durante el invierno.
Los estados modernos neutralizan la voracidad oligárquica asentada en las finanzas -siempre ansiosa de cambiar sus colorinches papelitos por riqueza de verdad- mediante impuestos y regulaciones cruzadas, aunque a veces haga falta un poco de Putin o Chávez para domar a las fieras.

 

Por Néstor O. Gozza

 

Parece estar de moda en la TV argentina un personaje con algún dote histriónico llamado Javier Milei. Se dedica a propagar el viejo libremercadismo y lo presenta como “libertarismo” o cosa por el estilo. Como si la escuela de Chicago no hubiera arrasado con medio planeta en la parte final del siglo pasado, estos predicadores reaparecen abusando de la atomización académica -que lanza historiadores ignorantes de economía y economistas ignorantes de historia- tanto como de la generosidad de ONG’s siempre dispuestas a propagar los beneficios de “La Libertad” entre los pueblos pauperizados.

Suelen omitir que la libertad de empresa que nos prometen va a suceder en la estrecha jaula férreamente blindada por los monopolios y oligopolios que nos venden o alquilan Los Cuatro Elementos.

Perdón, empecemos por el principio.

 

Los Cuatro Elementos

En occidente, la sabiduría antigua nos llega en versión griega. Se enseña que la naturaleza se basa en cuatro elementos esenciales para la existencia de todo lo demás.

Estos elementos son Tierra, Agua, Aire y Fuego. Con o sin variantes, este cuadro aparece en las más diversas tradiciones del planeta.

Ya sabemos que estas cosas no están de moda; como sabemos que las modas son impuestas por los mismos que financian ciertas ONG’s, te venden Coca Cola, diseñan carreras universitarias y se apropian de Los Cuatro Elementos.

El Viejo Testamento, subsidiario de los sumerios, pone un límite de cuarenta y nueve años a la posesión de la tierra.

El emperador de Japón terminó con los señores feudales, los shogunes, que asfixiaban a los labriegos e impedían el desarrollo; la reina Isabel decretó que todas las tierras eran de la corona para acotar a los terratenientes y dar inicio a la industria inglesa; la incipiente República Argentina puso en vigencia una ley de eufiteusis que, trampeada, dio lugar a la oligarquía terrateniente postcolonial.

El agua se la apropian acaparando las fuentes y, también, cobrando derechos de pesca, desviando ríos y arroyos, tomando tierras costeras, contaminando napas y, por fin, vendiendo agua potabilizada y acceso a las redes.

“Nos van a terminar cobrando hasta el aire”, dicen los desprevenidos.

No saben que siempre lo hicieron.

El aire no es sólo lo que se respira.

También es el éter en el cual viajan las ondas de radio, vuelan las palomas mensajeras, se propagan las semillas y cuelgan cables de electricidad, telefonía y TV. Todo “dominio público” es aire, desde una plaza hasta los derechos de edición de una antigua obra de arte.

Por eso llegaron a patentar hasta las semillas de maíz y toman el open source informático como una atentado a la creativadad.

También se adueñan del aire talando los bosques y contaminando el medio ambiente.

Todos sabemos que un barrio con buena arboleda es más caro que un barrio yermo, sin flora ni fauna.

El Fuego es energía y los grandes parásitos se la han apropiado desde las viejas minas de carbón hasta las centrales nucleares de Rusia y Ucrania apenas caído el bloque soviético.

Curiosamente, gas y petróleo son sus favoritos, a pesar de que tengan los días contados, según las académicas ONG’s afirman y confirman hasta el cansancio.

Al pueblo le ofrecen termotanques solares en 60 cuotas para que asuma la imposibilidad de bañarse durante el invierno.

Los estados modernos neutralizan la voracidad oligárquica asentada en las finanzas -siempre ansiosa de cambiar sus colorinches papelitos por riqueza de verdad- mediante impuestos y regulaciones cruzadas, aunque a veces haga falta un poco de Putin o Chávez para domar a las fieras.

Fieras que a veces son estatales o paraestatales, ya que la posesión de, por ejemplo, la energía eléctrica da un poder capaz de convertir a un colectivo de valientes compañeros en brutales monopolistas.

Tanto como que la empresa estatal distribuidora de agua casi potable en Buenos Aires y alrededores fue la que más aprovecho la ola de tarifazos comenzada en 2016, sin ceder el monárquico derecho de sangre para el ingreso de nuevo personal.

O que Uruguay mantuvo estas empresas en poder estatal sin resultados auspiciosos, como todo país que cobra más impuestos a la energía que a las grandes fortunas y herencias.

Claro que los “liberales” prefieren monopolios privados, porque pagan mejor y entienden de finanzas, o sea, de cuentas off shore y paraísos fiscales, que es donde todo buen pirata atesora (y comparte) la eternidad.

También prefieren llamarle “impuestos” a la parte  que los ricos deben poner para mantener los sistemas socioeconómicos de los que extraen fabulosas ganancias, y “tarifas” a los antojadizos e inflacionarios precios impuestos por los monopolios a esos mismos sistemas, enjaulados en el “libre mercado”.

Las falacias de estos predicadores son tantas y tan absurdas que merecen otros artículos.

El profesor Marcelo Gullo es nuestro más respetable historiador consultado.

Sus conferencias se encuentran en la web y La Insubordinación Fundante es la última de sus obras literarias.

 

Gracias por la atención y disculpas por no estar a la moda.

 

Néstor O. Gozza

Julio 2016.

mangosta11@yahoo.com.ar