Evita vivió sus últimos quince días asistida por un equipo médico que no se separaba de ella.Lo componían tres cirujanos, Ricardo Finocchietto, Jorge Taiana y Abel Néstor Canónico; un cardiólogo, Alberto Taquini; un ginecólogo, Jorge Albertelli; y un radiólogo, Joaquín Carrascosa.

EVITA EN JULIO 1952

El 15 de julio DE 1952, el Congreso aprobó el proyecto de Méndez San Martín y La razón de mi vida fue convertido en texto escolar.
Al día siguiente llagaba a Buenos Aires un nuevo Embajador norteamericano, Albert Nufer, quien desestimó toda responsabilidad de la Casa Blanca en la negativa a editar ese libro.

15 DE JULIO DE 1952, ÚLTIMOS MOMENTOS DE EVITA.

 

El 15 de julio DE 1952, el Congreso aprobó el proyecto de Méndez San Martín y La razón de mi vida fue convertido en texto escolar.

Al día siguiente llagaba a Buenos Aires un nuevo Embajador norteamericano, Albert Nufer, quien desestimó toda responsabilidad de la Casa Blanca en la negativa a editar ese libro.

El 18, los Diputados y Senadores resolvieron conceder a Evita autorización para usar el Gran Collar de la Orden del Libertador, una soberbia joya de 4.584 piezas, de las cuales 3.821 eran de oro y platino, y el resto, 763, piedras preciosas (diamantes, rubíes y esmeraldas). Pero este pesado collar confeccionado por la empresa Ghiso no podía ser lucido por Evita, quien esa misma tarde entró en coma.

Su muerte se esperaba de un momento a otro, y entonces la Subsecretaría de Informaciones lanzó un comunicado, en las primeras horas de la noche, donde se anunciaba que «el estado de salud de la señora ha declinado sensiblemente».

Sin embargo, a las pocas horas, Evita abrió los ojos y trató de incorporarse en la cama.

Estaba sorprendida.

– ¿Qué pasa Juan?

¿Qué son esos tubos? – preguntó.

– Nada – terció habilmente el doctor Ricardo Finocchietto – no se asuste. Son tubos para que la anestesia que le dimos surta mejor efecto. Tuvimos que actuar sobre ese nervio que le produce tantos dolores…

Evita sospechó que le estaban mintiendo, que allí dentro había oxígeno para sus pulmones agotados.

Apold, que habìa presenciado la escena, dictò un nuevo comunicado de prensa que minutos despuès propalaron las radios: «La señora ha experimentado una ligera reacciòn».

La lluvia copiosa y frìa que enjuagaba las calles de Buenos Aires el dìa 20, no logrò impedir que millares de personas, en su mayorìa mujeres, acudieran a la Plaza de la Repùblica para asistir a la misa que la CGT ofreciò «por la salud de Evita».

De rodillas, frente a un gigantesco altar levantado al piè del Obelisco, todos soportaron el chaparròn estoicamente, mientras el sacerdote Virgilio Filippo oficiaba la misa.

Rato despuès, el cura confesor de Evita, Hernán Benitez, se adelantaba a la multitud para decirle:

«Os saludo con palabras que están en todos los labios. ¡ Viva Perón ! ¡ Viva Evita !»

Y en un breve sermón anticipó la inminencia de la muerte : «El sufrimiento, compañeros, es el precio de todo lo sublime y de todo lo perdurable. Nos faltaban mártires, nos faltaban héroes, quienes con sacrificio propio fabricaron y aseguraron la felicidad ajena. Ahora, compañeros, ya tenemos nuestro mártir, ya tenemos nuestros mártires, porque Dios, al elegir a Eva Perón, nos ha elegido a nosotros para mártires, desde que su dolor es nuestro dolor».

Tres días después, Evita recibió un telegrama desde Helsinki que no pudo leer porque ya estaba agonizando.

Era el que le enviaba la representación argentina a los Juegos Olímpicos, dedicándole el triunfo de los remeros Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero, medallas de oro de una delegación de 125 atletas y 20 chicos de la Fundación.

A principios de julio, Raúl Alejandro Apold (Subsecretaría de Prensa y Difusión) hizo imprimir una edición especial de los diarios para que Evita se informara por su cuenta de que estaba mejorando.

El mecanismo surtió efecto, se reemplazaba una noticia cualquiera por un boletín médico fraguado, y se imprimían pocos ejemplares, cinco o seis, para ella únicamente.

Después se colocaba la información verdadera y se hacía la tirada regular de cada diario. Evita vivió sus últimos quince días asistida por un equipo médico que no se separaba de ella.

Lo componían tres cirujanos, Ricardo Finocchietto, Jorge Taiana y Abel Néstor Canónico; un cardiólogo, Alberto Taquini; un ginecólogo, Jorge Albertelli; y un radiólogo, Joaquín Carrascosa.

Una semana antes de su muerte llegaron a Buenos Aires dos cancerólogos alemanes, quienes confirmaron a Perón que el caso estaba concluido.

El cáncer de matriz ya se había extendido hasta los intestinos y sus ramificaciones eran interminables.

En esa última semana, entre el lunes 21 y el sábado 26, tres mujeres permanecieron junto a ella todo el tiempo: la señora Irma Cabrera de Ferrari y dos enfermeras de la Fundación, las hermanas Rita y María Eugenia Alvarez.

En esos días, Evita decidió obsequiarles a los doctores Taquini, Finocchietto y Taiana relojes pulsera de oro, con su firma, en reconocimiento por sus atenciones.

El sábado 26, envuelto en un cielo grisáceo y húmedo, fue el último día de Evita.

Cuando aparecieron las sextas ediciones de diarios no hubo nuevas noticias sobre la salud de Evita.

Todos pensaban rescatar la noche con los programas radiales anunciados.

El radioteatro Lux, que Radio El Mundo anunciaba para las 22, y la orquesta de Barry Moral, que Radio Splendid presentaría a las 21, se preparaban para disputarle la audiencia a Radio Belgrano, donde Eva Flores y Lalo Harbin copaban casi dos horas de transmisión.

Los propietarios de los pocos aparatos de televisión que había en el país invitaron a sus vecinos y amigos a ver nuevamente una vieja película de Luis Sandrini: Secuestro sensacional. Algunos, más ambiciosos, resolvieron pasar la noche en las boites de Olivos, y otros en los cabarets del centro, donde cines y teatros habían agotado ya sus localidades.

Algo hacía presentir, sin embargo, que tantos proyectos quedarían sin efecto. Eran los nuevos boletines médicos que Radio del Estado comenzó a difundir a partir de las 19. «El estado de la señora Eva Perón ha declinado sensiblemente», dijo el primero de esos anuncios. El segundo dejó entrever el desenlace: «La señora está muy grave». Y el tercero fue concluyente: «La ilustre enferma ha perdido el conocimiento». Eran las 20. En ese momento, Evita se estaba muriendo. Finocchietto le sostenìa la mandíbula para evitar que se tragara la lengua; Taquini le tomaba el pulso y los otros (Perón, Nicolini, Campara, Aloe, Renzi, Apold; los familiares directos de Evita: Elisa, Blanca, Erminda y Juan Duarte, con su cuñado Osvaldo Bertolini) esperaban, alrededor de la cama, que diera el último respiro.

A las 20.23, Evita dejó de respirar.

Finocchietto le soltó la mandíbula y miró a Perón, como explicándole que la muerte había llegado, mientras Taquini retiraba su mano de la de ella y susurraba hacia atrás: «Ya no hay pulso…» Al escucharlo, Juan Ramón Duarte dio media vuelta y salió de la habitación tomándose la cabeza. «¡Se murió mi hermana! ¡No hay Dios…! ¡No hay Dios…!» Detrás suyo salieron Blanca y Elisa Duarte, lloriqueando: «¡No digas eso, Juancito!”

Perón se quedó inmóvil, al lado de Nicolini. Campara y Aloe intentaron decir algo, pero no se atrevieron. Apold, en cambio, fue el primero que miró su reloj.

Ya eran las 20 y 24.

Salió al pasillo e instruyó a uno de sus colaboradores para que se fuera preparando la noticia: «Haga un comunicado de prensa diciendo que a las 20 y 25, la señora Eva Perón entró en la inmortalidad. Urgente, a todas las radios y agencias noticiosas. Ojo, eh… a las 20 y 25».

Los dos minutos de diferencia no variaban en absoluto la importancia del suceso y brindaban, en cambio, una hora más exacta para recordar.

El comunicado de la Subsecretaría de Informaciones tardó menos de una hora en ser divulgado por las radios. Eran las 21.10 de la noche cuando la noticia sacudió a Buenos Aires.

A partir de ese instante, el sábado 26 de julio se apagó repentinamente. Los bares y confiterías empezaron a bajar sus persianas; los cines y teatros suspendieron sus funciones; las boites clausuraron sus puertas, los cabarets sus espectáculos y los clubes sus bailes.

De pronto, la ciudad quedó en penumbras y en silencio, con núcleos aislados de gente que no sabía exactamente qué hacer ni dónde ir.

En Avenida Alvear, frente a la residencia presidencial, el grupo de hombres y mujeres que esperaba desde temprano las noticias acerca de Evita, se fue ensanchando cada vez más, a medida que todos se enteraban de que había muerto. Las mujeres comenzaron a arrodillarse en la calle y a rezar el rosario.

Los hombres desplegaban las páginas de los vespertinos, que en sus ediciones extras relataban el proceso final de la enfermedad, y utilizaban, por fin, las extensas notas guardadas desde hacía por lo menos un mes. A todos ellos se sumaron no pocos de los frustrados noctámbulos, a quienes los cines, teatros y confiterías habían dejado imprevistamente en la calle.

Sumergido en ese murmullo incesante, donde se comentaban detalles de la enfermedad y se conjeturaba si había muerto efectivamente esa noche, o si ya estaba embalsamada, un personaje singular se filtraba por entre la multitud agolpada frente a la residencia. Era Chuenga, el popular vendedor de caramelos que solía trepar por las tribunas futbolísticas, quien al presumir que al día siguiente serían suspendidos los partidos de primera división, decidió ofrecer allí su mercadería, en voz baja y embutido en un abrigado sweater negro.

Dentro de la residencia, junto al cadáver, Perón discutía con la madre de Evita sobre el lugar donde habría de levantarse la capilla ardiente y cuál sería el destino definitivo de sus restos. Una disputa nada sencilla de resolver.

 

*Texto cortesía de Carlos Vitola Palermo de Rosario, Santa Fe, República Argentina, transcrito por él de la revista Primera Plana editada por Jacobo Timerman en su número 281 del 14 de mayo de 1968.