Empujada por los gases que irritaban los ojos y dejaban temporalmente ciego, la muchedumbre comenzó a correr, o a caminar ligero. Cada uno dentro de sus posibilidades.

LA DESESPERACIÓN

Por Martin Piqué

Y entonces ocurrió lo esperable. El efecto Puerta 12. Algunos manifestantes se cayeron al piso. Producto de la ceguera del gas, de la conmoción o del miedo. Y la multitud en estampida, concentrada en una suerte de embudo, pasó por encima de los caídos. En el piso yacían unas diez personas, entre ellas este cronista de Tiempo Argentino.

Por Martin Piqué

Tiempo Argentino

19/12/2017

Eran las 16:15.

El cielo azul, el sol, gritos confusos, advertencias con apuro.

Nerviosismo.

Estampidos.

La multitud comprobó de pronto que los cartuchos de gas comenzaban a formar una parábola que terminaba sobre ella.

Desde las alturas, en una estela blanca que parecía el hilo de un cometa descontrolado, hasta el centro mismo del gentío.

Era la señal que temían los manifestantes.

Tras horas de batalla campal, de intercambio de piedras por balas de goma, de avances y retrocesos, la policía había resuelto irrumpir sobre el predio público que delimitan las calles Hipólito Yrigoyen, Rivadavia, Rodríguez Peña y Luis Sáenz Peña.

Empujada por los gases que irritaban los ojos y dejaban temporalmente ciego, la muchedumbre comenzó a correr, o a caminar ligero.

Cada uno dentro de sus posibilidades.

La sensación colectiva era tener el rostro ardiendo.

Eran centenares, quizá miles, de personas que intentaban huir hacia Avenida de Mayo. Hacia la 9 de Julio.

Pero las limitaciones de la física tenían reservado un problema grave para quienes huían.

Con el espacio no se puede hacer magia.

La multitud que había ocupado buena parte del paseo con faroles y canteros quería desconcentrarse toda junta, y al mismo tiempo, por el ancho de la Avenida de Mayo.

Cuya calzada es mucho más angosta que la plaza frente al Parlamento.

Y entonces ocurrió lo esperable.

El efecto Puerta 12.

Algunos manifestantes se cayeron al piso.

Producto de la ceguera del gas, de la conmoción o del miedo.

Y la multitud en estampida, concentrada en una suerte de embudo, pasó por encima de los caídos.

En el piso yacían unas diez personas, entre ellas este cronista de Tiempo Argentino.

Hubo pisotones, rodillazos, golpes frenéticos con el codo.

La primera reacción de quienes lograban mantener la vertical era no caerse y seguir corriendo.

A cualquier costo. Incluso al de pisar y empujar más a los caídos.

Los manifestantes que estaban en el piso, tapados de gente, no podían respirar.

Ni siquiera veían el cielo.

Era la desesperación.

Había que buscar aire.

Aunque fuera un pequeño hueco.

Oxígeno.

No perder la calma.

“Tranquilo, por ahora buscá aire y seguí respirando”, era el mantra que varios repetían en silencio.

Hasta que se abrió un espacio.

Una mano anónima tomó por el antebrazo a un caído, lo empujó hacia arriba.

Lo mismo con otro.

Los caídos se incorporaron con el cuerpo entumecido y lleno de moretones, golpes en las costillas.

La situación se normalizó pero por Avenida de Mayo se profundizaba la cacería de manifestantes.

Entonces apareció un salvador.

El portero del consorcio de Avenida de Mayo 1430, afiliado del Suterh, se apiadó de lo que veía a través de la puerta de su edificio.

Facilitó el acceso e invitó a pasar al grupo que había sufrido la avalancha. Lo alojó en el angosto hall de entrada.

Fue una de las postales de una jornada atípica en el centro de Buenos Aires.

El precio de querer bajar los haberes de jubilados, familias que reciben la AUH, veteranos de guerra.

MP/