"No hay caudillo sin pueblo, no hay conductores de lo antipopular".

LOS CAUDILLOS POPULARES EN LA ARGENTINA POR «PEPE» ROSA.

Por Jose Maria "Pepe" Rosa

“Caudillo” se llama, entre nosotros, al conductor de los grandes movimientos populares, al hombre que guía una multitud, porque siente como ella y se encuentra identificado con ella.


POR JOSÉ MARÍA ROSA (1906-1991)
Hechos e Ideas N° 104,

noviembre de 1952

NAC&POP

08/12/2017

“Caudillo” se llama, entre nosotros, al conductor de los grandes movimientos populares, al hombre que guía una multitud, porque siente como ella y se encuentra identificado con ella.

Decir, como lo he hecho en el título, “caudillo popular” implica una redundancia: no hay caudillo sin pueblo, no hay conductores de lo antipopular.
No obstante he usado deliberadamente esta expresión porque el Diccionario da, a mi juicio, una equivocada acepción de la voz caudillo: lo da como sinónimo americano del “cacique” español, patrón electoral de un distrito, hombre ducho en triquiñuelas de baja politiquería
. O como sinónimo de “tirano”, es decir, de quien gobierna “contra derecho”.
No es ninguna de éstas la acepción histórica de la palabra caudillo entre nosotros.
Creo que Sarmiento la precisó con mucha justeza cuando dijo en su Facundo:
“Porque en Facundo Quiroga veo una manifestación de la vida argentina:
Facundo, expresión fiel de la manera de ser de un pueblo, de sus preocupaciones e instintos:
Facundo, en fin, siendo lo que fue, no por un accidente de su carácter, sino por antecedentes inevitables y ajenos a su voluntad, es el personaje histórico más singular, más notable que puede presentarse a la contemplación de los hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento social, no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades y hábitos de una nación en una época dada de su historia”.
Coincido con Sarmiento (los historiadores revisionistas coincidimos casi siempre con las mismas premisas que plantea Sarmiento, pero nos separamos de él en las conclusiones que extrae de estas premisas), coincido con Sarmiento –decía- en que el caudillo es la multitud misma hecha símbolo y hecha acción. Justamente por encontrarse el caudillo identificado con la multitud es que ha llegado a ser su conductor: por su boca y su gesto, habla y se expresa la multitud misma; como ella es arriesgado y altanero, a veces injusto y cruel; no es un individuo, es una muchedumbre.
Pertenece a la sociología y no a la ética.
Sarmiento los comprendió aunque los combatiera.
Supo que eran expresión fiel de la realidad, que eran el pueblo mismo, reclamando su lugar en la política y la historia.
Pero (y aquí no coincidimos con Sarmiento) aconsejó eliminar esa realidad y alejar ese pueblo que calificó de bárbaro, de no ser civilizado.
La Revolución de Mayo: su carácter popular
A través de sus caudillos los movimientos populares llegan al gobierno y perduran en una acción constructiva.
Sin caudillos los movimientos populares son caóticos, anárquicos: estallidos de la masa, intensísimos, pero necesariamente breves.
Nuestra historia es una sucesión de movimientos populares ahogados o que pretenden ahogarse por reacciones antipopulares.
Un caso típico es lo sucedido en la Semana de Mayo.
Basta para reflexionar un poco para comprender que allí ocurrió una revolución nacionalista y popular.
Muchos han hablado del “espíritu de Mayo” y nos dicen que se buscó el advenimiento de formas políticas liberales (del liberalismo burgués de fines del siglo XVIII), o de la filosofía francesa enciclopedista, o de los postulados ingleses del XVII.
Es decir, buscan un “espíritu de Mayo” distinto y hasta opuesto a la nacionalidad.
Yo no lo creo así: yo creo que Mayo es la “revolución por la independencia nacional”, nada más, pero nada menos.
Por eso la he calificado de revolución nacionalista, puesto que aspiraba a emancipar una nacionalidad.
Es evidente que esta nacionalidad preexistía a la Revolución, porque a nadie se le va a ocurrir lograr una independencia para luego ponerse a inventar una nacionalidad.
Es un absurdo, pero en este absurdo han caído muchos. La nacionalidad argentina existía, había nacido y crecido bajo la dominación española, y ahora llegaba en 1810 el momento de su emancipación.
Las naciones no se construyen como máquinas por la voluntad de los hombres: son hechos sociales, realidades que se imponen por factores ajenos a la voluntad.
Por voluntad de los hombres es que las naciones se emancipan, adquieren la autonomía política, se constituyen en Estados soberanos.
Eso es lo que ocurrió entre nosotros en Mayo de 1810.
Se dio autonomía a una nación que había llegado a su mayoría de edad, que tenía el derecho a gobernarse a sí misma.
Pero si en mayo ocurrió una revolución nacionalista (toda revolución por la independencia lo es), debe convenirse en que esa revolución se hizo por una firme voluntad popular.
Mayo significó por una parte la independencia nacional; por otra, el advenimiento del pueblo a la política.
Esta es la característica diría formal de Mayo: que la Argentina (o mejor diría el Río de la Plata) nacía a la vida política arrastrada por el pueblo entero.
No por una clase determinada de la población. Mayo significó el advenimiento del pueblo a la política.
Entendamos bien: del pueblo, no de teorías políticas exóticas, no de un liberalismo inglés (que no era de ninguna manera popular), y nada tenía que ver con la Enciclopedia francesa, con la Revolución de 1789, o con la emancipación americana, como se ha repetido y se repite sin pensarlo mucho.
¿Cuántos, me pregunto, de esos chisperos u orilleros que estaban en la Plaza de la Victoria la tarde del 22, o que recorrían la gran aldea en espontáneas manifestaciones , habían leído o comentado a Rousseau, sabían de la existencia de Montesquieu o los preocupaba el testamento político de Washington, o las leyes votadas por la legislatura francesa?
Detenerse a pensarlo equivale a resolver la cuestión.
No, ese pueblo, ese pueblo cuyos ecos nos llegan resonando en las Memorias de los hombres de la época o en los documentos emanados por el virrey, que no pedía el equilibrio de poderes, ni que se implantara la constitución de Filadelfia.
Gritaban que “no querían seguir la suerte de España” y, por lo tanto, que se depusiera al virrey.
España parecía definitivamente afrancesada por Napoleón, y era el momento para la nueva nacionalidad (que tenía mucho de la vieja España imperial del XVI, pero también mucho de la América indígena que veía “renovado en sus hijos / de la Patria el antiguo esplendor”), era el momento, digo, de cortar vínculos con la España decadente de ultramar.
El pueblo mismo es el autor de la Revolución.
No hizo ésta una minoría de intelectuales, ni fue tampoco obra de comandantes militares como algunos han dicho.
Lo que da nervio y fuerza a la Revolución el día 22 no son los doscientos y pico de buenos vecinos pertenecientes “a la clase principal y sana del vecindario” (como dice la esquela de invitación al Cabildo abierto) que reunidos en las salas capitulares deliberan y votan el reemplazo del virrey por una Junta que designaría el Cabildo.
Son la masa popular, los chisperos, los orilleros, los gauchos quienes mueven a los buenos vecinos a la solución que encuentran en el Cabildo abierto.
Si encontramos al pueblo, a la muchedumbre, a la masa, el día 22, su presencia es decisiva el día 25.
Es el grande y primer acto de la escena, aunque ese día actúe desde los bastidores.
Sé que voy a chocar con opiniones de personas a quienes respeto al afirmar que el pueblo fue el grande y primer actor del 25 de Mayo de 1810.
Hay quienes niegan la presencia del pueblo el 25 y lo hacen con sinceridad, con absoluta buena fe.
Estos historiadores analizan lo ocurrido el 25 y encuentran por una parte a los regidores del Cabildo deliberando a puertas cerradas en su sala: y por la otra a la plaza casi vacía de gentes, tanto que el síndico Leiva puede contestar a los de la eufónica frase
“¡El pueblo quiere saber lo que se trata!” con su socarrona burla: “¿Dónde está el pueblo?”.
La Revolución del 25 sería, pues, la imposición de una minoría decidida: la vocinglería de días anteriores había callado, el pueblo estaba ausente y la Junta de Mayo surgió por la coerción de los contertulios de Rodríguez Peña, apoyado por los jefes militares, ante los amedrentados regidores de la sala capitular.
Yo creo que estos historiadores cometen un error.
Es cierto que la Plaza de la Victoria estaba casi vacía, pero el pueblo no se encontraba ausente de la Revolución.
Por el contrario.
No estaba en la plaza, porque estaba en los cuarteles, con las armas en la mano, pronto a salir y obrar contra los cabildantes si estos persistían en su propósito de mantener aquella primera junta elegida el 24 y presidida por el virrey.
Creo que muchos de nuestros historiadores han cometido un error al no detenerse en el estudio de estas gentes que se encontraban en los cuarteles con las armas en la mano.
Porque no eran tropa de línea: eran milicias urbanas, es decir, la población masculina de la ciudad en su totalidad.
Decir que los “regimientos” estaban sublevados, no quiere decir que el comandante A o B los sublevó: quiere decir que la ciudad entera, por lo menos la totalidad de la población viril y apta, estaba en conmoción.
Por supuesto que el pueblo no iba a estar en la plaza: había ido a sus cuarteles y cargado sus armas, dispuestos a la acción.
Cuando se estudie con serenidad la Revolución de Mayo de 1810, podrán extraerse grandes enseñanzas para comprender el proceso histórico argentino, y también para comprender muchas cosas del presente.
Es un axioma que la historia de cada pueblo tiene sus propias leyes, que sus acontecimientos se repiten, si bien no con exactitud, pero, eso sí, con analogías muy grandes.
El historiador (el buen historiador) tiene mucho de profeta: como conoce y comprende el pasado, puede conocer y comprender el presente, y hasta predecir el futuro.
Veamos lo ocurrido el 25 de mayo de 1810: el 22 el Cabildo abierto había votado la deposición del virrey y su reemplazo por una junta que designaría el Cabildo ordinario.
Es decir, los diez regidores, los dos alcaldes y el síndico procurador con voto decisivo.
Este síndico (el doctor Julián de Leiva) quedó así como árbitro de la elección de la nueva Junta.
Era un abogado distinguido, criollo, y había mostrado entusiasmo por la deposición del virrey.
Pero era criollo de la clase “principal y más sana del vecindario” y por eso, tal vez, no atinó a comprender la Revolución.
No alcanzó a ver al pueblo: creyó que la “clase principal” constituye toda la opinión.
Es ésta una miopía curiosa que se repite mucho en la historia argentina.
Leiva procedió con absoluta buena fe: debe descartarse en su gestión todo propósito mezquino de “birlar” la Revolución, de contrarrevolución solapada, y de otras cosas que han sido escritas o dichas.
Procedió con entera buena fe: consultó con los diversos grupos que componían la “clase principal y sana” y de esas consultas surgió la primera y nonata Junta del día 24.
La presidiría el virrey y la integrarían un militar, un abogado, un clérigo y un comerciante; lo mejor, lo más granado de cada uno estos órdenes.
La presencia de Saavedra y Castelli (el militar y el abogado) se consideraba como suficiente garantía para los criollos.
Saavedra y Castelli así lo creyeron y aceptaron el cargo.
Todos estaban jubilosos: se había dado con la solución. Entre plácemes y felicitaciones los nuevos gobernantes ocuparon sus cargos. Los jefes militares en su totalidad juraron sostener a la Junta.
La Revolución había acabado: para la clase “principal y sana” del vecindario –que no para el partido español, que nada intervino en la gestación de esta Junta− la Revolución se reducía en colocarle unos respetables acompañantes al virrey.
Eso no era lo que quería el pueblo.
Pero al pueblo no se lo había tomado en cuenta en las consultas del síndico Leiva: simplemente no existía.
Era, a lo sumo, una masa tranquila que acudía pasiva a los festejos cívicos o políticos que se la podía armar cuando llegaba el momento de echar a los ingleses.
Pero no tenía opinión.
Era un inmenso cuerpo cuya cabeza era la “clase principal y sana”.
A lo menos hasta ese momento lo había sido.
La noche del 24 al 25 de mayo dejó de serlo: los milicianos ocuparon sus cuarteles y la ciudad amaneció amotinada.
No fue una revolución de los jefes (que habían jurado sostener la Junta) ni siquiera de los oficiales.
La hicieron los soldados y los cabos.
Un testigo presencial del 25 de mayo dice que la ciudad oyó “una larga y fuerte gritería en Patricios”: una gritería en Patricios al amanecer. Las milicias urbanas se alzaban en contra de lo convenido por la “clase principal y más sana”.
Alzamiento desconcertante.
¿No era que “todos” estaban de acuerdo con la solución del 24?
¿A qué venía esa “gritería”?
Inútilmente el síndico Leiva llamó a los comandantes de los cuerpos cívicos para que cumplieran su juramento de defender a la Junta: es cierto, ellos habían jurado sostenerla, pero la verdad es que sus cuerpos estaban sublevados: alguno dijo que corría peligro si entraba al cuartel.
Ellos no eran los “regimientos”: a lo sumo podían ofrecer sus personas y sus espadas para cumplir el juramento, y combatir en contra de su propia tropa.
El Cabildo no tuvo más remedio que inclinarse ante la imposición de las milicias.
Así fue la Revolución de Mayo.
Ese fue el “espíritu de mayo” tal cual surge de la relación de los hechos. No fue un movimiento minoritario ni mucho menos extranjerizante: fue una expresión popular y una auténtica revolución nacionalista.
Aunque al poco tiempo minorías extranjerizantes llegaran a apoderarse de su conducción que pasó del pueblo a la parte “principal y sana” que tenía otro concepto de la obra a realizar.
No me refiero a Mariano Moreno, que si no fue un caudillo, un hombre de multitudes, ni siquiera de esa pequeña multitud que es una peña de café en Marcos o Catalanes, demostró ser un hombre que comprendía la realidad, el medio social y político en que debería desenvolverse la Revolución.
Pero el caudillo nace y no se hace. Moreno fracasó porque necesariamente tenía que fracasar, porque no basta con buenas intenciones para llevar a cabo una obra política.
La de Mayo era una revolución popular y el sentido de la nueva nacionalidad estaba en la masa popular y no en la clase dominante; así lo comprendió Moreno, pero el fogoso secretario de la Junta no poseía esa arenilla dorada de los conductores de muchedumbres.
Por eso fracasó. Después de los hombres de Mayo vinieron los que no tenían fe en el triunfo, quienes ignoraban o despreciaban al pueblo.
Vinieron esos gobernantes que anduvieron buscando por Europa una nueva Metrópoli o un protectorado que los garantizara en el goce de sus privilegios individuales.
Dos Argentinas que no podían comprenderse, que necesariamente tuvieron que ser antagónicas, chocaron desde los comienzos mismos de nuestra historia.
Dos concepciones de la argentinidad que naturalmente tendían a excluirse la una de la otra: para unos la patria nacía consustanciada con el sistema político burgués y el patriotismo consistía en traer la “civilización” europea, por lo menos en su exterioridad más evidente, su exterioridad política, que era el régimen constitucional, y en su realidad económica que era el sistema capitalista, enfeudándonos como colonia económica al imperialismo industrial.
Esto era llamado la civilización, y para ello se sacrificaba todo: el espíritu del cual se renegaba, los hombres que se disminuían por bárbaros, la economía, la tierra.
Pero para otros argentinos, para la inmensa mayoría de los argentinos, la patria era algo real y vivo, que no estaba en las formas, ni en las cortes extranjeras ni en las mercaderías foráneas.
Era una nacionalidad con sus modalidades propias (como todas las naciones), su manera de sentir y de pensar que le daban individualidad.
No estaba en los digestos legales sino en los hombres y las cosas de la tierra.
Era el sentimiento de una tradición común y de un común destino y la conciencia de una solidaridad.
Hubo una Argentina formal y una Argentina nacional: aquélla se manifestó en la parte “principal y sana del vecindario”, y ésta en el pueblo todo sin distinción de clases.
Unos y otros (unitarios y federales los llamaré por comodidad, aunque a través de más de un siglo usaron y usarían diversos nombres) se consideraron depositarios exclusivos de la argentinidad y se calificaron mutuamente de traidores y de antipatriotas: lo hicieron con buena fe y sincera convicción: desde sus puntos de vista cada uno de ellos tenía razón.
Hubo la Argentina burguesa y extranjerizante a fuer de civilizada y hubo la Argentina popular y nacionalista, bárbaramente nacionalista.
Unos y otros dieron origen a las dos corrientes políticas que, prolongadas en distintos nombres, llegan hasta nuestros días.
Algún sociólogo alemán nos hablaría de la oposición entre la gemeinschafft (la “sociedad”) de unión superficial, y la gessellschafft (“comunidad”) de unión profunda; entre lo racional y lo sentimental; entre la unidad en el espacio opuesta a la unidad en el tiempo; entre la convivencia por contrato (diríamos “por constitución”) y la convivencia por estirpe (es decir, “por nacionalidad”).
Algo de eso intuyó Sarmiento en su antinomia, base de su Facundo, entre la ciudad civilizada y la campaña bárbara.
Solamente que a nuestro juicio la oposición no era simplemente geográfica, ni tampoco civilización (que viene de “cives”: lo propio, lo nuestro) puede aplicarse a lo extranjero, ni barbarie (que justamente bárbaro quiere decir “extranjero”) a las cosas nuestras.
Eso era ver el problema desde Europa, no desde nuestra tierra.
Aristocracias y oligarquías
He dicho que después de Moreno el gobierno recayó en hombres pertenecientes a esa Argentina formal, que `pertenecían a la clase “principal y más sana del vecindario”.
El grave error que cometieron, a mi juicio, es de creer que su círculo era toda la Argentina.
Moreno, como más tarde los caudillos, también pertenecía por nacimiento a ese círculo, pero atinaron a comprender que la Argentina era otra cosa.
Supieron salvar los estrechos límites de sus prejuicios de círculo.
Deliberadamente he llamado círculo y no clase al grupo minoritario.
En tiempos de la dominación española puede hablarse de una “clase dirigente” formada por los vecinos afincados que a manera de los hidalgos e infanzones de las ciudades castellanas retenían la realidad del gobierno comunal y administraban conforme los intereses generales.
Pero después de 1810, después de lo ocurrido en Mayo de 1810, no puede calificarse como “clase dirigente” a estos vecinos afincados.
Dirigir exige previamente la tarea de comprender a los dirigidos.
No es de ninguna manera una “clase dirigente” un grupo de personas opuestas o ajenas a la realidad popular.
El aristócrata, el verdadero aristócrata, es un hombre que vive identificado con su pueblo, es la cabeza visible de un agrupamiento que él sabe comprender e interpretar.
No hay orgullo de clase: hay conciencia, que es cosa bien distinta.
En el Plata faltó una clase dirigente, una minoría capacitada por su patriotismo y comprensión del medio para asumir el gobierno y desempeñarlo con corrección.
La hubo, sí, en otros países de América: Brasil o Chile.
Por eso tal vez se engrandecieron después de la independencia, y nosotros, sometidos a gobernantes que carecían de de espíritu nacional, nos achicamos.
Los hombres que tomaron el gobierno a poco de la Revolución, a título de su mejor posición social o intelectual, no pertenecían a un grupo director identificado con su pueblo y anheloso de trazarle un gran destino.
En realidad no hicieron otra cosa que anarquizar –con toda buena fe, está de más decirlo− al país, con sus programas de reformas exóticas y sus medidas europeizantes, y provocaron o facilitaron la desintegración del Plata con sus exclusivismos bonaerenses.
Carecieron de aquello que Aristóteles llama “virtud política” y que es la base de su clasificación entre gobiernos perfectos o imperfectos, y no es otra cosa que el arte de interpretar a la comunidad, de gobernar de la sola manera que es lícito hacerlo: en función de los gobernados.
Una minoría gobernante sin “virtud política” no es de ninguna manera una clase dirigente.
Porque no dirige nada.
Simplemente medra.
No es una aristocracia, es una oligarquía.
Los unitarios (vuelvo a decir que extiendo este nombre a los directoriales de 1814, a los principistas de 1820, a los unitarios de 1826, como también a los liberales de 1852, etcétera), los unitarios, digo, vivieron de espaldas al pueblo, ciegos y sordos a la realidad que los rodeaba.
Sus gobernantes fueron hombres de capacidad intelectual, tal vez, y de conocimientos teóricos; pero no atinaron a ver al pueblo, ni tampoco comprendieron que con sus planes de reformas exóticas, la Nación de Mayo se les desmoronaba.
Hicieron minuciosas reglamentaciones municipales, de una eficacia discutible, al tiempo que San Martín no podía seguir la guerra en Perú porque Buenos aires no lo ayudaba, que Brasil se incorporaba la Banda Oriental, que se separaba el Alto Perú, que se consolidaba la independencia del Paraguay.
Sus Congresos (brillantísimos Congresos) discutían la excelencia de esta o aquella forma de gobierno, a copiar de Francia o de Estados Unidos, mientras las provincias luchaban entre sí, y el enemigo exterior nos arrebataba las fronteras.
De haber persistido en el gobierno, es fácil suponer que hoy formaríamos algo así como una Centroamérica de catorce republiquetas independientes y enemigas, en el mejor de los casos.
No era la hora de reformar el Estado sino de defender a la Nación.
Pero los unitarios no podían saberlo porque ignoraban la nacionalidad.
Veían al Estado, es decir, lo formal, lo transitorio; no veían la Nación, la esencia, lo perdurable.
Para ellos, lo repito, todo lo que había que hacer era un plan edilicio de reformas comunales y educativas o traer de afuera una Constitución, siempre, claro está, que se dejare intacto su predominio colonial como círculo dominante.
Chocaron con esa realidad que se obstinaban en no ver, contra esa masa popular que ignoraban o menospreciaban.
Contra ese pueblo que había hecho la Revolución de Mayo, y donde estaban precisamente las reservas, las únicas reservas de la nacionalidad.
El advenimiento del pueblo
Ese fue nuestro problema, nuestro grave problema político.
La nacionalidad no era comprendida o era rebajada por la clase ilustrada de la población, pero se manifestaba precisa y fuertemente en la clase popular.
Por supuesto que estoy haciendo una apreciación general, que admite todas las excepciones individuales posibles: así, casi todos los caudillos populares (Artigas, Ramírez, Güemes, Quiroga, Rosas, etcétera) salieron de la clase elevada, pero se consustanciaron con el pueblo que interpretaron y condujeron.
De la misma manera que en Roma los grandes jefes del partido popular: los Graco, Mario, Julio César, pertenecieron al más rancio patriciado.
Vuelvo a repetirlo: los aristócratas son conductores de pueblos, son cabeza de un agrupamiento social en la medida que lo comprenden y lo conducen.
Vuelvo al tema: con sus necesarias excepciones podemos trazar una línea de separación entre el pueblo y la clase principal, entre los federales y los unitarios.
La Revolución de Mayo la había hecho el pueblo, pero la arrebataron después quienes andaban a espaldas del pueblo.
Renacería su carácter popular, consustancial a la argentinidad, en los grandes caudillos de nuestra historia; los primeros en el orden del tiempo fueron Artigas en el litoral y Güemes en el norte.
Eran conductores de muchedumbres, y eran federales; esto último porque defendían sus comunas contra Buenos Aires, asiento del Directorio.
Los detractores de los caudillos han dicho –todavía hay quienes lo repiten; pero ya son pocos, muy pocos− que su gobierno significaba la barbarie.
Si precisamos qué es “barbarie”, nos encontramos que eran bárbaros porque eran obstinadamente argentinos.
También nos han dicho que eran atrasados, reaccionarios, y otros términos semejantes.
Este “atraso” se debería a que gobernaban sus provincias de acuerdo a constituciones o leyes constitucionales en las cuales no estaban muy separadas las funciones de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
Se horrorizan de que el caudillo-gobernador lo fuera casi todo: comandara los ejércitos, reformara las leyes y entendiera en apelación de los pleitos fallados por los alcaldes de los cabildos.
¡Qué diría Montesquieu ante el Estatuto Constitucional que dio Estanislao López en 1819 a la provincia de Santa Fe! ha dicho muy seriamente un profesor de historia constitucional.
Yo no sé lo que diría Montesquieu, pero sé que Santa Fe no era París, ni era Londres, ni era Filadelfia, y que en 1819 era una comuna que luchaba denodadamente tras de su caudillo por su autonomía y su derecho a vivir.
Y sé, además, que después tuvo Santa Fe constituciones muy bonitas, en las cuales los poderes estaban correctamente separados, pero que siempre el gobernador hizo las leyes y falló en definitiva los pleitos.
Una cosa es la realidad y otra cosa el papel escrito.
Bien: convengamos en que las constituciones de los caudillos eran atrasadas desde el punto de vista de la separación de los poderes.
Pero hay otros aspectos constitucionales que no parecen haber sido tomados muy en cuenta por quienes formulan la crítica.
El primero de ellos es el sufragio universal, correctamente cumplido y establecido en la Constitución de Santa Fe que he mencionado, como también en las provincias federales.
El sufragio universal no existía en ninguna parte del mundo en 1819, nada más que en Santa Fe y en las provincias federales argentinas.
Debemos concluir, por lo tanto, que Estanislao López es más “adelantado” en esto que el propio Montesquieu que nada dice del sufragio universal en su Espíritu de las Leyes, y que Santa Fe señalaba rumbos a Filadelfia, a París o a Londres en este punto.
Si hay una institución política típicamente argentina, es esta del sufragio universal, que aquí se practicó cuando en otras partes votaban solamente los ricos o los que pagaban determinados impuestos.
Nuestro derecho político, nuestro auténtico derecho constitucional (no el que hemos copiado de otras partes) se basa precisamente en el voto general, en la elección del caudillo por eclosión del demos.
No será muy liberal (muy liberal-burgués), pero nadie puede negar que es muy democrático. “Democrático” no quiere decir separación de poderes: quiere decir gobierno del pueblo y para el pueblo.
En 1819 no había gobierno democrático ni en Estados Unidos de América, ni en Francia, ni en Inglaterra.
Lo había, sí, en el Santa Fe de Estanislao López, en la Salta de Güemes, en la Provincia Oriental de José Gervasio Artigas.
Por eso los unitarios fueron contrarios al sufragio universal.
La Constitución de Rivadavia de 1826 descartaba el voto a los “asalariados, peones, domésticos y soldados”, es decir al 19 ó 20 % de la población.
Se le daba únicamente a los ricos (argentinos o extranjeros con cierta residencia).
Era la “aristocracia del dinero” como pudo decir Dorrego en las sesiones del Congreso, oponiéndose inútilmente a esta medida.
Contra los unitarios votó el viejo Paso, reliquia de la Junta de Mayo,
“porque el pueblo es el que ha hecho la Revolución y el que la ha defendido en la guerra”.
Años después Esteban Echeverría, al que tantos homenajes acaban de hacerle los grupos minoritarios de nuestro medio, decía en su Dogma Socialista: “El sufragio universal es absurdo”.
Claro: era la eliminación de la minoría del gobierno, de esa minoría que no sabía dirigir al pueblo, que obstinadamente se colocaba en contra del pueblo y era absurdo porque Echeverría era parte de ella.
Pero el gobierno de la minoría se vino abajo con estrépito.
Todo el edificio “construido por Rivadavia en la arena” –como dice Sarmiento− “se desmoronó”.
Y agrega una frase de honda verdad y de claro estilo: “A Rosas le bastó con agitar la pampa”.
Lo dijo despectivamente porque trataba a la pampa despectivamente. Pero esa fue la gran verdad: Rosas agitó la pampa y todo el artificio se vino al suelo.

El caudillo
Llegó el pueblo al plano político a cumplir la obra de 1810, y los caudillos substituyeron a los hombres “de las luces” en la realidad del gobierno.
Tanto se ha dicho y se dice de que los caudillos, especialmente Rosas, representan la contrarrevolución, la negación del “espíritu de Mayo”, que la frase que acabo de decir parecerá una paradoja a muchos.
No tengo la culpa de que sea una gran verdad.
La revolución nacional y popular de Mayo sería continuada por los caudillos.
Si el espíritu de Mayo fuera el que vio Echeverría, claro es que Rosas representa la negación de ese espíritu.
Echeverría es un hombre que niega el sufragio universal, que en el mismo libro dice “la patria es el universo”.
Para él (que no había vivido en la Revolución) el “espíritu de Mayo” es el colonialismo espiritual de Francia y el predominio de lo que llama la parte “sensata y racional de la población”, la minoría de que he hablado.
Pero yo entiendo que Mayo es precisamente lo contrario de lo que creyó Echeverría: es la afirmación de la nacionalidad, y es el gobierno del pueblo en el orden político.
Ahora, con el gobierno de los caudillos se reanudaría la obra nacional iniciada en 1810.
En lugar de un programa de ensayos teóricos empezaría una etapa de restauraciones positivas.
Los nuevos gobernantes no se consagrarán a reformas edilicias o educacionales de una resonancia vecinal, ni se agotarán en interminables polémicas sobre la excelencia de este o de aquel sistema constitucional a copiar de Francia o de Estados Unidos.
Eso los tenía muy sin cuidado: no iban a lo formal; iban a lo profundo; dejaron al Estado para más adelante; había que ocuparse ahora de la Nación.
Consiguieron la unidad nacional; las catorce provincias enemigas fueron pacientemente reunidas por el Pacto Federal de 1831 en una “Confederación Argentina”; por una paradoja de la historia los federales reconstruían la unidad que los unitarios habían deshecho.
Salvaron la riqueza artesanal, reflorecida extraordinariamente gracias a la Ley de Aduana de 1835 que restableció el proteccionismo industrial.
Y consolidaron la independencia sacudiendo el dominio de las grandes potencias imperialistas en una larga y desigual guerra contra Francia e Inglaterra.
La Nación Argentina, lo he dicho, se originó mucho antes de 1810, y en esa fecha alcanzó el derecho a gobernarse.
Pero se consolidaría a partir de 1835.
Lo nacional se impone a lo formal, lo popular a las minorías.
Esa fue la obra de Rosas, y por eso la oligarquía lo condenó tan severamente.
Porque Rosas no fue condenado por sus procedimientos firmes, ni por su energía, ni por nada de eso (que en mayor o menor grado tuvieron luego los gobernantes de la oligarquía). Fue condenado por ser un conductor del pueblo, y por ser tesonera y firmemente argentino.
Pero dejemos eso, porque no es el tema la defensa de Rosas contra los cargos que le han hecho y le hace la oligarquía: siempre los ha hecho a los gobernantes populares, y con mucha más razón a quienes lograron realizar una gran obra, pese a la oposición –oposición enconada, inteligente, habilísima, como en este caso.
“Bajo el signo federal se cumpliría el ideal de Mayo”; la frase la dijo un gran enemigo de Rosas, Esteban Echeverría, la noche del 9 de julio de 1837.
Esa debió ser la obra de su gobierno, y esa fue precisamente.
Recogió un país anarquizado, empobrecido, dominado económicamente por el extranjero, y nos devolvió una patria unida, rica y que le ganó a Inglaterra y a Francia dos guerras memorables.
Tal vez faltó algo en la obra de Rosas: reconstruir la unidad del Plata, volver a la antigua patria de 1810.
No pudo hacerlo: en eso precisamente fracasó, por tentarlo fue que ocurrió Caseros.
Tuvo que llevarse por delante muchas cosas: las llevó por delante.
Entregó todo a la patria: su fortuna personal y su fama.
Se retiró al exilio pobre, pero jamás arrepentido de uno solo de sus actos.
Satisfecho consigo mismo, ¿qué le importaban la calumnia o la incomprensión?
Y supongo que si alguna vez su espíritu se sentía abatido le bastaría mirar el sable de Chacabuco, el mejor premio que ningún gobernante argentino podría recibir jamás.
Todo eso pudo hacerlo porque era, además de un gran caudillo, un gran político.
Tal vez el único político digno de ese nombre que ha dado nuestra tierra en el siglo XIX.
El arte de la política es un arte difícil de comprender para muchos: se conduce un grupo social, sea una facción, o un partido o un pueblo, con normas éticas distintas a la ética individual.
Alguno ha dicho, después de leer a Maquiavelo, que la política tiene mucho de diabólico.
Es esta una verdad pero es parte solamente; la política exige tener un alma grande, un amor profundo a su pueblo, un gran coraje para la acción, una considerable perspicacia para sortear con habilidad los obstáculos, una visión clara del porvenir, un preciso sentido de la realidad.
Los grandes constructores de nacionalidades fueron así: Luis XI, Richelieu, Fernando el Católico, Federico II, Bismarck, Cavour. Muchas veces los medios parecen reprobables, pero son los únicos posibles.
Había que hacer la patria contra el enemigo de afuera y el de adentro. Fijémonos en que los únicos depositarios de la patria eran los federales: los otros habían renegado de ella por su alianza con el extranjero.
No sentían a la patria; “la patria es la humanidad” escribía Alberdi en 1838 justificando su alianza con los franceses; “la patria es el universo” diría en 1845 Echeverría en su Dogma Socialista.
El mismo año escribía Sarmiento en su Facundo que (ellos) “no estaban preocupados por la idea de la nacionalidad, que es patrimonio del hombre desde la tribu salvaje”.
Ya lo he dicho: eran dos conceptos antagónicos sostenidos con igual sinceridad. ¡Gracias a Dios que triunfó Rosas, y hoy tenemos una Nación Argentina!

El revisionismo histórico
La Historia Argentina ha sido escrita por hombres que, en mayor o menor grado, tenían de la patria el concepto que he llamado unitario.
De allí que la historiografía corriente, especialmente en los textos destinados a la enseñanza, exalte como valores próceres y califiquen de patriotas a quienes “se aliaron con el enemigo y le prestaron ayuda y socorro”.
Lo que acabo de leer es la disposición constitucional que califica el más grave de los delitos, el que las antiguas leyes españolas llamaban crímenes de los crímenes: “la traición a la patria”, y en cambio esa misma historiografía de manuales de enseñanza denigra con duros calificativos a los argentinos que se opusieron por todos los medios al extranjero.
Nuestra historia, es duro decirlo, no parece escrita por manos argentinas.
En la Revolución de Mayo ve solamente un movimiento doctrinario, y considera como propósito exclusivo de las guerras civiles el dictar una Constitución.
Rivadavia es la gran figura que se adelantó a su tiempo con reformas edilicias o educativas, y Rosas el tirano que retardó veinte años la “organización nacional”.
Nada dice de las cusas por la que se perdió medio virreinato, de las tentativas por buscar un protectorado extranjero, del hondo motivo patriótico del levantamiento de los caudillos, de la defensa de la soberanía en 1838 y en 1845, de la independencia económica lograda por la ley de Rosas de 1835, de lo que se perdió después Caseros.
Nada dice de una interpretación social de la Argentina, nada tampoco de una posición internacional. Lo que no es “institucional” (tomado como sinónimo de liberal) parece que no ha interesado a la historiografía didáctica.
Contra esa historiografía liberal es que ha surgido el revisionismo histórico.
Sus propósitos son estos dos: emplear una auténtica crítica histórica para lograr la fiel reconstrucción del pasado y valorar los hechos históricos de acuerdo a la mejor conveniencia nacional.
Es decir, no hacerlo desde esas abstracciones corrientes: humanidad, civilización, progreso, etcétera, sino de acuerdo a la mejor conveniencia de la Argentina como Nación y de los argentinos como integrantes de una Nación.
Escribir y enseñar una historia que fuera historia de la Argentina, y no de las ideas liberales en la Argentina como se ha venido haciendo hasta ahora, tenía que producir necesariamente una revolución en la jerarquía de los próceres que nos había legado la historiografía unitaria.
Quienes estaban muy bien desde las instituciones, estaban muchas veces muy mal desde la nacionalidad, como todos aquellos que en un momento difícil para la Argentina se unieron con el enemigo y provocaron por cuenta ajena la guerra civil.
En cambio los tiranos y caudillos, denigrados u olvidados por la generación anterior, hubieron de ser reivindicados a título de su firme patriotismo, sin interesar o no si gobernaron o no con la suma del poder público.
Hoy en día el revisionismo está triunfante. Ha superado el período de la agria polémica (que corre por cuenta de nuestros pocos adversarios: alguno que otro periodista o político que alguna vez escribe un editorial o un libro, quiero suponer que ignorando la historia para no achacarle mala fe).
Así tenía que suceder, porque el concepto unitario de la patria-instituciones, que fue la base de la historia vieja, ha cedido ante el criterio que identifica a la patria con los hombres, las cosas y la tradición de este suelo.
El proceso de recuperación de la argentinidad tenía que ser completado –y esa es nuestra tarea− por la recuperación de nuestra historia.

Por la argentinización de nuestro pasado.

JMPR/