Yo era el maestro, él era quien me enseñaba.

“DON PEDRO» Y «DON LUIS”

Por Luis Crespo
  • “Buenos días, Don Luis” me respondió él, luego de separar de sus labios la pipa que fumaba, pensativo, en la puerta del edificio. Sus pantalones, casi siempre blancos, tenían el talle alto a la usanza de su época. Llevaba anteojos bifocales de marcos redondos que, a veces, olvidaba calzarse. – “Buenos días, Abuelo.” Repetí al día siguiente.

Por Luis Crespo

NAC&POP

30/07/2017

  • “Buenos días, Abuelo.” lo saludé sonriendo.
    Yo tenía apenas diecisiete años y volvía de trabajar en mi primera suplencia como Maestro de Grado.

– “Buenos días, Don Luis” me respondió él, luego de separar de sus labios la pipa que fumaba, pensativo, en la puerta del edificio.
Sus pantalones, casi siempre blancos, tenían el talle alto a la usanza de su época. Llevaba anteojos bifocales de marcos redondos que, a veces, olvidaba calzarse.
– “Buenos días, Abuelo.” Repetí al día siguiente.
– “Buenos días, Don Luis” volvió a contestarme él.
Me alegraba verlo allí, cada día, al regresar a casa. Nunca me gustaron las rutinas, pero aquella cotidiana bienvenida implicaba, para mí y, ahora entiendo que para ambos, una cálida ceremonia.
– “Buenos días, Don Pedro.” Intenté sorprenderlo un mediodía.
– “¡No!” me corrigió. “Yo no soy Don Pedro. Tú eres Don Luis, luego: buenos días, Don Luis” sentenció.
Traté, infructuosamente, de entender aquella ironía. Estaba acostumbrado a esa picardía que él siempre esgrimía. Pensábamos diferente en algunas cosas, pero, en eso, éramos cómplices. Bastaba la mirada, poniendo, por lo general, caras de hombres serios para terminar en la sonrisa semioculta.
Eso explicaba que mis amigos adolescentes prefirieran, antes que otros programas, venir a casa a jugar a los naipes conmigo y con mi abuelo. Sé que disfrutaban nuestras miradas, nuestro lenguaje oculto, nuestros ingenuos pero, a la vez, ingeniosos ardides.
– “Buenos días, Don Pedro.”
– “¡No!” repitió “Yo no soy Don Pedro. Tú eres Don Luis, buenos días, Don Luis”. Como era un viernes, yo traía, bajo el brazo, mi guardapolvo blanco y él bajó la mano con la pipa hasta la altura de su muslo e inclinó su torso mirando, con actuado respeto, aquella indumentaria.
Seguía sin entender ¿cuál era la broma?
Por muchas semanas, esperé su remate escénico al repetirse el saludo diario y la hebdomadaria reverencia.
Mi primera suplencia se convirtió en interinato debido a la muerte del docente a quien remplazaba por haber sido víctima de un disparo cuando fuera asaltado después de cobrar su magro salario.
Así, nuestra intrigante escena de mediodía con el abuelo siguió repitiéndose cada día.
Por las tardes, muchas veces, compartíamos interminables charlas sobre sus viajes por los mares del mundo, secretos culinarios, pesca, costumbres y lugares desconocidos para mí y las desgracias de la Guerra Civil. Sin embargo, el secreto de su saludo diario no me era descifrado.
– “Buenos días, Don Pedro.”
– “¡No!”, (una vez más), “Yo no soy Don Pedro. Tú eres Don Luis, buenos días, Don Luis”.
Por fin, me animé, bajando varios niveles en mi escalafón de nuestras esperables sutilezas de ingenio:
– “¿Cómo que Usted no es Don Pedro? ¿Por qué yo sí soy Don Luis?”
– “Hombre ¿de dónde vienes?”
– “De trabajar” contesté.
– “¿De qué” insistió.
– “¿Cómo de qué? Usted sabe: de maestro.”
– “Pues entonces, tú eres maestro, tú tienes un Don, yo no.”
Yo era el maestro, él era quien me enseñaba.