Dice la zarzuela que a San Antonio por ser un santo casamentero….lo agobian tanto Fermín Chávez nos lo hizo conocer, y quien esto escribe puede dar fe de su eficiencia.

SAN BAILÓN Y LA RECUPERACIÓN DE LA PATRIA

Por Enrique Manson, Fermín Chavez y Pepe Rosa

El artículo 33 de la Constitución Argentina que repite el 103 de la antigua, dice: «La traición a la patria consistirá únicamente en tomar las armas contra ella o unirse a sus enemigos prestándoles ayuda y socorro». Existen pues, en nuestro derecho constitucional dos tipos de traición a la patria: «tomar las armas contra ella, o unirse a sus enemigos», y «otorgar a los gobernantes facultades extraordinarias o la suma del poder público»; la traición federal del art. 20, y la traición unitaria del 33.


Por Enrique Manson*
NAC&POP
Junio de 2017

Dice la zarzuela que a San Antonio por ser un santo casamentero….lo agobian tanto

Pero acá, en tierras criollas –particularmente en Corrientes y provincias aledañas- parece haberse encontrado la forma de disminuirle la tarea y el agobio.

Para ello se evoca a San Bailón, beato poco conocido que, por ese escaso conocer, resulta más eficiente que el para nosotros arequense (¿o San Antonio no es del pago de don Segundo Sombra?), que suele andar muy ocupado.

Fermín Chávez nos lo hizo conocer, y quien esto escribe puede dar fe de su eficiencia.

Y de su propia devoción, ya que a su primer libro de edición propia –Te la hago corta- lo hizo editar por San Bailón.

Y agotó la edición.

Oración a San Bailón

San Bailón, santo buenazo
que fuiste muy corajudo

San Bailón, por tu apellido
los correntinos te hicieron
el párroco de la suerte
al que bailarle supieron

Y lo perdido aparece
con tu nombre no hay tutía.
Al ratito lo tenemos
Santo de la Eucaristía

Fermín Chávez

Año 2000

Hoy en nuestra Patria Grande de 2017, a la que parece habérsele perdido la justicia, la alegría, el trabajo, el respeto por los humildes y hasta la independencia jurada en 1816, apelamos al Santo que, sin lugar a dudas, nos ayudará a encontrarlas.

Y entonces, con la alegría del chamamé, le dedicaremos el baile con que la tradición asegura que hay que pagarle el favor.

• Con inspiración de su guaina

UN VIDENTE LLAMADO “PEPE”


Un vidente llamado “Pepe” pudo ver hace 37 años que:

● La Patria era propiedad exclusiva de los bienpensantes, por lo tanto no estar de acuerdo con ellos es “Traición a la Patria” y hay que actuar judicialmente contra el traidor; aunque los constituyentes de 1852 no se hayan imaginado el delito. (Ver acusaciones ante el “resucitado y asesinado” caso Nisman).

● La Grieta, zanja construida entre los bienpensantes que deben mandar y los que deben obedecer existió siempre.

¿Como pudo ese tal “Pepe” saberlo?…

Porque sabía historia, y la historia siempre se repite como se repiten los hombres que no evolucionan.

(Editorial firmada por José María -Pepe – Rosa el n. º 1 de la revista “Sudestada” -circa 1980 – )

Perla de archivo aportada por Eduardo Rosa
LA TRAICION A LA PATRIA

Por José María Rosa
NAC&POP
Junio 2017

INTRODUCCIÓN

El artículo 33 de la Constitución Argentina que repite el 103 de la antigua, dice: «La traición a la patria consistirá únicamente en tomar las armas contra ella o unirse a sus enemigos prestándoles ayuda y socorro».

Fue tomado al pie de la letra de la norteamericana (art. 3, secc. III, 1) sin advertir los constituyentes de 1853 que el adverbio únicamente» (noli) del modelo no correspondía al derecho público argentino.

Porque en el art. 29 (que es el 20 de la actual) habían creado otro tipo de traición a la patria: la de otorgar la suma del poder público o facultades extraordinarias, que no solamente equiparaban a «la traición a la patria» sino que agravaban con el calificativo de «infame».

Existen pues, en nuestro derecho constitucional dos tipos de traición a la patria: «tomar las armas contra ella, o unirse a sus enemigos», y «otorgar a los gobernantes facultades extraordinarias o la suma del poder público»; la traición federal del art. 20, y la traición unitaria del 33.

Si aplicáramos retroactivamente ambas disposiciones casi todos los hombres del pasado argentino serían merecedores de los cuatro tiros clásicos por la espalda.

Unos por unirse al enemigo exterior, y otros porque no se ajustaron a las formas liberales de gobierno.

La subsistencia de dos tipos distintos de «traición» crea un curioso problema.

¿Es «traidor» el gobernante que asume facultades extraordinarias o la suma del poder, como medio único para defender justamente la patria de sus enemigos de afuera y sus conexiones internas?

¿Lo es a la inversa quien se une al enemigo con el propósito de restablecer las formas normales de gobierno?

¿Fue traidor a la patria Rosas que gobernó dictatorialmente, o lo fueron los unitarios aliados a los franceses o Urquiza aliado a Brasil?.

No puede haber dos conceptos de patria, ni puede haber dos maneras de traicionarla.

La lógica formal nos enseña tres principios, llamados «primeros principios», porque son la base misma de todo pensamiento: una cosa es una cosa

ALBERDI, PADRE (ADOPTIVO?) DE LA CONSTITUCIÓN
(PRINCIPIO DE TERCERO EXCLUIDO).

La patria es solamente la patria, no puede ser otra cosa, ni puede ser en parte la patria y en parte otra cosa..

O la Argentina es un grupo de hombres que habitan un mismo suelo, tienen en común modalidades características y una propia tradición: o la Argentina no está en los hombres, ni en el suelo ni en la historia, sino en las relaciones políticas liberales entre gobernante y gobernados.

O se traiciona a la patria «únicamente» de la manera que dice el art. 33 o se la traiciona también «únicamente» como lo castiga el art. 20.

Rosas y quienes defendieron la soberanía nacional fueron patriotas, aunque hayan gobernado en forma despótica: o lo fueron los unitarios que se aliaron al extranjero como medio de ignorar formas liberales de administración.

Pero unos y otros no pueden ser considerados patriotas, conjuntamente.

En las guerras internacionales se lucha contra un enemigo cuya posición comprendemos y que comprende la nuestra.

En cambio las guerras civiles están originadas por una incomprensión fundamental: formas políticas, conceptos de patria, etc.

De allí que sean más cruentas que las guerras internacionales; así como amamos lo que está cerca y comprendemos, odiamos lo que también está cerca y no comprendemos o hemos dejado de comprender.

Cuando la incomprensión es nada menos que del concepto de patria, las guerras civiles toman el carácter de verdaderas luchas religiosas.

La patria es un culto, y quien no lo entienda a nuestra manera se convierte en un hereje digno de la hoguera de Torquemada o de Calvino.

Barrés ha definido la patria en apretada síntesis como «la tierra y los muertos» que equivale a decir: nosotros y nuestros padres, un suelo y una tradición que guardar.

Es la aceptación diríamos universal del significado de patria, pero no es de ninguna manera la de todos los argentinos.

LAS DOS ARGENTINAS

Dos Argentinas que no podían comprenderse, que necesariamente tuvieron que ser antagónicas, chocaron desde los comienzos de nuestra historia.

Dos concepciones de patria que tendían a excluirse: para unos la argentinidad nació consubstanciada con el régimen político liberal y el patriotismo consistía en traer la llamada «civilización europea», por lo menos su exterioridad más evidente, que era el régimen constitucional.

A ello se sacrificaba todo, el pasado del cual se renegaba, los hombres que se disminuían a «bárbaros», la economía, la tierra.

No había solidaridad con la tierra y los muertos, sino con una determinada posición ideológica: «nuestra patria es el universo» decía Echeverría en 1845; «la patria es la humanidad» clamaba Alberdi en 1838, idéntica posición; «no estamos preocupados por esa idea de la nacionalidad que es patrimonio del hombres desde la tribu salvaje» explicaba Sarmiento, en Facundo, la posición de los suyos ante el conflicto con Francia.

Años más tarde Alberdi diría en las Bases que es obra de auténtico patriotismo eliminar a los argentinos para establecer la civilización europea: «No son las leyes que necesitamos cambiar: son los hombres, las cosas.

Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de libertad por otras gentes hábiles para ella.

Si hemos de componer nuestra población, es necesario fomentar en nuestro suelo la población anglosajona.

Ella está identificada al vapor, al comercio; a la libertad».

Pero para otros argentinos la patria era algo real y vivo, que estaba en los hombres y las cosas de la tierra.

Era una nacionalidad con sus modalidades propias, su manera de sentir y de pensar que le daban individualidad, y que justamente había que preservar de la absorción foránea.

No estaba en un digesto legal, sino en el sentimiento de una tradición común y la conciencia de una solidaridad.

Unos y otros se consideraron depositarios exclusivos de la argentinidad y se calificaron mutuamente de antipatriotas y de traidores.

Lo hicieron con la misma buena fe y con idéntica convicción.

Unos y otros dieron origen a las dos corrientes políticas que, prolongadas a través de nombres que poco significaron, han llegado hasta nuestros días.

Hubo la Argentina formal que antepuso a todo la existencia de formas burguesas de factura liberal: y hubo la Argentina nacionalista para quien predominaba la existencia y la soberanía de la Nación.

Una corriente minoritaria pero intelectualmente destacada y otra corriente popular y espontánea.

Algún sociólogo alemán hablaría de la oposición entre la «sociedad» de unión superficial y la «comunidad» de unión profunda, entre lo racional y lo sentimental, entre la «unidad en el espacio» y la «unidad en el tiempo», entre la «convivencia por contrato» (que entre nosotros diríamos «por constitución») y la «convivencia por estirpe» (es decir, por nacionalidad).

Algo de eso intuyó Sarmiento en su antinomia entre la ciudad civilizada y la campaña bárbara: solamente que la oposición no era geográfica, ni «civilización» (que viene de cives: lo propio, lo nuestro, puede aplicarse a lo extranjero: ni «barbarie» (que justamente quiere decir: extranjería) a lo nuestro.

Por eso, porque no hubo entre nosotros una conformidad plena sobre lo que es la patria, es que nuestras guerras civiles fueron tan extraordinariamente implacables.

Podemos decir que nuestras oposiciones cívicas continúan esta tradición, la mejor conservada quizá de nuestras tradiciones vernáculas.

Tenemos una incapacidad criolla para ponernos de acuerdo sobre lo que es la Argentina, y de allí que nos odiamos hoy con idéntico fervor y sinceridad que ayer y que siempre.

Quienes no piensan como nosotros son «traidores a la patria», y claro es, justificamos con el calificativo toda medida contra ellos.

No nos entendemos en la polémica histórica

¿Es que no podemos entendernos ni hay posibilidades de que podamos llegar a hacerlo algún día, lograr el imposible tercero excluido que nos reconcilie en una común idea de patria?

Decía San Martín en 1829 que la única solución del problema político argentino era que una facción excluyera completamente a la otra.

Pero nuestra historia demostraría que tampoco es posible que una de las ideas excluya absolutamente a la otra: lo trató de hacer Rosas y fracasó; lo trataron de hacer los antirrosistas después, y también fracasaron.

Parece que estuviéramos condenados a convivir para siempre sin dejar de combatirnos y que podemos descansar en la completa seguridad de que jamás llegaremos a entendemos.

Tal vez sea una cuestión de tiempo.

Rosas fracasó porque se adelantó a su época.

Pero con siglo y medio de vida independiente, ¿andaremos aún muchos a tientas, buscando cuál es .nuestra auténtica patria, nuestra verdadera razón de ser nacional?

TRAICION SIN CONCIENCIA

Alcibíades, Coriolano, el condestable de Borbón, Benedict Arnold traicionaron sus patrias -su «tierra y muertos»- uniéndose a los enemigos que las combatían.

Despecho o dinero los movieron al crimen: los móviles de todos los crímenes, desde Caín y Judas Iscariote.

Tuvieron conciencia de su acción, el animus que dicen los Penalistas; y hasta un orgullo del delito, que podríamos llamar satánico, con el que ocultaban, posiblemente, sus remordimientos internos.

Fueron renegados perfectamente conscientes, que pesaron el pro y el contra y se resolvieron con voluntad deliberada a lo que las Partidas llaman el «crimen de los crímenes».

Lo hicieron por pasión o por precio, pero sabían bien lo que hacían.

Entre nosotros encontramos algunas actitudes semejantes porque los venales o los apasionados no faltan en ninguna parte.

Pero no pasan de personajes pequeños, de traidorzuelos que nadie recuerda: no es este tipo el que nos interesa.

Es la traición sin conciencia de que es traición el «crimen de los crímenes» cumplido con toda buena fe, como acto patriótico y honroso, y hasta con sus vistas a la gratitud de la posteridad, lo que da una característica, creemos que única a la historia argentina.

Porque toda nuestra historia está llena de actitudes contra la patria que fueron aplaudidas por sus contemporáneos -por lo menos algunos de ellos- y que la posterioridad -también una parte de la posteridad- ha erigido como ejemplos próceres.

No son posiciones ocasionales, errores o crímenes que violan una norma, y que demuestran que esa norma vive.

No son delitos: son convicciones.

Toda traición es violación de una fe, es ir contra lo propio, es renegar de lo que se amaba.

¿Podemos, en rigurosa justicia decir que traicionaron la patria, quienes jamás sintieron esa fe, y nunca amaron las cosas propias»?

¿No es más correcto discriminar dos conceptos diferentes de patria, en continua oposición?

EL REVISIONISMO HISTÓRICO

Manuel Galvez

La historia argentina fue escrita por hombres que, en mayor o menor grado, tenían de la patria un concepto exclusivamente formal.

De allí que nuestra historiografía corriente, especialmente en los textos destinados a la enseñanza, exalte como valores próceres y califique de patriotas a quienes «se unieron con el enemigo y le prestaron ayuda y socorro», para rebajar en cambio con calificativos denigratorios a los que resistieron a ese enemigo.

En la revolución de mayo ve solamente un movimiento doctrinario, y considera como propósito exclusivo de las luchas civiles redactar una «constitución», Rivadavia es la gran figura porque «se adelantó a su tiempo» con proyectos de reforma liberales, y Rosas el «tirano» que retardó veinte años la «organización nacional».

Nada dice de las causas por las cuales se perdió medio virreinato, de las tentativas de reconstruirlo, de los motivos que obligaron al levantamiento de los caudillos, de la defensa de la soberanía en 1838 y en 1845, de la independencia económica y causas que motivaron su pérdida, de la posición internacional, etc.

Nada sobre una interpretación social de la Argentina.

Lo que no es «institucional» (tomado como sinónimo de liberal) no interesa a la historiografía didáctica.

Contra esa historiografía liberal en todos sus matices: desde las crónicas de Funes a la «nueva escuela histórica» contemporánea, es que ha surgido el revisionismo histórico.

Sus propósitos son estos dos: reconstruir al pasado conforme a una auténtica crítica, y valorarlo de acuerdo a la mejor conveniencia nacional.

Auténtica tiene el significado de crítica metódica y veraz, que es siempre difícil donde tantas resistencias se levantan contra quien dice «toda la verdad, y nada más que la verdad».

Y nacional, que los hechos históricos han de ser interpretados y valorados con prescindencia de una ideología determinada, (y mucho menos desde aquellas abstracciones corrientes: humanidad, civilización, progreso, etc.); que deben interpretarse de acuerdo a la mejor conveniencia de los argentinos como hombres y de los destinos de la Argentina como Nación.

Escribir y enseñar una historia, que sea historia de la Argentina y no de las ideas liberales en la Argentina, necesariamente tuvo que producir una revolución en la jerarquía de próceres que había legado la historiografía anterior.

Quienes estaban muy bien desde las «instituciones», estaban muchas veces muy mal desde la «nacionalidad»: en cambio los «tiranos» y caudillos, denigrados u olvidados por la generación anterior hubieron de ser reivindicados a título de su firme patriotismo.

No era una posición política antiliberal, como se dijo: se respetaron las teorías como doctrinas políticas o económicas, pero no se las consideró la patria misma, no la actuación de los gobiernos liberales, especialmente en la época de Rivadavia, mostró la cantidad de retórica inconducente, y carencia de tino político que hubo en hombres que tenían una indudable cultura: que su desconocimiento del país y de sus hombres corría parejo con su familiaridad con los tratadistas europeos de derecho público, y que tras ellos -tal vez sin saberlo plenamente- se agitaban intereses comerciales de fuertes potencias extranjeras.

Del revisionismo surgió totalmente cambiada la figura de Rosas.

En el tirano de la vieja historia se encontró a un estadista de singulares dotes de habilidad, popularidad, energía y sobre todo patriotismo; se vio en el gaucho de la pampa al argentino por excelencia: laborioso, leal con los suyos, que sabe respetar y hacerse respetar.

Se supo que su gobierno, conducido con mano firme, produjo la unidad nacional, la independencia económica, el respeto por la soberanía, y hubiera llegado a constituir un sólido bloque el virreinato si no cayera en 1852 por obra de Brasil.

No es que el revisionismo se circunscriba a la figura de Rosas: pero el conocimiento claro y la interpretación argentina de su época es fundamental, para nuestra historia, por los grandes problemas que se agitaron en ella.

Y es, sobre todo, que el choque de las dos ideas de patriotismo, que decía más arriba, se presenta muy evidente en la interpretación del Dictador que, armado de la suma del poder público, defendió su tierra contra la agresión de Francia e Inglaterra, auxiliadas por un partido argentino.

La polémica histórica, iniciada en el recogimiento de las academias, ganó inmediatamente la calle.

No podía menos de ser así por la índole del tema discutido.

No se trataba únicamente de la veracidad de este o de aquel hecho.

Se discutió lo que es la patria, y quienes fueron sus servidores leales y los desleales, los eficaces y los retóricos.

Fue tomando el tono agrio de una disputa teológica, y como tal llegaron las excomuniones para los adeptos de la nueva fe.

Se los acusó de «ofender a los próceres», hubo decretos y proyectos de ley condenando a años de prisión por este delito y los revisionistas se defendieron demostrando que eran los próceres del liberalismo quienes habían ofendido antes a la patria.

Y que cuando el presunto prócer estaba contra la patria, no podía condenarse a quien se quedara con la patria y no con el prócer.

Fueron empleadas todas las armas para silenciar el revisionismo, no ya para rebatir sus argumentos, o contestar su documentación: las academias se cerraron para sus historiadores, la prensa calló o tergiversó sus enseñanza; hasta 1945, los profesores revisionistas eran amonestados o expulsados de sus cátedras, no obstante la libertad de opinión y de enseñanza del credo liberal.

Se los expulsaba precisamente por decir la verdad y por decirla con lenguaje argentino.

Cuando el revisionismo ganó la calle, hubo un ministro del Interior que ordenó muy seriamente a sus agentes de policía que disolvieran los actos públicos cuando los oradores «ofendiesen a los próceres».

A criterio del agente o del ministro.

Por supuesto que nada detuvo la ola revisionista.

Es que el formal concepto liberal de la patria-instituciones, que fue la base de la historia vieja, ya había ido cediendo ante el criterio que identifica la patria con los hombres las cosas y la tradición de este suelo.

El proceso de recuperación de la argentinidad, debía ser precedido, necesariamente, por la recuperación de nuestra historia.