La deuda por Lebac, en pesos, supera los 900 mil millones de pesos, que traducidos en dólares son 1,2 veces las reservas internacionales.

LA CRUDA REALIDAD: VAN A CONTRAER AÚN MAS LA ECONOMIA.

Por Raúl Dellatorre

Algo así pasó en 2001, Sturzenegger estaba ahí y tendrá algún recuerdo. La disparada de precios de los primeros meses de 2016, entonces, fue explicada por “el retraso” con el que reaccionan los precios a la política monetaria: si el torniquete monetario de Sturzenegger no frenó la inflación de inmediato, es porque Alejandro Vanoli (presidente del Banco Central hasta diciembre de 2015) había emitido demasiado antes. Los beneficios de la menor emisión iban a llegar en el segundo semestre de 2016, y más aun durante 2017.

Por Raúl Dellatorre

Motor Economico

21 de mayo 2017

Plan monetario contractivo, daños expansivos

Macri le ratificó la confianza a Sturzenegger, que redobló la apuesta y volvió a subir las tasas. Hasta dónde es viable esta estrategia.

A partir de que se supo que la inflación oficial (Indec) de abril arrojaba un alarmante 2,6 por ciento, en las filas oficiales se reavivó la disputa por la política económica.

Una vez más, Federico Sturzenegger, presidente del Banco Central, quedó apuntado por “el fuego amigo”, es decir por compañeros de ruta que piensan que el torniquete monetario sólo está aumentando los costos políticos y sociales, en año electoral, sin los beneficios de la “desinflación” que el ex secretario de Política Económica de Cavallo (hasta el 20 de noviembre de 2001) promete.

Pero tras recibir el respaldo de Mauricio Macri, el ex funcionario de la Alianza redobló la apuesta.

Esta semana, el Banco Central no sólo ratificó la meta de inflación para el año (17 por ciento como techo) sino que endureció la política monetaria, con un nuevo aumento (1,25 puntos porcentuales) en las tasas de interés.

Celebrada por los ultramonetaristas, la ratificación de la política monetaria sigue inflando el globo de la especulación financiera sin medir las vulnerabilidades internas ni los riesgos de inestabilidad externa.

Todo, en la misma semana en que los desaciertos y sospechas de y sobre la gestión de Donald Trump provocaron una fuga de 9800 millones de dólares en Wall Street (en sólo cinco días) de activos financieros en acciones de empresas estadounidenses, y en la que, cuando empezó a tambalear el gobierno de Michel Temer, se produjo otra huida de capitales, pero esta vez desde los llamados mercados emergentes, que afectó no sólo a Brasil.

La tela del globo está cada vez más estirada, las espinas de afuera cada vez más cerca.

Para la convicción monetarista del gobierno, la inflación depende “exclusivamente” de la emisión de moneda.

La devaluación de diciembre de 2015 fue “sinceramiento”, al igual que los tarifazos, pero no motores de la inflación, según esa mirada.

¿Cómo se explica?

Si la emisión monetaria no aumenta, no se convalidan los aumentos de precios, postulan.

La disparada de precios de los primeros meses de 2016, entonces, fue explicada por “el retraso” con el que reaccionan los precios a la política monetaria: si el torniquete monetario de Sturzenegger no frenó la inflación de inmediato, es porque Alejandro Vanoli (presidente del Banco Central hasta diciembre de 2015) había emitido demasiado antes.

Los beneficios de la menor emisión iban a llegar en el segundo semestre de 2016, y más aun durante 2017.

El Banco Central arrancó 2016 con tasas de referencia del 38 por ciento anual posteriores a la devaluación (con el dólar oscilando entre 13 y 14 pesos).

Fue disminuyéndola hasta ubicarla por debajo del 25 por ciento antes de fin de año cuando se consideró que las tensiones inflacionarias bajaban.

Para entonces, el dólar oscilaba en torno a los 15 pesos.

La ganancia con la bicicleta financiera fue fabulosa durante todo el período, incluso superior a sus propias previsiones (esperaban una suba un poquito mayor del dólar, es decir un mayor costo de salida de la bicicleta para “cobrarse” la ganancia en dólares).

Pero la inflación no respondió como se esperaba.

En los últimos cuatro meses de 2016 (septiembre a diciembre), el IPC del Indec acumuló un alza del 6,5 por ciento.

Por supuesto, desde la visión económica oficial, este descenso de la inflación reflejaba los primeros beneficios de la menor emisión.

Pero con los nuevos tarifazos del inicio de 2017 y pese a que se prolongaba la retracción del consumo, la inflación volvió a subir.

En los primeros cuatro meses de 2017, el Indec reflejó un aumento acumulado del 9,1 por ciento, dos puntos y medio más que en el cuatrimestre anterior.

Ratificado por la máxima autoridad del gobierno, Sturzenegger hizo su lectura sobre el desvío en el proceso de “desinflación”, como él lo llama: “pecamos de exceso de confianza en diciembre y enero, y se relajó demasiado la política monetaria”, dijo.

El remedio: volver a subir la tasa de interés, “secar” la plaza de dinero para que no se “convaliden” los aumentos de precios.

“El endurecimiento de la política monetaria indica que sigue firme la lucha contra la inflación”, celebraron los adláteres de Sturzenegger.

El mayor endeudamiento del Estado, los mayores beneficios para la especulación, la profundización de la recesión, no entran en ese análisis.

Pero son una consecuencia palpable.

Y mientras haya mercados concentrados, con grupos monopólicos que no sólo dominan la producción sino también la importación (es decir, su propia competencia), es más que probable que la inflación subsista.

Y si hay aumentos de tarifas en su actividad, que la trasladen a precios.

Argentina no sólo es más vulnerable a las crisis externas, como bien describe Alfredo Zaiat en su nota de la página anterior, sino también a las crisis que hoy su propia política provoca.

La deuda por Lebac, en pesos, supera los 900 mil millones de pesos, que traducidos en dólares son 1,2 veces las reservas internacionales.

Es la moneda a la que se convertirán esos activos cuando se bajen de la bicicleta.

El Banco Central perdió más de un 50 por ciento de su patrimonio neto (diferencia entre activos y pasivos) desde principios de año, por efecto del ritmo al que se multiplican sus pasivos (deudas).

Obsesionados por un único objetivo (bajar la inflación), se puede perder de vista los riesgos que se están asumiendo.

Algo así pasó en 2001, Sturzenegger estaba ahí y tendrá algún recuerdo.