No cabe en mi cabeza la idea de cortar las manos de los torturadores, ni de mutilar sus cuerpos, ni de violar a sus madres, hijas o hermanas.

NO QUIERO VENGANZA

Por Silvia Bleichmar

No soportaría que quienes ejecutaron o fueron cómplices del asesinato de los padres y de la entrega de los niños se vieran obligados a recorrer una y otra vez el país a la búsqueda de sus nietos, durante treinta años, con el consuelo de saberlos vivos en algunos casos y el dolor desgarrante de no sentirse reconocidos por ellos en otros, dado que han sido alienados en la identificación con sus captores, llevados a renunciar a su propia identidad y destino, obligados a amar, muchas veces, a los asesinos de sus padres..

Por Silvia Bleichmar

NAC&POP

10/05/2017

No quiero venganza.

Me horroriza la idea de que la hija de alguno de los militares enjuiciados se vea llevada a parir en medio de insultos y maltratos, obligada a limpiar los restos de su propia placenta y asesinada luego para robarle el hijo que apenas conoció.

No quiero venganza.

Jamás he pensado que quienes condujeron los aviones que llevaron a miles de desaparecidos en los vuelos de la muerte deban ser arrojados desde el aire ni que sus padres deban liberar una flor al río como único espacio posible de reencuentro.

No quiero venganza.

No cabe en mi cabeza la idea de cortar las manos de los torturadores, ni de mutilar sus cuerpos, ni de violar a sus madres, hijas o hermanas.

No quiero venganza.

No soportaría que quienes ejecutaron o fueron cómplices del asesinato de los padres y de la entrega de los niños se vieran obligados a recorrer una y otra vez el país a la búsqueda de sus nietos, durante treinta años, con el consuelo de saberlos vivos en algunos casos y el dolor desgarrante de no sentirse reconocidos por ellos en otros, dado que han sido alienados en la identificación con sus captores, llevados a renunciar a su propia identidad y destino, obligados a amar, muchas veces, a los asesinos de sus padres..

No quiero venganza.

No hubiera querido que la ministra-ingeniera que lucró con el sufrimiento de los ancianos se hubiera visto obligada, el día que su padre murió, a esperar una semana para enterrarlo porque el PAMI no tiene cajones; ni tampoco que sus hijos murieran asfixiados con las exhalaciones de anhídrido carbónico de un tacho con el cual intentan calentarse por no tener acceso ni al gas ni al petróleo que fueron malbaratados y transformados en objetos de lujo por la complicidad corrupta con la codicia inmoral de las grandes compañías extranjeras.

No quiero venganza.

No soportaría el llanto de la madre de los hijos del policía que disparó a la cabeza de los piqueteros muertos, si sus hijos fueran también asesinados de manera impiadosa, a quemarropa, por alguien cuya misión es cuidar que los jóvenes vuelvan sanos y salvos a sus casas.

Tengo aún como una llaga psíquica sus rostros, y el de Cabezas baleado y quemado en Pinamar.

No quiero venganza.

No toleraría que la cúpula política que ocultó las pruebas y la policial que favoreció el atentado a la AMIA fueran obligados a buscar los cuerpos de sus propios seres queridos entre escombros, enterrar sus restos trabajosamente encontrados, soportar la profanación de los cementerios en los cuales los guardan y sentirse marginados porque han devenido peligrosos ya que su presencia misma puede atraer más desgracias.

No quiero venganza.

No pretendo que quienes vaciaron los hospitales sean atendidos, cuando enfermen, en las calles, o abandonados para morir en sus chozas, o auscultados sin guantes o cosidos sin vendas de resguardo.

No pretendo tampoco que pierdan sus dientes mostrando los muñones de la patria ni que hurguen en los tachos de basura para encontrar comida.

No quiero venganza.

No quiero recorrer otros cien años la historia argentina buscando culpables, aterrada por los restos de Lavalle que se desplazan por el territorio irredento del norte, por las manos de Perón arrancadas del cuerpo, por el cadáver de Evita mutilado y violado por un custodio demente luego de haber sido erradicado de su tumba y de su patria.

No quiero venganza..

Porque el deseo de venganza nos iguala, nos degrada, nos hace ingresar en esa zona gris que no permite diferenciar a las víctimas de los victimarios.

No quiero venganza, precisamente, porque no creo para nada que todos seamos culpables, porque las acciones no son equiparables, porque los fuertes tienen obligaciones que los débiles no tienen, porque no hay un solo niño de militar en manos de civiles que se los hayan apropiado, ni una sola esposa violada, ni una hija eviscerada, ni un padre torturado, ni un cuerpo mutilado.

Pero no soporto un día más, cada vez que veo un pañuelo blanco con un nombre o una pancarta con una fecha del día de la desaparición de alguien de mi generación que quedó joven para siempre; no soporto ya un día más preguntarme qué hacía yo, ese preciso día, mientras lo sacrificaban, mientras lo desgarraban, mientras lo mutilaban, mientras lo asesinaba.

Preguntarme si ese día tomé café o me senté en una plaza al sol, si leí una página de Borges o vi una película, si comí con mis seres queridos o gocé intensamente la vida.

Si la venganza es la hija malparida de la injusticia, mi paz interior, y supongo que la de la mayoría de los argentinos, sólo puede estabilizarse a partir de la recuperación de la Justicia que libere nuestras pesadillas de treinta años de horror.»

SB/

Capítulo del libro de Silvia Bleichmar «No me hubiera gustado morir en los 90», Taurus/Alfaguara, 2007.