En mi casa, ahora, la mesa está llena de papeles, fotocopias y retazos de hojas de cuadernos, escritos de un grupo de jóvenes que están encerrados en pabellones de la Penitenciaria Medieval de Mendoza.

CRÓNICAS DEL SUBSUELO: “ANTES QUE SE SEQUE LA TINTA DEBO PLASMAR EL INFINITO”

Por Marcelo Padilla

Ya se sabe: el país de pie luchando por su dignidad ante la soberbia neoliberal que saquea. Un país diezmado. Con consecuencias jodidas para el futuro inmediato. Muchos de los hambreados que hoy generan las políticas del gobierno macrista puede que mañana terminen en este lado, en la cárcel. Suenan: los crujidos de las cadenas y candados, los golpes de los portones de hierro y chapa; y luego el silencio del encierro. Aquí están las cenizas que metemos en una celda luego de haberlos mandado al apocalipsis social y económico. Los caídos en vida. Encima pobres…

 

Por Marcelo Padilla

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Mendoza Post

Lunes 3 ABR 2017

En mi casa, ahora, la mesa está llena de papeles, fotocopias y retazos de hojas de cuadernos, escritos de un grupo de jóvenes que están encerrados en pabellones de la Penitenciaria Medieval de Mendoza. En “La Casa de Piedra”, día y noche. Los muchachos, no obstante su condición, tienen la posibilidad de asistir al Taller de Literatura en Alas que coordina el escritor mendocino Lucio Albirosa desde 2009, allí, en el penal. Es una pequeña aula rectangular con un pizarrón y unas sillas. Sin ventanas. Con una luz de tubo blanca. El nombre: “Aula Universitaria”, donde además cursan otros internos carreras y especializaciones. Es el costado de la esperanza de la cárcel. Donde van quienes tienen condenas largas, medianas y cortas. Un pequeño espacio de libertad que aprovechan los que pueden con su temple para soportar los días sin tiempo. En la cárcel la existencia es una monotonía trabajosa.

Llego a las 14.45 hs. en punto a la puerta de la cárcel. Hago los trámites burocráticos de identificación con el personal administrativo y penitenciario. Demora. Chequeo. Miradas que escanean. Parece que no… pero entro cuando aparece Mauricio Martínez, integrante del área de educación en contexto de encierro, que avala el taller. Paso. Quedo del otro lado. El de adentro. El cielo está gris en su jeta. Es viernes 31 de marzo, el último día de un mes agitado en el afuera. Ya se sabe: el país de pie luchando por su dignidad ante la soberbia neoliberal que saquea. Un país diezmado. Con consecuencias jodidas para el futuro inmediato. Muchos de los hambreados que hoy generan las políticas del gobierno macrista puede que mañana terminen en este lado, en la cárcel. Suenan: los crujidos de las cadenas y candados, los golpes de los portones de hierro y chapa; y luego el silencio del encierro. Aquí están las cenizas que metemos en una celda luego de haberlos mandado al apocalipsis social y económico. Los caídos en vida. Encima pobres. Ya se sabe, la doble vara de la justicia. En la cárcel no hay ningún pez gordo. Solo deshilachados que no tienen un puto peso, ni peso para salir antes o no haber siquiera entrado. Familias que sobrellevan la condena con los condenados. Las cárceles de la miseria. Lo punitivo como método para los cuerpos.

Con Lucio charlamos mientras llegan los internos al aula. Estamos solos. Lucio aprovecha para contarme las actividades del taller. Que están por sacar una revista con escritos de los muchachos que asisten al taller literario. Me cuenta sobre la veintena de escritores mendocinos contemporáneos que han sido invitados a compartir una tarde con los presos. Son las 15 en punto y el aula se puebla con los alumnos. Nos presentamos, nos damos un abrazo y uno de ellos empieza una ronda de mate. Una ronda sin escritorio. Una comarca en círculo para vernos mejor y escucharnos. No doy una clase. Me siento como ellos y me relajo. Algunos sonríen, otros no. Me preguntan muchas cosas. Quieren saber. Yo se las devuelvo. “El que quiere saber soy yo cumpas”, les digo, “asique vamos mechando y charlando”. Se puede fumar. Los pibes están bien arreglados. Se sienten cómodos. Las charlas circulan… por los bifes. Es decir, cómo es vivir encerrados y hacinados y tener ganas de ir a un taller literario para aprender a escribir y soltarse. Lucio me pide que lea algo de lo que llevé. Leo algunos “poemas peronistas”; antes les explico por qué soy peronista. De frente. Los pibes entienden a la perfección. Porque ellos están del lado de los castigados y vigilados por el panóptico neoliberal. Y lo dicen. A Macri no se lo bancan ni un metro. En las últimas elecciones que consagraron a Mauricio presidente, la urna de la cárcel fue unánime: nadie votó a Macri de los cuatrocientos que votaron. Saben. No se bancan a Luis Petri, el mano dura radical mimado por el macrismo nacional. La literatura cruza la atmósfera del rectángulo. Cada uno empieza a leer sus textos:

Martín:

“la tarde se aproxima

el canto de los pájaros

no se oye”, reza el primer párrafo del poema.

Jorge:

“cada pensamiento debe

ser escrito

para soltar o ayudar

a alguien, a mí mismo

antes que se seque la tinta

debo plasmar el infinito”

Se sacude el silencio en la siesta. Si no fuera por el reloj del celular podría ser cualquier hora.

Entre lectura y lectura vamos conversando. La vida se mete en la literatura y no al revés. Los condenados son escritores.


Carlos:

“el porvenir juvenil

el deseo de vivir

y de seguir

hoy lo veo tan frustrado

en mis queridos hermanos

que hasta a veces

me desalmo pensando

¿a dónde lo humano?”

Claudio:

“en la vida se cierra alguna puerta

otras ventanas se abren

quisiera borrar la oscuridad

abriendo el corazón

igual que las ventanas

para vivir momentos enteros

a la luz del día”.

Son apenas unos párrafos de poemas más extensos que integran diversos folletos poéticos que edita el Taller Literatura en Alas. El mate sigue la ronda. Es una tarde cualquiera de la semana. Para los de afuera es viernes con todo lo que ello implica. Para los de adentro, es un día nomás, porque después del taller, volverán a su celda.

Mientras escribo esta crónica escucho el disco “Microbio”, el último de los Peligrosos Gorriones. Hay un tema en especial que me detiene, el quinto: “Hueco Universal”, que empieza así:

tirados en la calle/un hueco universal/no sos el mismo de antes/nadie te va a buscar/ cómo vas a tapar tanto ardor/cómo vas a ocultar tanto dolor”.

Paro. Me hago unos mates y riego las plantas. Ya es sábado y estoy en mi casa. Mi niña dibuja. Soy, aparentemente, libre. Al menos, más libre que los pibes del penal. Vaya uno a saber…

Ya es la hora de cierre del taller. Lucio les pide un comentario sobre la experiencia de la tarde. Todos agradecimientos por la posibilidad, a Lucio en especial por el espacio sostenido, y a mí por entrar a sus vidas un rato. De golpe me paro y los miro a todos. Están todavía en ronda. Estiro los brazos hacia adelante y abro bien las manos. Les digo: “aquí hay 7 objetos (5 anillos y dos pulseras) se los doy a elección, es un presente para cada uno. Yo paso y ustedes van sacando el que más les guste”. Y así. Nos dimos un gran abrazo con cada uno. Y ahí empezaron ellos con sus presentes. Una cadena, una lapicera, un arito, un dibujo, poemas, más abrazos. Nos despedimos de lejos. Le grito: “Viva la Libertad!!!”

“Viva la libertad!!!”, gritaron todos con los dedos en V y puños en alto.

Y me fui. Caminando bajo a la parada del bondi. El cielo gris del último día de marzo. Cantando…“tirados en la calle/un hueco universal/no sos el mismo de antes/nadie te va a buscar/ cómo vas a tapar tanto ardor/cómo vas a ocultar tanto dolor”.