Debemos repensar el origen o las causas principales de nuestras dificultades haciendo énfasis en nosotros mismos.

RECONSTRUIR LO COMÚN, EN LA ÉPOCA DE LA GRAN ORFANDAD / PARTE UNO

Por Alejandro Romero*

Subrayando el peso de las estrategias y acciones “imperiales” en la generación de las dificultades políticas y económicas que encontramos para desplegar proyectos de justicia social, soberanía política popular e independencia económica, es tanto como fundar nuestro pensamiento en una tensión guerrera, en el antagonismo con un enemigo externo: de ello provendría lo esencial de nuestras dificultades.

Por Alejandro Romero *
NAC&POP
18/01/2017

UNO /AUTO-CENTRAR LA CUESTIÓN.

Al elaborar el programa de este Congreso, en el primer documento que produjimos, señalábamos que una de las principales dificultades para “lograr profundizar los proyectos de características nacional-populares” sería: “el accionar y estrategias del imperialismo y nuestra situación periférica y dependiente en términos geopolíticos, económicos y, fundamentalmente, culturales”.

Se trata sin duda de una formulación familiar y fácil de escuchar.

Su lenguaje categorial es conocido.

Sin embargo, en una segunda lectura advertimos pronto que se trataba de una formulación insuficiente si queríamos abrir la discusión acerca de las complejidades de la situación actual.

Sin desmerecer ni quitar importancia al accionar del imperialismo, ni a la categoría misma, otras dimensiones aparecieron enseguida como fundamentales, y quiero aprovechar mi tiempo como expositor para referirme a ellas.

En primer lugar, diré que empezar subrayando el peso de las estrategias y acciones “imperiales” en la generación de las dificultades políticas y económicas que encontramos para desplegar proyectos de justicia social, soberanía política popular e independencia económica, es tanto como fundar nuestro pensamiento en una tensión guerrera, en el antagonismo con un enemigo externo: de ello provendría lo esencial de nuestras dificultades.

Sin descartar ni minimizar la existencia de semejante cosa, soy de la opinión de que lo fundamental está en otro lado.

Que, a la hora de analizar nuestras posibilidades, debilidades y potencias, es preferible fundar nuestro pensamiento y nuestra acción en otras categorías. Auto-centradas.

Que nos sirvan tanto para el combate como para la construcción (simultánea o posterior) de lo propio.

Y que sean útiles tanto para pensar la lucha contra un “otro” como la lucha, en el seno de nosotros mismos, contra lo que nos organiza de un modo que consideramos indeseable.

Repensar el origen o las causas principales de nuestras dificultades haciendo énfasis en nosotros mismos, por otro lado, es tanto como asumirnos de entrada como los verdaderos y decisivos sujetos de nuestra historia.

Los más decisivos causantes y responsables de nuestro destino.

Escisiones y doble contradicción

Siendo así, salta a la vista la necesidad de subrayar otras dos dimensiones.

En primer lugar: la heterogeneidad interior de nuestras propias sociedades y las consecuencias que tuvo para esa heterogeneidad nuestra historia como sociedades post-coloniales.

Dicho en otras palabras: las contradicciones “de clase”, que en algunos de nuestros países son también, de plano, étnicas.

Y que en todos ellos tienen un componente étnico.

Se pone así en primer plano una fractura, una lucha, una contradicción que es interior y constitutiva de nuestras sociedades: lo que Aníbal Quijano llamó la “distancia post-colonial interior”.

En ello se encontraría, según pienso, uno de los mayores obstáculos para afirmar los proyectos nacional-populares.

Porque esa distancia, que se encuentra naturalizada, constituye nuestras subjetividades y aglutina grupos, identificaciones, ideologías, imaginarios y proyectos (elitescos, oligárquicos, pero también, por contraposición, populares).

Pero lo hace dentro de lo que es, en principio, un mismo “nosotros”.

Alrededor de esas escisiones es como se organiza el campo de ese nosotros y se establece su estructura, a menudo excluyente.

Este conjunto de contradicciones y escisiones es, entonces, uno de los principales obstáculos en la construcción de un poder social popular y un proyecto nacional y popular hegemónicos.

Es sobre ellas que se monta y opera exitosamente el accionar del imperialismo.

A esto llamamos, en los trabajos sobre peronismo desarrollados en lo que fue el CESS , “la doble contradicción: de clases y centro-periferia” que constituye de modo característico nuestras sociedades semi-periféricas, descentradas y dependientes.

Una diferencia con la sociedades y naciones dominantes en el sistema mundial que quizás esté a punto de empezar a borrarse, al menos como diferencia estructural.

// Sigue en el Nº 2.

  • Alejandro Romero es argentino, nacido en 1954. Obtuvo su Licenciatura en Filosofía en la Universidad Central de Venezuela, país que lo acogió entre 1978 y 1995. Allí desarrolló parte de su carrera como docente, en la Escuela de Filosofía de la UCV, y como periodista en distintos medios escritos. Se considera discípulo de León Rozitchner. Publicó diversos artículos en las revistas Apuntes Filosóficos (UCV- Venezuela), Macroconsul y Campo Grupal –ambas de Argentina-. Participó de la obra Memoria de la Deuda, libro editado por Biblos, Buenos Aires, 2001, cuyo autor es Carlos Juliá. Colabora mensualmente, en el área de la filosofía práctica, en la revista Salud Alternativa. Es profesor invitado de la Cátedra de Salud Pública de la Escuela de Medicina del Hospital Italiano, donde presenta el enfoque de la causalidad que deriva del pensamiento complejo.Profesor de filosofía en el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, también es activista, desde hace más de una década, en el movimiento social argentino. Intenta cultivar un pensamiento situado en el contexto de la sociedad latinoamericana entendida como sociedad mestiza, plural y “periférica”. Se cuenta entre quienes piensan que el mundo se encuentra en un período de “crisis civilizatoria”, caracterizada por la descomposición del sistema-mundo existente y por la crisis terminal del “dispositivo civilizatorio patriarcal” que apareció con la agricultura y las primeras ciudades-Estado. Desde esta perspectiva, entiende que esta crisis se expresa en nuestra experiencia no sólo como “crisis de un Sentido” sino como crisis de la posibilidad de Sentido. Crisis determinada porque el paradigma de pensamiento y acción instalado por el patriarcado y caracterizado por la centralidad de lo Uno y por la primacía de la guerra, la apropiación, la exclusión y la dominación, aunque vigente en los hechos y las prácticas y presente como fondo de nuestros hábitos y nuestras concepciones, ya no resulta eficaz a la hora de responder a los desafíos colectivos y personales que enfrentamos, ni, como consecuencia, para articular vitalmente nuestra sensibilidad./