Mi segunda reflexión tiene que ver con una modificación epocal en el carácter, precisamente, de la dominación mundial. El imperialismo es (¿era?) en lo esencial una relación entre Estados nacionales.

RECONSTRUIR LO COMÚN, EN LA ÉPOCA DE LA GRAN ORFANDAD / DOS: PLUTOCRACIA CORPORATIVA TRANSNACIONAL

Por Alejandro Romero

La relación sigue existiendo, pero a su lado se fue desarrollando en el último medio siglo, sobre todo a partir de fin de la década del 70 del siglo pasado, con la “globalización” hegemonizada por las finanzas, un entramado de grandes corporaciones con intereses relativa pero crecientemente des-localizados.

Por Alejandro Romero
NAC&POP
18/01/2017

Mi segunda reflexión tiene que ver con una modificación epocal en el carácter, precisamente, de la dominación mundial.

El imperialismo es (¿era?) en lo esencial una relación entre Estados nacionales.

Esa relación sigue existiendo, pero a su lado se fue desarrollando en el último medio siglo, sobre todo a partir de fin de la década del 70 del siglo pasado, con la “globalización” hegemonizada por las finanzas, un entramado de grandes corporaciones con intereses relativa pero crecientemente des-localizados.

Además, como consecuencia de la caída de la URSS y la reconversión de China en una economía capitalista con comando centralizado, se profundizó, si cabe, la interdependencia económico-política de los distintos componentes en el sistema mundial (lo que tiene sus expresiones más brutales en los campos financiero y tecno-científico).

Subordinar los Estados, descomponer los pueblos

La “inercia” y la coacción que ejercen los poderes corporativos transnacionales y las relaciones sistémicas de este nuevo tipo, pesan tanto hacia adentro de los sistemas políticos de los propios países centrales como en los países “periféricos”, y constituyen una realidad que el término “imperialismo” no refiere.

Porque el proyecto del gran capital corporativo transnacional, y del conjunto de las grandes fortunas asociadas a él (que, como hoy sabemos, no representan más del 1% de la humanidad, pero concentran la propiedad del 90% de la riqueza planetaria), ese proyecto apunta a una subordinación de los Estados Nacionales (incluso en los países centrales) al comando, los intereses y las lógicas de estos grupos corporativos.

Apunta también, por eso mismo, a una descomposición de las articulaciones populares, a una desaparición del pueblo, y por supuesto de las clases sociales, en favor de una atomización serial de las familias o los individuos.

Esto, una vez más, tanto en los países centrales como en los semi-periféricos o de desarrollo intermedio (los que el enfoque de los sistema-mundo califica como periféricos, están desde hace tiempo en una situación aún más precaria).

Por eso sosteníamos que, en este nuevo orden de dominación que se perfila, cierta disimetría estructural existente entre los países centrales -estructurados sólo por contradicciones de clase- y los semi-periféricos y periféricos (articulados por una doble contradicción) tendería a ir borrándose, dando paso a una diferencia de grados en la subordinación del Estado, la política y el pueblo, a las exigencias e intereses del gran capital y en la identificación (o des-identificación) de esos intereses con plexos nacionales.

Esto pone en entredicho la lógica de la política, y obliga a repensarla.

Porque introduce, junto al imperialismo como relación de dominación entre Estados, una sobre-determinación.

Algo que intentaremos caracterizar como “dominio plutocrático”, “neo-feudalismo corporativo” o incluso “neo-esclavismo corporativo”.

Neo-feudalismo, o el sometimiento del Estado a las corporaciones

Neo-feudalismo, porque apunta a destruir la organización política, el ámbito de lo político estadual, el de los Estados Nacionales, como instancia principal de auto-gobierno, como ámbito de unificación de los conjuntos societarios y como ámbito de decisión conflictivo pero común respecto del destino y el modo de vivir de quienes componen esas naciones y sociedades.

El poder corporativo transnacional ha venido profundizando el intento radical de someter estos ámbitos de decisión y acción a su exclusivo comando.

Lo ha hecho ante todo exacerbando el poder y la independencia, la autonomía, del sector financiero; endeudando naciones y Estados sistemática y masivamente; deslocalizando sus inversiones productivas en busca de trabajo barato; atentando contra toda barrera legal nacional; haciendo lobby en pro de la desregulación de los contratos laborales; insistiendo en mercantilizar todos los servicios y bienes de carácter social; asociando a los grandes empresariados y círculos profesionales y políticos de los países semiperiféricos a sus negocios; asociando a sus negocios a los políticos y profesionales de los países centrales; administrando y subordinando el campo científico y, punto esencial, controlando de forma monopólica los medios de comunicación, las industrias culturales y, siempre que puede, las fuentes de financiación de la actividad política.

Neo-esclavismo, o la instrumentación cosificadora de lo humano y lo viviente

Y esto nos conduce a la otra denominación posible para este proyecto: neo-esclavismo.

La propongo, casi como provocación, porque en la lógica de ese proyecto lo central es el dominio total del capital concentrado (y sus conducciones) sobre la sociedad, las personas, la vida, y la política.

Un dominio que apunta, como su único fin y su criterio de racionalidad, al crecimiento y la concentración de ese capital, vía el crecimiento y la concentración de sus ganancias.

Todo lo demás: sociedades, seres humanos, trabajo, bienes y servicios indispensables para la vida, la vida misma, aparecen como meros medios e instrumentos al servicio de ese fin.

Sólo se justifican en su valor y su existencia si colaboran con ese fin. Aristóteles, al conceptualizar la esclavitud, escribió que el esclavo es un “instrumento viviente”.

Por otra parte, como han puesto de relieve investigaciones recientes , la esclavitud, tanto el tráfico como la explotación esclavista de la tierra y sus recursos en las colonias, fue una de las principales fuentes de acumulación primitiva en el desarrollo capitalista, sobre todo para Inglaterra, Holanda, Portugal y los Estados Unidos.

De allí que a este proyecto de radical instrumentación y cosificación de todo lo viviente por parte del proceso de reproducción ampliada del capital, proyecto que incluye la subordinación e instrumentación del conjunto de los seres humanos y sus potencias de acción, propongamos llamarlo neo-esclavismo corporativo.

Más allá de la globalización

Si esta caracterización es tan solo parcialmente correcta, estamos ante una nueva versión, más radical, del proyecto del capital corporativo internacional iniciado a fines de la década del 70.

Ya no se trata tan sólo de relanzar el crecimiento económico mundial atacando el poder de regulación de los Estados y el poder de reclamo de derechos y participación en la riqueza de los sindicatos y las clases trabajadoras, volviendo a concentrar la riqueza en el sector propietario.

Ni siquiera de potenciar la reproducción y concentración de ganancia a través de mecanismos financieros antes que productivos.

Estos mecanismos, puestos en práctica en el último cuarto del siglo XX, dieron lugar a un proyecto distinto: de reemplazo a nivel planetario de un orden económico internacional orientado y gobernado por los Estados nacionales (todavía regido, por lo tanto, por ideas de autogobierno nacional -por no hablar de soberanía- y de integración social y productiva), por un orden económico y social mundial (ya no inter-nacional) orientado y gobernado por las grandes corporaciones transnacionales, especialmente las financieras, y regido por un solo principio -la acumulación y concentración crecientes, en manos de los oligopolios, del capital y de sus tasas de ganancia-.

Ni Estado ni pueblo: corporaciones, administración e individuos

En semejante proyecto, los Estados son un mero aparato de administración, vigilancia de las clases subordinadas y, llegado el caso, persecución y represión.

No conservan ninguna capacidad para decidir un proyecto ni son el ámbito en que se debate y decide el destino de la comunidad que en cada caso el Estado organiza: país, nación, pueblo y patria.

Todas estas categorías se borran, porque el Estado pasa a ser simplemente una mediación administrativa entre el gobierno corporativo transnacional y el territorio y la población de cada caso.

Una mediación concretada por una casta de administradores y socios.

Tecnócratas supuestamente “apolíticos” y “carentes de ideología”, incapaces ya de comprender o valorar qué significan las ideas de Nación, Pueblo, Soberanía o Patria.

De allí expresiones como las del ministro de Cultura, Alejandro Avelluto: “en Norteamérica el sujeto político es la familia, en Argentina sigue siendo el pueblo, esa baba incomprensible”.

Y, claro, sabemos que las familias no necesitan estar integradas en comunidades o naciones: les alcanza con depender de una gran corporación (el modelo japonés de inserción laboral fue pionero en este aspecto).

Es decir: lo que se busca afirmar son cadenas globales de valor gobernadas por grandes clanes corporativos transnacionales que usan a sus gerentes y socios para administrar, a través de los aparatos de Estado de este o aquél país, las poblaciones (compuestas por individuos o en el peor de los casos por familias dispersas) y los recursos de los territorios en los que estos individuos y familias ocasionalmente habitan.

Unos y otros, personas, seres vivos y territorio, sometidos al exclusivo servicio de los intereses y proyectos propios de esas corporaciones.

“Racionalidad” del capital y derechos humanos

En un orden semejante, que se concibe patrón de racionalidad y sinónimo de realidad, los que viven de su trabajo -obreros, empleados, profesionales, investigadores, artesanos, artistas, pequeños comerciantes, pequeños industriales- pero también la naturaleza entera, empezando por todos los seres y comunidades vivientes, funcionan como meros instrumentos y recursos pasivos, sin fines propios, al servicio de esa acumulación por saqueo, gobernada por una casta mundializada de tecnócratas y propietarios.

En este esquema de lo que “hace sentido” y resulta “racional”, a esta inmensa mayoría de los seres humanos les son negados por principio tanto sus fines propios como la posibilidad de afirmar y reivindicar derechos que deriven de la vida y el trabajo y se dirijan a la vida y el trabajo.

Si los reivindican y defienden, son tratados como enemigos o como anormales, dementes, retardatarios, irracionales.

Los únicos derechos racionales e inalienables, primeros, fundamentales e incuestionables son, en semejante orden, la propiedad y sus derivados, tal como bien lo planteó el mayor ideólogo de este proyecto antropológico-político: el austríaco Frederick Hayeck, en su ya famoso libro “Camino de servidumbre”.

Más allá del capitalismo

Por eso, aunque no es novedad decir que hace años que estamos ante una crisis estructural del orden capitalista “moderno”, es bueno señalar que, así concebido, el orden del gran capital globalizado apunta más allá del capitalismo y su “Estado de Derecho”.

Un más allá reaccionario, que amplifica el núcleo lógico y antropológico fundamental del capitalismo y lo transforma en ordenador único de la vida y la cultura: la vida y el trabajo son y deben ser sólo instrumentos pasivos, meros medios, del proceso de reproducción ampliada de la ganancia del capital.

Éste es, en definitiva, el verdadero “sujeto de la historia”: los apropiadores del capital y su ganancia son, entonces, los únicos “seres humanos” con derecho a tener derechos.

De allí, una vez más, esa denominación que puede parecer extrema: neo-esclavismo.

En todo caso, se trata de un ataque plutocrático al estado de Derecho, a la democracia como gobierno de los pueblos y por los pueblos, y, en este sentido, a un orden mediado por lo político.

Una activa destrucción del concepto y la práctica de lo público, así como de las categorías de bien común y de una razón común.

Un verdadero estado permanente de excepción, arbitrario o “de hecho”, bandolero y decisionista, gobernado por una plutocracia global “en las sombras”, y por sus funcionarios, mercenarios y administradores.

El canto de las Trumpetas

Ciertamente, como lo muestran el triunfo de Donald Trump en EE.UU. y el auge de los partidos de mensaje xenófobo en Europa, las víctimas de este proyecto en los países “centrales” están reaccionando contra el mismo.

Pero el estado de naturalización del capitalismo como “fin de la historia” que todavía impregna el sentido común, sumado a las maniobras de auto-conservación del gran capital orientan la reacción en un sentido neo-fascita, de corte etnocéntrico: una guerra entre víctimas.

Que, como toda guerra entre víctimas, conviene sólo a los victimarios.

Y lo único que hace es reafirmar la lógica de la victimización.

Hoy en Argentina, lo mismo pero diferente

En lo local, notemos que el gobierno de Cambiemos encarna muy bien aquel estado de cosas (no así este último giro).

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Se trata de un gobierno de gerentes de las grandes transnacionales, los así llamados CEOs, con una sigla que de entrada expresa un estatuto colonial en el seno del lenguaje.

Un gobierno que usa los criterios de racionalidad de las grandes corporaciones, financieras, agropecuarias, energéticas, cementeras, mediáticas, es decir sus criterios de beneficio, como guía prácticamente exclusiva de su accionar.

De allí, por otra parte, que se haya mostrado incapaz de formular un programa económico coherente y unificado.

Una coalición que a su racimo de gerentes corporativos sumó, en las áreas menos relacionadas con los negocios y la producción, una pequeña constelación de dirigentes de ong´s (organizaciones NO gubernamentales).

Y que, si bien, al decir de un aliado-crítico, como Roberto Lavagna, reproduce en sus grandes líneas económicas recetas implementadas en épocas de dictadura cívico-militar y en los 90, encierra sin embargo algunas diferencias que nos interesa subrayar.

Los gobiernos de la dictadura Cívico-militar y de la década del 90 fueron gobiernos ejercidos por miembros de la élite político-económica del país, que respondían a los programas trazados por esas élites en función de un imaginario que seguía teniendo, mal o bien, a la Nación como un centro de referencia, y al poder político como un protagonista.

El gobierno de Cambiemos parece responder, en cambio, a un esquema nuevo, que expresa bastante bien el desarrollo que el proyecto globalizador tuvo en las últimas décadas.

Aunque lo haga de modo lineal, como resultado obsecuente.

Y carezca por eso de la capacidad para enfrentar creativamente lo que serían sus desafíos futuros. Es, como dijimos, un gobierno de gerentes de grandes corporaciones transnacionales, con el condimento de algunos dirigentes de organizaciones de la “sociedad civil”.

Es decir: la política y el discurso político son en él algo despreciado y combatido, en favor de la mera “y eficiente” administración.

Su destinario no es el pueblo o la nación, sino los individuos o, llegado el caso, las familias. La fuerza política que lo lleva adelante no se presenta como algo orgánico sino como un agregado de individuos unidos por un contrato de “sociedad”.

Si a lo largo del gobierno de Carlos Menem el discurso en defensa del carácter ineluctable, único y necesario de la globalización capitalista-financiera era moneda corriente; en el caso PRO-Cambiemos esa retórica desapareció por completo.

La globalización financiera y de las cadenas de valor oligopólicas como organizador económico, social y cultural ni siquiera se menciona: es como respirar; es el marco tácito del orden social, económico y de valores; algo completamente naturalizado, que se da por supuesto, indiscutible a punto de haberse tornado inexpresable, invisible, pero condición de posibilidad ¡y de sentido! de todo lo demás.

Esto sale a la luz con mucha fuerza, a veces como cinismo y a veces como ingenuidad o falta de elaboración, en las expresiones de algunos de los más destacados representantes del gobierno (los dichos centralistas de Prat-Gay, y clasistas de Gabriela Michetti o González Fraga), pero también en los de algunos de sus nuevos simpatizantes, más orientados, quizás, a la variante trumpeta del proyecto (Pichetto).

Todo esto muestra, según este análisis, el giro plutocrático-corporativo que se intenta: de inserción directa en las cadenas de valor dominadas por las grandes transnacionales, sin casi mediación del Estado y del debate político.

Sin modelo a seguir y en busca de otros criterios

Estos análisis me conducen, dado el poco tiempo de que disponemos, a una sola observación: el proyecto de desarrollo económico-social que queramos desarrollar, si tiene que generar una sociedad y una nación con justicia social, con integración económica y participación política popular y democrática, con soberanía nacional y co-responsabilidad en las instituciones del subcontinente, una nación y sociedad auto-centradas, que se auto-gobiernen y participen co-responsablemente del orden mundial, ese proyecto no puede, entonces, tomar como modelo ningún proceso de desarrollo extranjero.

Ni semiperiférico (Corea, Australia, India, o como alguna vez se quiso, Malasia o Chile, etcétera), ni de alguna de las sociedades centrales (los Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia o Noruega).

Las condiciones mundiales de desarrollo, o, como prefiero decir, de auto-reproducción ampliada, están cambiando vertiginosamente. Porque la lógica del capital, que comandó todos esos procesos de desarrollo Estados mediante, está hoy dominada por el gran capital corporativo global, especialmente el financiero.

Con lo cual, lo que se llamó “burguesías nacionales”, ligadas al territorio y al Estado, están dejando de existir, o tienen hoy un carácter tan “subordinado” como el de los sectores del trabajo.

De modo que un auténtico proceso de desarrollo económico, productivo, con industrias, con ciencia y técnica auto-centradas, capaz de cuidar las condiciones ambientales en que se desarrolla, capaz de preservar los servicios ambientales indispensables para la vida, capaz de lograr una cada vez mayor integración social y autonomía cultural, debe tomar como eje y guía otro tipo de criterios.