La xenofobia es un instrumento propio del antiproyecto de nación

LOS DESPRECIABLES PICHETTOS

Por José Luis Di Lorenzo (FOTO)

El antiproyecto, es la negación de todos los proyectos anteriores de país. En Argentina se concreta mediante la usurpación del poder, autodenominándose «Proceso de Reorganización Nacional», y se articula en dos momentos, el «militar» y el «democrático».

Por José Luis Di Lorenzo*
NAC&POP

06/11/2016

La xenofobia es un instrumento propio del antiproyecto de nación, funcional a culpar al otro de un Estado insuficiente, distrayéndonos de quienes tienen la responsabilidad real del estado mínimo, del estado residual, ese que el imperialismo mundial del dinero genera y sus lacayos locales implementan.

La denominación Proyecto Nacional (PN) es un término innegablemente argentino.

Surge a mediados de la década del 60 y es consagrado en la alocución de Perón al parlamento el 1º de mayo de 1974.

Se pretende que el término ya sería anticuado, sin embargo cuando hablamos de nación, aludimos al pueblo que la integra, cuyo límite geográfico está solo en la imaginación de los hombres.

El antiproyecto, por su parte, es la negación de todos los proyectos anteriores.

En Argentina se concreta mediante la usurpación del poder, autodenominándose «Proceso de Reorganización Nacional», y se articula en dos momentos, el «militar» y el «democrático».

Su objetivo es la entrega incondicional de la Argentina al orden financiero internacional, lo que transita varias etapas, la de «la patria financiera» de Martínez de Hoz, la de la «patria contratista» durante la presidencia de Raúl Alfonsín y la de la «patria privatizadora» durante la presidencia de Carlos Menem y hasta la del saqueo desembozado perpetrado durante el gobierno de la Alianza.

Es entrópico, porque tiende a la desorganización, al deterioro, a la descomposición.

La desorganización extrema es la muerte para el ser vivo y es la disolución para el cuerpo social.

El antiproyecto niega todos los proyectos anteriores, desapareciendo, negando, nuestra personalidad social completa, la real.

Quebrando, desuniendo lo que hay que unir, lo que hay que integrar.

Nuestra historia patria acredita la construcción de muros culturales que obturan hominizarnos, conocernos a nosotros mismos.

Un primer muro fue el del proyecto colonial español que dio por sentado que antes de su llegada a este continente nada había, que los que aquí habitaban carecían de cultura, supuesto que validaban por su condición de ágrafos.

A su vez, el proyecto independentista, y la influencia epocal del iluminismo, dio por sentado que la Revolución de Mayo constituyó el punto inicial, el de nacimiento de la patria, negando -por oscurantista- el período anterior.

El proyecto del ochenta, el de la europeización propiciada, se planteo sustituir la población local por inmigrantes, preferentemente ingleses, franceses y alemanes, fijando así otro muro cultural, agradable por cierto al argentino medio, aquel que supone que «descendemos de los barcos», que Argentina es la «Europa de Suramérica».

La xenofobia es un instrumento propio del antiproyecto de nación, funcional a culpar al otro de un Estado insuficiente, distrayéndonos de quienes tienen la responsabilidad real del estado mínimo, del estado residual, ese que el imperialismo mundial del dinero genera y sus lacayos locales implementan.

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Los pichettos son humana y políticamente despreciables, pero el camino es, como acaba de pedir el Papa Francisco a los movimiento populares, seguir «trabajando para construir puentes entre los pueblos, puentes que nos permitan derribar los muros de la exclusión y la explotación».

Asumamos que somos el conquistador y el indio, el godo y el patriota, la pampa privilegiada y el interior relegado, el inmigrante esperanzado y el gaucho condenado.

El europeo bienvenido, el latinoamericano despreciado.

Somos los dos, no uno de ellos solamente.

JLDL/

• Miembro de la Comunidad Umbral