Las dos mujeres serían llevadas a Campo de Mayo. Ana María estaba embarazada de 8 meses. Actualmente continúaban desaparecidas, al igual que el Gringo Menna.

SANTUCHO CAE

Por Ricardo Ragendorfer

La trama oculta de una persecusión que culminó hace exactamente 33 años en un edificio de Villa Martelli. En un oscuro despacho del Edificio Libertador, los coroneles Alfredo Valín y José Osvaldo Riveiro, quienes encabezaban el Batallón 601, oían con atención las directivas impartidas por el titular de la Jefatura II de Inteligencia, general Carlos Alberto Martínez. Dos semanas antes, el presidente provisional Italo Luder había firmado los decretos 2770 y 2771, que extendían a todo el territorio nacional las facultades represivas del Ejército en Tucumán.

Por Ricardo Ragendorfer

EL ORTIBA

Corría la noche del 20 de octubre de 1975.

Dos semanas antes, el presidente provisional Italo Luder había firmado los decretos 2770 y 2771, que extendían a todo el territorio nacional las facultades represivas del Ejército en Tucumán.

Y ahora, en un oscuro despacho del Edificio Libertador, los coroneles Alfredo Valín y José Osvaldo Riveiro, quienes encabezaban el Batallón 601, oían con atención las directivas impartidas por el titular de la Jefatura II de Inteligencia, general Carlos Alberto Martínez.

En tales circunstancias, éste se permitió una confidencia, no sin antes exigir la máxima reserva por parte de sus interlocutores.

Los coroneles juraron ser una tumba.

Ello bastó para que Martínez revelara la existencia de un equipo operativo que –a espaldas de los otros comandantes ya se encontraba trabajando con exclusividad en una misión crucial: capturar al líder máximo del ERP, Mario Roberto Santucho.

Según sus propios dichos, semejante trofeo consolidaría de manera tajante el liderazgo del Ejército en el seno de las Fuerzas Armadas.

Finalmente, agregó:

–Puse al mando de esto a uno de mis mejores hombres.

En ese instante, extendió una carpeta.

Era el legajo del hombre en cuestión.

En la primera hoja estaba su foto.

Riveiro no tardó en reconocer ese rostro ligeramente perruno; se trataba del capitán Juan Carlos Leonetti, quien había sido subordinado suyo.

Martínez, entonces, anunció:

–A partir de ahora, el capitán trabajará con ustedes en forma conjunta.

Sin chistar, los coroneles asintieron con un leve cabeceo.

Poco después, mientras regresaban al edificio de Viamonte y Callao, Balita –tal como en el Batallón 601 se lo conocía a Riveiro– soltó:

–Ese muchacho es un protegido del Comandante en Jefe.

Valín se mostró asombrado, y quiso saber más.

El otro, entonces, explicó que el general Videla y el capitán Leonetti eran oriundos de la ciudad bonaerense de Mercedes.

Allí, el padre de Videla había sido subjefe del Regimiento 6 de Infantería.

Y el de Leonetti, uno de sus oficiales.

Las dos familias vivían a dos cuadras de distancia, frecuentaban el mismo círculo social y los domingos coincidían en las misas de la basílica Nuestra Señora de las Mercedes.

El futuro dictador incluso solía sentar al capitán sobre su falda, cuando éste, claro, era sólo un niño.

Y ahora, luego de casi seis lustros, Videla había colocado a Leonetti bajo su ala.

Balita concluyó su exposición con una velada advertencia:

–El Comandante en Jefe tiene muchas expectativas puestas en él.

Valín no dijo nada al respecto.

Lista completa de servicios y buchones que colaboraron con la dictadura, son cientos (3 Mb)

El último guevarista.

Por esos días, el jefe del ERP había regresado del monte tucumano para establecer su cuartel general en una quinta ubicada en la localidad bonaerense de San Martín.

Durante el atardecer del 25 de octubre, un hombre se dirigía hacia aquel lugar al volante de una vieja Estanciera.

Se trataba de Juan Mangini, más conocido como Pepe.

Era nada menos que el responsable de Inteligencia del ERP.

Santucho lo recibiría con los brazos abiertos.

Su entusiasmo era genuino.

El visitante gozaba de toda su estima.

Pepe, a su vez, sentía por Santucho algo parecido a la admiración.

En parte, porque no tenía dudas de que el Robi –como todos le llamaban– jamás impartiría una orden que él mismo no pudiese realizar.

También le atraía su mirada casi siempre penetrante, aunque, por momentos, huidiza.

Como si la naturaleza blindada de sus creencias entablara un combate con su irremediable timidez.

Pero sobre todas las cosas valoraba su capacidad de persuasión.

Cuando la ejercía, Santucho se mostraba muy cálido.

En tales ocasiones no escatimaba tiempo para desarrollar sus argumentos.

Lo hacía con un despacioso tono norteño, arrastrando alguna erre.

Y daba énfasis a sus dichos con la palma de la mano hacia arriba, uniendo el pulgar con el resto de los dedos.

Incluso no le molestaba ser interrumpido.

Hasta simulaba dudas para que sus interlocutores expusieran alguna discrepancia o, simplemente, les pedía una opinión, y luego volvía nuevamente a la carga con su demoledora elocuencia.

Ahora, en cambio, lo notaba preocupado.

Una mujer joven les acercó un termo para tomar mate.

Ambos esperaron a que ella se retirara.

Recién entonces, Santucho comenzó a trazar un inquietante análisis sobre la coyuntura.

Al hacerlo, despejó de un manotazo el mechón rebelde que siempre le caía sobre la frente.

En resumidas cuentas, dijo que las manifestaciones masivas ocurridas tres meses antes en Córdoba y Buenos Aires –las que en su momento lo habían impresionado lo suficiente como para asegurar que la ola revolucionaria no se detendría– ahora sólo eran un bullicioso recuerdo, mientras sus principales dirigentes eran encarcelados.

A este punto, el Robi volvió a despejar su mechón.

Pepe lo miraba sin abrir la boca.

Entonces, el jefe del ERP lanzó una frase, por demás, ilustrativa:

–Si no reaccionamos a tiempo, podemos quedar pedaleando en el aire.

Amplió esa idea, sosteniendo que la progresiva desmovilización de la clase obrera podría dejar a la guerrilla girando en el vacío.

Dicho de otro modo: sin un avance geométrico de la lucha de clases, la imagen de un enfrentamiento puro entre dos aparatos militares terminaría por teñir de una manera negativa la visión pública del asunto.

Pepe lo seguía mirando, pero ahora con impaciencia.

En ese instante, el Robi abordó la situación del foco guerrillero instalado en Tucumán.

Y su lectura al respecto tampoco derrochaba optimismo.

La cuestión –según sus propias palabras– era que la Compañía de Monte del ERP se hallaba empantanada, sin que se cumpliera la predicción de que los campesinos de la zona terminarían sumándose a la lucha armada.

Sabía de lo que hablaba.

Apenas unos días antes, él mismo se había visto obligado a abandonar su comandancia, emplazada a sólo 35 kilómetros de la capital provincial, frente a la inminencia de un ataque enemigo.

Lo cierto es que el Ejército tomó por asalto esa posición a las pocas horas de que él la evacuara junto a los integrantes de su Estado Mayor.

Santucho no ocultaba su aflicción ante semejante fracaso.

Y ello hasta se le notaba en el semblante.

Mangini lo observaba por el rabillo del ojo.

El Robi tenía los suyos clavados en un punto indefinido.

Y persistía en su silencio.

Recién entonces, Pepe extendió una hoja hacia él.

Era una copia del legajo de Leonetti con su foto.

El jefe de los espías revolucionarios lo había obtenido a través de un compañero infiltrado en el Ejército.

Acto seguido, resumió la misión asignada a ese hombre.

Santucho no mostró asombro.

Su actitud exhibía cierta terquedad; como si intentara digerir el dato recibido calculando al mismo tiempo sus próximos pasos.

En aquel instante se desató una lluvia torrencial.

Los duelistas

Durante el mediodía del 19 de julio de 1976, Santucho se encontraba en el cuarto piso del edificio situado en la calle Venezuela 3149, de Villa Martelli.

Tenía previsto partir en unas horas hacia La Habana junto a su mujer, Liliana Delfino.

Allí también estaba otro integrante del Buró político del PRT, Benito Urteaga, su hijo de dos años, y Ana María Lanzillotto, esposa del jefe guerrillero Domingo Menna, quien había salido de aquel departamento unas horas antes.

Para el ERP, los últimos meses habían sido funestos.

En diciembre del año anterior, las delaciones efectuadas por un infiltrado del Ejército –el Oso Ranier– propiciaron importantes bajas en la estructura militar de la organización; entre ellas, la de Juan Eliseo Ledesma (comandante Pedro), nada menos que el jefe del Estado Mayor guerrillero.

A ello se le sumó –también por la acción de Ranier– el calamitoso epílogo del ataque al Batallón de Monte Chingolo.

Su saldo: 53 combatientes y seis militares muertos.

La milicia de Santucho jamás pudo sobreponerse a esa derrota.

Y por esos días, en Tucumán, la Compañía del Monte sufriría su declinación definitiva.

Casi tres meses después, cuando ya corrían las horas iniciales de la dictadura, el Robi salvaría su vida cuando un grupo de tareas del Ejército asaltó a sangre y fuego una quinta de Moreno durante un cónclave del Comité Central del PRT.

El saldo: 12 muertos; entre ellos, el capitán Pepe y otros tres miembros de la dirección nacional.

Tal vez en medio de esa batalla, Santucho haya reparado en el rostro perruno de uno de los atacantes, sin imaginar que se trataba precisamente de Leonetti.

Ahora, exactamente a las 14.30 de aquel lunes nublado y frío, tampoco llegaría a imaginar que éste, junto con otros cuatro tipos, descendía de un auto sin patente que, con sumo sigilo, frenó junto al edificio de la calle Venezuela.

Horas antes había sido detenido el Gringo Menna.

Una versión sostiene que en su poder habría sido encontrada una factura de farmacia con la dirección de aquel departamento.

Es posible que la patota del Ejército no sospechara que allí estaba nada menos que el hombre más buscado de la Argentina.

Lo cierto es que los acontecimientos se precipitaron de un modo vertiginoso.

Primero fue un timbrazo, seguido por la voz del encargado: “Soy Daniel”, fueron sus únicas palabras.

Al entornarse la puerta, se asomaron los ojos azulados de Liliana.

El portero corre hacia las escaleras.

Ella grita: “¡Es el Ejército!”.

Al mismo tiempo intenta trabar la puerta.

Se oye un vozarrón: “¡Ríndanse, hijos de puta”.

El Robi corre hacia la ventana, a la vez que manotea una legendaria pistola obsequiada por Salvador Allende.

Uno de los intrusos irrumpe apuntando su cabeza.

Pero, al reconocer el perfil aguileño del hombre que está a punto de asesinar, vacila.

Ello le cuesta la vida.

Sus acompañantes acribillarían a Santucho y, luego, a Urteaga.

Las dos mujeres serían llevadas a Campo de Mayo.

Ana María estaba embarazada de 8 meses.

Actualmente continúan desaparecidas, al igual que el Gringo Menna.

La mujer de Urteaga, Pola, recuperaría a su hijo unos meses después.

Y se exiliaría en Nicaragua.

Mario Roberto Santucho murió sin perder su último duelo.