Se desató una disputa entre los referentes del Bundesbank y el Banco Central Europeo que sacude a las economías del Viejo Continente. Mercados en alerta.

UNA PELEA EN LA CASA DEL EURO

Por Jorge Argüello

A primera vista parecen hermanos gemelos. Viven ambos en Frankfurt, usan la misma jerga financiera, pagan las cuentas con la misma moneda, trabajan en el mismo sector e incluso comparten algunos libros de cabecera. Sin embargo, una mirada más atenta revela que estamos frente a dos parientes lejanos, obligados a convivir socialmente pero destinados a rivalizar en los bastidores.

Por Jorge Argüello

Embajada abierta

NAC&POP

24/06/2016

Se desató una disputa entre los referentes del Bundesbank y el Banco Central Europeo que sacude a las economías del Viejo Continente.

Mercados en alerta.

A primera vista parecen hermanos gemelos.

Viven ambos en Frankfurt, usan la misma jerga financiera, pagan las cuentas con la misma moneda, trabajan en el mismo sector e incluso comparten algunos libros de cabecera.

Sin embargo, una mirada más atenta revela que estamos frente a dos parientes lejanos, obligados a convivir socialmente pero destinados a rivalizar en los bastidores.

Hablamos del Bundesbank, creador del extinto marco alemán, y del Banco Central Europeo (BCE), el protector del euro. Ambos son reconocidos como los más influyentes miembros de la familia europea.

La palabra de sus líderes moldea como ninguna otra las expectativas de los agentes económicos.

Basta un comentario cáustico para sacudir los mercados financieros, basta un verbo incisivo para sobresaltar un gobierno.

Uno representa la más poderosa economía europea, Alemania, y el otro acoge la tabla redonda donde se sientan los diecinueve estados que comparten el euro.

Rara vez el éxito de uno mereció el aplauso sincero del otro.

Otrora confinadas a la privacidad de las antecámaras de las altas finanzas, las divergencias entre el Bundesbank y el BCE se han vuelto en los últimos meses más profundas, más evidentes y, sobre todo, más públicas.

A primera vista parecen meras divergencias sobre la conducción de la política monetaria europea.

Frecuentes protestas del piloto conservador formado en las escuelas del Bundesbank contra las maniobras menos ortodoxas del piloto al servicio del BCE.

Pero no debemos dejarnos engañar por la primera impresión.

Por detrás de esta rivalidad se erigen dos visiones distintas, irreconciliables en muchos aspectos, sobre el proyecto europeo.

Esta es la verdadera naturaleza de la tensión entre las dos instituciones.

“No todos los alemanes creen en Dios, pero todos sí creen en el Bundesbank”, constató un día el francés Jacques Delors, ex presidente de la Comisión Europea.

Símbolo de la reconstrucción tras la guerra, columna vertebral de la reunificación alemana, el Bundesbank proporcionó a Alemania un sólido crecimiento económico sin el trauma de la hiperinflación de las décadas anteriores.

La principal arma de este superhéroe bávaro de cómic fue el marco, la antigua moneda alemana que en su último suspiro valía casi el doble del euro.

Renunciar a una moneda fuerte, motivo de orgullo nacional, a cambio de una moneda supranacional no tan fuerte supuso una enorme resistencia en Alemania.

Alrededor del 70% de los alemanes habría estado en contra de la adhesión al euro, estimó el entonces canciller Helmut Kohl que, consciente de estos cálculos, rechazó convocar a un referéndum.

La caída del marco terminó siendo el precio impuesto a Berlín para que el Reino Unido y Francia aceptasen la reunificación alemana.

Fue el contrapeso exigido para volver a convivir con una Alemania súbitamente agigantada, ahora por la demolición del Muro.

Es que a la entrada del siglo XXI, más que en el pasado, la hegemonía de las naciones también se mide por la fuerza de su moneda, y ya no solamente por su envergadura militar.

Con el marco fuera de circulación el banco central alemán se vio destronado y forzado a compartir el palacio.

Si bien perdió poder se ha venido esforzando para maximizar su influencia junto al nuevo monarca.

Y no lo ha hecho mal.

De ahí que el BCE haya nacido a imagen y semejanza del propio Bundesbank: una institución independiente de los caprichos del poder político con la misión única de mantener la inflación en la zona euro cerca pero por debajo del 2%.

A diferencia de lo que ocurre con la Reserva Federal norteamericana o el Banco de Inglaterra, variables como el desempleo o el crecimiento económico solo merecen la atención del BCE cuando interfieren con la estabilidad de precios.

El nuevo sistema funcionó sin perturbaciones relevantes hasta la crisis financiera iniciada en 2008.

En una primera fase, cuando el BCE se apresuró a inyectar grandes cantidades de liquidez en los mercados sin la menor garantía de que este dinero llegaría a la economía real, el Bundesbank casi siempre asintió.

Pero cuando en 2011, para impedir –literalmente– el colapso de la zona euro, el mismo BCE se atrevió a extender dichos incentivos a los bonos soberanos de los países en dificultades, sonó la alarma en el banco central alemán.

A punto tal que el entonces presidente del Bundesbank, Axel Weber, renunció a su cargo.

El elegido para ocupar su lugar fue Jens Weidmann, un hombre del núcleo duro de la canciller Angela Merkel.

Ejemplo perfecto de la ortodoxia germánica, Weidmann ha criticado incesantemente al italiano Mario Draghi, presidente del BCE, por considerar que no corresponde al BCE evitar la insolvencia de Estados y por ver en las actuales bajas tasas de interés un incentivo al laxismo presupuestario por parte de los gobiernos nacionales.

Cree, por tanto, que pudiendo prevaricar, todo líder político no dudará en hacerlo.

Se admite en algunos círculos europeos que esta narrativa, que Weidmann sigue propagando en entrevistas con los principales periódicos del Viejo Continente, está relacionada con el hecho de que el trono del BCE quedará vacante en 2019.

Lo cierto es que el gobierno alemán ya no se abstiene de señalar con el dedo a Mario Draghi. Siempre sorprendente en su narcisismo, el ministro de finanzas alemán Wolfgang Schauble acusó el presidente del BCE de ser responsable en un 50% por el crecimiento del partido “Alternativa por Alemania”, formación de extrema derecha que tiene como principal causa la oposición a los rescates de la zona euro.

¡Qué ironía histórica esta de ver a un político alemán culpar a una institución europea por el resurgimiento de la extrema derecha en su país!

Por supuesto que hay otra manera de leer la realidad europea.

Una lectura más interesada en no repetir los errores del pasado que en perpetuar los desequilibrios del presente.

Una lectura consciente de que el tratamiento de la más profunda crisis desde la Gran Depresión requiere remedios no convencionales.

Una lectura capaz de encarar la solidaridad como inversión política en lugar de contabilizarla como costo financiero.

Aunque más no sea porque la paz, a diferencia del dinero, no se imprime en el banco central.